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"El fenómeno de Vox no existiría si el espacio que ocupó Podemos no se hubiera quedado vacío"
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Catedrático de Filosofía en la UCM

"El fenómeno de Vox no existiría si el espacio que ocupó Podemos no se hubiera quedado vacío"

"Este es un país con mandos intermedios extraordinariamente competentes y fiables y un ‘estado mayor’ catastrófico", asegura José Luis Villacañas Berlanga, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid

Foto: José Luis Villacañas. (UCM)
José Luis Villacañas. (UCM)

Es posible que alguien, al cabo de alguna de sus charlas o conferencias, le haya hecho llegar la observación de su tono de voz peculiar, como de sermón de iglesia, por la cadencia de las vocales, el esmero en la pronunciación, la cuidada acentuación de algunas frases y expresiones. Entre admonitorio y pedagógico. Es José Luis Villacañas Berlanga, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, filósofo, director de la Biblioteca Saavedra Fajardo de Pensamiento Político Hispánico y uno de los autores más prolíficos que podemos encontrar en España, con un centenar de publicaciones, ensayos, libros de filosofía, de historia, novela y poesía. Nació en Úbeda (Jaén), en 1955, pero ha sido en el eje que va de Madrid a Valencia donde ha hecho su vida. En Madrid tiene su despacho de trabajo y en Valencia tiene su familia, y su biblioteca. Con una objeción, que añade al final: "Es así, pero el que es andaluz, lo es hasta que se muere. La melancolía de no poder ir más veces a Andalucía nunca desaparece".

PREGUNTA. Una encuesta de la Fundación BBVA dice que entre los profesionales que inspiran menos confianza en los españoles están los sacerdotes y los políticos. Y entre los que inspiran más confianza, los científicos, los médicos y los maestros. ¿Qué dice eso de la sociedad española?

RESPUESTA. Pues me parece una buena radiografía de España. Este es un país con mandos intermedios extraordinariamente competentes y fiables y un estado mayor catastrófico. Eso revela esa encuesta, la confianza en los profesionales españoles, desde científicos hasta técnicos de toda índole, y una clase dirigente nefasta. Seguimos con el lamento del Cantar del Mío Cid, "¡Dios, qué buen vasallo si tuviera un buen señor!". Es el estado mayor, la dirigencia del país, lo que está fallando, porque la excelencia de los profesionales se puede comprobar también con el mucho talento que exportamos. Me preocupa mucho la tensión que están sembrando en la sociedad española.

P. ¿Y la desconfianza de los curas? No sé si el desapego de la Iglesia puede ser una de las transformaciones sociales más relevantes de este casi medio siglo de democracia.

R. Ya al final del régimen franquista, la sociedad española se emancipa de las estructuras anteriores y comienza a liberarse de los corsés seculares de represión y de imposiciones morales de la Iglesia, que fue una aliada fundamental de la victoria franquista. Desde ese final del franquismo hasta la España actual, hay un punto de inflexión muy relevante en la descapitalización social de la Iglesia, que es el año 1982, cuando Juan Pablo II viene a España. A partir de ese viaje, la Iglesia española se despopulariza, pierde gran parte de su estructura comunitaria que compartía gente sencilla y humilde, y se convierte en una Iglesia de élites, muy vinculada a las jerarquías políticas. No es extraño, por tanto, verlos unidos ahora en la desconfianza ciudadana, porque también se la ve como parte de las estructuras de poder en España.

"El papa Francisco sabe que tiene un problema con la jerarquía eclesiástica española y por eso no viene a España: no quiere legitimarla"

P. ¿Será por eso por lo que el papa Francisco no viene a España?

R. Por supuesto. El papa Francisco sabe que tiene un problema con la jerarquía eclesiástica española y él no quiere legitimar esa vinculación profunda con determinadas élites políticas reaccionarias que encuentran en la Iglesia una forma de movilización y de oposición. Dicho esto, no podemos pasar por alto el contraste que se produce con la intensificación paralela de determinadas fiestas y costumbres religiosas, como la Semana Santa o las fiestas patronales, que matizan esa emancipación de la que hablaba.

Foto: Personal sanitario durante la pandemia en Oviedo. (EFE/ Luis Tejido)

P. Quizá la desconfianza de la clase política sea más inquietante para una democracia. He repescado un artículo suyo de los primeros años del fenómeno Podemos, en 2017. Decía usted: "Lo mejor que surgió con Podemos fue la pasión política firme". Fíjese lo que ha venido después…

R. Pues sí. El movimiento político que significó Podemos ha cristalizado en una infinita decepción. La causa fundamental está en una de las mayores perversiones de la política, como es el culto a la personalidad. La expectación que suscitó Podemos era justo la contraria, se intuía como un cauce amplio de participación de la sociedad española. Por el culto a la personalidad, Podemos se ha ido agostando, estrechándose hasta verse reducido a aquellas personas que participan del culto al líder y de quienes el líder ha designado como sus representantes. Es evidente que, al hacerlo, desaparece la pasión política hacia ellos. Cuando se cambia la libertad por la obediencia, o el favor a cambio de obediencia, todo se viene abajo. El problema es que se frustran las expectativas, pero la pasión política sigue existiendo, con lo que se buscan otros espacios. El fenómeno de Vox no existiría si el espacio que ocupó en su día Podemos no se hubiera quedado vacío, dejando a tanta gente en la desolación.

P. Pues si existe ese pendulazo desde la extrema izquierda hacia la extrema derecha, debe ser porque responde a una realidad social que no tiene que ver con la ideología, ¿no?

R. Claro, es un síntoma de un malestar social no resuelto por los actores tradicionales de la política en España. Por esa razón, también podemos pensar que el electorado que ahora se pueda aglutinar en torno a Vox es también un electorado frágil y lábil. Bastará con que el sistema político español dé muestras de una mayor seriedad y madurez, de sensatez y eficiencia, para que ese electorado abandone esa opción política que, a mi entender, es catastrófica.

Foto: La vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño. (EFE/Chema Moya)

P. El problema no resuelto está en el modelo político. La política vocacional acaba en caos o en populismo y la política profesional degenera en partidos cerrados a la sociedad y endogámicos. ¿Cómo se evita ese círculo vicioso?

R. He leído y estudiado en profundidad a Max Weber y estoy convencido de que hay espacio para las dos clases de políticos. Los políticos de vocación son los que viven para la política, miran al largo plazo, con paciencia, saben medir la realidad y proyectar sus ideas, sin emborracharse de poder. Los políticos profesionales viven de la política, y son necesarios para dotar de fiabilidad la parte instrumental de la política, gente que conozca las estructuras de los partidos, la técnica legislativa y el funcionamiento burocrático. Lo que falla en la clase política española es que la selección no se puede seguir haciendo desde la burocracia interna de los partidos, sino que tiene que buscarse más en las universidades, en los profesionales independientes. La política no puede reducirse a aquellos que llegan a primera línea después de estar 20 años chupando rueda, como se dice en ciclismo, en la maquinaria del partido. La articulación necesaria entre políticos vocacionales y profesionales falla en España porque se ha generado una casta política atravesada por la mediocridad. Los aparatos de los partidos están dominados por la desconfianza, por el miedo al talento del otro; es un sistema antidarwinista que selecciona a los mediocres en vez de a los mejores. Tiene más relevancia el que diga la mayor barbaridad, y eso es una desgracia para España. Tenemos enfrente un mundo cambiante, globalizado, que atraviesa una grave crisis, y nosotros estamos seleccionando a nuestros políticos como si fueran del siglo XIX.

P. Las primarias para elección de líderes se adoptaron como teóricos procesos de apertura de los partidos.

R. Las primarias constituyen la forma más elemental y primitiva de elección de líderes. Lo que generan son modelos presidencialistas o cesaristas, como todo lo que surge de un dualismo. Solo son capaces de movilizar las cohortes de dos personas que dejan detrás enemistades violentamente opuestas. No contribuyen para nada a la creación de partidos flexibles, articulados y plurales. Surgieron como solución a la vida mortecina de los partidos políticos, pero era una salida falsa que lo que ha provocado es una mayor división y ha agudizado el sectarismo. Un líder político tiene que ser lo contrario, aquel que es capaz de reunir y aglutinar a distintos y orquestar la colaboración.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), conversa con la vicepresidenta primera, Nadia Calviño (c), y la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz. (EFE/Fernando Villar)

P. ¿Las polémicas como las de la ley del solo sí es sí, que algunos tachan de chapuza técnica, tienen que ver con las carencias de la política profesional?

R. La polémica tiene que ver con políticos que miran el día a día y ni siquiera contemplan el medio plazo. Mire, un sistema penal civilizado siempre lleva consigo un aumento de la prevención y una dulcificación de las condenas. Desde los juicios de Dios de la Edad Media, los sistemas penales han ido evolucionando, civilizándose, en esa dirección, procurando la rehabilitación y la reinserción del reo en la sociedad. La ley del solo sí es sí no tenía como finalidad endurecer las penas, y eso se tendría que haber dicho desde el principio. Como no se ha hecho, se cae en esta contradicción de decir un día que la ley es perfecta y al día siguiente que los jueces son machistas porque aplican la reducción que conlleva de algunas penas.

P. La contradicción es inevitable, porque el discurso previo de esta ministra de Igualdad, y de Podemos, era que en España las mujeres estaban desprotegidas, que no se castigaba a los agresores sexuales.

R. Evidentemente, porque era un discurso irresponsable. Es como decir, "España no era un país civilizado hasta que hemos llegado nosotros al Gobierno". Claro que no, claro que no… En España se perseguía a los agresores sexuales y a los violadores, este no era un país salvaje, y el avance se produce cuando se mejora la anterior legislación y se protege más a la víctima en el proceso judicial, sin culpabilizarla ni humillarla. La actitud dogmática de Podemos es la que ha provocado la polémica al desatender las recomendaciones técnicas y las advertencias que se le hicieron. La perversión, en definitiva, es la de aprobar leyes para atar y contentar a un grupo de votantes y no para mejorar la vida de toda la sociedad.

Foto: El historiador José Luis Villacañas

P. Esa misma perversión es la que podemos encontrar en la derogación del delito de sedición para contentar a los independentistas catalanes, socios parlamentarios de este Gobierno.

R. Estos días, hemos tenido noticia de las condenas en Estados Unidos por el asalto violento al Capitolio, en enero de 2021, con penas por sedición que van hasta los 80 años de cárcel. Pero ¿fue lo mismo que lo ocurrido en España? Bajo mi punto de vista, no, y los tribunales europeos nos han estado indicando en estos años atrás la necesidad que existía de reformar el delito de sedición en España. El problema es que nada de esto se puede hacer como lo ha hecho este Gobierno, sino que se necesita más acuerdo, más templanza, más diálogo. Lo ocurrido en Cataluña no fueron meros desórdenes públicos, porque incluyen los actos ilegales que, de cabo a rabo, se acometieron en el Gobierno de la Generalitat y en el Parlamento de Cataluña. Pero tampoco creo que lo ocurrido fuera un delito de sedición, en la medida en que no hubo fuerza armada ni violencia generalizada. Fíjese que se produjo una declaración de independencia, pero en ningún momento, en ninguno, se arrió la bandera de España de las instituciones catalanas, porque se cuidaron mucho de no caer en un levantamiento. En suma, hubo ilegalidad, eso es evidente, pero no está claro qué tipo de ilegalidad. Por eso, tras lo sucedido, era recomendable haber revisado el delito de sedición, pero no de esta forma.

P. En lo concerniente a la sociedad catalana, ¿usted comparte, como sostiene el presidente Pedro Sánchez, que estas medidas han normalizado el conflicto social y político en Cataluña?

R. La realidad que tenemos delante, y que no se puede negar, es que el pulso institucional que mantiene en la actualidad el Gobierno de la Generalitat es más civilizado que el que tenía cuando el presidente era Quim Torra o Carles Puigdemont. ¿Se ha resuelto el problema? No, porque se trata de un problema centenario para el que se necesita más tiempo. De hecho, eso es lo mejor que encuentro en la política de Pedro Sánchez sobre Cataluña, que está ganando el tiempo que necesitamos para ir reduciendo la tensión y generar condiciones de vida democrática normalizada. Lo peor que veo de Sánchez es que no es transparente ni pedagógico, que da la sensación de ir zigzagueando, sin hablar con claridad ni ofrecer objetivos a medio plazo. Y esto es fundamental, porque sin una solución estable para Cataluña, la democracia española no logrará estabilizarse.

Foto: La presidenta de JxCAT, Laura Borrás (c), y el secretario general del partido, Jordi Turull (2d). (EFE/Alejandro García)

P. Hay quien sostiene que lo que ha sido más eficaz para la civilización del actual Gobierno de Cataluña han sido las condenas del Tribunal Supremo. La certeza de que incumplir la ley acarrea penas muy duras.

R. Por supuesto, de eso no me cabe duda alguna. La fortaleza del Estado español ha sido fundamental. De hecho, lo que pensaban muchos independentistas era que el Estado era débil, que podían ponerlo contra las cuerdas, y que al aumentar el estrés, se provocaría una reacción violenta contra ellos que merecería la censura y la solidaridad internacionales. Lo que se ha demostrado, y toda Europa lo ha podido ver, es que España es un Estado fuerte, que actúa dentro de la legalidad contra los ilegales y que no ha caído en la escalada de violencia que buscaban. De modo que sí, esta es la razón principal por la que las fuerzas independentistas se han escindido, porque una parte ha emprendido un camino civilizatorio que solo puede completarse con el paso del tiempo.

"El odio no puede ser la forma de relación política en un país democrático. Es un camino directo hacia la catástrofe"

P. No sé si por el conflicto de Cataluña, pero ¿no le parece que en el debate español existe demasiada tensión, acaso odio al adversario?

R. En el mundo, no solo en España, hay fuerzas muy inseguras de lo que pueda traer el futuro. Estas fuerzas, que están presentes en todas las democracias, buscan intensificar sus vínculos con sus seguidores ante la incertidumbre y no existe nada más efectivo para ese objetivo que el miedo y el odio. Es un camino directo hacia la catástrofe. Por eso debemos decir con toda claridad que el odio no puede ser el cemento de la sociedad. El odio no puede ser la forma de relación política en un país democrático. Es preciso acabar radicalmente con los que fomentan el odio como fórmula de unidad política de sus votantes porque el único horizonte al que nos conducen es un horizonte de violencia. Por favor, seamos conscientes de esto, identifiquemos el peligro que conlleva, porque lo que estamos viviendo en la política española en la actualidad es el inicio de un proceso muy grave. Ante eso, yo reivindico una militancia democrática, que los que no estamos identificados por el odio nos reconozcamos y podamos señalar el peligro que acecha. Quienes fomentan el odio están perturbando la vida democrática, nuestra vida democrática, y tenemos que señalarlos y rechazarlos.

P. Dice usted que esta dinámica de tensión y odio no ocurre solo en España. Es más, usted advierte de que estamos en una época de cambio mundial y que es "inevitable transformar el sistema productivo". ¿Y eso cómo se hace?

R. A ver, lo que podemos afirmar es que esta segunda globalización, que puede abarcarse en los últimos 40 años, ha llegado a su límite. Hasta ahora, la lógica internacional estaba determinada por la expansión de los mercados y mi opinión es que es el momento de volver la mirada hacia la cohesión social de los países aliados para no crear enemigos interiores. Recordemos que lo que destruye las democracias en 1930 es que el 40% de la población estaba en el paro. Eso es una bomba de relojería que solo nos lleva al autoritarismo. Sin cohesión social, las democracias generan enemigos internos. Esto es lo que sugiero, que ya no podemos confiar en la libre y absoluta lógica del mercado, sino en la solidaridad para evitar que se produzcan diferencias abismales en la población. La carta fundacional de las Naciones Unidas, tras la Segunda Guerra Mundial, recoge que las condiciones económicas en que vivían los ciudadanos como consecuencia de la crisis de 1929 hicieron inviables los regímenes democráticos. Tenemos que ser conscientes de este enorme peligro y no reproducir las mismas desigualdades sociales. Creo que Europa y el presidente Biden se han dado cuenta. Libertad, seguridad y solidaridad. Todavía estamos a tiempo de frenar a potencias autoritarias, como Rusia o China.

Es posible que alguien, al cabo de alguna de sus charlas o conferencias, le haya hecho llegar la observación de su tono de voz peculiar, como de sermón de iglesia, por la cadencia de las vocales, el esmero en la pronunciación, la cuidada acentuación de algunas frases y expresiones. Entre admonitorio y pedagógico. Es José Luis Villacañas Berlanga, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, filósofo, director de la Biblioteca Saavedra Fajardo de Pensamiento Político Hispánico y uno de los autores más prolíficos que podemos encontrar en España, con un centenar de publicaciones, ensayos, libros de filosofía, de historia, novela y poesía. Nació en Úbeda (Jaén), en 1955, pero ha sido en el eje que va de Madrid a Valencia donde ha hecho su vida. En Madrid tiene su despacho de trabajo y en Valencia tiene su familia, y su biblioteca. Con una objeción, que añade al final: "Es así, pero el que es andaluz, lo es hasta que se muere. La melancolía de no poder ir más veces a Andalucía nunca desaparece".

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