La hambruna española que fue borrada de la historia: ¿y si mató más que la guerra?
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AL MENOS 200.000 FALLECIDOS

La hambruna española que fue borrada de la historia: ¿y si mató más que la guerra?

El historiador español Miguel Ángel del Arco recuerda que los años cuarenta no fueron un periodo de escasez, sino una hambruna en toda regla comparable a las de Grecia, Holanda o Ucrania

placeholder Foto: Niños en La Escala, pueblo de la Costa Brava. (Topfoto.co.uk / Cordon Press)
Niños en La Escala, pueblo de la Costa Brava. (Topfoto.co.uk / Cordon Press)

Los años cuarenta forman parte del imaginario colectivo español como una época de hambre y escasez. Sin embargo, dichos términos no hacen justicia a lo que realmente ocurrió en nuestro país entre 1939 y 1942 y, más tarde, en el epílogo de 1946. No fue un periodo de hambre, sino una hambruna, que no es lo mismo. Según la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, una hambruna es “la carencia grave de alimentos, que afecta a un área geográfica grande o un grupo significativo de personas”, y cuya consecuencia es “la muerte por inanición de la población afectada, precedida por una grave desnutrición o malnutrición”.

Fue una hambruna, y no simple escasez, lo que arrasó España durante los años de la posguerra, a pesar de que no figure como tal en los libros de historia. Es la tesis que el historiador de la Universidad de Granada y becario de la Fundación BBVA, Miguel Ángel del Arco Blanco, mantiene y expone en su último trabajo, publicado en el ‘Journal of Contemporary History’ con el nombre de “Hambruna en España durante la dictadura de Franco 1939-1952”: que esta debe clasificarse junto a otras grandes hambrunas reconocidas, desde el Holodomor ucraniano hasta la Gran Hambruna de Grecia durante la ocupación de las Fuerzas del Eje o la hambruna holandesa de 1944.

"Es una hambruna como las que ocurrieron en el resto de Europa, pero silenciada"

La diferencia: que estas sí figuran en los listados de grandes hambrunas, pero la española no. “Es plenamente comparable a esas, en cuanto a los motivos por los que tuvo lugar, el número de víctimas y la duración”, explica Del Arco a El Confidencial. “La originalidad de la española reside en cómo fue recordada, y aquí hemos de diferenciar entre memoria e historia: la memoria no habla nunca de hambruna, y en la historia, ha pasado desapercibida”. Se recuerda “qué mal se pasó”, añade, pero la hambruna no es un adjetivo, sino “un fenómeno con unas determinadas características, tipificado por geógrafos, historiadores y nutricionistas”. “Lo original, en nuestro caso, es que ha permanecido silenciada”.

El historiador explica que las grandes hambrunas del periodo están relacionadas con periodos de autoritarismo, totalitarismo y represión. La gran diferencia es que, mientras Grecia o Países Bajos fueron liberados poco después, el franquismo controló el relato, los documentos y la información durante más de 35 años. ¿Cuántos españoles pudieron llegar a morir durante ese periodo? “Todas las cifras generan problemas, porque antes ha habido una guerra”, explica Del Arco. “Muchas muertes de la guerra se atribuyen posteriormente, por ejemplo, porque se comunican para cobrar una pensión, pero eso no explica el aumento de la mortalidad entre el 39 y el 41”.

Foto: Nuevos reclutas del bando rebelde, en Salamanca, febrero de 1937. (Berliner Verlag)

Algo más estaba ocurriendo, pero el franquismo prefería señalar a la recién terminada guerra y no a sus propias decisiones políticas y económicas. “Entre 1939 y 1941-1942, los historiadores hacen una estimación de muertes derivadas no de la guerra, sino de la mala nutrición o de enfermedades derivadas de entre 200.000 y 600.000, una horquilla muy amplia”, explica. El umbral inferior es el dato que apuntan Stanley Payne en ‘El régimen de Franco’ o Juan Díez Nicolás en ‘La mortalidad en la Guerra Civil española’. Pero puede ser mucho más alto, especialmente si añadimos las cifras de 1946, conocido como el 'año del hambre' por sus malas cosechas. Otro estudio apunta que la mortalidad asociada a la desnutrición aumentó un 250% a lo largo de todos los años cuarenta.

“Lo que sí podemos afirmar con total seguridad es que murieron al menos 200.000 personas entre el 39 y el 42 de hambre o de causas derivadas del hambre, como enfermedades infectocontagiosas (coges el tifus, vives en una cueva porque no tienes ropa, jabón y llevas una alimentación deficiente que te hace más vulnerable)”, prosigue el historiador especializado en agricultura y franquismo. “Hablar de 200.000 muertos en tres años es una hambruna bastante fuerte, si lo llevásemos a toda la década, en la que ya no hay hambruna propiamente dicha, pero sí una situación difícil que puede provocar consecuencias en el estado de salud, las consecuencias serían muchísimo mayores”. Si la cifra aumentase, podría suponer hasta el doble de los muertos durante la guerra en el frente (alrededor de 300.000). En una hambruna, alrededor del 10% de los fallecidos muere directamente de inanición. El 90% restante lo hace por enfermedades relacionadas con la malnutrición.

¿Por qué?

La clave se encuentra en por qué se produjo esta hambruna, y no tiene que ver exclusivamente con la guerra, recuerda el historiador, que ha sido el discurso vigente durante décadas, ya que le resultaba funcional al franquismo como garante de la paz. El conocido triunvirato guerra, pertinaz sequía y aislamiento internacional era toda la información proporcionada por el régimen para explicar por qué los españoles no tenían qué llevarse a la boca.

En Puente de Vallecas, más de un 25% de la población mostraba fatiga por el hambre

“No era tanto la destrucción ocasionada por la guerra sino sus medidas políticas lo que acabó con los avances que habían mejorado la agricultura española durante los años anteriores”, recuerda el trabajo. “Se produjo una reducción de las zonas de cultivo y las cosechas. También se redujo el uso de fertilizantes, lo que produjo un descenso de la producción”. Además, los sueldos bajos y el control “rígido” de la fuerza de trabajo achicaron aún más la productividad. Una economía de contracción que provocó, por ejemplo, que se redujesen la producción de carne y el abono para cosechas.

De manera paralela, el coste de la vida aumentaba. “Es crítico para entender las dinámicas de la hambruna española”, recuerda Del Arco. “Después de la guerra, sus niveles aumentaron dramáticamente, lo que contribuyó a una política monetaria que condujo a una inflación sin precedentes”. Ya en 1940, algunos trabajadores se lamentaban de que sus sueldos habían aumentado apenas un 25%, mientras que el coste de la vida lo había hecho en un 100%. Un informe remitido a Franco en 1945 señalaba que un agricultor debía destinar el 90% de sus ingresos a comprar comida.

En el trabajo, Del Arco cita el testimonio de un viajero británico de la época, que contaba que El Campillo (Huelva) vio cómo un grupo de gente se abalanzaba sobre un burro que acababa de morir para hacerse con su carne. En su relato, explicaba que “los hambrientos comen gatos y perros”. Alimentarse de hierbas y raíces, incluso comercializarlas, era habitual. Una revisión de los hábitos alimentarios del barrio madrileño de Puente de Vallecas realizada por científicos estadounidenses mostraba que la ingesta diaria estaba por debajo del mínimo necesario en calorías, calcio, proteínas, vitaminas A y B y proteína animal. Más de un 25% de los mayores de cinco años mostraba debilidad, fatiga y, en algunos casos, irascibilidad, apatía y pérdida de memoria.

Imágenes que parecen salidas de una película de Luis Buñuel y que individualmente forman parte de la memoria familiar, pero que, unidas, son el fresco de una gran hambruna que intentó ser acallada por las autoridades. Cuando no, directamente, utilizada como arma arrojadiza contra el Gobierno republicano y los perdedores de la guerra, lo que también ha dificultado el análisis, como ocurrió con el caso de la epidemia de tifus que se produjo entre 1939 y 1943, y que fue ocultada por el franquismo.

"La media de consumo de calorías era menor a 2.300 calorías; en 1931, era de 2.846"

“El régimen lo oculta, pero también lo utiliza como propaganda”, añade Del Arco. “El director general de Sanidad, José Alberto Palanca, dice que el tifus viene de la zona republicana, cuando sabemos que no es así, porque por ejemplo también se encontraba en Cádiz. También sabemos que el propio Palanca oculta la epidemia de tifus, que es lo peor que puedes hacer, es como si nos ocultaran el coronavirus”. Mientras el régimen se mostraba triunfal ante la opinión pública, la Cruz Roja americana, la embajada británica o la Argentina peronista enviaban trigo, carne y otros alimentos a la Península, por lo general, a través de la organización falangista Auxilio Social.

Las zonas más afectadas por la hambruna son también las más afectadas por la epidemia de tifus, enfermedad infecciosa acelerada por la malnutrición: Murcia, Castilla-La Mancha, Extremadura, Andalucía, partes de Madrid (barrios pobres, prisiones y asilos) y el sur del Levante. Los datos de algunas regiones son reveladores. En algunas provincias andaluzas, recuerda Del Arco en el trabajo, se incrementaron las tasas de mortalidad brutas en más de un 20% en 1940 y 1941 en comparación con 1935, el último año antes de la guerra.

placeholder España, 1940. (TopFoto / Cordon Press)
España, 1940. (TopFoto / Cordon Press)

“Los niveles de toma de calorías, así como de proteínas y de otros nutrientes, no volverán a restaurarse hasta los años cincuenta”, recuerda el trabajo. “Entre 1940 y 1951, la media de consumo por cápita era menor a 2.300 kilocalorías por persona y día (en 1931, había alcanzado las 2.846), por debajo de las necesidades biológicas del individuo”. Como siempre, la media es engañosa: alrededor de un 30% no llegaba siquiera a las 2.250 calorías. ¿Un resultado visible? El descenso en la altura de los españoles, especialmente en el sudeste español, como se constató años después.

Una deuda histórica

Entre las diversas razones que han provocado que la hambruna cayese en el olvido, se encuentra el renacimiento económico y social vivido en los años cincuenta, tras el final de la autarquía. Una época más feliz en la que se intentaron olvidar los sinsabores del pasado. “Aunque en los años cincuenta la pobreza no desaparece, sí que hay una sensación de mejora que paradójicamente ayuda a que el régimen sobreviva”, recuerda Del Arco. Era otra forma de control: “El hambre sirve en los años cuarenta para controlar la población a través de un sistema de cartillas de racionamiento donde si te mueves no comes, y a partir de los sesenta, la sociedad de consumo ofrece una idea de éxito del régimen que hace olvidar todo lo que había ocurrido”.

Foto: Dos menús con las reivindicaciones de los ganaderos y agricultores españoles el pasado 5 de febrero. (Reuters)

Otro problema para evaluar el alcance de esta hambruna es que no fue hasta años después —cuando los procesos de descolonización pusieron de relieve las hambrunas en las regiones del Tercer Mundo— que comenzó la preocupación por las crisis alimentarias. La memoria histórica española, además, ha tenido otras prioridades lógicas desde que comenzase a ganar fuerza en las tres últimas décadas, añade el historiador: básicamente, “lo más prioritario era sacar a la gente de las cunetas y rehabilitarlos”.

La gran paradoja se encuentra en que la gran hambruna forma parte de nuestros hábitos, nuestros recuerdos y nuestros platos incluso hoy en día, como el consumo de pan o los platos de cuchara, y costumbres como no dejar nada en el plato. Hábitos que hoy, en un contexto histórico y económico completamente distinto, se dejan de lado. “Es una hambruna que se ha silenciado, pero que está escrita en nuestros hábitos, al menos en los de nuestros padres y abuelos”, recuerda el historiador. “Todo eso es producto de los años del hambre, pero no fue algo casual, sino ocasionado por el régimen franquista”.

"Muchos de los ancianos muertos este año vivieron la hambruna en su infancia"

Una tragedia que no ha dejado más marca en el recuerdo. “Los que fueron asesinados y están en las cunetas, aunque aún estén por buscar, tienen un rastro porque la violencia deja rastro, pero el hambre no”, concluye el historiador. “La gente que murió sola en una cueva por tifus o se suicidó está silenciada porque el único rastro que deja el hambre está en la memoria de la familia. Debería entrar en la agenda y en los libros de texto: muchos de los ancianos que han fallecido este último año vivieron la hambruna en su infancia. Qué final tan triste”.

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