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Buscando al gran villano de la II Guerra Mundial: la crueldad japonesa y sus mitos

Durante décadas, la historia ha representado a los nipones como los grandes asesinos de prisioneros de guerra, en comparación con nazis o soviéticos. Una visión distorsionada

Foto: 'Cartas desde Iwo Jima', una de las últimas representaciones occidentales de la guerra en el Pacífico. (Warner Bros)
'Cartas desde Iwo Jima', una de las últimas representaciones occidentales de la guerra en el Pacífico. (Warner Bros)

¿Cómo se mide la brutalidad bélica? ¿De qué manera se pueden cuantificar la inhumanidad, el desprecio a los derechos humanos, el vacío moral en tiempos de guerra? Ninguna medida es lo suficientemente comprensiva, pero dejando a un margen genocidios y atrocidades en el campo de batalla, hay cierto consenso entre los historiadores en que una estadística reveladora son las tasas de mortalidad entre prisioneros. Dime cómo tratas al enemigo y te diré cómo eres de verdad.

En esa cosmovisión, los japoneses han sido considerados durante décadas los carceleros más brutales y despiadados de la Segunda Guerra Mundial, incluso por encima de los nazis. Los tópicos aderezados por los inclementes nipones, kamikazes, torturadores y fanáticos, han popularizado la idea de que mientras que los alemanes apenas eliminaron a un 4% de los prisioneros aliados, el porcentaje de muertes entre americanos, británicos, australianos, neozelandeses, canadienses y holandeses se elevó al 27%: 132.134 prisioneros, 35.756 cadáveres. Una absoluta escabechina.

Muchos aliados murieron bajo custodia japonesa, pero no por enfermedades, hambre o sed, sino por el fuego amigo de los bombardeos aliados

Son datos que, como otros tantos, han sido puestos cada vez más en duda por historiadores. Uno de los más preocupados por arrojar un poco de luz sobre la guerra del Pacífico es Michael Sturma, profesor de la australiana Universidad de Murdoch y autor de libros como 'Death at a Distance: the Loss of the Legendary USS Harder' o 'Surface and Destroy: the Submarine Gun in the Pacific'. Ahora, su última investigación relaja los ánimos y contradice la visión común de que los prisioneros aliados bajo cautiverio japonés estaban indefectiblemente condenados a muerte.

Sí, muchos aliados murieron en los mares del sur, pero no por enfermedades, hambre, sed, torturados o ejecutados. Las cuentas del historiador son claras: 132.134 prisioneros aliados, 35.756 muertos… pero a este número hay que sustraer esos 12.000 que, según los registros oficiales, perecieron en el mar durante los bombardeos aliados. El resultado, unos 23.756, el 18% de ellos, una cifra, en opinión del historiador, muy inferior a “la asunción universal de que los prisioneros aliados recibieron peor tratamiento en el Pacífico que en Europa”. Y lejana al repetido 27%.

“No describiría el tratamiento de los japoneses a los prisioneros de guerra como un mito”, matiza el profesor estadounidense. “Pero lo que sí creo es que ha sido distorsionado en el inconsciente popular al centrarse en incidentes como las marchas de la muerte de Sandakan y Bataan”. Esos son, según Sturma, los dos episodios que distorsionan una media donde el maltrato al prisionero no era necesariamente la tónica. En las marchas de la muerte de Sandakan (Borneo) murieron 3.600 trabajadores esclavos indonesios y 2.400 prisioneros de guerra. En Bataan (Filipinas), 75.000 presos tuvieron que trasladarse más de 100 kilómetros mientras eran hostigados por los japoneses, uno de los episodios más oscuros del frente del Pacífico.

Lo que Sturma defiende es que, atendiendo a la realidad, la fama de los japoneses respecto a su maltrato de prisioneros era algo inmerecida. Sobre todo, que no había un plan de exterminio semejante al alemán, y que en cada campo las circunstancias eran distintas, dependiendo de la actitud de sus comandantes. “Aunque las masacres de prisioneros también existieron, los japoneses nunca adoptaron una política de exterminio sistemático”, explica. “Nunca hubo nada comparable a los campos de exterminio nazis”.

Si hay que hacer un 'ranking' del mal, al menos atendiendo al tratamiento de los prisioneros de guerra, uno de los puntos clave de la Convención de Ginebra, que no firmaron ni Japón ni la URSS, los datos lo dejan claro. Nada como el sanguinario enfrentamiento alemán y ruso en las llamadas 'tierras de sangre', con un escalofriante 57% entre los soldados rojos en manos de los alemanes y casi un 33% de bajas entre el millón de alemanes presos por los rusos.

El problema de la no reciprocidad

Si los soviéticos y los japoneses fueron particularmente duros con sus prisioneros se debe, en un alto grado, a su propia filosofía bélica, que se traducía en el combate. Los rehenes mutuos, es decir, el deber de cuidar a los prisioneros ajenos como garantía de que se haría lo mismo con los propios, favorecían el respeto de los soldados enemigos, como recordó el historiador S.P. MacKenzie. Sin embargo, la orden en Japón, al igual que ocurría en la URSS, era la de combatir hasta la muerte.

El campo de Changi, en Singapur, era un 'club de campo' para muchos prisioneros en comparación con la construcción del ferrocarril de Birmania

“El hecho de que el Gobierno japonés no reconociese la rendición de sus propias tropas es extremadamente importante a la hora de explicar el tratamiento de los prisioneros aliados”, recuerda Sturma. “Desde el punto de vista japonés, cuidar a los prisioneros era un callejón sin salida. Incluso en ese caso, había más variación en la forma de tratarlos de lo que se suele reconocer”. Algunos testimonios, de hecho, mostraban una extremada placidez entre los aliados detenidos, como en el campo de Changi en Singapur, el más importante en el sudeste asiático, con apenas 850 bajas de entre 87.000 cautivos.

“Algunos prisioneros definieron Changi como un verdadero 'club de campo' o 'paraíso para los prisioneros de guerra' comparado con su experiencia en la construcción del ferrocarril de Birmania”, explica en su trabajo el historiador. La construcción acelerada de una línea que conectase Bangkok con el norte de Birmania, de la que se han escrito que en ella murió un prisionero por cada traviesa colocada, es el gran borrón negro en el historial japonés. Para Sturma, el hecho de que estos durísimos trabajos forzados concluyesen con una tasa de fallecidos del 19% sirve para corroborar que la famosa cifra del 27% no es realista. Incluso entre ellos, se debió antes a una cuestión de mala gestión que de tortura sistemática.

El Oryoku Maru, una de las 'naves infernales' japonesas. (Dominio público)
El Oryoku Maru, una de las 'naves infernales' japonesas. (Dominio público)

En ese panorama, otro de los elementos más traumáticos fueron las conocidas como 'naves infernales' ('hellships'), cuyo nombre lo dice todo y en las que, al igual que ocurría con los campos de prisioneros, el tratamiento era tremendamente variable. Se trataba de las naves usadas por la armada para transportar a los soldados hasta Japón, Taiwán o Corea, donde serían utilizados como mano de obra forzada. Como recuerda el historiador, si se ganaron el apelativo de infernales, no era únicamente por el trato de los nipones hacia los prisioneros, sino también porque, al no estar identificados para ser reconocidos desde el cielo como barcos de rehenes, eran objetivo habitual de la aviación.

Es lo que ocurrió con el Oryoku Maru, que transportaba a 1.620 prisioneros cuando fue bombardeado por la aviación americana en diciembre de 1944. “Muchos hombres enloquecieron y se arrastraban en la oscuridad absoluta armados con cuchillos, intentando matar gente para beber su sangre o armados con cantimploras llenas de orina que balanceaban en la oscuridad” es uno de los testimonios más celebres escrito por uno de los supervivientes.

Muchos consideraban la amenaza de los submarinos más terrorífica que el trato por parte del enemigo

“La posibilidad de ser aniquilados por la aviación americana o por los submarinos suponía un gran peso en la mente de los prisioneros”, explica. “Muchos consideraban la amenaza de los submarinos más terrorífica que el trato por parte del enemigo. Más prisioneros de guerra murieron como resultado de esos ataques que por enfermedades o por abusos en las naves infernales”. Y si bien gran parte de las bajas aliadas se debe a la inacción de los japoneses, que eludían el rescate de los prisioneros enemigos, muchas veces los datos se han inflado… o relativizado, como es el caso de Gregory Michno.

Tópicos kamikazes

Pocas cosas había más terroríficas para el combatiente aliado que el rostro del japonés, debidamente deshumanizado, con su pañuelo con los rayos del sol naciente en la frente. Desde los kamikazes hasta las terribles historias del escuadrón 731, durante y después de la guerra, Japón fue presentado como un país desconocido, misterioso y que seguía a pies juntillas una cultura sanguinaria del honor. “Todos esos elementos contribuyen a una visión popular de los japoneses como infrahumanos”, concede Sturma. “Una vez implantados, esos estereotipos son extremadamente difíciles de cambiar”.

Una deformación de doble dirección. “Mientras los aliados tendían a representar a los japoneses como infrahumanos, la propaganda japonesa tendía a representar a los soldados aliados como inhumanos, describiéndolos como diablos, demonios y monstruos”. No obstante, el historiador recuerda que el hipotético racismo japonés era más complejo y contradictorio durante los años de la Segunda Guerra Mundial de lo que se difundía en Occidente. En otras palabras, aunque a menudo los japoneses se consideraban como el pueblo predominante en Asia, esto no se tradujo en la misma política de genocidio que en la Alemania nazi.

El factor que marcó la diferencia en el caso nipón, concede Sturma, es su actitud a la hora de proporcionar la comida y los bienes médicos de la Cruz Roja a los prisioneros aliados, lo que en última instancia contribuyó a aumentar el número de prisioneros fallecidos. “En términos de muertes de prisioneros de guerra, los japoneses ocuparon un espacio intermedio entre el tratamiento de los alemanes en el frente occidental y su tratamiento de los prisioneros soviéticos”. ¿La sentencia? Culpables de “maltrato continuado”, que se tradujo en demasiadas muertes por malnutrición y enfermedades. ¿La condena? Que cada cual decida.

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