centenario

Varsovia 1920, cuando Lenin se lanzó a un delirante plan para conquistar Europa

En el verano de hace un siglo el Ejército Rojo se lanzó a la conquista del Este del continente siguiendo un plan demencial que estuvo a punto de ser la perdición de toda la URSS

Foto: Tropas soviéticas en Polonia en 1920.
Tropas soviéticas en Polonia en 1920.

Nos inculcaron ser europeos, occidentales. Todo aquello más allá de Berlín es extraño, un mundo lejano, casi incomprensible, y no sólo desde la Guerra Fría. Occidente/Oriente, Oeste/Este. Esta diatriba marca la Historia de nuestro continente. Los persas derrotados por los griegos en Maratón. Los turcos a las puertas de Viena en 1683. Otros mencionarían Waterloo sin mucha razón y pocos optarían por el terrible verano de 1920 en Varsovia como batalla decisiva para definir la suerte del Viejo Mundo.

Debido a ese desdén por lo acaecido allende determinadas áreas plácidas para nuestro conocimiento, pero también al contexto, con el período de entreguerras visto como una tensa balsa de aceite hacia el siguiente conflicto, la paz de veinte años preconizada por el Mariscal Joffre o una pausa antes de caldear los ánimos y retomar el camino hacia el suicidio compulsivo.

El problema radica en simplificar los contenidos. Si aceptamos octubre de 1917 como fecha de la mayor revolución contemporánea no podemos esperar su desvanecimiento en un santiamén, menos aún si se produce en Rusia e incide, como no podría ser de otro modo, en la resolución de la Primera Guerra Mundial, combinándose ambos acontecimientos hasta volar en mil pedazos el orden establecido y obligar a una lentísima recomposición del panorama en el centro y el este de Europa. Polonia fue uno de los primeros escenarios.

Los dos países más inmaduros

Rusia se vio sacudida hasta agotarse y renacer casi por inercia. La toma del poder de Lenin y los bolcheviques implicó firmar una paz precipitada con los Imperios Centrales en Brest-Litovsk, cuando aún existían y soñaban, sobre todo el Reich Alemán, salir airosos de combatir en dos frentes, creyéndose invencibles al poseer durante un leve espejismo el trigo ucraniano y tener la espalda muy bien cubierta como consecuencia de la restructuración del gran gigante eslavo, apartado por propia voluntad de la Gran Guerra.

Lenin, Trotsky y Kamenev en un mitin en 1920.
Lenin, Trotsky y Kamenev en un mitin en 1920.

Cuando esta terminó la Mitteleuropa se descompuso como un castillo de naipes y la autodeterminación de los pueblos, preconizada en sus catorce puntos por el presidente estadounidense Woodrow Wilson, se puso en marcha como una apisonadora interesada. El 11 de noviembre de 1918, día del armisticio de Compiègne, Józef Pilsudski proclamó la república polaca. El renacimiento de su patria, auspiciado por los vencedores, establecía un limbo entre Alemania y Rusia, idóneo para contener futuros malestares.

Nacido en 1867, Pilsudski era un animal político forjado en distintas escuelas, del nacionalismo al socialismo hasta abrazar un estricto militarismo como catapulta para recuperar la vitalidad de su país, muerto y enterrado durante más de un siglo por sus clásicos oponentes y reivindicado con ardor romántico desde el contrapunto francés. Ahora, tras salir de la cárcel de Magdeburgo y recalar en Varsovia, podía dibujar Polonia como deseara al ostentar el más alto escalafón marcial, antesala de su elevación a la jefatura del Estado.

Piłsudski en 1920.
Piłsudski en 1920.

Su idea para el mismo era federal desde un profundísimo odio a Rusia, más arraigado si cabe desde su única afinidad con Lenin, pues sus hermanos mayores figuraron entre los conjurados para asesinar al zar Alejandro III en 1887. El fracaso de esta tentativa provocó el traslado de su familia a Vilna, y ese periplo lituano ayuda a explicar esa visión federativa, donde también pretendía integrar a bielorrusos y ucranianos para así aprovechar la debilidad del Kremlin en 1919, inmiscuido en una cruenta guerra civil con visos globales y entregado sin piedad a la labor de construir su quimera cuando las condiciones eran harto adversas para lograrlo.

Las dos caras de la moneda

Estas dificultades dieron alas a Pilsudski. Era la hora perfecta para extender la muralla del cristianismo, esa fraseología mesiánica de la propaganda polaca para oponerse, según rezaba la tradición, al anticristo ruso, herético, satánico y salvaje. La primera piedra de la guerra contra los bolcheviques se lanzó en abril de 1919, cuando los ejércitos polacos fueron a por Vilna, en manos soviéticas desde el 5 de enero de ese mismo año. Minsk cayó el 8 de agosto, y en octubre las tropas del Mariscal aseguraron su presencia hasta el río Daugava, adentrándose en Letonia.

El éxito de Varsovia despertó las posibilidades de firmar un tratado y postergar, pues en este duelo la última palabra tardaría en rubricarse, la partida y sus reivindicaciones hasta nuevo aviso. En realidad, ambos contendientes buscaban ganar tiempo para reorganizarse desde varios ámbitos antes de retomar las hostilidades.

Pilsudski debía tomar Kiev, entregarlo a sus aliados y ganar a cambio la región de Galitzia Oriental

Pilsudski, empecinado en su amalgama plurinacional para aplacar a su némesis, aunó esfuerzos con el directorio ucraniano de Semion Petliura; debía tomar Kiev, entregarlo a sus aliados y ganar a cambio la región de Galitzia Oriental. La ofensiva del 25 de abril de 1920 progresó a las mil maravillas y el 7 de mayo las divisiones de ambos líderes, encabezadas por el ejército polaco, penetraron en la capital de todas las disputas, pues para cierto relato aún vigente Kiev es el origen de Rusia, y por lo tanto verla capturada por sus contendientes era una afrenta a remediar sin más dilación. A partir de esa conquista uno podría imaginar la renuncia bolchevique hasta la eclosión de un viento favorable a sus intereses. Las lógicas históricas muestran cómo el gobierno ruso siempre ha impulsado su expansión mientras la flaqueza de otros le ha permitido acelerar el ritmo, retirándose a los cuarteles de invierno en caso de hallar resistencias enconadas.

Aquí se juntaba este factor con otros. Después de la Primera Guerra Mundial algunas zonas centroeuropeas experimentaron un veranillo comunista con la instauración de soviets, de Hungría a Baviera, y enormes simpatías del proletariado en unas componendas siempre más proclives a la ruptura de la unidad socialista para propiciar el surgimiento de partidos representantes de la hoz y el martillo a lo largo y ancho de la esfera europea. Lenin vivía preso de sus propias contradicciones, pues si bien juzgaba imperioso industrializar Rusia para culminar su odisea revolucionaria, también ansiaba extenderla más allá de sus fronteras y convertirla en universal. Desde esta tesitura vencer a Polonia abría la puerta para cumplir su versión de un principio marxista: los intereses del socialismo mundial son superiores a los nacionales y estatales.

'Lenin. Una biografía'.
'Lenin. Una biografía'.

Si el Ejército Rojo se resarcía de las fuerzas de Pilsudski y hacia caer Varsovia el camino hacia Berlín sería una marcha triunfal, rematada por otro contingente invasor desplegado en el sur de Polonia. El plan se activó y la mayoría de consejeros de Lenin desaconsejaron aplicarlo, tal como cuenta Victor Sebestyen en su indispensable biografía del fundador de la Unión Soviética, publicada en España por Ático de los Libros. Trotski le advirtió del peligro de cometer un error de proporciones dantescas, mientras el polaco Radek, buen conocedor de sus compatriotas, le conminó a parar las máquinas porque si emprendía el envite le vencerían y sería muy humillante. Ninguna de estas apreciaciones caló en su entusiasmo, desatado hasta mandar ejecutar un doble avance desde el centro y el sur. Durante un mes los astros se alinearon para sonreírle.

El milagro del Vístula

El 18 de mayo de 1920 Pilsudski regresó a Varsovia sintiéndose un héroe, preparado para regalar a su nación límites y dimensiones de su apogeo durante el siglo XVII con la República de las Dos Naciones, inspiradora de su credo. No podía sospechar la contraofensiva soviética, un prodigio con mucha épica y cierta trampa, legendaria por el temor engendrado y nefasta en su desarrollo estratégico.

El encargado de terminar con Polonia y abrir la senda hacia la conquista de Europa fue el joven Mijaíl Tujachevski, quien a sus veintisiete años consiguió romper el frente lituano-bielorruso el 4 de julio para forzar la retirada polaca hasta imbuirse de una falsa ilusión de esplendor ante su indiscutido avance, corroborado con la paulatina claudicación de Minsk, Vilna, Grodno y Brest-Litovsk. En poco más de un mes recorrió más de setecientos quilómetros sin oposición y se plantó en las estribaciones de Varsovia, donde Pilsudski había reunido tropas y emprendido una campaña religiosa, bien secundada por el nuncio apostólico Achille Ratti, quien en menos de dos años ascendería al trono de San Pedro bajo el nombre de Pío XI.

El avance de Tujachevski era un delirio de horizonte infinito y esperanzas falaces ante el cansancio y la ausencia de aprovisionamiento

Una cosa es la mística, otra la tecnología y la previsión. El avance de Tujachevski era un delirio de horizonte infinito, esperanzas falaces ante el cansancio de su contingente y la ausencia de aprovisionamiento para recobrarse antes del embate definitivo. Todo esto podría haber sufrido un giro esencial si un tal Josif Stalin, comisario político del ejército sur, y el general Budionni no hubieran desobedecido las súplicas provenientes tanto de Moscú como de las cercanías de Varsovia en su empecinamiento por tomar Leópolis, situada a cuatrocientos quilómetros, como previo paso para lanzarse hacia Praga, Viena y Budapest, con el futuro dictador soviético ido ante la opción de alcanzar Italia.

La nula ayuda de este frente sur facilitó la tarea de Pilsudski, quien además había interceptado las comunicaciones de radio rusas y hasta tuvo un golpe de suerte al dar Tujachevski con su planificación táctica en el uniforme de un soldado muerto, sin darle credibilidad alguna al juzgarla un ardid del rival. Entre el 15 de agosto, fecha virginal por excelencia, y el 17 del mismo mes Europa tuvo el alma en vilo. La entente franco-británica contribuyó poco a la causa, aunque a posteriori los galos quisieron atribuirse el mérito de la victoria. Para el recuerdo de su participación quedará la labor observadora del joven Charles de Gaulle, hipnotizado por la reacción de Pilsudski, quien engañó a su contrincante al concentrar la mayoría de sus divisiones en los aledaños de Varsovia, reservándose para sí la argucia de un contrataque crucial en el flanco izquierdo de los soviets con el fin de quebrar el sitio y forzar su retirada, como así sucedió pese a calificarse su maniobra como una absurdidad estratégica.

Mapa con las fronteras del tratado de Riga de 1921-22.
Mapa con las fronteras del tratado de Riga de 1921-22.

Tujachevski se retiró hacia el noroeste, en dirección al río Niemen. Cien mil de sus soldados fueron aprisionados, cuarenta mil huyeron hacia Prusia Oriental hasta ser capturados por los alemanes y tres ejércitos rusos fueron aniquilados. El desmorone soviético se completó a lo largo de ese otoño, testigo de las últimas escaramuzas de la caballería tradicional, la segunda caída de Minsk el 18 de octubre y un inmediato cese de hostilidades, iniciándose conversaciones entre ambos bandos en Riga, donde el 18 de marzo de 1921 se firmó el tratado considerado como el Versalles del Este europeo. Polonia ampliaba su frontera en más de doscientos cincuenta quilómetros más allá de la Línea Curzon, recomendada por los Aliados, no en vano era una formulación del responsable del Foreign Office británico, y desestimada para acogerse a una diversidad étnica difícil de gestionar, con más del 30% de la población repartida entre bielorrusos, ucranianos, rusos blancos y lituanos.

Rusia salía vapuleada y ofendida. A Lenin le quedaban pocos meses a pleno rendimiento antes de agonizar y paralizarse a causa de un ictus. Su imprevisto sucesor había protagonizado páginas muy optimistas y poco gloriosas durante la guerra. Nunca la olvidaría, hasta pesarle en las entrañas con lujuria, la misma empleada desde 1939, cuando la Unión Soviética de Stalin ejecutó literalmente a la inteligencia polaca a sangre fría, la misma exhibida en 1944 frente a Varsovia, destruida por los nazis mientras el Ejército Rojo apreciaba la masacre desde las alturas con vistas al mañana. Nunca una venganza se demoró tanto ni fue tan escrupulosa en su pérfido y clínico sadismo.

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