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Una 'quinta columna' de 300 millones: así quiere sembrar Rusia el caos en Occidente
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Una 'quinta columna' de 300 millones: así quiere sembrar Rusia el caos en Occidente

La magnitud de ese esfuerzo desestabilizador solo es perceptible cuando se colocan todas las piezas una al lado de la otra. Bienvenidos a la 'guerra política' con que Rusia quiere sembrar el caos en Occidente

Foto: Mural anti-OTAN y anti-UE en Belgrado. (EFE/Andrej Cukic)
Mural anti-OTAN y anti-UE en Belgrado. (EFE/Andrej Cukic)
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El pasado martes, el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, hizo un discurso en el que señaló el pésimo estado de las relaciones entre Moscú y Occidente. “No hay ni razón ni deseo de mantener la presencia [diplomática] previa en Estados occidentales. Nuestra gente trabaja allí en condiciones que difícilmente pueden ser consideradas humanas”, aseguró Lavrov ante una promoción de nuevos alumnos de la escuela diplomática rusa. “No se puede forzar el amor”, concluyó.

El discurso ha provocado especulaciones sobre si Moscú podría estar preparándose para cortar todas las relaciones diplomáticas con una serie de países que, desde hace bastante tiempo, considera oficialmente “hostiles”. Si hay algo que certifica la perorata de Lavrov es que el Kremlin ve a Estados Unidos, la Unión Europea y sus aliados de forma inequívoca como enemigos. Y en ese conflicto, el régimen de Vladímir Putin lleva mucho tiempo actuando contra quienes considera sus enemigos, mediante una serie de operaciones desestabilizadoras dirigidas a debilitarlos. La magnitud de ese esfuerzo solo es perceptible cuando se colocan todas las piezas una al lado de la otra, hasta obtener una visión de conjunto. Bienvenidos a la 'guerra política' con la que Rusia quiere sembrar el caos en Occidente.

Foto: Soldados ucranianos, en la línea de fuego cerca de Mikolaiv, este agosto. (Reuters/Oleksandr Ratushniak)

En 1948, el diplomático estadounidense George Kennanautor del famoso 'Largo Telegrama', que estableció las bases para la política de contención hacia la URSS— definió así la guerra política: “El empleo de todos los medios al alcance de una nación, sin llegar a la guerra, para lograr sus objetivos nacionales. Estas operaciones son tanto abiertas como encubiertas”. Algunas de las campañas llevadas a cabo por Rusia en los últimos años que encajan plenamente en esta categoría son bien conocidas, desde la interferencia en las elecciones de EEUU, Francia y otros países europeos hasta el uso de 'granjas de trolls' para promover el Brexit. Pero otras, como la financiación de fuerzas desestabilizadoras, no lo son tanto. Y, desde el inicio de la invasión de Ucrania, muchos de estos esfuerzos parecen haberse incrementado.

“Los fracasos a la hora de lograr sus objetivos en Ucrania probablemente llevarán a Putin a buscar el éxito en otros lugares”, opinaba Alexander Crowther, investigador del Programa de Seguridad y Defensa Transatlántica del Centro para el Análisis de la Política Europea (CEPA), en un reciente artículo. “Si la guerra convencional está descartada, y la diplomacia no funciona porque ya nadie confía en él, tendrá que recurrir a la guerra política”, advertía Crowther.

Algunos de estos elementos son quinéticos. Las acciones híbridas parecen estar ganando tracción tras el sabotaje de los gasoductos Nord Stream, tal y como ya señaló El Confidencial: este mes, un grupo de ‘hackers’ rusos logró tumbar todas las páginas web de los principales aeropuertos estadounidenses, aunque no llegaron a afectar a la navegación aérea. En las últimas dos semanas, las autoridades noruegas, en varios incidentes separados, han detenido a un total de siete operadores rusos de drones que portaban imágenes de infraestructuras sensibles, incluyendo instalaciones energéticas y aeródromos de uso militar. Se han producido varios sabotajes de autoría desconocida en cables submarinos en Suecia y Reino Unido, y en las líneas de energía de los ferrocarriles del norte de Alemania, lo que en el clima político actual ha llevado a sospechar de Moscú. Pero si en algo está versado el Kremlin, es en las artes oscuras de la política clandestina.

"Moscú lleva a cabo una guerra política asimétrica contra Occidente apoyando aquellos movimientos que dañan su cohesión"

“Por un lado, el Kremlin quiere restablecer el poder geopolítico de la URSS —no de la Unión Soviética como tal, sino su capacidad geopolítica— para asegurar la posición de Rusia como un polo significativo en el mundo multipolar. Por otro, Putin está personalmente obsesionado con la idea de eliminar a la OTAN por medios políticos, esto es, no militares”, señala el politólogo Anton Shekovtsov, director del Centro para la Integridad Democrática con sede en Viena y un reputado especialista internacional en movimientos de extrema derecha, a El Confidencial.

“Dado que Rusia es económicamente inferior a Occidente, que ve como el principal obstáculo para implementar los objetivos del Kremlin en general y de Putin en particular, el liderazgo ruso está llevando a cabo una guerra política asimétrica contra Occidente animando y apoyando a aquellos movimientos políticos occidentales cuyas actividades infligen daño a la cohesión política, económica y occidental [de estas sociedades]", agrega el experto.

El precio de las voluntades políticas

El mes pasado, el Gobierno estadounidense calculó la cantidad entregada por Rusia a partidos y movimientos políticos y a funcionarios de todo el mundo para promover sus objetivos políticos en al menos 300 millones de dólares desde 2014, según la información recabada por los servicios de inteligencia de EEUU. El informe emitido por estas agencias señala que probablemente hay pagos que no han sido detectados y la cifra real es mucho mayor. Entre los movimientos claramente identificados está la entrega de unos 500.000 dólares al Partido Democrático de Albania en 2017 y la financiación de candidatos en procesos electorales de Bosnia, Montenegro y Madagascar. Otros muchos, considerados más sensibles, no son mencionados por su nombre.

Foto: El presidente de Rusia, Vladímir Putin, se reúne con el presidente de la República Serbia de Bosnia, Milorad Dodik. (Reuters/Mikhail Klimentyev)

De acuerdo con dicho informe, los pagos acreditados tuvieron lugar en efectivo, criptomonedas, transferencias electrónicas o a través de regalos caros. El dinero se mueve a través de una serie de instituciones intermediarias creadas para oscurecer los movimientos, incluyendo fundaciones, ‘think tanks’, consultorías políticas, empresas fantasma o compañías estatales rusas, e incluso grupos criminales organizados. En lugares donde el entorno se consideraba lo suficientemente seguro, los fondos circularon directamente a través de las embajadas de la Federación Rusa.

“Algunos de los métodos de financiación política encubierta de Rusia se encuentran sobre todo en ciertas partes del mundo”, señala el documento. “Rusia se ha apoyado en empresas estatales y grandes firmas para mover fondos de forma encubierta en varias regiones, incluyendo Centroamérica, Asia, Oriente Medio y África del Norte, y en ‘think tanks’ y fundaciones que están especialmente activas en Europa”. Al hacer pública esta información, un alto funcionario estadounidense declaró a la BBC que el Kremlin había utilizado Bruselas como centro para este tipo de fundaciones, dirigidas a financiar a partidos y candidatos de extrema derecha.

Crear un bloque de euroescépticos

Estas afirmaciones parecen corroborar los hallazgos del Dossier Center de Londres, fundada por el oligarca ruso exiliado Mijaíl Jodorkovsky. A principios de este año, la organización obtuvo un gran paquete de documentos y correos electrónicos de la organización del empresario ultraconservador ruso Konstanín Malofeev que probaban los vínculos entre este y varios partidos de ultraderecha europeos. A finales de marzo, los documentos fueron revisados y verificados de forma conjunta por la publicación italiana 'L’Espresso', la británica 'New Lines Magazine', el diario alemán 'Sueddeutsche Zeitung', la televisión pública alemana Westdeutscher Rundfunk y el medio estonio 'Delfi'.

La investigación demostró la existencia no solo de contactos frecuentes entre el grupo empresarial de Malofeev, Tsargrad, y varias figuras ultraderechistas europeas clave —como Gianluca Savoini, asesor del italiano Matteo Salvini— sino la existencia de planes específicos para promover la formación de un bloque político europeo favorable a posturas ultraconservadoras y prorrusas.

Foto: El ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi, junto al presidente ruso, Vladímir Putin. (Archivo)

“Creemos que en este momento hay todavía una posibilidad de restablecer contactos para un trabajo sistemático con euroescépticos para contrarrestar la política de sanciones de Bruselas. Sin embargo, el restablecimiento del trabajo con ellos requiere un nivel fundamentalmente diferente de confidencialidad en conexión con el fortalecimiento de la oposición a la influencia rusa por parte de los servicios de inteligencia occidentales”, afirma uno de los documentos internos de la organización escrito en marzo de 2021.

Otro, fechado cinco años antes, habla de un pago de 20.000 dólares al legislador austríaco Johannes Hübner, del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), para que promoviese una iniciativa sobre cómo “las sanciones antirrusas causan un daño irreparable a la economía austríaca”, más otra recompensa adicional de 15.000 dólares en caso de que la votación resultase exitosa. En junio de 2016, Hübner presentó una moción independiente en el Parlamento titulada “Levantamiento de las sanciones a Rusia”, que fue rechazada.

Foto: Geert Wilders en una conferencia de líderes de extrema derecha. (EFE)

Según un informe del Foro del Parlamento Europeo para los Derechos Sexuales y Reproductivos, entre 2009 y 2018 Rusia aportó un total de 188,2 millones de dólares a organizaciones europeas opuestas a la igualdad de género y la libertad sexual. Pero queda claro que Malofeev, uno de los principales donantes, no es un simple “empresario” que realiza un activismo ultraconservador por razones ideológicas, sino un elemento clave en la estrategia del Kremlin para respaldar aquellas causas que más pueden dividir a las sociedades “enemigas”. Este oligarca lleva en la lista de sanciones de EEUU, la Unión Europea y Canadá desde 2014 por su respaldo a las fuerzas secesionistas en el este de Ucrania.

Separatismo selectivo

Otro de los pilares de esta estrategia es la promoción de movimientos separatistas en países occidentales. El pasado agosto, el Departamento de Justicia de EEUU presentó cargos contra el ciudadano ruso Alexander Ionov, líder del llamado Movimiento Antiglobalización de Rusia, por su papel en una “campaña de influencia para convertir a grupos políticos y ciudadanos estadounidenses en instrumentos del gobierno ruso”, incluyendo “apoyo financiero, consultoría, instrucción y promoción en medios estatales rusos”.

Ionov no es ni mucho menos un desconocido. El Confidencial le entrevistó en 2016, cuando se disponía a organizar en Moscú la segunda conferencia internacional de movimientos separatistas en la que se esperaba que tomasen parte representantes de Texas, California, Irlanda del Norte, Lombardía, Hawái, Puerto, Rico, el Sáhara Occidental, e incluso Cataluña, a través del partido minoritario Solidaritat Catalana per la Independència. También de las dos repúblicas separatistas del Donbás ucraniano. La mayoría ya habían participado en la primera edición de este encuentro. Nada, sin embargo, de lugares como Chechenia o Tartaristán, o incluso del Tíbet.

“Rusia no tiene movimientos separatistas. Para nosotros no es un problema”, aseguraba tajante entonces este activista ruso, cuya organización está financiada al menos parcialmente por el Gobierno ruso.

Foto: Imagen de la conferencia 'Diálogo de las naciones' 2015 en el Hotel President de Moscú (cedida por el Movimiento Antiglobalización de Rusia).

Ahora, las autoridades estadounidenses acusan a Ionov de financiar y tratar de radicalizar el movimiento separatista de California, entre otras acciones desestabilizadoras. Entre las evidencias presentadas por la Fiscalía están los correos que Ionov se intercambió con un individuo no mencionado por nombre —pero que la prensa estadounidense ha identificado como Louis Marinelli, fundador del grupo secesionista Yes California—, en los que, además de asesorar, urgía al grupo a entrar por la fuerza en la oficina del gobernador, entonces el demócrata Jerry Brown, durante una protesta planificada de forma conjunta. En otro email, Ionov se quejó de que los manifestantes no hubiesen llegado tan lejos como él esperaba, y les instaba a que le pasasen fotos del episodio. Según los investigadores, Ionov después le pasó estas imágenes a un oficial del FSB, el principal servicio de inteligencia de Rusia.

El activista habría estado en contacto constante con al menos tres operativos de inteligencia rusos, aseguran los fiscales. La imputación va aún más allá, afirmando que Ionov habría reclutado a al menos otros dos grupos políticos en los estados de Florida y Georgia, desde diciembre de 2014 hasta marzo de este año. En 2017 y 2019, Ionov habría financiado las campañas de dos candidatos locales en la ciudad de San Petersburg, en Florida. Según un artículo de 'The New York Times', estos candidatos pertenecerían al Movimiento Uhuru, parte del Partido Socialista del Pueblo Africano, una organización política afroamericana de extrema izquierda que ha mostrado su apoyo a Rusia durante la guerra.

Foto: Ilustración: Laura Martín.
El independentismo negoció con Rusia en 2019 que Armenia reconociera la 'república' catalana
José María Olmo Datos: Marta Ley Infografía: Rocío Márquez Ilustración: Laura Martín

Además, a Ionov se le acusa de dirigir otro grupo político en Atlanta, con el que habría organizado una protesta en Silicon Valley frente a la sede de una red social que aplica restricciones a los mensajes prorrusos sobre la invasión de Ucrania. “El propósito es amplificar el malestar. Solo buscan financiar fuerzas opuestas. Es una forma de estimular la división social a bajo coste. El objetivo es crear caos y división”, comenta Peter Strzok, un exagente de contrainteligencia del FBI, en el citado artículo del diario estadounidense.

Según una investigación del periódico escocés 'The Herald', Ionov habría tratado repetidamente de atraer también a los independentistas del Partido Nacional de Escocia, aunque sin éxito. Rusia llegó al extremo de abrir una sede de la agencia Sputnik en Escocia y a darle un programa en la cadena RT al ex primer ministro escocés Alex Salmond, ahora líder de la formación independentista Alba Party. “Yo esperaría que los rusos intenten interferir en caso de que haya otro referéndum de independencia”, afirma Peter Jackson, profesor de seguridad global en la Universidad de Glasgow, en declaraciones a 'The Herald'.

¿Y España?

En España son bien conocidos los contactos entre emisarios del Govern de Cataluña y oficiales y empresarios rusos, para lo cual incluso llegaron a viajar a Moscú en 2019, tal y como ya reveló El Confidencial; así como la campaña masiva de promoción del separatismo catalán llevada a cabo por las 'granjas de trolls' rusas. También es sabido el vínculo entre Ignacio Arsuaga, presidente del grupo ultraconservador HazteOir y su rama internacional CitizenGo, y la organización de Konstantín Malofeev, a través de su empleado Alexey Komov. Existen evidencias de que en al menos una ocasión, Arsuaga solicitó fondos a Malofeev para HazteOir (100.000 euros en 2013, como destapó el diario 'Público' el año pasado).

Menos evidentes han sido las diversas campañas de influencia en medios estatales rusos contra España, como la amplificación masiva de las protestas por el ingreso en prisión del rapero Pablo Hasél y los mensajes cuestionando que nuestro país sea una democracia plena, a principios de 2021. También los intentos para incrementar la crispación por el precio de la electricidad, un esfuerzo que lleva en marcha desde el otoño pasado, mucho antes de la invasión de Ucrania, y que en aquel momento muchos observadores interpretaron como una forma de presionar para la aprobación del gasoducto Nord Stream 2.

Foto: Carles Puigdemont y, de fondo, Pere Aragonès. (EFE/Horst Wagner)

La guerra política de Rusia tiene muchos actores, algunos de ellos claramente ligados al poder ejecutivo ruso, como la administración presidencial, el gobierno, el parlamento, los servicios de seguridad, inteligencia y contrainteligencia. Pero otros son emprendedores políticos que llevan a cabo operaciones de influencia maligna contra Occidente porque saben que, en caso de que tengan éxito, serán recompensados por el Kremlin con incentivos económicos, posiciones más altas en la jerarquía rusa, etcétera”, indica Shekhovtsov. “Estos emprendedores políticos saben que dicha recompensa es posible porque: 1, son receptivos a los mensajes del Kremlin que determinan la necesidad de atacar a Occidente, y 2, saben de otros emprendedores políticos que fueron recompensados por actividades particulares”, comenta este experto.

Malofeev y Ionov estarían entre esos emprendedores políticos, así como otros nombres bien conocidos como Yevgeni Prigozhin, el llamado 'chef de Putin' responsable tanto del Grupo Wagner como de la Agencia de Investigación de Internet, la célebre 'granja de trolls' de San Petersburgo. Prigozhin ha estado implicado en múltiples operaciones de influencia, sobre todo en el continente africano, que combinan campañas de desinformación en redes —mediante 'granjas de trolls' en países como Ghana— con la 'diplomacia paralela' que ofrecen los servicios militares de Wagner. En al menos un episodio, un operador de Prigozhin fue identificado entregando maletines de dinero a un candidato electoral en Madagascar.

Foto: Putin en la ceremonia de anexión de territorios ocupados. (EFE/Grigory Sysoev)

En estos momentos, la “guerra política” parece enfocada en activar a los agentes de influencia que Rusia tiene en los países occidentales, como por ejemplo líderes de opinión —pagados o convencidos— para que impulsen corrientes de pensamiento favorables a Rusia. Una de las áreas en las que más éxito están teniendo es a la hora de movilizar a las bases del Partido Republicano estadounidense, muchos de cuyos simpatizantes y representantes políticos son cada vez menos favorable a seguir respaldando a Ucrania. Varios de ellos podrían hacerse con escaños en las elecciones de mitad de mandato del próximo noviembre, lo cual dificultaría la aprobación de futuros paquetes de ayuda impulsados por la Administración Biden.

Los agentes de influencia también están promoviendo movilizaciones que tensen la situación y hagan más difíciles para estos gobiernos el mantenimiento de la actual política de sanciones. En ocasiones, las protestas que están teniendo lugar son espontáneas y legítimas, pero otras veces hay detrás una mano rusa. Por ejemplo, la convocada este próximo sábado “por la neutralidad de Australia”, cuyo cartel, además de pedir “parar la guerra, a la OTAN y la transferencia de armas” incluye el símbolo militar ruso de la Cinta de San Jorge, que en estos días es utilizado como muestra de apoyo a la invasión. En algunos casos, el cartel va acompañado de una imagen de un soldado ruso bajo el eslogan “Este hombre es tu amigo. Lucha por la libertad”.

Además, si alguna manifestación, orquestada o no por Rusia, acaba en violencia y represión policial, como sucedió esta misma semana en Francia, el ecosistema de medios y redes sociales rusos se apresura a magnificarlo. Todo con tal de generar la máxima crispación posible.

En su discurso del pasado 29 de septiembre, Putin dejó claro que ve la guerra en Ucrania en términos mucho más amplios que un simple conflicto con un país vecino. “Vladímir Putin y los que le respaldan han dejado clara una cosa: esta guerra no es solo sobre Ucrania. Consideran su guerra contra Ucrania como parte de una cruzada mayor, una cruzada contra la democracia liberal”, afirmó la semana pasada el canciller alemán, Olaf Scholz. Lo primero que deben hacer esas democracias liberales es darse por enteradas. Lo segundo, entender que la 'guerra' a veces cobra formas que no son las esperadas.

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El pasado martes, el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, hizo un discurso en el que señaló el pésimo estado de las relaciones entre Moscú y Occidente. “No hay ni razón ni deseo de mantener la presencia [diplomática] previa en Estados occidentales. Nuestra gente trabaja allí en condiciones que difícilmente pueden ser consideradas humanas”, aseguró Lavrov ante una promoción de nuevos alumnos de la escuela diplomática rusa. “No se puede forzar el amor”, concluyó.

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