En la Edad Media no se reía ni Dios: breve historia del humor
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En la Edad Media no se reía ni Dios: breve historia del humor

El crítico cultural británico Terry Eagleton publica 'Humor', un breve ensayo en el que desarrolla de dónde viene la risa y que recuerda que no siempre nos han dejado reír tanto

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'El gordo y el flaco' en los años treinta

En la Edad Media no se reía ni Dios. A la Iglesia todopoderosa no le gustaba el humor, lo que hiciera gracia, porque lo consideraba de gente baja, de delincuentes morales y, además, peligroso y subversivo, ya que reírse es algo que puede hacer todo el mundo y había que mantener unas jerarquías. Y ahí estaba toda la imaginería cristiana para recordar al devoto que el paseo por este mundo no era un asunto con el que bromear. Es más, si alguien quiso escabullirse y darse algún homenaje pantagruélico ya llegó Lutero para zanjar cualquier conato de rebeldía (humorística). Sin embargo, pese a la luterana austeridad, la censura de la risa y la opresión de todos nuestros vicios, el cristianismo escondía (y esconde) un chiste macabro: “Dios envía a su único hijo a salvarnos, a ayudarnos a superar nuestros apuros, ¿y cómo le mostramos nuestra gratitud? ¡Matándolo! Se trata de un espantoso alarde de malos modales”. Seguro que alguno se dio cuenta de este ingenioso giro en aquellos siglos (y habría algún chistoso). No sabemos cómo acabaría, pero eso sí, con esta idea Umberto Eco se escribió todo un bestseller que convirtió a un ratón de biblioteca en un escritor famoso lo que, de alguna manera, no deja de ser otro chiste.

La broma sobre el cristianismo lo recuerda el crítico literario británico Terry Eagleton en el breve ensayo ‘ Humor’, de reciente publicación en Taurus. En él, con mucho humor inglés (que a veces se pilla y otras no) y echando mano de filósofos e intelectuales como Aristóteles, Alexander Pope, Thomas Hobbes, Freud, Laurence Sterne, Francis Hutcheson y, por supuesto, los Monty Phyton -por aquello de que también es británico- aborda por qué nos reímos, qué es la risa, qué nos hace gracia, en qué radica realmente el ingenio - “Es la naturaleza perfeccionada por el arte”, que dijo Pope- y qué papel ha tenido el humor a lo largo de la Historia. Porque, como hemos visto - y la Edad Media fueron unos cuantos siglos- no siempre ha tenido su mejor momento, lo cual han venido a recordárnoslo también estas primeras décadas del siglo XXI.

Las tinieblas de la Edad Media

El olor a incienso y la luz que se colaba por las vidrieras creaba un ambiente lúgubre y ese es el que se pretendía exportar a todos los confines de la tierra durante el Medievo. El humor, cuenta Eagleton, se veía como un exceso de alegría y eso “mina la reverencia por las cosas sagradas”. Por eso por aquí triunfaron los autos sacramentales en el teatro -el espacio de ocio donde iba todo el mundo- y la comedia tardó todavía un tiempo en llegar. En Reino Unido, que es donde se centra el autor, la llegada de la Edad Moderna trajo consigo el puritanismo, y todas las teorías de Hobbes sobre la violencia y el individualismo y el egoísmo a ultranza. Sin embargo, poco a poco comenzó a filtrarse una nueva era para el humor y empezó a tener otro papel mucho más importante en la cultura. No solo eso, comenzó a definir relaciones políticas y económicas. Aunque parezca casi de cajón, se empezó a ver con mayor claridad que estar bienhumorado, es decir, el buen rollo, daba mejores resultados que la espartana rigidez. Y, por supuesto, lo vieron pensadores y filósofos, pero también los hombres de negocios.

placeholder 'Humor', de Terry Eagleton
'Humor', de Terry Eagleton

El gran giro llegó avanzando en el siglo XVIII con la Ilustración, si bien algunos hombres ilustrados como Voltaire consideraban que la risa era una zafiedad. Pero ya había otros, como Samuel Johnson, cuenta Eagleton, que eran reidores empedernidos. El crítico cultural pone el ojo en varios intelectuales procedentes de Escocia e Irlanda como los culpables de que el humor, la risa y el chiste a tiempo se convirtieran en los nuevos puntales de la modernidad y la prosperidad de una sociedad.

"Se empezó a ver con mayor claridad que estar bienhumorado, es decir, el buen rollo, daba mejores resultados que la espartana rigidez"

En Escocia e Irlanda, al contrario que en Inglaterra, “la sociabilidad, no el individualismo, era el elemento esencial en el concepto de sensibilidad”. “La sociedad no era una cuestión contractual, como la veían Hobbes y Locke, sino como algo natural para los seres humanos”. “Fue la necesidad de preservar una sensación de comunidad y economía moral en un orden social donde primaba cada vez más el interés individual lo que llevó a algunos pensadores a ensalzar las virtudes de la cooperación”, escribe Eagleton. Es decir, aquellos intelectuales, como Richard Steele, Oliver Goldmisth o Adam Ferguson, pensaban lo mismo que Yuval Noah Harari, pero hace tres siglos y sin convertirse en bestsellers planetarios. Para todo hay que estar en el momento oportuno.

placeholder 13 Aug 2007, Edinburgh, Scotland, UK --- Celebrated British cultural critic Terry Eagleton, pictured at the Edinburgh International Book Festival where he talked about his work. The book festival is the world's largest literary event and features writers from around the world. The 2007 event featured around 550 writers and ran from 11-27 August. --- Image by © Colin McPherson/Corbis
13 Aug 2007, Edinburgh, Scotland, UK --- Celebrated British cultural critic Terry Eagleton, pictured at the Edinburgh International Book Festival where he talked about his work. The book festival is the world's largest literary event and features writers from around the world. The 2007 event featured around 550 writers and ran from 11-27 August. --- Image by © Colin McPherson/Corbis

De esta defensa de la cooperación y del amor y la compasión también hizo gala el escocés Adam Smith, quien aunque hoy “aparece caricaturizado como un defensor del libre mercado con corazón de piedra”, escribe Eagleton, también “era un entusiasta de la imaginación compasiva y empática”. No daba puntada sin hilo: todos estos intelectuales defendían que los sentimientos, la cordialidad y el buen humor facilitaban y potenciaban el comercio. Y estaban en lo cierto. El siglo XVIII, sobre todo en las ciudades anglosajonas y del norte de centroeuropa, significó el boom del comercio internacional, se dispararon las importaciones y exportaciones, además de generarse un notable ascenso de la burguesía comerciante. Dicho con un trazo grueso: el sistema capitalista se asentó en gran parte por darle otro papel a las bromas, ya que, ¿qué crea más comunidad que compartir un chiste?


Humor y bondad: una nueva política cultural

Esta nueva cosmovisión afectó a la política cultural. Había que limpiar las sacristías y llevar la intelectualidad a los clubs, las clases medias burguesas debían de empezar a llevar el timón -y ya no la aristocracia- y la ligereza y la risa debían ser el motor de las relaciones sociales. Surgen filósofos como Francis Hutcheson (otro escocés), que hace toda una defensa de la bondad, la amabilidad y la benevolencia como los puntales que hacen avanzar una sociedad. Convierte a la broma en una declaración política. Se acabó la majestuosidad, ya que solo la bonhomía que se ve en los clubs y restaurantes es lo que puede prefigurar una república de ciudadanos libres e iguales.

placeholder El filósofo escocés  Francis Hutcheson
El filósofo escocés Francis Hutcheson

Eagleton recuerda que este hombre de ideas progresistas no gustó a todo el mundo, ni siquiera a algunos que solían ir a escucharle, puesto que preferían sus dosis semanales de alusiones al infierno. Pero tuvo notables seguidores y una influencia brutal. “Fue el padre de la filosofía escocesa”, afirma Eagleton e influyó en pensadores como David Hume, Adam Smith y Thomas Jefferson, con lo cual también en la revolución de Estados Unidos. “Defendió los derechos de las mujeres, de los niños, los sirvientes, los esclavos y los animales” (...) “Incluso habló bien de los extraterrestres”, escribe el crítico. Sin embargo, sus teorías sobre la bondad poco a poco se irían escorando hacia las esquinas, crecería una feroz crítica a lo sentimental y los acontecimientos posteriores con el capitalismo industrial y las guerras acabaron por hacer un retrato algo menos alegre de la naturaleza humana. Las personas quizá no éramos tan buenas como defendía Hutcheson.

Hutcheson defendió la bondad, la amabilidad y la benevolencia como los puntales que hacen avanzar una sociedad

Hacia el XIX, el sentimentalismo comenzó a verse como un ejercicio de narcisismo que podía resultar insoportable. Pero por ahí aparecen otros genios como Charles Dickens, quien en sus novelas combina lo sentimental con lo grotesco. “Sus personajes son humorísticos en el sentido moderno del término”, escribe Eagleton. Surgen tipos excéntricos llenos de rarezas a los que se juzga con indulgencia. De alguna manera esa es la corriente principal del arte cómico inglés, recuerda el crítico, quien también destaca que si Dickens encontró su espacio fue muy importante el contexto político: las peculiaridades temperamentales florecen con más vigor en las naciones libres. El despotismo destruye la diversidad y con ella desaparece lo excéntrico. El crítico se apoya en el político y diplomático Harold Nicolson que sostenía aquello de que “el sentido del humor no puede florecer ni en una sociedad totalitaria ni en una sociedad sumida en un proceso revolucionario”. Lo cierto es que ningún dictador ni jefe revolucionario de ninguna ideología tiene pinta de haber sido muy simpático.

Harold Nicolson: “El sentido del humor no puede florecer ni en una sociedad totalitaria ni en una sociedad sumida en un proceso revolucionario”

Ingenio: el humor de los vagos (de clase alta)

En otra de las partes del ensayo Eagleton habla del ingenio. Es una herramienta humorística con un punto más refinado y elaborado que el chiste. Y da más alcurnia. Como bien dice: un chiste pasa de mano en mano, con el comentario ingenioso se cita al autor. El crítico sostiene que este tipo de requiebros en Reino Unido, que salen de forma espontánea y sin mucho mérito, era/es muy típico de “los holgazanes de clase alta” como forma de combatir “la solemnidad de la clase media”. “El ingenio puede ser refinado y brutal, combinando la elegancia del caballero con su despotismo”, escribe. Como ejemplo: Oscar Wilde. Afilado y punzante, a veces sádico, un humor que es un fogonazo, que se acompaña de una forma lenta de hablar “lo que puede reflejar una forma ociosa de vivir”. Y que tiene mucho de sentimiento de superioridad.

Hay una forma de humor que no cae en la ironía hiriente ni en el frío sarcasmo. Una forma a la que ya le cantaba Celia Cruz

Pero si esta es la forma patricia del humor, Eagleton también señala que hay una plebeya. Una en la que se mezclan las clases sociales y se puede vituperar al noble y al rey. Una que elogia cuando insulta e insulta cuando elogia, en palabras del crítico literario Mijaíl Bajtin. Una forma que no cae en la ironía hiriente ni en el frío sarcasmo. Una forma a la que ya le cantaba Celia Cruz -esto no lo dice Eagleton- y que denostaba con furia la iglesia medieval. A estas alturas de pandemia, desde luego, a más de uno el cuerpo ya le pide una buena ración carnavalera. Quizá esto sí es una buena muestra de lo que ha cambiado la sociedad.

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