"¡No puedo callar!". El día en que Tolstói se enfrentó a Lenin (sin proponérselo)
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"¡No puedo callar!". El día en que Tolstói se enfrentó a Lenin (sin proponérselo)

Según el revolucionario ruso, el viejo escritor pertenecía al mismo mundo caduco con el que los bolcheviques querían terminar

Foto: Lev Tolstoi
Lev Tolstoi

La novela de Rusia se estaba escribiendo con tinta roja. Era 1908 y Lev Tolstói había puesto el punto final a su narrativa. En los campos se desarrollaba el segundo acto de una tragedia. En el tercero, tras el efímero periodo democrático, los bolcheviques culminarían su revolución contra los zares y emprenderían otra contra muchos de sus compañeros de viaje. Una dictadura comunista de ochenta años se aproximaba, pero esto no lo sabía nadie.

El régimen de los zares se defendía matando. Los brotes revolucionarios eran aplastados con violencia. Estertores: matar es el tic de los sistemas moribundos. En estas circunstancias, los zares habían resucitado la pena de muerte, desaparecida en los años ochenta del siglo anterior, y "verdugo" volvía a ser el nombre de un oficio. León Tolstoi escribió: “¡No puedo callar!”

Su artículo denunciaba la pena de muerte y exigía clemencia para los revolucionarios. “Esto sucede en Rusia. ¡En Rusia, donde el pueblo considera desgraciados a los criminales y donde, hasta hace poco, la ley no contemplaba la pena de muerte! Aún recuerdo lo orgulloso que me sentía ante los europeos, y sin embargo ahora... suplicios, suplicios, suplicios”.

El humanista, criticaba la violencia de los bolcheviques pero defendía su derecho a la vida

El escritor de temperamento místico, el humanista, criticaba la violencia de los bolcheviques pero defendía su derecho a la vida. “Participando en estos crímenes horribles”, escribió dirigiéndose a los zares y sus ministros, “ustedes no solo no curan esta enfermedad, sino que la acentúan, la refuerzan por dentro”.

Pero si querían seguir matando, Tolstoi les ofrecía su propia vida. Pedía que lo ejecutasen a él también, porque “así no podré vivir. Yo, al menos, no puedo vivir, y no viviré”. ¡El anciano, a quien solamente restaban dos años de vida, ponía su cuerpo entre los revolucionarios y las balas!

Lenin
Lenin

Aquel artículo se tradujo y provocó un terremoto en media Europa, pero el zar hizo oídos sordos a la voz del patriarca de las letras. Pero otro de los personajes de la tragedia sí se sentó para escribir. Lenin firmó un artículo de respuesta titulado “León Tolstoi, espejo de la revolución rusa”. Sin embargo, no contenía elogios a quien había levantado la voz para defender la vida, sino un ataque implacable contra él.

Revolución contra humanidad

Lenin sabía muy bien que el ajusticiamiento de los revolucionarios era parte de un juego en que los bolcheviques tenían todas las de ganar: el de la muerte, en el que llegarían a ser brillantes durante la guerra civil, el terror y la fase estalinista. Cubrió a Tolstoi de basura: lo tildaba de “terrateniente”, “loco profeta” y “personaje ridículo que ha descubierto nuevas recetas para salvar a la humanidad”.

Lo catalogaba de “utopista” y “reaccionario”, y exclamaba que su pensamiento carecía de “sentido práctico alguno” ni “justificación teórica”. Según Lenin, el viejo Tolstoi pertenecía al mismo mundo caduco con el que los bolcheviques querían terminar, y su invocación a la misericordia y el respeto a la vida humana eran ridículos.

'De los archivos...'
'De los archivos...'

¡Bonita respuesta! Según Vitali Chentalinski, autor del libro 'De los archivos literarios de la KGB' (Anaya & Mario Muchnik), “de esta manera el líder de la Revolución proletaria, de un simple plumazo, desechó los valores humanistas y cristianos que Tolstói defendía y de los cuales era portador”. Los dos artículos contenían visiones del mundo opuestas: una que creía en la dignidad de la vida, y otro que gritaba ¡viva la muerte!

El jefe de los bolcheviques no deseaba ser defendido por alguien que valorase la vida humana, porque esto le habría desacreditado a él cuando ordenaba matar. El artículo de Tolstói era un grito de clemencia universal, y el orgullo que afirmaba haber sentido mientras vivió en un país sin verdugos parecía especialmente amenazante para Lenin, puesto que su viaje a la utopía era impensable sin matarifes.

Lo describe muy bien Chentalinski: "En realidad, esos dos artículos, el de Tolstoi y el de Lenin, representaban dos filosofías diametralmente opuestas: el escritor veía la raíz del mal en el interior del hombre, mientras que el político situaba esta en el exterior, en otras personas que, de esta manera, quedaban convertidas en enemigos mortales".

Sin embargo, para el triste caso de Rusia, era Lenin quien tenía razón: la filosofía de Tolstoi "no tenía sentido práctico alguno" en el mundo bolchevique. Cuando diez años después triunfó la revolución, Tolstoi tenía la suerte de haberse marchado de este mundo: el número de víctimas y verdugos se iba a multiplicar durante el terror por una cifra muy difícil de determinar. Los mismos a los que él hubiera salvado se habían convertido en verdugos.

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