Un 'filtro austríaco' para la foto de Colón: así hemos normalizado a la ultraderecha europea
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del dúo del Porsche a la foto de Colón

Un 'filtro austríaco' para la foto de Colón: así hemos normalizado a la ultraderecha europea

Si le aplicamos el 'filtro austríaco' a la foto de la plaza madrileña podemos contrastar lecciones sobre la normalización de la extrema derecha en Europa y su potencial impacto en nuestras sociedades

placeholder Foto: Geert Wilders en una conferencia de líderes de extrema derecha. (EFE)
Geert Wilders en una conferencia de líderes de extrema derecha. (EFE)

Ahora que la foto de Colón se ha convertido en un hito de la semiótica de la comunicación política en España —una de esas perchas mediáticas en las que se puede colgar el análisis que más convenga— quizás sea un buen momento para aplicarle el 'filtro austríaco'. Uno que, más allá de la coyuntura nacional, nos permita identificar patrones sobre la 'normalización' de la extrema derecha en Europa, cómo opera su creciente influencia en el tablero político y su potencial impacto en nuestras sociedades. ¿Intrigado? Así comienza esta historia.

No muchos se acordarán, pero hubo un día —no tan lejano— en que Austria se convirtió brevemente en un paria para la comunidad internacional. Los entonces 14 estados miembros de la Unión Europea rompieron relaciones culturales, bloquearon nombramientos y cancelaron ejercicios militares conjuntos con el país. Estados Unidos e Israel llamaron a consultas a sus embajadores en Viena y varias personalidades internacionales, del veterano rockero Lou Reed al príncipe Carlos de Inglaterra, cancelaron eventos programados en la nación alpina. Los propios austríacos protagonizaron multitudinarias protestas en las calles. Sucedió hace 21 años, en febrero del año 2000. Un fenómeno que fácilmente se puede resumir en una sola foto.

placeholder Wolfgang Schüssel y Jörg Haider.
Wolfgang Schüssel y Jörg Haider.

Los dos hombres que posan sonrientes en un elegante deportivo azul son Wolfgang Schüssel, el discreto jefe del Partido Popular austríaco en el asiento del copiloto, con Jörg Haider, provocador líder del partido de extrema derecha FPÖ (Partido de la Libertad de Austria), al volante —literal y metafóricamente—. Bautizada como "el dúo del Porsche", esta instantánea se produjo poco después de que ambos políticos pactaran una inédita coalición que cambiaría el futuro político del país y adelantaría una tendencia que se aceleraría en los próximos años en Europa.

El movimiento tenía su enjundia, ya que con esta maniobra Schüssel lograba contra todo pronóstico devolver a los populares a la Ballhausplatz después de más de 40 años de travesía por el desierto. Ni siquiera necesitó ganar la elección. Quedó tercero, por detrás de los socialdemócratas y del propio FPÖ. El precio para ocupar la cancillería federal era pactar con los ultras. El efecto colateral, normalizarlos.

"Hay mucha expectativa en el gallinero europeo y eso que el zorro todavía no ha entrado"

"[El Parlamento Europeo] cree que la admisión del FPÖ en un gobierno de coalición legitima la extrema derecha en Europa", denunció la Eurocámara el 3 de febrero de 2000, un día antes de que se cerrase el pacto, en un durísimo comunicado que condenaba "todos los insultos, la xenofobia y los comentarios racistas de (...) Haider a lo largo de muchos años".

Haider venía haciendo mucho ruido en la escena política europea. Carismático y populista, el joven gobernador de la región de Carinthia mezclaba en su discurso la demagogia xenófoba y la retórica antiislámica mientras coqueteaba abiertamente con el nazismo —fue uno de los pocos que saludó el retorno "como un héroe" en 1985 del criminal de guerra Walter Reder, tras cumplir 34 años de condena en Italia por la matanza de Marzabotto—. Acusó a las autoridades belgas de "perdonar a los pederastas", calificó al presidente Jaques Chirac como un "Napoleón de bolsillo" y llegó a aplaudir el sistema laboral del Tercer Reich.

"Hay mucha expectativa en el gallinero europeo —se burlaba en una entrevista con el semanario alemán 'Die Zeit' de la ansiedad que generaba en Bruselas su llegada al gobierno— y eso que el zorro todavía no ha entrado". Muchas veces todo comienza con algo tan pequeño como una simple foto.

placeholder Un cartel contra la coalición de Kurz y Strache. (Reuters)
Un cartel contra la coalición de Kurz y Strache. (Reuters)

Silencio, se pacta

'Fast forward' casi 18 años. Poco después del retrato del Porsche, Haider rompió con el FPÖ y fundó su propia escisión. Falleció ocho años después, a los 58, cuando conducía borracho un coche deportivo. El experimento de Shüssel descarriló en apenas tres años y los socialdemócratas volvieron a dominar la arena electoral bajo el formato gran coalición. Los números del FPÖ se desinflaron y pasaron a la oposición. Desde allí y reanimados por la crisis financiera global de 2008 —como muchos otros partidos populistas de izquierda y derecha—, comenzaron una nueva escalada electoral sostenida en el segundo caso por la crisis de los refugiados. Esta recomposición culminó en 2017 con su retorno al gobierno federal otra vez de la mano del PP austríaco.

En diciembre de ese año, el jovencísimo Sebastian Kurtz pactó una nueva coalición con el FPÖ, comandado por Heinz-Christian Strache, un protésico dental con un pasado filonazi y turbios nexos con Rusia —lo que en última instancia acabaría precipitando su caída—. Con su discurso islamófobo y su racismo explícito y sin complejos —"Viena no debe convertirse en Estambul"—, lograron su mejor resultado en las urnas desde ese lejano 1999. Strache se convirtió en vicecanciller. Y, ¿adivinan qué sucedió después? Exacto. Nada.

Foto: Sebastian Kurz. (Reuters)

Ni quejas, ni tensiones diplomáticas, ni titulares apocalípticos. Silencio. Por no haber, no hubo ni foto emblemática. Solo las clásicas tomas aburridas de típica rueda de prensa conjunta. Kurz y Strache, ambos con chaqueta y sin corbata, gesticulando educadamente flanqueados por una bandera nacional y una de la UE (para no asustar a nadie). De la alemana Angela Merkel al francés Emmanuel Macron, las felicitaciones de las —entonces 28— capitales europeas fueron llegando como es habitual en estas ocasiones. En realidad, Kurz ya venía de adoptar algunas de las premisas nacionalistas de la extrema derecha. Todo normal. Circulen.

Visto en retrospectiva, el arco político de la extrema derecha austríaca en el siglo XXI se ha mostrado, en buena parte, como un inesperado predictor de lo que acabaría aconteciendo en casi toda Europa. Uno que va desde las décadas de ostracismo que siguieron a la II Guerra Mundial al resurgir con el cambio de siglo, cuando arranca la llamada 'cuarta ola' de extrema derecha en el continente. El filtro austríaco muestra cómo esta normalización es progresiva y cómo, gracias a los partidos tradicionales y la atención de los medios, acaba aceptada por el imaginario colectivo. Desde el año 2000, los partidos ultras han cuadriplicado su peso legislativo en los parlamentos nacionales del bloque y ocupan cada vez más espacio en la propia Eurocámara y las instituciones comunitarias.

El tabú ultra está roto. No solo hay ultranacionalistas gobernando en Polonia, Hungría o Eslovenia, sino que formaciones consideradas veneno electoral hace no tanto tienen ahora representantes en coaliciones de gobierno en Dinamarca, Finlandia o Italia. En varios países, incluyendo España y Alemania, ya son la tercera fuerza política. Y en Francia aseguran que en las presidenciales de 2022 va la vencida. El discurso antiinmigración, el nacionalismo cultural y el proteccionismo económico han calado en prácticamente todo el espacio comunitario, haciendo que partidos conservadores —y algunos progresistas— estén endureciendo sus posturas ideológicas para no perder comba electoral. A continuación, analizamos cinco casos para comprender el fenómeno de la normalización de la extrema derecha y sus implicaciones.

placeholder Mitsotakis antes de jurar el cargo de primer ministro. (Reuters)
Mitsotakis antes de jurar el cargo de primer ministro. (Reuters)

Caso 1: La tentación griega

Grecia fue el primer gran rompeolas de la marea populista que Europa incubó durante la crisis financiera global de 2008. En el país heleno llegaron a convivir y prosperar electoralmente opciones radicales a ambos márgenes del espectro ideológico. Y aunque la extrema derecha llegó a rondar el 15% electoral, fue la izquierda populista la que llegó al poder en 2015 ante el horror de Bruselas. Pero al país no se lo tragó la tierra.

"En Grecia, cuando SYRIZA estuvo en el Gobierno entre 2015-2019, fue un partido más cercano a la socialdemocracia clásica que a cualquier otra cosa. Intentó combinar una retórica anticapitalista con unas políticas profundamente pragmáticas, integradas y negociadas en el marco de la UE que no encajaban con las mismas prácticas que el propio partido denunciaba años atrás", asegura Nikos Marantzidis, profesor del departamento de estudios balcánicos, eslavos y orientales de la Universidad de Macedonia.

Los discursos de justicia social y cambios estructurales se fueron suavizando paulatinamente mientras, en el otro extremo, se iban radicalizando, cristalizando en partidos que abanderan el nativismo cultural combinado con un poderoso discurso antiinmigración. Poco después, la crisis de los refugiados terminó de cambiar el relato político en Europa, donde se volvió más rentable electoralmente culpar de los problemas a los inmigrantes que a los bancos.

"En la ultraderecha, el populismo acaba avivando la tentación autoritaria, la nostalgia por el nacionalismo blanco y cristiano del pasado"

En 2019, Kyriakos Mitsotakis, un conocido rostro de la elite política griega educado en Harvard, devolvió a los conservadores tradicionales al poder. La ultraderecha perdió en las runas, pero sus propuestas se quedaron en el debate. Como Kurz en Austria, el exbanquero griego asumió parte del discurso que la propia extrema derecha ya había comenzado a normalizar en el debate público. En su primera semana en el cargo, revocó el acceso a la sanidad pública a solicitantes de asilo, refugiados e inmigrantes irregulares y canceló planes para separar Estado e Iglesia, mientras algunos miembros de su equipo de colaboradores (con cinco mujeres en un gabinete de 51 personas) han sido señalados por mirar con benevolencia la dictadura griega de 1967-1973.

"Los llamados movimientos populistas de izquierda tienen convertirse en partidos de izquierda moderada", reflexiona Marantzidis. "Por contra, en el caso de los partidos de ultraderecha, el populismo acaba avivando la tentación autoritaria, la nostalgia por el nacionalismo blanco y cristiano del pasado".

placeholder Thierry Baudet en una manifestación anticonfinamiento. (Reuters)
Thierry Baudet en una manifestación anticonfinamiento. (Reuters)

Caso 2: Mitosis radical a la holandesa

Uno de los mejores ejemplos de esa capacidad de radicalización es Holanda. Este país que era hasta hace poco modelo de progresismo y tolerancia social ha vivido desde los 2000 el inexorable auge de la ultraderecha. Comenzó con el ecléctico Pim Fortuyn, siguió con el más radical Geert Wilders y su Partido de la Libertad (PVV) y, evolucionó, más recientemente, con el escandalosamente radical Thierry Baudet, del Foro para la Democracia (FvD). Aunque el liberal y camaleónico Mark Rutte logró ganar este año un cuarto mandato consecutivo y contener el empuje, tres partidos de derecha radical tienen presencia en el parlamento —el PVV, el FvD y el JA21, una escisión del anterior—. La senda recorrida por la sociedad holandesa confirma el patrón europeo.

"Mi investigación muestra que el auge y subsecuente normalización de la extrema derecha europea fue facilitada en parte por los partidos y medios tradicionales. Ambos actúan como los 'guardianes' del sistema, ya que controlan quién puede entrar en la arena política. Al contrario que el coronavirus, el populismo de extrema derecha no es contagioso, solo se difunde si los actores y canales lo permiten", explica Léonie de Jonge, experta en política y sociedad europea en la Universidad de Groningen.

Foto: Thierry Baudet, líder del FvD holandés. (EFE)

Esta multiplicación por mitosis ha llevado a que cada nueva versión de la extrema derecha presente un discurso más radical que la anterior, moviendo a cada paso el límite de lo digerible por la sociedad hasta hacer que discursos extremos suenen, por comparación, razonables. Mientras Wilders se enfoca mucho en el discurso antiislámico, Baudet no tiene reparos en pedir "una Europa eminentemente blanca" o denunciar la "dilución homeopática del pueblo holandés" con gente de otras culturas, conectando así directamente con teorías conspiranoicas como el Gran Reemplazo.

"Con sus comentarios y acciones radicales, Baudet está empujando los límites de lo que es considerado 'aceptable' mucho más allá de los que le precedieron. Así que ahora hay una posibilidad de que Geert Wilders y su PVV puedan comenzar a ser vistos como moderados y una alternativa relativamente normal al FvD [de Baudet]", agrega la experta.

placeholder Mette Frederiksen. (Reuters)
Mette Frederiksen. (Reuters)

Caso 3: Mutaciones imprevistas en Dinamarca

La evolución de la extrema derecha en los países nórdicos ha sido dispar, pero se puede detectar un marcado auge del extremismo en toda la región a partir de 2010. En esta etapa, los partidos pasaron del aislamiento a la progresiva aceptación política —especialmente en Finlandia y Noruega—. Incluso en Suecia la ultraderecha está logrando avances de legitimidad e influencia. Pero el caso más revelador es el de Dinamarca, que actualmente tiene el gobierno más populista y antiinmigración desde la II Guerra Mundial.

¿Se trata de alguna oscura formación ultra de nuevo cuño? ¿Una evolución de la derecha tradicional? No. En estas latitutes han sido los socialdemócratas de Mette Frederiksen los que están adoptando con éxito la narrativa ultranacionalista. "La actual popularidad de Frederiksen, que ha subido significativamente por encima del 30% durante el covid-19, se basa en que ha estado hablando constantemente de 'Dinamarca y los daneses' durante la pandemia", explica Marlene Wind, directora del Centro para la Política Europea de la Universidad de Copenhague. Mientras, agrega, su primer ministro, con un toque euroescéptico, se ha dedicado en paralelo a atacar a la UE por su gestión de la emergencia y los tropiezos en la campaña de vacunación.

Foto: Un partidario de Amanecer Dorado hace el saludo nazi en una manifestación. (Reuters)

De hecho, esta coalición ha sido más dura con los inmigrantes no occidentales que cualquier otro gobierno danés. Endurecieron las reglas para obtener la ciudadanía y han sido el único país europeo, junto con Hungría, que decidió repatriar a refugiados sirios bien integrados —muchos que van a la escuela o tienen trabajo—. Incluso están buscando establecer acuerdos con Ruanda para enviar allí a los refugiados daneses. Todo con el objetivo explícito de convertirse en un país cerrado a los inmigrantes.

Ya vimos que los partidos de ultraderecha pueden desaparecer, pero eso no elimina su caudal electoral. Y, en un mundo donde las grandes mayorías electorales son cosa del pasado, cada voto cuenta. "Los socialdemócratas han copiado las políticas migratorias de la extrema derecha y las han asumido como propias. La socialdemocracia y la extrema derecha, que también tiene una agenda con fuerte acento social, ahora en Dinamarca son lo mismo", asevera Wind.

placeholder Convención de Alternativa por Alemania. (EFE)
Convención de Alternativa por Alemania. (EFE)

Caso 4: El rígido cordón alemán

Todavía un puñado de países no han tenido su foto de Colón o su dúo del Porsche. De todos ellos, Alemania es el frente decisivo. Aquí, la extrema derecha europea se juega —política y simbólicamente— su futuro en las elecciones generales de septiembre de 2021 que marcan el fin de la era Merkel.

En un primer momento, los conservadores alemanes reaccionaron con el mismo acto reflejo que la mayoría del centro-derecha europeo ante la incipiente competencia ultraderechista que representaba Alternativa por Alemania (AfD): tratar de imitarlos. Lo intentaron descaradamente en las regionales de Baviera en 2018, en las que la CSU —el poderoso socio bávaro de la CDU— empuñó crucifijos y vendió conceptos como el 'Asyltourismus' —el turismo de solicitantes de asilo—. El resultado fue catastrófico.

Foto: Una carroza que representa al ministro nazi de propaganda, Goebbels, llevando en brazos a Björn Höcke. (Reuters)

"Por un lado, fortalecieron el discurso populista al normalizarlo y reproducirlo. Por otro, asustaron a sus votantes moderados que huyeron al partido verde o al abstencionismo. Así, un partido hegemónico como la CSU, acostumbrado a no bajar del 40%, perdió más de 10 puntos por copiar el discurso identitario de AfD", relata Franco Delle Donne, experto en comunicación de la Universidad de Berlín y director del proyecto Epidemia Ultra.

Tras comprender que emularlos era contraproducente, decidieron aislarlos con un férreo "cordón sanitario" que resiste hasta la fecha. Tan inflexible que apenas rozarlo provocó en enero de 2020 la caída de Annegret Kramp-Karrenbauer, AKK, delfín de Merkel y ganadora de las primarias de la CDU. Una rama regional de la CDU respaldó a un gobierno local de los liberales que a su vez había conseguido el apoyo de AfD. Esa conexión tangencial fue suficiente para generar un escándalo que la forzó a dimitir. El caso revela la toxicidad que mantiene la derecha radical en la escena política alemana, pero también su peso muchas veces exagerado en la agenda pública.

"Esta exposición en los medios les regaló la etiqueta de mayoría silenciosa. En realidad son lo contrario: una minoría muy ruidosa"

"La exposición de los medios le regaló a la derecha radical populista la etiqueta de 'mayoría silenciosa'. Algo que para los ultraderechistas fue un triunfo, ya que, como dice el académico Cas Mudde, en realidad son lo contrario: una 'minoría muy ruidosa'", agrega Delle Donne.

Pero, con la salida de Merkel y el auge de los verdes, puede que la aritmética electoral acabe eventualmente forzando la mano de la CDU si, conforme se normaliza su discurso, los votos de la ultraderecha acaban convirtiéndose en la tentadora llave del poder en alcaldías, regiones y, ¿la cancillería?

Caso 5: Nacionalismo de andar por casa a la irlandesa

En este contexto, Irlanda destaca como un gran verso suelto en Europa. Una nación con las condiciones propicias para que arraigue el populismo de extrema derecha —inmigración, desigualdad, guerras culturales y un sistema electoral franqueable— es, hoy día, inmune a sus encantos. Ni un solo ultraderechista en su parlamento. ¿Por qué?

"No es que Irlanda tenga un secreto contra el populismo. Sinn Féin, un partido populista y nacionalista de izquierda, estuvo a punto de llegar al gobierno el año pasado", contextualiza Eoin O’Malley, politólogo de la Universidad de la Ciudad de Dublín. "Irlanda es diferente porque prácticamente no hay sentimiento antiinmigrante. Creo que la razón es la propia naturaleza del nacionalismo irlandés, que es un nacionalismo de 'gente de a pie'. La historia de un país pequeño oprimido por uno más grande. Así que el nacionalismo irlandés no puede posicionarse como antiinmigrante sin contradecir su propia esencia", abunda el analista.

Es decir, no hay un gran pasado al que volver. Y quizás aquí se encuentre la gran lección irlandesa. No se puede imitar la idiosincrasia de una nación, pero sí emular cómo se traslada ese mismo espíritu de cable a tierra al ejercicio de la política diaria. "En parte debido a su sistema electoral, los representantes electos tienen de vivir y proceder de las áreas que representan. Están muy conectados a sus circunscripciones. Así que los políticos irlandeses no son una élite que es categóricamente distinta al resto de la población. Es bastante fácil reunirte con tu diputado local e incluso con el primer ministro. Esto ayuda a que los políticos permanezcan con los pies en la tierra", concluye O'Malley.

Ahora que la foto de Colón se ha convertido en un hito de la semiótica de la comunicación política en España —una de esas perchas mediáticas en las que se puede colgar el análisis que más convenga— quizás sea un buen momento para aplicarle el 'filtro austríaco'. Uno que, más allá de la coyuntura nacional, nos permita identificar patrones sobre la 'normalización' de la extrema derecha en Europa, cómo opera su creciente influencia en el tablero político y su potencial impacto en nuestras sociedades. ¿Intrigado? Así comienza esta historia.

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