Merkel traidora, Merkel verdugo, Merkel salvadora: todas las vidas de la canciller de las crisis
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El fin de la era Merkel

Merkel traidora, Merkel verdugo, Merkel salvadora: todas las vidas de la canciller de las crisis

Se convertirá en la jefa de su partido, llegará a ser la primera canciller mujer de Alemania y deberá enfrentar una serie de crisis a nivel nacional e internacional que marcarán su mandato

Foto: Ilustración: EC Diseño
Ilustración: EC Diseño

Está feliz. También algo incómoda. Es su primera entrevista en profundidad. Cara a cara con un periodista de fuste. Sabe que tal vez le pregunten sobre su vida, sobre su pasado, pero no se preocupa. Confía en que al periodista, como a ella, le importa el contenido, sus ideas, sus planes como nueva ministra de Mujeres y Juventud. Está orgullosa de ser parte del nuevo Gobierno de Helmut Kohl, el primero de la República Federal Alemana tras la reunificación.

—¿No le parece que va demasiado rápido?

La primera pregunta descoloca a la joven ministra. Su cara se transforma. Pasa de una sonrisa amable a una mueca de sorpresa seguida de una total seriedad. Estamos en el año 1991 y no son pocos los que posan sus ojos en el fenómeno Angela Merkel. La joven ministra del este de Alemania que no responde a los cánones habituales de la política del país.

El periodista le pregunta por su tendencia a ser reservada. La califica de táctica y astuta. Angela Merkel suspira. Y responde con tono pausado:

—Soy del tipo de persona que primero suele observar una situación para evaluarla mejor. Por eso ser reservado en determinados momentos es importante. Y si con ambición se refiere a que quiero hacer las cosas bien y resolver problemas para ayudar a la gente, entonces tiene razón.

—Suena bien. ¿Se da cuenta de que suena demasiado bien?

Foto: Imagen: Diseño EC.
El fin de la era Merkel: una foto, un legado y un dilema
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La incomodidad en Merkel ya es evidente. Niega con la cabeza, tarda más en responder. El tono irónico del periodista va en aumento. Le pregunta si se siente capaz de tener el lugar que tiene. De ser digna de ello. La entrevista durará más de 45 minutos y Merkel si irá a su casa con un interrogante en su cabeza. ¿Por qué todos le hacen sentir que está en un lugar que no le corresponde, que todo fue demasiado rápido? ¿Acaso no se lo ha ganado? ¿No ha trabajado lo suficiente para llegar allí? ¿O es que ciertas personas la subestiman? ¿Por ser del este? ¿Por ser mujer? ¿Por ser joven?

Angela Merkel aún no lo sabe, pero tiene un largo camino por delante. Se convertirá en la jefa de su partido, llegará a ser la primera canciller mujer de Alemania y deberá enfrentar una serie de crisis a nivel nacional e internacional que marcarán su mandato. Y en cada una de esas etapas mantendrá aquella idea que le expresó al periodista: observar para evaluar y luego actuar. Algunos lo calificarán de pragmatismo, otros de vacilación. En algunos momentos será muy útil, en otros bastante menos. De cualquier manera, esa será la receta para que Merkel se convierta en la mujer más poderosa del mundo. La canciller de las crisis.

El ascenso en la CDU

En la cabeza de nadie cabía la idea de que Merkel pudiera llegar a ser canciller de Alemania. De hecho, nadie creía que una mujer llegaría a canciller. Ni siquiera había habido candidatas. Ese lugar estaba reservado para el ministro más leal y eficiente de la era Kohl: Wolfgang Schäuble. Aquel que se había hecho cargo de la crisis tras el accidente de Chernóbil, el arquitecto en las sombras de la reunificación alemana, el príncipe heredero. Algún día, Helmut Kohl le dejaría su lugar. Todos sabían que ese era su destino.

Mientras tanto, Merkel construía sus primeras armas. Como ministra de Medio Ambiente, durante el último Gobierno de su mentor, Helmut Kohl, conseguía en Berlín sentar las bases para lo que luego sería el Protocolo de Kioto. Un logro que pocos recuerdan. Pero el verdadero salto cualitativo para ella llegaría paradójicamente tras una derrota. La derrota electoral de 1998 frente al Partido Socialdemócrata (SPD) dejaba profundas consecuencias: Wolfgang Schäuble reemplazaba a Kohl como jefe del partido y Angela Merkel era nombrada secretaria general de la Unión Demócrata Cristiana (CDU). En menos de 10 años, ya se había convertido en la número dos del partido más importante de Alemania. ¿Seguirían pensando que iba demasiado rápido?

placeholder Merkel, en 1991, junto a Helmut Kohl. (EFE)
Merkel, en 1991, junto a Helmut Kohl. (EFE)

Salvar el partido, la primera crisis

Merkel llevaba menos de dos años en el cargo cuando tuvo que enfrentar un suceso traumático para su partido, y para toda la política en Alemania. La crisis más importante de la formación, al menos hasta ese momento: el 'Spendenaffäre' o financiación ilegal de la CDU.

Hacia fines de 1999, una investigación judicial dejaba en evidencia la existencia de cuentas no declaradas utilizadas para la financiación del partido. Días después de la primera noticia sobre el tema, un ex secretario general del partido, Heiner Geißler, reconoce la existencia de esas cuentas. En un primer momento, Kohl dice no saber nada. Luego lo acepta. Confiesa que fue un error, pero a la vez esgrime que lo hizo con la intención de ayudar a su partido y que se hace cargo. Cuando se le pregunta quiénes donaron, dice haber dado su palabra de honor y que por eso no revelará ningún nombre. La CDU está conmocionada. El prócer, el padre de la reunificación, Helmut Kohl, involucrado en un caso de corrupción.

Schäuble maniobra como puede. Sabe que tarde o temprano él también caerá en desgracia. Siempre estuvo al tanto. En la oficina de Merkel la sensación es diferente: desazón, miedo, indignación. Y duda. Una enorme duda que la carcome por dentro. Se enfrenta al dilema más grande que nunca hubiese imaginado tener que resolver: ¿hacer su trabajo como secretaria general del partido o buscar alguna forma de proteger a quien fuera su mentor?

El pragmatismo merkeliano

En esta crisis es donde comienza la leyenda del pragmatismo merkeliano. Ese que Merkel nunca más abandonaría. Un principio por el cual las ideologías, la programática, las visiones e incluso las lealtades personales quedaban en un plano secundario. Lo más importante era el objetivo: resolver problemas.

Sí, eso que la joven Merkel en 1991 le había dicho a su entrevistador. Y en este escándalo Merkel había identificado un grave problema: la reputación de su partido y la de la propia política estaba en juego. No podía permitir que este acto de corrupción minara la confianza de los alemanes en el sistema. Y si eso significaba sacrificar a su mentor, era un precio que había que pagar.

placeholder Los cancilleres alemanes: Konrad Adenauer, Ludwig Erhard, Kurt Georg Kiesinger, Willy Brandt, Helmut Schmidt, Helmut Kohl, Gerhard Schroeder y Angela Merkel. (EFE)
Los cancilleres alemanes: Konrad Adenauer, Ludwig Erhard, Kurt Georg Kiesinger, Willy Brandt, Helmut Schmidt, Helmut Kohl, Gerhard Schroeder y Angela Merkel. (EFE)

Merkel sabía que la iban a llamar traidora, desagradecida y trepa. Pese a todo, publicó un artículo en diciembre de 1999 en el periódico alemán 'Frankfurter Allgemeine Zeitung' titulado “Kohl ha dañado al partido”. Lo hizo sin avisar a quien era su jefe, el presidente del partido, Wolfgang Schäuble. Fue un acto de valentía al que pocos se hubiesen atrevido. Una apuesta política de alto riesgo.

La acción le valió llegar a la presidencia de la formación conservadora tras la renuncia de Schäuble. Lo cual suena bastante lógico, pero no porque la quisieran, sino porque era la única libre de culpa y cargo en el partido. Es posible que en toda la CDU nadie hubiese podido decir: “no tengo nada que ver con esto”. Nadie excepto Ángela Merkel. Ella estaba en la RDA en los años ochenta y en los noventa no estaba al tanto de esas cuestiones por su rango en el partido.

En las bases nadie sabía bien cuáles eran sus posiciones, pero la veían como a una guerrera valiente en tiempos difíciles. En la cúpula, los hombres gordos y poderosos de la CDU, ahora en silencio, creían que no iba a durar. Pronóstico erróneo.

El arte de la paciencia

No se conoce mucho sobre la vida privada de Merkel. Mucho menos sobre sus 'hobbies'. Pero podríamos afirmar que, si la canciller jugase al póker, le iría muy bien. En 2002 ejecutó una jugada maestra imposible de ver para un político estándar. Pronto habría elecciones en Alemania y el canciller Gerhard Schröder (SPD) buscaba su reelección. A Merkel, en tanto jefa de la CDU, le correspondía ser su competidora. El problema es que nadie confiaba en ella. Cierto recelo por su acción contra Kohl, la desconfianza y subestimación que siempre habían primado sobre su figura y sus competencias, así como las ambiciones del líder del partido hermano de la CDU, la Unión Social Cristiana, ponían contra las cuerdas a Merkel.

Edmund Stoiber, ministro-presidente de Baviera, parecía ser mucho mejor candidato que ella. Tenía a las encuestas de su lado, a los jefes del partido y a la prensa conservadora. Además de la arrogancia propia de cualquier jefe de la CSU. Stoiber se sintió legitimado para desafiar a la canciller. Y Merkel entendió que la solución no era combatir. Al menos no de la forma habitual en la que compiten los machos alfa en la política. Lo mejor era tener paciencia. El momento no era propicio y resultaba mucho más inteligente llegar a un acuerdo. Es decir, en lugar de luchar y perderlo todo, mejor negociar y llevarse algo.

Foto: Foto: El Confidencial Diseño.

Merkel y Stoiber se encontraron a desayunar en la casa de este último en Wolfratshauser, en la región de Baviera. Allí se decidiría todo. Pese a estar de visitante, Merkel tiene las de ganar porque sabe qué quiere su interlocutor: ser candidato. Ella acepta ceder su lugar de candidata, pero exige a cambio ser la jefa del grupo parlamentario en el Bundestag. Gane quien gane. Stoiber es incapaz de imaginar que podría perder y acepta gustoso. Con ello Merkel se asegura el puesto más importante en el parlamento federal: o bien ser la jefa de la fracción más numerosa y principal sustento del Gobierno o bien ser la jefa de la oposición. Y como si eso fuera poco, elimina de un plumazo a su enemigo interno Friedrich Merz, que en ese momento dirigía el grupo parlamentario.

La jugada de Merkel fue brillante. De estar contra las cuerdas pasó a imponer condiciones. Era una jugada de alto riesgo, tenía que confiar en la suerte y a la vez aprovechar las ambiciones de su contrincante, como en el póker. El destino estuvo de su lado. Al bajar del avión en Múnich donde iba a tener lugar la fiesta del triunfo, Stoiber se enteró de que en realidad había perdido la elección. Merkel tendría su oportunidad.

Cueste lo que cueste

La subestimación es un elemento recurrente cuando se analiza la carrera de la canciller Angela Merkel. Se repiten una y otra vez las instancias en las que se la creyó por debajo de las exigencias de su rol. Un caso representativo fue la desconfianza que existía sobre su capacidad para liderar, junto a Francia, una nueva etapa de la Unión Europea. Se buscaba profundizar la construcción europea en términos políticos, superando las meras instancias económicas de cooperación. Un verdadero desafío para la región que Merkel se tomó muy en serio.

Foto: Otto Von Bismarck fundó el Imperio Alemán en 1871

¿Pero qué sabe de los valores europeos alguien que viene del otro lado del telón de acero? ¿Cómo puede Merkel siquiera entender lo que es sentirse europeo si creció y se socializó en un país comunista? Y además ¿qué ha demostrado saber sobre relaciones internacionales como para confiar en ella? Una vez más Merkel debía remar desde atrás. Tuvo que ganarse esa confianza.

Ni 30 días habían pasado desde su asunción como canciller cuando ya tuvo que viajar a su primera cumbre a negociar el presupuesto europeo de los próximos siete años. Según narra uno de sus biógrafos, Stefan Kornelius, periodista del 'Süddeutsche Zeitung', Merkel fue la mejor preparada. Trabajó para conseguir el consenso hablando con cada uno de los presentes. Logró imponer su método pese a encontrarse rodeada de verdaderos pesos pesados de la política de la época: Tony Blair, Jacques Chirac o los hermanos Kaczynski. Estamos ante el famoso 'método Merkel'.

Foto: Angela Merkel. (Getty)

Se trata de una forma de trabajo orientada a objetivos concretos y progresivos para conseguir un fin. Charlas individuales con personas clave en función de un plan trazado con anterioridad. Dicho plan es diseñado por Merkel y su equipo de pocos miembros de su más alta confianza. Dos personas clave en dicho grupo son su mano derecha, Beate Baumann, y su experta en medios, Eva Christiansen. El primer paso es separar el problema en cuestión en pequeñas porciones y luego avanzar en cada parte paso a paso. A partir de lo planificado se plantean objetivos y subobjetivos, relacionados con personas que son necesarias para la consecución de los mismos. Merkel habla con cada uno, buscando la 'Schmerzgrenze', es decir, la frontera del dolor o límite de negociación de cada actor, y luego avanza en acuerdos. Y aquí es donde la determinación de la canciller no conoce límites. Producto de ello son las extensísimas reuniones hasta altas horas de la madrugada para avanzar en un contrato de coalición o para acordar con líderes italianos o griegos las condiciones para el próximo rescate.

Esta fue su estrategia constante durante toda la crisis del euro. Una crisis en la que recibió críticas desde todos los ángulos. Desde los países del sur por su plan de austeridad que provocó severos daños a los sectores más desfavorecidos, desde los indignados en su propio país, incluso en su propio partido, que se quejaban del “uso del dinero alemán para financiar a los países inviables del sur”. Pese a todo Merkel se impuso. De hecho, consiguió convencer a la oposición de aquel momento, socialdemócratas y verdes, para que la apoyaran en una votación clave. Ella estaba convencida de que la Unión Europea corría peligro y salvarla estaba por encima de cualquier otro objetivo. Cueste lo que cueste. Incluso su propia popularidad.

La popularidad

En las mediciones que indican la satisfacción con el trabajo de la canciller podemos localizar su peor momento en ese tiempo de la crisis del euro. Apenas el 50% de los alemanes consideraba positivo su trabajo, según el instituto Forschungsgruppe Wahlen e.V. Sin embargo, si observamos esos mismos datos a lo largo de sus 16 años de mandato, Angela Merkel ha tenido más del 70% de aprobación durante la mayor parte del tiempo. De hecho, ha llegado a picos del 85%.

Pareciera que Merkel es inmune a la erosión típica que cualquier líder sufre cuando su tiempo en el poder se extiende indefinidamente. En efecto, sus números al inicio y al final de su era son muy parecidos: 84% en enero de 2006 y 80% en septiembre de 2021.

Tal vez la satisfacción que reflejan las encuestas tenga una explicación en la capacidad que ha tenido Merkel para encarnar un valor muy relevante para el alemán promedio: la estabilidad. Un elemento que fue construyendo desde el primer día cuando su partido tuvo que aceptar una gran coalición con la socialdemocracia. La segunda de la historia. En ese momento, los socialdemócratas pensaban que la canciller era débil y no tardarían en recuperar el poder. En la propia CDU tampoco creían en ella. El triunfo por apenas un punto de diferencia le quitaba cierta legitimidad a su gobierno. Sin embargo, Merkel aprovechó la oportunidad y sucedió todo lo contrario a los pronósticos.

La impronta de Merkel a la hora de tomar decisiones cuando ya no había más alternativa, que algunos calificaban de vacilación exasperante y otros de sabiduría propia de una mente científica, fue forjando su imagen de canciller equilibrada. Que evitaba los sobresaltos. Una líder cuyo mantra era eludir la polarización. Merkel no peleaba. Merkel escuchaba. Luego decidía. Una pieza maestra de comunicación política diseñada por la mencionada Eva Christiansen y ejecutada por la canciller al pie de la letra.

placeholder Merkel, en un debate electoral en 2013. (Reuters)
Merkel, en un debate electoral en 2013. (Reuters)

Politólogos bautizaron a este accionar como “desmovilización asimétrica”. Una estrategia de comunicación mediante la cual se favorece la desmovilización de aquellos que votarían contra Merkel. Al no enfrentarse con sus rivales, la canciller los dejaba sin capacidad de posicionamiento claro. Así, ella se ubicaba por encima de los debates ya que ella no tomaba parte, al menos no mientras el debate tenía lugar. Luego, cuando todas las partes habían discutido y expuesto sus ideas, Merkel tomaba una decisión. Muchos la han acusado de tomar siempre la decisión mirando las encuestas, a favor de la mayoría. En esas ocasiones Merkel ha utilizado una frase muy famosa: “No hay alternativa”.

Con esta estrategia, Merkel ha ocupado el centro del espectro político. Debilitando enormemente a su competidor histórico, el SPD. No les ha permitido desarrollar su propia agenda y se ha atribuido la responsabilidad de las medidas de corte socialdemócrata a las que, por activa o por pasiva, dio luz verde. Merkel ha sabido quedarse con los beneficios de muchas medidas que ella no promovía, pero que acompañaba como compañera de coalición de la socialdemocracia.

Foto: ¿Angela Merkel detective?

Esto ha generado la sensación de que Merkel era garante de la estabilidad en el país. Con ella no había experimentos. Tal es así que Merkel finalizó el debate televisivo de 2013 mirando a cámara y diciendo: “Ustedes me conocen”. A los pocos días quedaba a pocas décimas de conseguir la mayoría absoluta.

La modernización de la CDU

Si bien el hecho de convertir a la CDU en un partido de un amplio centro benefició a Merkel, también es innegable que le valió muchos enemigos internos. Para algunos la canciller estaba yendo demasiado lejos al aceptar y permitir que los socialdemócratas impusieran su agenda progresista. Algunos la acusaban directamente de socialdemocratizar el partido, de robarle la identidad democristiana y, especialmente, conservadora. Pero eran voces de protesta temporales, ya que Merkel seguía ganando elecciones.

Un caso que permite ilustrar la estrategia de Merkel a la perfección es el de su decisión de abandonar la energía nuclear. Tras el accidente de Fukushima en el año 2011 Merkel tomó una decisión que no solo impactaba en la configuración de la matriz energética del país, sino en la matriz programática de su propio partido.

La energía nuclear había sido parte integral del argumentario de la CDU durante décadas. De hecho, la propia Merkel la había defendido desde siempre. Se trataba de un elemento que diferenciaba al partido democristiano de las ideas de los Verdes (Bündnis 90/die Grünen), aquel partido ecologista nacido en los años ochenta.

Merkel siempre se había plegado a la lógica de su partido en este tema: la energía nuclear era la tecnología puente entre la industria contaminante de los combustibles fósiles y las energías renovables todavía en un estadio poco desarrollado. Para conseguir lo último había que sostener lo primero. La canciller siempre lo había visto así. Hasta que llegó Fukushima.

Foto: EC Diseño.

Para Merkel el accidente en Japón demostraba que los riesgos eran demasiado altos. Todavía debía evaluarse, pero estaba claro que en principio toda la estructura quedaba bajo cuestionamiento. Un giro de 180 grados de la canciller que de pronto se adueñaba de la demanda histórica más importante de Los Verdes. No son pocos quienes la acusan de haber actuado de esta manera porque en ese momento se celebraban elecciones en Baden-Württemberg y el partido ecologista estaba poniendo en peligro la hegemonía de la CDU en la región. Una posibilidad entre tantas, pero lo importante no estaba en el corto plazo, lo relevante era que la canciller se mostraba como alguien sin trabas de tipo programático a la hora de tomar decisiones. El mensaje era sencillo: si la situación lo exige, Merkel cambia de opinión. Todo bajo el halo de canciller científica y paciente que funcionaba como ungüento legitimador de cada decisión, mientras que a la vez no quitaba el ojo de las encuestas para ver la evolución de la opinión pública.

El pragmatismo de Merkel también ha guiado las relaciones internacionales durante su mandato. En su política exterior ha combinado una apuesta por el fortalecimiento e integración de la Unión Europea y por el multilateralismo con un contacto sostenido con países como China y Rusia. Las razones geopolíticas y comerciales han orientado esta política que siempre ha tenido una cierta ambigüedad. Por un lado, el interés por mantener el diálogo y colaborar en las áreas en las que sea posible; por otro, las críticas hacia ciertas acciones o comportamientos que no coincidían con los valores democráticos defendidos por Alemania.

Foto: Merkel y Putin, durante un encuentro sobre Libia este enero. (Reuters)

Un equilibrio nada sencillo que Merkel intentó sostener y justificar durante sus dieciséis años en el poder. El proyecto Nord-Stream 2, heredado de su antecesor socialdemócrata Gerhard Schröder, es un ejemplo de esa visión pragmática del plano internacional. No importa si el gas viene de Rusia y si mientras tanto ese país es cuestionado por su intervención en Ucrania o por violaciones a las libertades individuales de sus ciudadanos. A ojos de Merkel, lo relevante para evaluar la importancia de este proyecto es garantizar la energía que Alemania y su industria exportadora necesitan para funcionar. La seguridad energética del país.

La canciller de hielo

Nadie se asombra del titular del semanario alemán Stern. La portada combina un primerísimo primer plano de la canciller en el que resaltan sus ojos celestes como dos bloques de hielo, el gesto estricto casi petrificado de su boca y una palabra sobreimpresa: 'Eiskönigin'. La reina de hielo.

Stern refleja la percepción mundial sobre Angela Merkel. Esta vez no se trata de la austeridad, ni de las reformas, ni siquiera de algún conflicto a nivel político en concreto. En este caso todo gira en torno a un video que se ha hecho viral en las redes sociales. En él Merkel le dice a una niña refugiada que si su familia no cumple con las condiciones deberá regresar. Un momento antes la niña le había transmitido sus deseos, su sueño de estudiar, de aprovechar las oportunidades, de vivir una vida lejos de la guerra y la miseria de la que había huido su familia cuando ella era todavía un bebé. Parecía que toda esa historia de superación era indiferente a los oídos de la canciller. ¿Es que la canciller no podía ver más allá de los estándares de una burocracia cuasi prusiana? ¿No tenía corazón? ¿Nada la conmovía?

El impacto fue tal que los integrantes de su equipo de confianza la convencieron de romper la regla de oro sobre no polarizar. Debía intervenir activamente en la cuestión de los refugiados. No se podía permitir esperar hasta que no haya alternativa como antes. Si no tomaba la iniciativa, la tomarían otros. Y en ese momento, esos otros no eran los partidos de oposición tradicionales, había surgido uno nuevo: el ultraderechista Alternative für Deutschland (AfD).

Adiós a la estrategia de integrar hacia la derecha

Todavía se discutían las medidas en torno a la crisis del euro cuando un grupo de profesores universitarios decidieron crear una opción electoral. Se trataba de un intento por expresar el descontento contra la política de rescate de los países del sur de Europa que impulsaba Angela Merkel. Según ellos los partidos tradicionales apoyaban a la canciller y con ello ponían en riesgo la estabilidad económica del país. Fue el germen de lo que luego se convertiría en el partido Alternative für Deutschland.

En un principio el nacionalismo que se dejaba entrever en ciertos postulados del partido de los profesores no era más que eso, un elemento secundario. Pero para 2014 ya se había convertido en principal. AfD había iniciado su proceso de derechización del que nunca retornaría. Y una vez más más de un ojo crítico apuntaba a Merkel como la gran culpable.

Foto: El Confidencial Diseño.

La Unión había desarrollado una estrategia histórica para lidiar con los partidos que se ubican ideológicamente a su derecha. Se la conoce como 'integrar hacia la derecha' ('nach Rechts zu integrieren'). Según el antiguo líder de la CSU, Franz-Josef Strauss, partido hermano de la CDU, “no podía haber ningún partido legitimado democráticamente a la derecha de la Unión”. Para que esta máxima se cumpla se buscaba neutralizar a estos partidos a partir de la incorporación de alguna de sus demandas fundamentales. Por ejemplo, al limitar el derecho al asilo en los años ochenta, la CDU eliminaba la base del poderío contestatario del partido de extrema derecha Republikaner. Con ello neutralizaba su agenda, que quedaba abordada por un partido importante, y solo era cuestión de tiempo para que perdieran relevancia.

El surgimiento de AfD y su auge a partir de la crisis humanitaria tras la llegada de los refugiados volvió a poner esta estrategia histórica sobre la mesa. Algunos diputados se la presentaron a Merkel en otoño de 2015, pero Merkel se negó rotundamente a aplicarla. En una entrevista de mayo de 2016 Merkel explicó sus razones: “Entiendo y comparto aquella frase de Strauss en algún sentido, pero si esa frase significa que nuestros principios quedan relativizados o incluso tenemos que renunciar a ellos, para que algunos electores no se alejen de la Unión, principios que para nuestro país y para la Unión son constitutivos, el núcleo de nuestras convicciones, entonces para mí esa frase no tiene sentido alguno”. Una respuesta que le valió un profundo conflicto con el entonces líder de la CSU Horst Seehofer.

Foto: El candidato del SPD, Olaf Scholz. (Getty)

Pero más allá de dicho argumento existe otro muy importante para comprender que la decisión de Merkel no estaba errada. La estrategia de integrar hacia la derecha había funcionado en un contexto en el que el espacio público estaba limitado a un sistema de medios tradicional. No existían las redes sociales ni el volumen de circulación de información actual por canales horizontales y, en muchos casos, independientes del periodismo clásico. Melanie Amann, periodista y jefa de la sección Política del semanario Der Spiegel explica que “ya no somos más los 'gatekeppers' que nos gustaría seguir siendo”. El efecto neutralizador de incorporar demandas no solo perdería sentido, sino que, a través de las redes sociales, aumentaría la visibilidad de la derecha radical. Y efectivamente eso fue lo que sucedió.

Pero más allá de estar o no en lo correcto, con su decisión Merkel echó por tierra otro elemento intocable dentro de la CDU y aceptó de facto que su partido tendría competencia a su derecha. Para algunos fue la normalización de Alemania en comparación con otros países europeos que ya tenían una ultraderecha en su sistema de partidos. Para otros, una oportunidad perdida que demostraba debilidad en la canciller. Y es justamente en este punto donde vuelven las dudas sobre Merkel y su capacidad de liderazgo. No solo a nivel nacional, sino también a nivel europeo. Es el momento que elige Viktor Orbán para erigirse como el contrapeso político e ideológico de Angela Merkel. El abanderado de la democracia iliberal.

La petición de Obama

“Necesitamos que te quedes. Necesitamos que sigas siendo canciller”. Barack Obama es directo. Ha viajado especialmente a Berlín para mirar a Merkel a los ojos y pedirle que vuelva a ser candidata en 2017. Hace muy pocos días Hillary Clinton había perdido la elección y se iniciaba la administración Trump.

Merkel ya había decidido terminar su tiempo al frente del ejecutivo. Creía que doce años habían sido suficientes. Había logrado mucho. Superado muchas crisis. Pero también había dejado muchas deudas. El tema migratorio era un ejemplo. Pese a lograr transmitir la imagen de una Alemania solidaria que tiene una mano a los que sufren, la solución era temporal, costosa y bastante inestable: un tratado con Turquía para que contenga el flujo migratorio a cambio de miles de millones de euros anuales.

Foto: Protesta contra el partido ultraderechista AfD en Riesa, Alemania. (EFE)

A ello se sumaba la cuestión de la crisis climática. La lentitud para transformar la contaminante matriz energética alemana en una renovable, la falta de medidas para desalentar las emisiones de dióxido de carbono, las metas climáticas sin cumplir. Parece una ironía de la historia que quien había querido ser la canciller del clima, en los inicios de su mandato, vaya a dejar tantos frentes abiertos al respecto.

Los problemas de la digitalización, por la poca inversión y la falta de competencia en el desarrollo del mercado que se concentró en pocas manos, era otra cuenta pendiente que dejaba a Alemania varios escalones por debajo de otros países. Y a nivel interno era imposible no detenerse en la deuda social con millones de personas ocupando puestos de trabajo precarios y alimentando una creciente desigualdad.

Foto: La canciller alemana Angela Merkel. (EFE)

Merkel revisó su decisión y aceptó el pedido de Obama. En 2017 obtuvo su tercera reelección y se dispuso a formar una coalición Jamaica junto a verdes y liberales para intentar abordar algunos de los temas pendientes enumerados más arriba. Sin embargo, las negociaciones fracasaron y se volvió al gobierno anterior: otra gran coalición con los socialdemócratas. Una decisión controvertida de los partidos mayoritarios que prefirieron poner por delante la estabilidad política y con ello en cierta manera ignoraron el pedido de cambio que expresaban las urnas.

El desafío más grande desde la Segunda Guerra Mundial

Hacia fines de 2018, con muchos conflictos internos en la coalición y en su propio partido, y con varias debacles electorales a nivel regional, Merkel entiende que ahora sí ha llegado la hora de poner punto final a su tiempo en el poder. Abandonará la presidencia de su partido y anuncia que no volverá a ser candidata a canciller.

Serían tres años duros. El síndrome del 'lam duck' (pato cojo) era un potencial peligro. Pero aun así Merkel estaba dispuesta a correr el riesgo. Tal vez por cansancio, tal vez por confianza, tal vez porque tenía un plan. Sea cual sea la razón, todo pasó a un segundo plano en 2020 cuando llegó la pandemia y Merkel tuvo que ponerse al frente del país para enfrentar lo que ella misma definió como “el desafío más grande desde la Segunda Guerra Mundial”. La última crisis, la más grave, la que mostró facetas de Merkel que nunca antes habíamos conocido.

Aparecía una Merkel comunicadora que transmitía de forma clara y pedagógica el concepto de crecimiento exponencial de las infecciones por coronavirus y con ello asombraba al mundo. La Merkel decidida y proactiva que en lugar de tomar una postura expectante de vacilación avanzaba con decisiones drásticas e inmediatas. La Merkel emocional que pedía por favor casi al borde de las lágrimas que soportemos un poco más las medidas de cuarentena porque con ellas estábamos salvando vidas. La Merkel solidaria que junto a Emmanuel Macron rompía con su firme convicción de no emitir bonos europeos e impulsaba ayudas a los países del sur destruidos emocional y económicamente por la pandemia.

La enumeración podría continuar. Sin embargo, para terminar de construir este perfil de la canciller Angela Merkel es preciso poner el acento en el plano simbólico. Hemos analizado sus decisiones, su método, sus deudas, su popularidad. Solo falta mencionar su significado hacia el futuro. Contra todo pronóstico, contra la subestimación de propios y extraños, contra las limitaciones de un mundo de hombres, contra los prejuicios por su procedencia o su formación, Merkel llegó a la cancillería, renovó a su partido, lideró Europa y se convirtió en la política más importante del siglo XXI.

Muchas mujeres alrededor del mundo podrán encontrar inspiración en su figura. La propia Merkel lo dijo en su discurso por los 100 años del voto femenino en Alemania: “Ya nadie se burla de una niña que dice que cuando sea grande quiere ser canciller”. Pese a que ella no lo dijo en ese discurso, podríamos agregar que será gracias a Angela Merkel.

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