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Hablar del genocidio para evitar el genocidio: "Lo dirán los tribunales, no la opinión pública"
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Entrevista con Norman Naimark

Hablar del genocidio para evitar el genocidio: "Lo dirán los tribunales, no la opinión pública"

El historiador Norman Naimark, profesor de Historia del Europa del Este de la Universidad de Stanford y una referencia mundial en genocidio, comparte su perspectiva profunda y matizada sobre la guerra ruso-ucraniana

Foto: Norman Naimark. (Mykola Swarnyk)
Norman Naimark. (Mykola Swarnyk)
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Con la actualidad, de nuevo, emanando de Ucrania y Rusia a gran velocidad, cargada de batallas, bombardeos, fosas comunes y amenazas nucleares, es necesario tomar aire y mirar un momento hacia atrás. Hacia las lecciones valiosas que podamos encontrar en los libros de historia de la región. En concreto, aquellos capítulos que ya parecían prefigurar algunas de las cosas que estamos viendo estos días en las estepas ucranianas desde que Moscú lanzó su invasión el pasado mes de febrero.

El historiador Norman Naimark, profesor de Historia del Europa del Este de la Universidad de Stanford, miembro sénior del Hoover Institute y uno de los mayores expertos del mundo en lo que él llama el “crimen de crímenes” —el genocidio—, tiene una perspectiva profunda y matizada sobre la guerra ruso-ucraniana. En conversación con El Confidencial, expone sus ideas sobre cuáles son las raíces del conflicto, cómo se dilucida un genocidio y por qué hay que tener cuidado a la hora de establecer paralelismos históricos con los momentos más negros del siglo XX.

Foto: Misil hipersónico ruso. (EFE/Ministerio de Defensa de Rusia)

PREGUNTA. Antes de abordar cuestiones más concretas, me gustaría saber cómo está siguiendo, en general, la invasión de Ucrania. Sé que usted vivió varios años en la Unión Soviética y que también ha participado en distintos proyectos en Ucrania. ¿Le cogió por sorpresa? ¿Cómo sigue la situación?

RESPUESTA. Jamás creí que sucedería, y creo que quien diga lo contrario está mirando la historia del revés. Muy, muy pocos expertos creían que pasaría realmente. A los servicios de Inteligencia americanos, obviamente, les preocupaba lo que fuera a ocurrir y alertaban de que las tropas rusas se estaban preparando para invadir. Pero la mayoría de la gente, yo incluido, pensaba que invadir sería estúpido. Pero sucedió. Desde entonces, he tratado de seguir la situación lo mejor posible. He pensado incluso en volver a Ucrania, pero no quiero ser simplemente un visitante.

Si voy, es para hacer algo positivo por ellos. La situación es terrible, es trágica. Evidentemente, para Ucrania. Son ellos quienes están siendo bombardeados, los que más sufren. Pero también es trágica para Rusia, porque esta guerra los va a retrasar décadas en términos de integración con el resto del mundo, en términos de crecimiento económico, que iba bastante bien antes de la guerra, sobre todo para la gente de Moscú y San Petersburgo, pero también para la gente fuera de estos centros. Podían viajar, ir a sitios. Yo me encontraba con colegas en Europa y podía ir a trabajar a Moscú. Era bastante fácil. Ahora eso se acabó. Y es una pena terrible.

P. Cuando miramos a Rusia, parecen emerger determinados patrones históricos. Déjeme leerle esto que dijo el historiador de Rusia y la URSS Stephen Kotkin, de la Universidad de Princeton, en una entrevista que concedió a 'The New Yorker' en marzo. Dice así: “Lo que tenemos hoy en Rusia no es algún tipo de sorpresa. No es algún tipo de desviación del patrón histórico. Mucho antes de que existiera la OTAN, en el siglo XIX, Rusia tenía este aspecto: tenía un autócrata, tenía represión, tenía militarismo, tenía sospechas de los extranjeros y de Occidente. Esta es la Rusia que conocemos; no una Rusia que llegase ayer o en los años noventa”. ¿Qué opina? Kotkin conoce Rusia muy bien. Al mismo tiempo, es un país que se ha modernizado notablemente en los últimos 30 años, con sus dimensiones cosmopolitas, etc. Pero parece caer una y otra vez en los mismos patrones de autoritarismo.

R. Hasta cierto punto, estoy de acuerdo con la declaración de Kotkin. Es alguien a quien respeto. Creo que es un historiador realmente fantástico y un buen colega. Por otro lado, creo que tú lo has explicado un poco mejor: existen altibajos, curvas, que te llevan a este tipo de patrones, que son parte de la historia de Rusia, pero no toda la historia de Rusia. Tenemos que acordarnos también de la otra parte. Los años noventa fueron una locura, muy difíciles, con muchas turbulencias. A principios de siglo, fueron los primeros en presentarnos sus condolencias tras los atentados del 11-S. Ese fue Vladímir Putin. Existía la sensación de que, de alguna manera, podía emerger una nueva Rusia, aunque no fuera una democracia completa.

Existen estas curvas en la historia de Rusia, muchos altibajos. Incluso sin miras al siglo XIX: hubo periodos en que las cosas pintaban mejor y se hicieron reformas. Mira la década de 1860, con el zar Alejandro II. Hubo un gran movimiento reformista, la servidumbre fue abolida, y hubo reformas legales y militares y de otros tipos. Así que tienes altibajos. Desgraciadamente, ahora estamos en un mal periodo, porque Rusia ha sido arrinconada por Putin, por sus necesidades políticas y su manera de ver el mundo. Así que sí, estoy de acuerdo con la declaración de Kotkin, siempre que se tenga en cuenta que esto puede volver a cambiar.

Foto: Cadáveres de ucranianos envueltos en plásticos. (EFE/Miguel Gutiérrez)

P. Una de las novedades de esta guerra es que está siendo retransmitida, casi, en 'streaming', en tiempo real. Cada día tenemos un flujo constante de imágenes, testimonios, información, reportajes... No todo de la misma calidad, claro, pero nos enteramos de muchas cosas. Entre otras, del proceso de rusificación en los territorios ocupados, de la prohibición del idioma ucraniano y de los libros en ucraniano; vemos la retórica abiertamente genocida en programas de la televisión rusa, que hablan de borrar la cultura ucraniana. Algo que, según el experto que acuñó el término en 1942, Raphael Lemkin, correspondería a un genocidio. Y también vemos que se han practicado el terror, la tortura y el asesinato. Mi pregunta: ¿es lícito, sabiendo lo que sabemos, hablar ya de genocidio? ¿O hay que esperar a que se dé un proceso de investigación más largo, certificado por expertos?

R. Es una pregunta complicada y que contiene muchos elementos. Déjame empezar por esto: el genocidio es algo que lleva tiempo dilucidar. Histórica y fundamentalmente, se trata de un concepto jurídico. Son las cortes internacionales las que deciden lo que es un genocidio y lo que no. Ni tú, ni yo, ni la opinión pública. Una parte importante del genocidio, que no has mencionado, es la intención. ¿Qué es lo que quiere hacer el Estado, en este caso Rusia, en Ucrania? Puedes juzgar la intención, en parte, por lo que están haciendo: los aspectos de la rusificación y los asesinatos en Bucha y en otros lugares. Pero aún estamos recolectando pruebas.

Recuerda que nos llevó mucho tiempo decidir si lo que los alemanes hicieron con los judíos fue un genocidio. Mucho tiempo. Los juicios de Núremberg no fueron acerca del genocidio, sino sobre la guerra de agresión. Los alemanes aún están juzgando a gente de 98 años por lo que hicieron en los campos de concentración. Mira el caso del líder serbio Slobodan Milosevic: lo sometieron a juicio más de 10 años después de los hechos. Fue imputado por genocidio, aunque nunca se le condenó [Milosevic falleció en 2006, antes de que se alcanzase un veredicto]. Mira todo el tiempo que llevó recolectar las evidencias y completar la historia para saber cuál fue la intención, porque la intención es crucial.

Una masacre y un genocidio son dos cosas distintas. Una masacre puede ser parte de un genocidio, pero no define lo que es un genocidio. La intención es muy importante. Y dilucidarlo, judicial e históricamente, es muy difícil. Creo que algunas de las acciones [emprendidas por Rusia en Ucrania] son como de genocidio. Así es como usaría el término. Puede preocuparte la posibilidad de que se esté llevando a cabo un genocidio, pero no puedes concluir definitivamente que ha habido genocidio hasta que no tengas todas las pruebas.

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P. En su docencia, ha mencionado a menudo que el genocidio es un fenómeno mucho más común de lo que imaginamos. A la mayoría de las personas se les vienen a la mente el Holocausto, Ruanda o el genocidio armenio, pero hay muchos más que no conocemos. Y es algo que ha sucedido, en algún momento, en todas las épocas y regiones del mundo. Al final, es algo que nos compete a todos nosotros.

R. Esa es, digamos, mi sensación: que el genocidio es parte de la historia humana. Y nosotros somos parte de la historia humana, del devenir de la historia. Y es responsabilidad de las naciones evitar el genocidio. Por cierto, creo que es perfectamente apropiado que el presidente Zelenski y el presidente Biden digan que en Ucrania se está produciendo un genocidio, incluso cuando no sea el caso. Porque es una manera de decir que este es un crimen internacional terrible. Y que vamos a estar prestándole atención, y a decirle a Putin que estamos atentos y que lo vamos a llevar ante la Justicia. Incluso aunque esto sea difícil de imaginar. Entonces, ¿cómo se evitan los genocidios? Una de las maneras es haciendo preguntas, como haces tú, y escribir sobre el potencial genocidio en Ucrania, dadas las características mencionadas.

P. En una reciente entrevista suya con el divulgador Lex Fridman, este le transmitió su fe en que la integridad personal de los seres humanos evitaría que volvieran a suceder cosas tan terribles, pero usted no era tan optimista.

R. Desde mi punto de vista, en cierto tipo de circunstancias, el genocidio podría ocurrir de nuevo. Especialmente cuando hay turbulencias políticas, o una guerra. La guerra incuba el genocidio. Es un hecho básico de la guerra. En mis escritos, he argumentado que, sin la Primera Guerra Mundial, probablemente no hubiera habido genocidio armenio. Sin la Segunda Guerra Mundial, probablemente no hubiese ocurrido el Holocausto. Pero no solo es la guerra. Ha habido genocidios en otro tipo de situaciones. Lo que está sucediendo con los uigures en China es muy peligroso. El último informe de Naciones Unidas no lo llamó genocidio, pero lo llamó crímenes contra la humanidad. Así podríamos acabar llamando a las cosas terribles que han sucedido en Ucrania: crímenes contra la humanidad, no genocidio.

Creo que las reglas en el último siglo han cambiado y que 'genocidio' es una palabra de oprobio que la gente no quiere que se le aplique a ella. Creo que los chinos estaban descontentos por haber sido acusados por la ONU de crímenes contra la humanidad pero, al mismo tiempo, aliviados de que no los acusaran de genocidio. Los rusos no quieren ser acusados de genocidio: el crimen de crímenes. Ningún Estado quiere eso, lo cual no significa que no vuelva a suceder, que no haya estallidos como los de Ruanda, Sudán, los Balcanes o Camboya. Podemos estar esperanzados por el hecho de que el cambio de las leyes internacionales lo haya hecho más difícil, pero ciertamente va a ocurrir. Y el argumento de Stephen Friedman [profesor de la Universidad de Columbia] de que la tecnología evitará que suceda creo que, claramente, no es correcto. El desarrollo de la tecnología lo hace más fácil, no más difícil.

Foto: La ciudad de Bucha (Ucrania), destruida. (EFE/Roman Pilipey)

P. Volviendo a Ucrania, es fascinante que algunas decisiones tomadas hace un siglo parezcan tener un eco importante en la actualidad. Estoy pensando en 1922, cuando se fundó la Unión Soviética. Lenin quería que Ucrania y Bielorrusia fueran repúblicas soviéticas. Stalin, por el contrario, abogaba por integrarlas dentro de Rusia como simples provincias. Lenin se salió con la suya. Pero, cuando Stalin obtuvo el poder y se consolidó en él, unos años después, envió campesinos rusos a repoblar las áreas de Ucrania vaciadas por la hambruna, el Holodomor, que él había provocado. Lo cual permite a Putin hoy en día recurrir a los descendientes de esos rusos étnicos (aunque ya había rusos allí antes del Holodomor) como excusa para invadir Ucrania. ¿Cómo lo ve? ¿Hasta qué punto se puede recurrir a Lenin y Stalin para explicar lo que sucede en Ucrania?

R. No hay duda. Hubo muchos movimientos de población durante el periodo soviético, y también antes. Es una de las razones por las que hay tantos ucranianos por toda la antigua URSS. Tengo amigos de origen ucraniano que viven en Siberia. A sus antepasados les dieron tierras allí para hacer una cosa u otra. Se construyeron grandes ciudades industriales donde se necesitaban mineros, etcétera. Otra parte de ello es la reestructuración étnica intencionada de la URSS. Pero sí, la creación de una Ucrania soviética fue obviamente muy importante, e incluso más importante aún fue ese proyecto de los años veinte que se llamó 'korenizatsiya', o 'indigenización'. La idea, y esto, por cierto, tanto con Lenin como con Stalin, era que la mejor manera de incorporar Ucrania a la Unión Soviética era permitiéndole que se desarrollase como nación. Una vez lo hubiera conseguido, esta especie de nación burguesa podría adoptar el socialismo proletario. Así que a los ucranianos, en los años veinte, se les animó a estudiar su historia, a desarrollar su lengua y su gramática, a escribir sus enciclopedias y demás. Los escritores ucranianos florecieron en esa década, con este programa.

Pero esto tuvo un final dramático a finales de los años veinte y principios de los años treinta, cuando el proyecto no funcionó como se esperaba. Con este renacimiento nacional, en lugar de seguir siendo leales a Moscú, los ucranianos empezaron a alejarse. Cuanto más se identificaban como ucranianos, más experimentaban su nacionalidad y más se decían a sí mismos que, quizá, no querían ser parte de la URSS. Y cuando la colectivización y los planes quinquenales aparecen a finales de los años veinte, Stalin se da cuenta de que tiene mucha resistencia en Ucrania y que esa resistencia es, de alguna manera, el resultado del nacionalismo. Es ahí cuando se produce el Holodomor, en 1932-33; cuando Stalin utiliza la hambruna para romperle la espalda a la nación ucraniana. Una hambruna terrible que mató a cuatro millones de personas, aunque algunos académicos hablan de 10 o 10,5 millones. Yo mismo he argumentado que esto fue un genocidio. Que los ucranianos fueron atacados con la intención de romper Ucrania como nación.

P. Usted forma parte, precisamente, del proceso de creación de un Museo del Holodomor en Kiev. ¿Cómo va el proyecto?

R. Ahora mismo, hay mucha controversia respecto al museo y no he podido ponerme con ello tanto como me hubiera gustado. Esta es una de las razones por las que quería ir a Kiev. El proyecto se ha mezclado con política personal y política académica, como suele suceder con estos proyectos museísticos. Ya había un Museo del Holodomor, pero iban a construir esta enorme incorporación y a llenarla con exposiciones muy bien hechas y muy interesantes. Tienen muchos documentos, incluidos documentos recientemente descubiertos que dejan claro que existía la intención soviética de dañar a la nación ucraniana, e incluso de destruirla o destruirla en parte, como grupo nacional funcional: la definición de genocidio. Eso era lo que querían hacer los soviéticos. En el proyecto, también había un debate sobre del número de víctimas. Algunos académicos muy reputados sostenían que la cifra de cuatro millones era demasiado baja y que el número de víctimas estaba más cerca de los 10 o 10,5 millones. Otros debatían sobre si era legítimo manejar esta cifra. Y había también un debate sobre, hasta qué punto, iba a tratarse, inevitablemente, de un museo antirruso.

En otras palabras: antes de la guerra, muchos ucranianos estaban abiertos a la cultura, la literatura y la historia de Rusia. Pero esto se ha convertido en una especie de guerra antirrusa. Lo cual tiene todo el sentido del mundo. Así que, cuando uno mira al Holodomor, se pregunta si esto va sobre Rusia y los rusos intentando aplastar los derechos de Ucrania y los ucranianos, o si va sobre el totalitarismo soviético y el sistema estalinista intentando aplastar Ucrania y a los ucranianos. Cuánto de esto es un conflicto nacional que se retrotrae al siglo XVII y cuánto se debe a cuestiones geopolíticas. Los museos históricos deberían dejar abiertas, en la mente de sus visitantes, las cuestiones controvertidas. Pero esto es algo que ahora resulta más difícil de hacer.

Foto: Un militante de las tropas prorrusas en el Donbás, con una bandera soviética. (Reuters/Alexander Ermochenko)

P. Es muy interesante. Pasa algo similar en el periodismo. La cobertura de la invasión rusa está muy escorada hacia un lado, lo cual es natural en el sentido de que hay claramente un agresor y una víctima. Al mismo tiempo, hay sensibilidades políticas en Ucrania que pueden no estar siendo representadas. Bien porque, como ha venido sucediendo desde 2014, las opiniones prorrusas hayan ido menguando, bien porque no se les preste atención, ni se hable de ellas. Antes de la invasión rusa, hablé con el director del Instituto de Sociología de Kiev, y este estimó la proporción de prorrusos en un 30%. No es el 50% de hace 10 años, pero sigue siendo un 30%. Muchos de ellos seguro que han cambiado de opinión en los últimos meses. Pero sigue siendo una realidad compleja que quizá no se esté reflejando bien.

R. Exacto. Y es comprensible. No he estado en la Ucrania en guerra, pero imagino que es casi imposible ser prorruso. En vastas porciones de Ucrania no podrías decirlo en público. Es un país en guerra. Es extremadamente difícil para una sociedad ser racional cuando está en guerra. A veces pido a mis estudiantes que piensen en lo que les hicimos a los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Estábamos embarcados en una guerra total en dos frentes: contra los japoneses y contra los alemanes. Y cogimos a los japoneses, muchos de ellos japoneses-americanos, nacidos y criados aquí, y los pusimos en campos de detención en las montañas. Y nadie había invadido nuestro territorio. En cierto modo, estábamos seguros, pero, aun así, les hicimos eso a los japoneses. Y todo el mundo estaba a favor.

Recuerdo que una vez tuve una discusión con mi padre, que estaba en el Ejército. Le dije: ¿cómo pudimos hacer esto? Él dijo, ¿a qué te refieres? Estábamos en guerra con ellos. Yo le dije, ya, pero no con los japoneses-americanos, que estaban cultivando manzanos en el valle. Pero él creía que se hizo absolutamente lo correcto. Piensa en las bombas nucleares que lanzamos en Hiroshima y Nagasaki. Si preguntaras a cualquier persona de esa generación, diría que por supuesto que había que lanzar esas bombas. Aunque algunos científicos, y unos pocos intelectuales, dijeran que no. Lo mismo sucede en Ucrania. Se puede comprender perfectamente. Están siendo atacados por Rusia, su independencia y su libertad están siendo amenazadas, así que la gente dice que los rusos son odiosos: bestias que cometen genocidio. Y que ha sido así desde hace cientos de años. Es perfectamente comprensible.

P. Tengo que preguntarle sobre Estados Unidos. En los últimos seis o siete años, hemos sido testigos del ascenso del nacional-populismo en Occidente; en el caso de Estados Unidos, este movimiento ha sido encarnado por Donald Trump. Su retórica y sus ataques a las instituciones, que culminaron con el asalto al Capitolio el año pasado, han hecho que algunos historiadores trazaran paralelismos entre esta época y la época de los años treinta, cuando el fascismo llegó al poder en Italia y Alemania. Estoy pensando, por ejemplo, en el historiador y profesor de Yale Timothy Snyder. ¿Cree usted que es un paralelismo válido?

R. Es una buena pregunta, y una pregunta importante. He leído a Snyder. Creo que es un buen historiador y es alguien a quien conozco y respeto. Dicho esto, creo que exagera. No creo que nos estemos dirigiendo a otros años treinta en que los Estados Unidos estén convirtiéndose, cada vez más, en algo como la Alemania nazi. Simplemente no es verdad. No es el caso. Hay desafíos, sin duda, para la democracia y el orden constitucional, que EEUU ha tenido desde el siglo XVIII. La manera en que hemos construido nuestra democracia, que dura más de dos siglos, es algo que ayudará a preservar Estados Unidos. Y nos ayudará a renovarnos. Y a lidiar con lo que, indudablemente, es un desafío significativo: el populismo, o como quieras llamarlo. Pero no creo que sea fascismo. Y no creo que nos aproxime a un Estado fascista.

¿Ha mostrado Trump características del fascismo? Absolutamente. ¿Significa eso que estemos en peligro de caer en el fascismo? No lo creo. Tengo mucha confianza en la democracia americana, en nuestro sistema político. Y de hecho puedes mirar al 6 de enero [día del asalto al Capitolio] a través de dos lentes distintas. Una, como una amenaza terrible a la democracia. Y otra, como prueba de que la democracia aguantó. Puedes decir que estuvo cerca de ser una tragedia, con una seria pérdida de vidas, y de hecho creo que estuvo cerca. Pero no creo que se acercase a traer el final de nuestro sistema. Este país no tiene un sistema prefascista. No estamos en la fase anterior al fascismo. En la Alemania de los años treinta, se podía decir que venían malos tiempos. Pero incluso entonces, Hitler logró capturar la nación de una forma casi inexplicable, que los historiadores aún están tratando de entender. Pero EEUU no está en esa categoría, ni tampoco en la de Italia. Aunque debo decir que Trump me recordaba, más que nadie, a Mussolini. Su acicalamiento, el sacar su mandíbula hacia fuera y el hacerse el supermacho. En los aspectos cómicos. Aparentemente, Trump tenía en mente una intentona extraconstitucional de conservar el poder. Pero los poderes que se oponían a él eran demasiado poderosos. Y es algo que tenemos que tomarnos seriamente, y de lo que tenemos que asegurarnos de que no volverá a pasar.

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