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"Ni las renovables, ni el reciclaje, ni tampoco el coche eléctrico van a salvar el planeta"
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entrevista con andreu escrivà

"Ni las renovables, ni el reciclaje, ni tampoco el coche eléctrico van a salvar el planeta"

Contra la sostenibilidad, contra las energías renovables, contra la huella de carbono, contra las finanzas sostenibles, contra la economía circular... Un libro contra todo lo que creíamos que beneficia al medioambiente

Foto: Andreu Escrivà. (Cedida/Kike Taberne)
Andreu Escrivà. (Cedida/Kike Taberne)

Andreu Escrivà (Valencia, 1983) es divulgador ambiental y ha trabajado en varios órganos institucionales contra el cambio climático. Después de pasarse años intentando explicar el problema frente a todo tipo de auditorios, ha llegado a la conclusión de que el concepto de sostenibilidad no solo no sirve ya de nada, sino que ha empezado a resultar contraproducente. Sostiene que empresas, gobiernos e instituciones lo han canibalizado y no hay forma de volver a darle un significado útil. Lo argumenta en un alegato de algo más de 200 páginas (Contra la sostenibilidad, Arpa) que sale a la venta hoy.

PREGUNTA. Una de las cosas que dices en el libro es que no deberíamos hablar tanto de que este es un problema de las generaciones futuras porque ya era un problema de las generaciones futuras en 1950.

RESPUESTA. Creo que el mantra de las generaciones futuras nos manda a un momento en el cual alguien ya habrá tenido que tomar las decisiones necesarias. Acuérdate de que Marty McFly [Regreso al futuro] viajó al futuro, a 2015. Y ya lo hemos dejado atrás, ¿no? Hablar todo el rato de las generaciones futuras es eludir que es un problema del presente y ya estamos viviendo sus efectos. Por ejemplo, durante las olas de calor. En el libro, pongo como ejemplo la fotografía de unos niños en Dallas, publicada en 1950, con un pie de foto en el que el periodista decía "esos chavales vivirán en un mundo mucho más cálido del que jamás conocieron sus abuelos". Nacieron en los años cuarenta, así que si siguen vivos deberían tener 80 años o más.

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P. La idea que atraviesa todo el libro es que la sostenibilidad se ha convertido en un concepto de marketing que ya no tiene mucho que ver con el medio ambiente.

R. El hilo conductor de todo el libro es ese: la perversión, banalización y mercantilización del concepto de sostenibilidad. Al final, lo que nos queda es una etiqueta, un concepto de marketing. Algo que usamos para vender mejor un producto, un servicio, una marca. Mientras lo hacemos, nos da la sensación de que nos estamos ocupando del tema. Si compramos la leche en un envase sostenible, si nos movemos en un coche sostenible, si nuestra casa es sostenible y nuestra ropa sostenible… ¿qué más vamos a hacer? Nos puede dar la impresión de que estamos haciendo todo lo que podemos para solucionar el problema.

P. ¿Y no es así?

R. Esa sensación de estar haciéndolo todo bien, sin estar haciendo lo más importante, impide que aflore la crítica radical, consciente y profunda que necesitamos. Una crítica al sistema productivo actual, al sistema económico, que es lo que nos ha traído hasta aquí. El sistema ha tenido la virtud, hay que reconocérselo, de metabolizar el concepto de sostenibilidad, un concepto que en sus inicios pudo llegar a ser incómodo. Pero ahora el sistema lo ha metabolizado y lo ha convertido en un reclamo publicitario. Lo que vengo a decir en el libro es que la sostenibilidad nos está llevando por el camino equivocado, mientras nos hace pensar que vamos por el buen camino.

Foto: Central de carbón. (EFE) Opinión

P. Y con esa actitud, ¿no corremos el riesgo de concluir que no merece la pena hacer nada? Si nada vale, si nada es suficiente... Si hasta el más concienciado de los ciudadanos no lo está haciendo bien...

R. Yo me hice esa misma pregunta y tuve ese mismo dilema durante mucho tiempo. Hay un peligro evidente en que parezca que esto de la sostenibilidad es una pataleta, y que no vale nada de lo que hacemos. Y eso es muy peligroso, evidentemente. Además, yo soy posibilista, y creo que hacer algo es mejor que no hacer nada y que es bueno que haya empresas que mejoren sus prácticas, aunque no sea suficiente. Pero al final he llegado a la conclusión de que con esto de la sostenibilidad tenemos un gran problema. Muchas empresas, muchos gobiernos y una parte de la sociedad piensan que van por el buen camino. Y eso es una distorsión. Ni estamos salvados, ni lo estamos haciendo bien. Y ese peligro es mucho mayor que el beneficio que sacamos de que algunas empresas hayan implementado procesos productivos que reducen un poquito el uso de energía o el uso de materiales. La mayoría de las mejoras sostenibles son un maquillaje, mientras que las transformaciones que necesitamos son estructurales.

P. Descartas muchas soluciones que denominas tecno-optimistas. Tu visión de la energía nuclear no creo que deje muy satisfecho a nadie.

R. Es que en el tema nuclear yo me quedo en tierra de nadie, porque insisto en que, a día de hoy, los datos no sustentan que abandonemos la energía nuclear por una cuestión de seguridad. Tenemos que asumir que lo más contaminante y lo más perjudicial para la salud, con mucha diferencia, son el carbón, el petróleo y el gas. Están a una magnitud completamente distinta de lo nuclear. Ahora, una vez que tenemos claro que la cuestión de la seguridad no es suficiente para desechar la energía nuclear y que, en cualquier caso, sería mejor que los combustibles fósiles, lo siguiente que tenemos que plantearnos es si se trata de la mejor opción. Es decir, si yo invierto 15.000, 20.000 millones de euros en una nuclear, ¿qué estoy dejando de hacer? ¿Qué me está dando la nuclear por esta inversión y cuánto tiempo voy a tardar en rentabilizarlo en términos ambientales? A partir de ahí, lo que yo digo es que un hipotético renacer nuclear sería demasiado caro y demasiado lento como para que resulte efectivo en el objetivo de lograr una disminución de emisiones a medio y largo plazo.

Foto: Pablo Rodríguez Fernández. (MIT-PSFC/P. Rivenberg)

P. ¿Qué hacemos con las centrales que ya están construidas entonces?

R. Siempre que se pueda, deberíamos dejar que cumplan sus ciclos. Incluso, según los casos particulares, se podría estudiar si merece la pena alargarlos. Pero eso habrá que estudiarlo caso por caso. Mira lo que está pasando este invierno en Francia, por ejemplo, con algunos parones inesperados. La nuclear es una muleta que ahora mismo nos viene muy bien. Aquí hay una cuestión de fondo también, más allá del tiempo y el dinero, y es que una nuclear es una infraestructura muy poco democrática, porque no hay tantos elementos de participación como con la energía solar, que puedes crear montando pequeñas comunidades energéticas, incluso montándotelo en tu casa. Me refiero a que un Ayuntamiento puede decidir habilitar parkings o cementerios para generar energía, pero no puede construir una pequeña central nuclear. Es decir, se trata de una fuente de energía más descentralizada, que se puede producir más cerca del sitio donde se consume y que además tiene elementos de gobernanza ciudadana.

P. En el libro dices, literalmente, que las renovables no salvarán el planeta.

R. Lo que quiero decir es que la transición ecológica va mucho más allá de la transición energética. Estamos pensando que al final todo esto de la sostenibilidad va de cambiar la producción de energía y no es así. Las renovables no van a salvar el planeta porque no es su función. Pueden ofrecernos una fuente de energía limpia, barata, democrática, etcétera, pero no van a salvar el planeta. No van a frenar la deforestación, ni van a frenar la sobrepesca, ni van a cambiar el modelo de movilidad de las ciudades, ni van a cambiar la forma de producir y consumir ropa, o incluso alimentos.

Foto: Parque eólico de Prenzlau, Alemania. (Getty/Sean Gallup)

P. Pero son una parte importante del proceso, ¿no?

R. Está claro, de hecho es imprescindible hacer esta transición, pero lo que yo argumento en el libro es que estas ideas acaban convirtiéndose en ilusiones. Ni las renovables, ni la nuclear, ni la fusión fría, ni dejar de comer carne, ni ninguna de esas cosas van a salvar el planeta por sí mismas. Tenemos que desechar estos tecno-optimismos cuanto antes. Y tenemos que tener claro que esta transición energética no va solo de cómo se produce, sino de cuál es nuestra relación con la energía.

P. Hablas también de los riesgos del alarmismo ambiental, de las exageraciones y los pronósticos alarmistas que se venden a veces como ciencia o como divulgación.

R. Yo creo que hay que diferenciar los consensos científicos del alarmismo. En realidad, los modelos climáticos serios, como los de la NASA, han acertado de una forma pavorosa. No hay ningún modelo de predicción sólido sobre el cambio climático que se haya desviado de la realidad de una forma radical. Evidentemente, no todos han acertado al 100%, pero disponemos de unos modelos muy, muy sólidos que han sido capaces de predecir desde hace varias décadas la concentración de CO₂ en la atmósfera, la temperatura, incluso patrones sobre sequías. Luego están las exageraciones de las que hablas, casi siempre hechas por personas individuales que quisieron ir más allá e intentar alarmar a la población. O por grupos que habían hecho estudios sin respaldo científico. Esto, a su vez, les viene muy bien a los escépticos o los negacionistas del cambio climático para tratar de argumentar que es todo un cuento. ¡Mirad qué chorradas decían hace diez años! Pero que alguien haya dicho en 2010 que todas las playas españolas estarían bajo el agua en 2020 no es culpa mía. Yo no lo dije. ¿Qué tengo que ver yo con eso?

Foto: Inundaciones en Polonia en 2020 (EFE/D.Delmanowicz)

P. La exageración puede ser tan contraproducente como negar los avances, ¿no?

R. Esto es algo que me han dicho muchas veces. Si ya no hay nada que hacer, pues no hagamos nada. Para que lo que me queda en el convento… Si todo está tan mal, me convierto en un ermitaño, me dedico a aprovechar el presente y que sea lo que tenga que ser. Todo es munición para la inacción. Mira, pasa lo mismo con ese meme de “este va a ser el verano más fresco del resto de tu vida” en plena ola de calor. Lo cierto es que el verano de 2022 ha sido una barbaridad y es muy difícil que el de 2023 sea peor. Es una afirmación que se puede tratar de ridiculizar con mucha facilidad porque entran muchas más variables: patrones climáticos europeos, regionales, fenómenos atmosféricos… Para hacer el meme correctamente, habría que hablar de la década más fresca del resto de tu vida. Cuando exageramos, jugamos con la ansiedad de la gente y eso puede llevar a la inacción y el escepticismo. A la hora de comunicar, hay que pensar siempre si tus palabras amplifican la apatía, el desánimo, la inacción, la desesperanza.

P. Otra cosa de la que hablas es de la economía circular y el reciclaje. El acto supremo del ecologismo cotidiano desde hace mucho tiempo es tener varias cestas de basura en casa. Pero en el libro, dices que es una ilusión.

R. Exacto, parece que no hay un acto individual sostenible que no incluya de una forma u otra la economía circular. Sobre el papel es fantástico sentir que podemos vivir en una economía circular. Produces algo, consumes algo y luego los residuos vuelven a incorporarse a la cadena ¿Eso es fantástico, no? Todo esto proviene de una idea de la Fundación Ellen MacArthur, a la que le han dado el Premio de Cooperación del Príncipe de Asturias este 2022. Es una fundación que tiene detrás a fondos de inversión y grandes empresas de alimentación, de cosmética, de automoción, etcétera. Hay que ir con mucho cuidado a la hora de entender quién nos está diciendo qué podemos pensar y cómo, porque al final esto formar parte de una agenda.

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P. ¿Entramos en un discurso sobre intereses ocultos de grandes poderes para controlarnos?

R. Yo no quiero hacerle el juego a lo de los globalistas y toda esa gente, pero está claro que hay una agenda muy clara de grandes empresas que tienen mucho interés en que pensemos que podemos seguir consumiendo sus productos y actuando como siempre sin problemas. Si nos circunscribimos a la economía circular, estamos consumiendo dentro de ese concepto. De golpe, todos libres de culpa y pecado. Y esto no es así, fundamentalmente porque aunque tú puedas hacer circular una parte de los residuos que estás generando, tu sistema necesita un montón de materiales, lo que llamamos materiales frescos. Eso para empezar. Necesitamos minerales, necesitamos energía, necesitamos madera, necesitamos alimentos, necesitamos de todo. Nunca, nunca, jamás podremos tener una economía totalmente circular. Además, es que va contra la termodinámica. Podemos converger hacia una espiral que vamos intentando cerrar más y más cada día, pero hay que ser consciente de que nunca será un círculo.

P. Pero ir cerrando esa espiral ya es un propósito virtuoso en sí mismo, ¿o no?

R. Sí, pero se utiliza a veces como práctica de blanqueo. Estoy harto de leer noticias sobre empresas que apuestan por la economía circular y luego resulta que han reciclado unas cortinas para hacer unas sillas, mientras se siguen dedicando a quemar hidrocarburos. Es un reclamo comercial que suena muy bien. Ya está.

Foto: Foto: iStock.

P. ¿Es marketing también el reciclaje?

R. El reciclaje es el acto de sostenibilidad más mainstream que puede existir: separar los envases en un sitio, el papel en otro, etcétera. Pero hay muchas cosas que decir al respecto. La primera es que nos hace pensar que estamos haciendo el bien absoluto, cuando realmente el proceso de reciclaje es muy caro energéticamente, tanto para el plástico como para el papel, pero también para el vidrio. Necesitas un camión, necesitas gasolina, necesitas una planta. Además de que una cantidad inmensa de lo que consumimos no se puede reciclar porque no se puede. Por ejemplo, los botes de dentífrico. Nosotros los echamos todo al contenedor y pensamos que ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer.

P. Le dedicas algunas páginas al plástico, otra de las grandes obsesiones.

R. Es el caso más impactante y hay que reconocer la gran visión comercial y sociológica de la industria del plástico. A finales de los 80, entendieron que gran parte del público americano empezaba a estar en contra. Su reacción fue asimilarlo y tratar de convencer a la gente de que el plástico no es un problema, sino que es un recurso. Empezaron metiendo 150 millones de dólares en campañas publicitarias y consiguieron cambiar la mentalidad de millones de personas. Primero en Estados Unidos y luego en el resto del mundo. En el acto de meter envases en un contenedor especial, acabas aceptando que no hay nada perjudicial para el medio ambiente en consumir una botella de plástico, o miles de botellas de plástico... siempre que luego las metas en ese contenedor. Pero el problema sigue estando ahí por todos los motivos que decíamos antes. A ver, Dios me libre de decirle a la gente que no recicle. Por supuesto que hay que seguir separando la basura. Pero eso no va a solucionar nuestros problemas mágicamente.

Foto: Una materia prima como cualquier otra, capaz de generar riqueza. (iStock)

P. Una de las cosas que dices en el libro es que al poner tanta atención en el plástico descuidamos otras muchas cosas.

R. El plástico es percibido a menudo como el mayor problema ambiental y eso dificulta la tarea de los divulgadores porque a menudo se convierte en una distracción climática. A ver, es cierto que es un problema para toda la biodiversidad porque está incorporándose a los océanos, a la cadena trófica, a nuestros pulmones, a nuestra sangre. Es un problema de salud pública grave, pero sin embargo no es un gran problema para el cambio climático. A veces voy a dar charlas y me paso más de la mitad del tiempo respondiendo preguntas sobre plásticos, sobre envases reciclables, sobre envases retornables... Me he dado cuenta de que mucha gente a la que le interesa el tema piensa que podemos aspirar a tener 100 millones de botellas en España y reutilizarlas una y otra vez infinitamente. Esto evidentemente es imposible. El gran problema de fondo no es reutilizar esas botellas, sino nuestro patrón de consumo. Porque, una vez más, es un problema estructural. Los sueños sobre el reciclaje de plástico son otra forma de tecno-optimismo y, a menudo, acabamos haciéndoles el juego a la industria del plástico y a las empresas que viven del reciclaje.

P. Una de las cosas que tiene el plástico como villano ambiental es que se puede ver y tocar. Y tenemos una isla de plástico en el Pacífico.

R. Mira, cuando hablamos de esa famosa isla, lo que no se suele decir es que en gran parte no es plástico de consumo, sino artilugios de pesca, bandejas de corcho blanco... El plástico que consumimos en casa es un problema gordo, pero no es más que un pequeño porcentaje de todos los problemas que tenemos. De hecho, su peso sobre el total de residuos sólidos urbanos es muy reducido. Todos los envases suponen menos de un 8% y los envases de plástico mucho menos. Al poner todo el acento en el plástico, no nos estamos centrando en los residuos textiles que generan unos problemas de tratamiento enorme, a las toneladas de comida que desechamos diariamente, a la chatarra electrónica, etcétera. El plástico acaba siendo una distracción más.

Foto: El ambicioso plan para acabar con la 'isla de basura', la nación de plástico del mar. (EFE)

P. Ahora le toca el turno al coche eléctrico. En el libro, hablas de un Porsche híbrido con etiqueta cero emisiones como paradigma.

R. Uso ese ejemplo porque es una cosa loquísima, un coche de 680 caballos... que sirve para plantearse varias cosas. La primera es cuestionar el coche eléctrico como tal, aun sabiendo que en el futuro todos los coches serán eléctricos. Es un avance, pero nos está vendiendo que el coche eléctrico es una solución sostenible a la movilidad, y que no tiene impacto. Las etiquetas de la DGT hablan de cero emisiones... Un Porsche de casi 700 caballos con 40 kilómetros de autonomía eléctrica, luego consume 12, 15 o 20 litros de gasolina. Y consideramos que ese coche es una contribución sostenible. Un coche que necesita 200 kilos de materiales críticos. Es una locura. Pero más allá de ese caso, un coche totalmente eléctrico tampoco es la solución.

P. En España, cada día se ven más híbridos circulando. Si los eléctricos no son la solución...

R. Los de hibridación ligera directamente no valen para nada. No disminuyen más que un cinco o un diez por ciento el consumo en el mejor de los casos. A ver, como te decía partimos de la base de que el futuro es eléctrico, tanto para el vehículo privado como para el colectivo. Eso hay que asumirlo. Pero después, y ahí viene mi crítica, es que ese relato es un freno al cambio de movilidad, que es lo que realmente necesitamos. ¿Por qué? Porque la movilidad que tenemos actualmente no puede mantenerse. Es una movilidad basada en el vehículo privado que ocasiona infinidad de problemas. Dejando a un lado que roba espacio a la ciudad, olvidando la contaminación acústica, la contaminación visual, etcétera, no nos lo podemos permitir. A mí me gustaría que del debate no se enfocase en los coches eléctricos, sino en cómo vamos a transformar nuestras ciudades en ciudades más habitables, más seguras y más saludables. Algunas ideas son muy interesantes y van al centro del debate, como la ciudad de los 15 minutos, algo que en EEUU puede sonar muy revolucionario, pero que en Europa es relativamente sencillo. Tenemos ya ciudades con barrios que funcionan así, pero la tendencia en el desarrollo urbanístico más reciente es alimentar los suburbios con un modelo que se parece más al norteamericano. En definitiva, yo creo que el coche eléctrico lo que nos hace es generarnos la ilusión de que cambiando un motor por otro ya tenemos una movilidad del siglo XXI.

Foto: Foro 'El nuevo paradigma de la movilidad en la metrópolis y la industria'.

P. Tampoco dejas fuera de la quema las finanzas sostenibles.

R. Mi preocupación con las finanzas sostenibles es que estamos poniéndole una etiqueta verde a algo que no es sostenible de ninguna de las maneras y que, sobre todo, está reforzando ese entramado, profundamente insostenible, que nos ha llevado hasta donde estamos. Para empezar, las finanzas sostenibles no cuestionan nunca el crecimiento infinito en el que se basa el sistema capitalista. Uno puede pensar con buena intención que está invirtiendo su dinero en un fondo sostenible o metiendo su dinero en un banco muy sostenible. ¿Lo son? Obviamente, no. Por no hablar de todas las subvenciones y todo el dinero que se le mete a los combustibles fósiles anualmente. Cada vez que alguien dice que la energía renovable está muy subvencionada, se le debería recordar lo subvencionada que está la industria automovilística y la industria fósil.

P. Contra los coches eléctricos, contra la huella de carbono, contra la transición ecológica. ¿Qué hacemos entonces si todo lo que hacemos no funciona? ¿La única salida es el decrecimiento?

R. Dedico la última parte del libro a dar respuesta a eso, porque obviamente no se puede hacer un discurso medioambiental en contra de todo sin aportar alguna solución. Mi intención no es tanto proponer un plan maestro como ofrecer algunas ideas que están circulando. Lo que pasa es que hay que tener cuidado con las palabras. Si por ejemplo hablas de racionamiento, estás usando lo que llamo una palabra misil, una palabra que en cuanto la usas explota y la gente se polariza a lo bestia. Pasa lo mismo con el concepto de decrecimiento. La teoría del decrecimiento creo que es muy válida como tesis económica, política, social y ambiental. Porque creo que, efectivamente, hace falta decrecer, en el sentido de que hace falta reducir el uso de energía y el uso de materiales, sobre todo en los países ricos. Pero el marco conceptual del decrecimiento es muy peliagudo, es muy difícil de comunicar, porque remite a escenarios de recesión económica y eso se asocia inmediatamente a algo que afecta negativamente a tu vida y a tu bienestar.

Foto: Foto: BNP Paribas

P. ¿Y no es así?

R. Es muy fácil de ridiculizar, reaccionar diciendo que lo que queremos es volver a las cavernas. Pero quizás hay que abandonar el concepto de PIB para medir el desarrollo económico, por ejemplo. Y dejar de ver el decrecimiento como una reducción del bienestar. No tiene por qué serlo. Podemos decrecer en algunas cosas, como en consumo de energía. Y crecer en otras, como en cultura, en cuidados, en bienestar, en salud. Se entiende bien con ejemplos. Si reducimos el espacio de los coches en las ciudades y además ponemos la semana laboral de cuatro días y un día de teletrabajo, está decreciendo el uso de gasolina, el uso de neumáticos, el uso de materiales. Pero tenemos más tiempo libre, más tiempo para cuidados, para practicar deportes, etcétera.

P. Son transformaciones bien complejas.

R. Cambiando el enfoque, creo que la sociedad podría entender el decrecimiento sin ningún problema. Siempre y cuando le digamos que es una reducción planificada, común y justa, porque es muy importante que se vea que todos hacemos el mismo esfuerzo. Que no se libran los que tienen más dinero. Entiendo que no hay que romantizar el decrecimiento, ni caer en la nostalgia de pensar que con menos se vive mejor, ni en la caricatura de las poblaciones reducidas. También hay que tener en cuenta que la mayoría de la gente ni quiere ni puede permitírselo de la noche a la mañana. En definitiva, en el libro hablo de términos como prosperidad sin crecimiento, o buen vivir... que nos sirvan para verlo de otra manera. Busco maneras de resignificarlo como algo positivo, como una disminución en el uso de energía y materiales que, sin embargo, puede implicar una mejora de la calidad de vida. En cualquier caso, y por encima de todo lo anterior, tenemos que ser capaces de establecer un diálogo y un debate social abierto, profundo y amplio sobre el tema. Y la sostenibilidad ya no nos vale. Eso es lo que intento argumentar en mi libro.

Andreu Escrivà (Valencia, 1983) es divulgador ambiental y ha trabajado en varios órganos institucionales contra el cambio climático. Después de pasarse años intentando explicar el problema frente a todo tipo de auditorios, ha llegado a la conclusión de que el concepto de sostenibilidad no solo no sirve ya de nada, sino que ha empezado a resultar contraproducente. Sostiene que empresas, gobiernos e instituciones lo han canibalizado y no hay forma de volver a darle un significado útil. Lo argumenta en un alegato de algo más de 200 páginas (Contra la sostenibilidad, Arpa) que sale a la venta hoy.

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