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No es otra ola de calor: es el clima que ya predijeron hace 166 años
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Cambio climático

No es otra ola de calor: es el clima que ya predijeron hace 166 años

La ciencia demostró en 1856 que el aumento de CO₂ atmosférico provocaría el calentamiento global. Los actuales mapas de temperatura lo confirman. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Foto: Mapamundi de temperaturas en superficie. Julio de 2022. (NASA)
Mapamundi de temperaturas en superficie. Julio de 2022. (NASA)

Existen pocas cosas más inquietantes que echar estos días un vistazo al mapamundi de temperaturas medias: las zonas azules (frías) o blancas y amarillas (templadas) han desaparecido casi por completo de la superficie terrestre para dejar paso al rojo de las altas temperaturas o incluso al granate del calor intenso. Esto ya no es una ola de calor, sino una nueva realidad climática: una realidad que hemos fraguado a base de emitir sin control CO₂ a la atmosfera y de la que nos advirtieron hace más de siglo y medio.

El secretario general de la ONU compartía esta misma semana una reflexión al respecto a través de sus redes sociales. “Las olas de calor —decía António Guterres— están golpeando especialmente el hemisferio norte, pero la realidad es que ninguna nación es inmune a la crisis climática. La mitad de la humanidad está en zona de peligro de incendios forestales, inundaciones, sequías y tormentas extremas. Todavía podemos evitar lo peor con un plan de acción climática urgente y ambicioso”.

Foto: Temperatura máxima registrada. (AEMET)

Evitar lo peor. Los científicos del clima llevan más de siglo y medio apelando a ello para provocar la reacción del mundo y empezar a reducir las emisiones de CO₂ y el resto de gases con efecto invernadero (GEI) que han causado y siguen provocando la crisis climática.

La primera científica en señalar que el aumento de las concentraciones de CO₂ en las capas altas de la atmósfera podía dar lugar a un recalentamiento del clima de la Tierra fue la climatóloga estadounidense Eunice Newton Foote, quien en 1856 expuso su teoría, basada en una serie de experimentos científicos, ante la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia en su reunión anual. Aunque, a decir verdad, no fue ella misma quien defendió sus conclusiones, sino que tuvo que hacerlo a través de un colega varón, ya que en aquellos tiempos en Estados Unidos las mujeres de ciencia no podían exponer el resultado de sus trabajos.

placeholder La climatóloga Eunice Foote (1818-1888) predijo el calentamiento global. (Wikimedia Commons)
La climatóloga Eunice Foote (1818-1888) predijo el calentamiento global. (Wikimedia Commons)

En todo caso, la conclusión final del trabajo de esta brillante climatóloga, que con el paso del tiempo sería reconocida como una de las científicas más relevantes de su época, fue que “el aumento de las concentraciones de CO₂ en las capas altas de la atmósfera provocaría inequívocamente su recalentamiento”. De eso hace 166 años.

Pero el considerado por todos como ‘descubridor’ del cambio climático fue el físico irlandés John Tyndall, quien tres años después de los experimentos llevados a cabo por Foote, en 1859, logró demostrar que las moléculas de algunos GEI como el dióxido de carbono, el metano o el vapor de agua estaban reforzando el efecto invernadero de nuestra atmósfera y, por lo tanto, iban a calentar el clima de la Tierra.

Años más tarde, en 1896, un solitario científico sueco, el profesor Svante Arrhenius, estableció una relación directa entre las emisiones de dióxido de carbono (CO₂) y el incipiente aumento de la temperatura global del planeta. Si la presencia del CO₂ seguía aumentando —demostró el investigador escandinavo—, las temperaturas subirían en la misma escala a nivel global. Pero como sus colegas anteriores, y pese a recibir el Premio Nobel de Química en 1903, Arrhenius fue víctima del ‘efecto Casandra’ y para su desesperación nadie le hizo caso.

Foto: Glaciólogos estudiando el deshielo de la Antártida. (EFE) Opinión

Avanzamos hasta 1938, año determinante para la ciencia del clima, cuando un ingeniero inglés llamado Guy Stewart Callendar recupera la tesis de Arrhenius para seguir desarrollando la teoría de que el aumento de concentraciones de CO₂ que se estaba produciendo en las capas altas de la atmósfera estaba actuando ya como precursor del calentamiento global del clima. Insisto: 1938.

Callendar defendió sus inquietantes conclusiones ante los insignes académicos de la tan prestigiosa como vetusta Royal Meteorological Society, obedientes siervos de la moral dominante, quienes tras escuchar las conclusiones de sus rigurosos informes desestimaron tenerlos en cuenta. "El ser humano capaz de cambiar el clima: ¡valiente locura!", expresaron con el mayor desdén.

Pero el afán de conocimiento de algunos científicos es perseverante. En 1956, el físico canadiense Gilbert Plass demostró la manera exacta en que el CO₂ capturaba la radiación infrarroja de la Tierra y recalentaba la atmósfera, acreditando que, si las emisiones de dichos gases asociadas a la actividad humana continuaban al alza, la temperatura media aumentaría más de un grado por siglo. Lo clavó: eso es exactamente lo que ha aumentado la temperatura en los últimos 100 años.

placeholder Las emisiones de CO₂ han provocado la crisis climática. (EFE/M. Shipenkov)
Las emisiones de CO₂ han provocado la crisis climática. (EFE/M. Shipenkov)

Poco tiempo después, uno de los nombres más destacados de la ciencia del cambio climático, el oceanógrafo Roger Revelle, calculó que el aumento del CO₂ era consecuencia directa de la utilización de carbón y otros combustibles fósiles como fuentes de energía. Revelle alertó en los años sesenta de que, si no se ponía remedio, las emisiones industriales de dióxido de carbono y el resto de GEI “modificarán el clima de una manera importante no en un futuro lejano, sino en el próximo siglo”. Condenar a Revelle al efecto Casandra fue uno de los mayores errores que ha cometido la humanidad.

Para demostrar hasta qué punto llevaba razón, uno de los discípulos de Revelle, el investigador Charles David Keeling, empezó a registrar metódicamente, día a día, las concentraciones del CO₂ atmosférico en uno de los lugares más intactos de la Tierra: la cima del volcán Mauna Loa, en Hawái (después hizo lo mismo en la Antártida). Al ir acumulando sus datos instrumentales, obtuvo una de las series de datos más importantes de la ciencia del cambio climático: la famosa ‘curva de Keeling’, que inspiraría a Al Gore a realizar su famoso documental ‘Una verdad incómoda’, con el que despertó la conciencia mundial respecto a la crisis climática en 2006. O al menos eso creímos muchos.

Los mapas de temperaturas que vemos estos días son la evidencia de que la ciencia siempre acaba imponiéndose a la creencia y que, pese a que muchos continúan anclados en los tiempos de Foote o de Callendar y siguen creyendo que el ser humano es incapaz de cambiar el clima, lo cierto es que, como ahora insisten en recordarnos los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), el aumento de las concentraciones de CO₂ en las capas altas de la atmósfera, como consecuencia de nuestras emisiones, ha provocado su recalentamiento, lo sigue haciendo y no dejará de hacerlo mientras sigamos quemando combustibles fósiles.

Existen pocas cosas más inquietantes que echar estos días un vistazo al mapamundi de temperaturas medias: las zonas azules (frías) o blancas y amarillas (templadas) han desaparecido casi por completo de la superficie terrestre para dejar paso al rojo de las altas temperaturas o incluso al granate del calor intenso. Esto ya no es una ola de calor, sino una nueva realidad climática: una realidad que hemos fraguado a base de emitir sin control CO₂ a la atmosfera y de la que nos advirtieron hace más de siglo y medio.

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