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Los grises de Ucrania: "Si digo lo que pienso, me consideran un prorruso y un enemigo"
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¿QUÉ HAN HECHO LOS SOVIÉTICOS POR NOSOTROS?

Los grises de Ucrania: "Si digo lo que pienso, me consideran un prorruso y un enemigo"

Serhiy está cansado de que su país proyecte una imagen uniforme, donde los cuestionamientos al relato del Maidán y del presidente Volodímir Zelenski, antes y durante la guerra, han sido silenciados

Foto: Un militante de las tropas prorrusas en el Donbás, con una bandera soviética. (Reuters/Alexander Ermochenko)
Un militante de las tropas prorrusas en el Donbás, con una bandera soviética. (Reuters/Alexander Ermochenko)
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En una calle de Dnipro, dos hombres ruedan por el suelo, golpeándose con todas sus fuerzas. Los brazos y las piernas y las riñoneras de ambos se enredan en un palpitante amasijo de violencia. Los hombres se profieren cascadas de insultos en ruso. Al final, uno logra rodear el cuello del otro con su brazo y se pone a apretar, a estrangularlo, mientras le dice de todo. Media docena de personas los miran tranquilamente, como si estuvieran viendo un serial un domingo por la tarde.

"No me siento cómodo en Ucrania", dice Serhiy, profesor de Historia de un instituto de Dnipro, en el sureste del país. "Escenas como esta se ven a menudo. El otro día fui a nadar a un lago y dos hombres se pusieron a discutir porque uno estaba haciendo prácticas de tiro, lo cual estaba prohibido. Enseguida se pusieron a golpearse, luego vinieron sus amigos, o sus familiares, y se montó una enorme reyerta".

Foto: Iya Kiva, poetisa ucraniana nacida en Donetsk. (Iya Kiva)

Serhiy, nombre ficticio debido a las sensibles connotaciones de su opinión sobre lo que pasa en Ucrania, quiere que su país gane la guerra. Expresa curiosidad y esperanza por esos cañones Himars que aparentemente están despanzurrando las líneas de suministro rusas en el este, y lamenta las atrocidades que el enemigo hace en territorio ucraniano: los bombardeos a civiles, los campos de filtración, las violaciones y torturas que afloran en los testimonios de los supervivientes.

Pero Serhiy, al mismo tiempo, está cansado de que su país proyecte una imagen uniforme donde los cuestionamientos al relato del Maidán y del presidente Volodímir Zelenski, antes y durante la guerra, han sido, en la práctica, silenciados. Ucrania tiene aristas críticas que suelen quedar ocultas; más que nada, porque los críticos no se animan a hablar con los periodistas que llegan a preguntarles cosas a bocajarro. La postura de Serhiy es impopular y es pesimista. Algunos de sus amigos, dice, van al frente con una metralleta y dos granadas, sin entrenamiento, directos a las fauces de la artillería rusa. Por eso, Serhiy se esconde de los soldados que andan por la calle reclutando jóvenes, muchas veces circulando, disimulados, en ambulancias.

Pero comencemos por el principio. Si Serhiy ha querido hablar, aunque bajo seudónimo, es porque lo conozco desde hace tiempo y tenemos confianza. Así que nos sentamos en un restaurante de la cadena Puzata Jata a comer 'borshch' y a debatir sobre algunas de las vertientes menos conocidas de la situación en Ucrania: desde las reflexiones en torno a la historia y la identidad, a la guerra pura y dura. La conversación ha sido ligeramente editada por motivos de claridad.

"Yo crecí con esa doble mentalidad. No diferenciaba entre ambos idiomas"

PREGUNTA. Estamos en Dnipro, una ciudad de mayoría rusófona y ligada tradicionalmente a los grandes conglomerados industriales soviéticos. Aquí empezó su carrera Leonid Brezhnev, por ejemplo. Pero tú siempre has querido cultivar la lengua y cultura ucraniana. ¿Me decías que, en parte, a través de tus abuelos?

RESPUESTA. Mis padres, como fueron a la universidad y vivían en la ciudad, en Dnipro, siempre han hablado ruso entre ellos. Pero, en sus familias, salvo una abuela mía que hablaba ruso porque sus padres habían nacido en Rusia, solían hablar ucraniano o surzhik [dialecto que combina ucraniano y ruso, mezclados en distintas dosis dependiendo de la región]. En mi familia nunca hubo ningún problema con eso. Cuando yo estaba con mis abuelos, hablaba ucraniano. Lo hacía sin pensar, de forma natural. Lo escuchas y lo hablas. Y, con mis padres, en ruso. Yo crecí con esa doble mentalidad. No diferenciaba entre ambos idiomas.

P. Pero luego, de mayor, empezaste a interesarte activamente en la cultura ucraniana.

R. Exacto. En algún momento, a los 14 o 15 años, sentí curiosidad por las canciones ucranianas que cantaban mis abuelos en las fiestas familiares. Yo empecé a buscar y a descubrir las canciones ucranianas. En Dnipro, como es una ciudad rusohablante, esto no era común. Si te ibas a descansar al río, escuchabas canciones rusas o soviéticas. A mis amigos no les interesaba el ucraniano. Pero yo quería entender de dónde venían esas canciones y preguntaba a mi abuela cómo se vivía antes, en los viejos tiempos. Me interesaban mis raíces ucranianas.

Foto: Militares rusas ensayan para el desfile del Día de la Victoria en la Plaza Roja de Moscú. (EFE/Maxim Shipenkov)

P. Estos días, en especial a raíz de la invasión rusa de Ucrania, es natural buscar en la historia los casos históricos notorios de agresión rusa contra Ucrania. Episodios como el Holodomor [la hambruna de los años treinta causada por la colectivización estalinista], el Gran Terror, la rusificación, etc. ¿Cómo ves estos episodios? Lo digo porque tú sueles poner el acento en los aspectos positivos de la URSS: el internacionalismo, la estabilidad, y demás. ¿Cómo ves estos episodios tan trágicos?

R. Yo siempre les preguntaba por esto a mis abuelos, pero ellos nunca hablaron de estos temas. La imagen que daban de la época soviética solía ser buena: incidían en que todos éramos hermanos. Ucranianos, rusos, georgianos. Decían que había que ser abierto con todo el mundo y que todos los pueblos debíamos de recorrer el mismo camino juntos. Yo crecí con ese sentimiento. Luego, ya de mayor, estudié el Holodomor. Alguna vez mis abuelos desvelaron algún detalle. Por ejemplo, que a mi bisabuelo le quitaron todo, sus cuatro caballos y sus dos casas, y lo metieron a vivir con su mujer y sus 12 hijos en una habitación. Pero, como digo, mis abuelos evitaban comentarlo. No sé por qué. Quizás porque permaneció en ellos un miedo al Estado.

P. Dices que, en Dnipro, durante los años soviéticos, no se vivía tan mal.

R. Sí, especialmente en los tiempos de Brezhnev, que, como era prácticamente de aquí, ayudaba a nuestra región. Dnipropetróvsk [nombre de la ciudad durante la era soviética y hasta 2016, cuando pasó a ser Dnipro, al eliminarse la parte en honor al líder comunista Grigory Petrovsky] era una ciudad cerrada porque tenía la fábrica de Yuzhmash y otras empresas estratégicas. Por eso aquí había de todo. Incluso había más libertad, para ciertas cosas, que en otras ciudades de Ucrania. Aquí los académicos podían estudiar a los cosacos, por ejemplo, cosa que en Kiev hubiera sido considerado nacionalismo, penado con la cárcel. Pero los profesores de Dnipropetróvsk iban a defender sus tesis en Moscú. Y otras cosas. Mi abuelo, por ejemplo, recordaba que las cafeterías ofrecían pan gratuito. Uno podía entrar y cogerlo. Echaba de menos esos detalles.

"A nadie le gustaba la vigilancia policial, el hecho de que el Estado te podía secuestrar y torturar"

P. Un amigo mío español estuvo recientemente en Ucrania, y me contaba que, a la vista de las enormes avenidas, los parques por todas partes, los hospitales mastodónticos y las amplias guarderías con cocina y hasta duchas, siempre hacía la misma broma inspirada en aquella famosa escena de la película 'La vida de Brian': ¿qué han hecho los soviéticos por nosotros?

R. Escuelas, guarderías, hospitales. A ver, a nadie le gustaba la vigilancia policial, el hecho de que el Estado te podía secuestrar y torturar porque sí. Pero ten en cuenta que, después del hundimiento de la URSS, los años 90 fueron un horror. Mi padre me cuenta que, a la empresa en la que trabajaba, llegaba una banda de mafiosos y decía: venga, pagadnos. Luego llegaba una segunda banda y decía: venga, pagadnos. Luego llegaba una tercera banda y lo mismo. A pagar. Por eso mucha gente echaba de menos algunos aspectos del comunismo. Como el orden.

P. Estos sentimientos han estado latentes en parte de la sociedad ucraniana. Y, de repente, en el año 2014, con la revolución del Maidán, la ocupación ilegal de Crimea, etcétera, es como si los ánimos políticos se disparasen. ¿Cómo lo viviste?

R. Cuando vi las imágenes del Maidán, en las que la policía golpeaba a los estudiantes, evidentemente, sentí una sensación de rechazo. Pero luego, al hablar con un amigo que estuvo allí, protestando, entendí que no todo era tan sencillo. A veces llegaba un grupo y provocaba a la policía, por ejemplo. A mí me gusta hablar con las personas. Las imágenes se pueden manipular fácilmente. Cuando ves las imágenes de la revolución, y los muertos, naturalmente piensas que hay que apoyarla. Pero había también otro sentimiento. Mucha gente en Dnipro entendió que la gente del Maidán pertenecía a la minoría que había perdido las elecciones en 2010, pero, al estar en Kiev, podía ejercer su influencia. Las personas que votaron por Víktor Yanukóvich [presidente prorruso que huyó al este durante las protestas y la violencia], en cambio, guardaban silencio. Solo querían trabajar, vivir su vida. Sabían que Yanukóvich era un ladrón, pero les gustaba ese sentimiento postsoviético de hermandad con los rusos. Y el hecho de que muchas fábricas de la región dependían, para funcionar, de vender sus productos a Rusia.

Foto: Mykola Riabchuk. (Fotografía de Yulia Taradiuk)

P. Esa mentalidad que mencionas, lo de trabajar y vivir tu vida modestamente, la estabilidad, etc., suele ser criticada por muchos ucranianos. La consideran una mentalidad soviética, pasiva, muy conservadora. Si Yanukóvich era un ladrón, ¿por qué tolerarlo? ¿Por qué no salir a la calle y cambiar las cosas?

R. Volvamos un momento a 2004. A la Revolución Naranja [las protestas proeuropeas que forzaron un recuento electoral, tras las acusaciones de fraude contra el entonces candidato Yanukóvich, y llevaron al poder al dúo de Víktor Yúshchenko y Yulia Tymoshenko]. Yo en aquel entonces estudiaba en el instituto y veía que mucha gente joven, las nuevas generaciones, tenían esa mentalidad de cambiar las cosas. Pero mis padres, por ejemplo, no estaban a favor. Opinaban que hay que recorrer el camino poco a poco. Con la revolución no suele venir nada bueno. Eso se demostró con la Revolución Naranja. La situación económica empeoró. Más tarde, cuando Yanukóvich fue elegido, empezó a mejorar. Mis padres preferían este camino. Yanukóvich, como antes el presidente Leonid Kuchma [original de Dnipro], quería reproducir algo así como el Partido Comunista de la URSS. Un camino estable para que la situación mejorase poco a poco, de manera incremental, conservadora.

P. Tú eres una persona abierta y cosmopolita. Hablas idiomas extranjeros y has viajado por varios países de la Unión Europea. ¿No sientes atracción por ese mundo? Mira a Polonia. Las economías de Polonia y Ucrania tenían el mismo tamaño en 1990. Hoy, la economía de Polonia es más de tres veces mayor que la ucraniana. Y la población de ambos países es muy similar. ¿No te parece que la UE es una apuesta mejor? La legislación comunitaria, el imperio de la ley, etc.

R. No creo que eso pueda funcionar, ahora, en Ucrania. Nuestra mentalidad sigue siendo postsoviética, con esas bandas corruptas. Tengo una amiga que supervisa los niveles de contaminación de las fábricas, por ejemplo. Pero los dueños de las fábricas recurren al soborno, a las amenazas. Yo no me fío de lo que veo. En Europa hay control y hay leyes. Yo me siento más seguro allí. Pero en Ucrania las revoluciones no funcionan. Se hace una revolución y son los mismos quienes se quedan en el poder. Mira lo que pasó con el Maidán: las mismas élites de antes continuaron gobernando.

"Yo veo cómo funcionan las cosas en Ucrania. Vas a una clínica y el médico te pide un soborno"

P. Eres muy pesimista. Sabes, en España, durante mucho tiempo, se habló de nosotros como de un pueblo guerracivilista. Se supone que éramos un país fratricida que había tenido varias guerras y que, por tanto, solo podía ser gobernado por el puño de hierro de un general. "Spain is different", se decía. Era una manera de justificar la dictadura. Pero luego el dictador se murió y adoptamos la democracia, entramos en la UE, etc. Y nos ha ido bastante bien.

R. Yo veo cómo funcionan las cosas en Ucrania. Vas a una clínica y el médico te pide un soborno. Yo no creo que la revolución pueda hacer cambios profundos. Puede generar algo, sí, una chispa, pero luego esta chispa se apaga. Yo prefiero ir poco a poco. Esto es como aprender idiomas. Hay que ir palabra a palabra. Uno no aprende un idioma de golpe. Hay que hacerlo paso a paso. Después de 2004 y de 2014, mucha gente de Dnipro se quedó sin trabajo, porque sus fábricas vendían, sobre todo, a Rusia. Y tuvieron que irse al extranjero, a Polonia. Familiares míos, por ejemplo. Unos amigos formaron una empresa para conectar ucranianos con empleos en Polonia. Y ganaron mucho dinero.

Acotación: el paisaje económico ucraniano es mixto. Respecto a la cuestión de la emigración y su impacto económico en Ucrania, por ejemplo, hay dos vertientes. Una, la marcha de fuerza laboral al extranjero supone, entre otras cosas, una fuga de talento que podría pasar factura el país. Y dos, que esa fuerza laboral manda remesas a Ucrania que benefician a la economía. También hay claroscuros en la cuestión de la dependencia de Rusia. Algunas de esas fábricas han cerrado, otras se han rehabilitado, y, a las "industrias de la chimenea", como nos decía en una entrevista Roman Waschuk, "mediador" de los negocios de Ucrania, se unen otras como la agroalimentaria o la tecnológica, que van creciendo y dinamizando las oportunidades económicas para los ucranianos. Si hablamos de corrupción, distintos índices colocan a Ucrania a la cola de la lista de transparencia e imperio de la ley. Sin embargo, su posición ha mejorado en los últimos años. Y la lucha contra la corrupción sigue siendo una de las principales demandas de los activistas.

Foto: Una manifestación en contra de la invasión de Ucrania. (Reuters/Bernadett Szabo)

P. Otra cuestión interesante es que el país se ha vuelto, con los años, más proeuropeo y más proucraniano. En 2014, el prorruso Partido de las Regiones dominaba en torno a la mitad de los escaños del parlamento. Ahora, en cambio, todos los partidos considerados prorrusos sumaron un total del 18% de los votos en las últimas elecciones parlamentarias. Las encuestas también reflejan un mayor apoyo nacional al ingreso en la OTAN, y sobre todo en la Unión Europea, que en 2014. De hecho ni los prorrusos se atreven hoy en día a llamarse "prorrusos" porque sería, probablemente, un suicido político. ¿Qué opinas de esto?

R. Puede ser, sí. Estoy de acuerdo en parte. Pero mira. Durante estos ocho años ha crecido una nueva generación que es más proucraniana y que ahora puede votar y participar en estas encuestas. Pero hay otro factor, y es que muchas personas se trasladaron a vivir a Polonia. Personas de clase obrera, con posturas prorrusas. Se marcharon por trabajo. Respecto a los partidos políticos, no olvidemos que Zelenski [rusófono de la ciudad de Kryvyi Rih, a dos horas y media en coche de Dnipro] fue elegido gracias a que su principal promesa electoral fue terminar la guerra en el Donbás. Zelenski prometió hablar con los prorrusos, con el diablo, con quien fuera, para detener esta guerra. Y no lo hizo. Mucha gente votó por él en contra de quien entonces era presidente, Petro Poroshenko, considerado más nacionalista y belicista. Creían que Zelenski hablaría con los prorrusos del Donbás. Entonces, ese 18% no representa fielmente el número de votos prorrusos. Hay una proporción significativa que está oculta dentro de los votos de Zelenski. Él se llevó votos de esos partidos prorrusos. Así que sí, ha habido un cambio en la balanza, pero no tan drástico.

P. Otro factor a tener en cuenta es que muchos de los tradicionales votantes prorrusos se quedaron en Crimea y en las repúblicas títere del Donbás, de manera que, 'de facto', ya no votan en Ucrania.

R. Cierto.

P. Ayer me dijiste que querías mirar la historia como quien mira a un río, con todas sus fases. Una postura crítica con las leyes de la 'descomunización', que, desde 2015, retiran los monumentos y calles de temática ruso-comunista y las reemplazan por una temática ucraniana.

R. Yo creo que hay que mantener cosas distintas, hay que mantener el conjunto: los nombres de cosacos, los nombres de la época del Imperio ruso y los nombres de la época soviética. Es verdad que hubo personas responsables del Holodomor y de la represión, así que, en este caso, sí: a estas personas las tienen que desnudar los historiadores y luego hay que retirar sus monumentos, y explicárselo a la gente. La gente a veces no tiene información. Mis abuelos no conocían, o no les interesaban, estos capítulos oscuros. No tenían la información que tenemos hoy. Me acuerdo de cuando, antes de 2014, querían cambiar la Calle Kosiora. Stanislav Kosior fue uno de los responsables de Holodomor. Pero la gente de esa calle protestó en contra de renombrarla. "Es nuestro Kosior", decían. No sabían quién era ni qué hizo. No estaban informados. Hay que ser cuidadosos con esto y explicar las cosas. No cambiar todos los nombres de repente. Fue lo que hicieron también los soviéticos.

Foto: Soldados ucranianos en la carretera de Bakhmut. (EFE)

P. ¿Por qué crees que Rusia invadió Ucrania?

R. No lo sé, circulan varias teorías. Unos dicen que, simplemente, por territorio. Otros, que Vladímir Putin porque quiere mostrar al mundo que Rusia es un estado valiente y fuerte. Hay quien piensa que Ucrania no pinta nada en esto. Que esta guerra es, en el fondo, un enfrentamiento entre EEUU y Rusia. ¿Por qué invadió? No lo sé.

P. Quería preguntarte por el Ejército, que recluta a jóvenes sin experiencia militar.

R. Lo veo mal. No me gusta. Conozco a gente que cuenta que no tienen buenos chalecos antibalas, y que esperan remesas que luego no llegan, que desaparecen. Los soldados no tienen las armas necesarias, están sin protección. Lo veo mal. Un amigo pasó una semana entrenando, se fue al frente y lo hirieron, con artillería, el primer o el segundo día. Si tú vas al cementerio de Dnipro, ves muchas tumbas de soldados que murieron inmediatamente, nada más empezar la invasión a gran escala. Mucha gente fue al frente por patriotismo, por ideales, pero sin ninguna experiencia.

Acotación: estos días en Ucrania he escuchado otros testimonios sobre la falta de armas y de entrenamiento, aunque el frente es amplio, son 1.000 kilómetros, y la situación no es igual en todas partes. Hay batallones más experimentados, y más armados, que otros. La necesidad de armas tampoco es un secreto. El Gobierno de Zelenski no deja de reiterarlo, cuando, al mismo tiempo, trata de proyectar una imagen de competencia y triunfos militares. Respecto los equipos militares que desaparecen, supuestamente por corrupción, es un tema sensible, ya que acusaciones de este tipo se vierten en la propaganda rusa, interesada en pintar a Ucrania como un estado fallido. Aun así, que lo digan los propagandistas no imposibilita automáticamente que algo así esté sucediendo en realidad. El 'Financial Times' ha publicado recientemente un reportaje sobre el riesgo de que se trafique con materiales destinados al frente. De momento, sin embargo, hay poca información concluyente.

Foto: Un soldado ucraniano patrulla en la región de Donetsk. (EFE/EPA/STR)

P. Por eso tratas de no andar demasiado por la ciudad.

R. A veces los soldados van en ambulancias, salen y te pueden dar un contrato para firmar y presentarte al día siguiente en el centro de reclutamiento. Pero yo no quiero ir a luchar sin experiencia militar, sin armas. Claro que tengo miedo a ir allí sin saber qué hacer. Yo creo que hay que hablar, hay que negociar y buscar el camino hacia la paz. Pero claro que, con estas palabras, ahora soy considerado un prorruso o un enemigo. Algunos conocidos de mis amigos dicen que, a la gente que habla así, hay que mandarlos al frente para que hablen con los soldados rusos. Pero quienes tienen que negociar son los políticos, los gobiernos. Los soldados solo reciben órdenes.

P. ¿Y tú ves alguna solución? Rusia controla el 20% de Ucrania. Y Putin, por las buenas, no va a devolver ni un centímetro del territorio. Tampoco los puertos de mar.

R. Yo lo entiendo, pero, sin la gente que sabe luchar, ¿para qué seguir la guerra? ¿Para perder más territorio y más vidas? Yo tengo la impresión de que están matando a los hombres, a los amigos, a las personas. Los políticos dicen: vamos a luchar. Pero los políticos no están en el ejército. Entonces, para mí, es un dilema. Yo quiero que Ucrania gane y vuelva a la normalidad. Pero lo de luchar sin armas, no lo veo. El camino es hablar. Pero no sé cómo.

P. El camino es que lleguen más armas para poder contraatacar. Lo que falta no son soldados, sino armas.

R. Es que no me fío del Estado. Piden armas, pero ¿llegan todas las armas al frente? No lo sé. Pero lo que sé de la gente que conozco en el frente, es que no tienen lo necesario para combatir.

En una calle de Dnipro, dos hombres ruedan por el suelo, golpeándose con todas sus fuerzas. Los brazos y las piernas y las riñoneras de ambos se enredan en un palpitante amasijo de violencia. Los hombres se profieren cascadas de insultos en ruso. Al final, uno logra rodear el cuello del otro con su brazo y se pone a apretar, a estrangularlo, mientras le dice de todo. Media docena de personas los miran tranquilamente, como si estuvieran viendo un serial un domingo por la tarde.

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