De Bismarck a Merkel, el duro peso de manejar a la gran locomotora europea
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De Bismarck a Merkel, el duro peso de manejar a la gran locomotora europea

La canciller Angela Merkel, que abandonará la presidencia de Alemania el próximo 26 de septiembre, tiene muchas afinidades con la forma de gobernar del general Otto Von Bismarck

placeholder Foto: Otto Von Bismarck fundó el Imperio Alemán en 1871
Otto Von Bismarck fundó el Imperio Alemán en 1871

A finales de octubre de 2018, tras las elecciones regionales de Hesse, Angela Merkel comunicó su decisión de no presentarse a la reelección en la cita federal, a celebrar este domingo 26 de septiembre.

Su elección constituye un caso único entre los grandes cancilleres alemanes, quienes terminaron su labor condicionados por bombas políticas o rupturas con entes superiores. Merkel, además, sienta un precedente por su tranquilo adiós, conduciéndonos a la inestabilidad de la sucesión tras mandatos tan duraderos como si tras un liderato fuerte fuera inexorable un tiempo de zozobra. Algo que es en cierto sentido contradictorio si se atiende a cómo funciona una maquinaria como la del Estado germánico, donde los engranajes siguen bien engrasados sin, a priori, depender del maquinista al mando de la locomotora.

Merkel sienta un precedente por su tranquilo adiós conduciéndonos a la inestabilidad de la sucesión tras mandatos duraderos

Este intervalo de tres años habrá permitido a Merkel meditar sobre la labor realizada desde 2005, cuando ascendió a la cancillería. Sus dieciséis años rebasan los de Konrad Adenauer e igualan los de Helmut Kohl al frente del epicentro de Europa, tanto político como geográfico. El viejo alcalde de Colonia dirigió los destinos de la República Federal Alemana desde 1949 hasta 1963, cuando le sucedió Ludwig Erhard, padre del milagro económico de posguerra.

placeholder Angela Merkel en una cumbre en 2007 junto a los principales líderes de entonces (REUTERS)
Angela Merkel en una cumbre en 2007 junto a los principales líderes de entonces (REUTERS)

Kohl, quien mantuvo una relación más bien agria con Merkel, descalificándola en más de una ocasión por sus orígenes en la RDA, gobernó de 1982 a 1998, derrotado en los comicios de octubre de ese año por Gerhard Schröder, triunfador tras una campaña donde se postuló como el centro pese a representar las centenarias siglas del SPD, la formación socialdemócrata decana del Viejo Mundo. El mandamás de la Reunificación, ciudadano de honor de nuestro continente a instancias del Consejo Europeo, aspiró a prolongar su estancia en la cima y terminó por despeñarse no sólo por la debacle en las urnas, agravándose su descenso a los infiernos por la financiación irregular de la CDU, hundida en el panorama hasta la eclosión de Merkel.

Escándalo Der Spiegel

La canciller abandona el puesto por voluntad propia y sin manchas en su expediente, no como Adenauer, clave para la reconciliación franco-alemana tras la Segunda Guerra Mundial (antes de dimitir se produjo su icónico apretón de manos con el General De Gaulle), pero salpicado en penúltima instancia por el Escándalo Der Spiegel.

En octubre de 1962, el famoso semanario reveló en portada las graves carencias del Bundeswehr (Ejército alemán), incapaz de defenderse si las tropas del Pacto de Varsovia lanzaban un ataque nuclear contra la RFA, sólo contrarrestable si la OTAN lo replicaba. A la mañana siguiente, un jurista miembro de la CSU, por aquel entonces en el gobierno de Coalición conservador capitaneado por Adenauer, presentó una denuncia de Alta Traición contra la publicación, registrándose su sede central, situada en Bonn, capital federal hasta 1990, y el domicilio de algunos de sus redactores.

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El canciller Konrad Adenauer

Varios de ellos fueron detenidos, además del propietario, Rudolf Augstein, quien penó 103 jornadas en la cárcel, medida apoyada por el Canciller, incondicional defensor de su ministro de Defensa, Franz Josef Strauss, a la postre obligado a renunciar tras la desbandada de los representantes liberal-demócratas de la FPD y la forzada pérdida de confianza del mismísimo Adenauer, quien también terminó por ceder su puesto a Ludwig Erhard, aupado a la cancillería el 15 de octubre de 1963.

El affaire Der Spiegel marcó un antes y un después al ser un ataque sin precedentes contra la libertad de prensa, defendida en sus esencias democráticas por las nuevas generaciones, partidarias de una mayor liberalización para abandonar tics autoritarios, clara herencia del ominoso pasado reciente. Intelectuales, con los escritores del Grupo 47 a la cabeza, estudiantes y periodistas se erigieron en bastiones de ese cambio de paradigma, desarrollado durante los sesenta con mayor virulencia tras el ascenso a la cúspide de Kurt Georg Kiesinger, afiliado al NSDAP durante el Tercer Reich y Canciller de la República Federal entre 1966 y 1969.

Von Bismarck, el otro mito

Estos antecedentes nos plantean la pregunta de si suceder a políticos de este calibre es una especie de regalo envenenado. Preguntado al respecto, Guillermo Íñiguez, analista de política alemana, considera acertado este concepto desde dos factores. El primero radica en cómo Adenauer, Kohl y Merkel son políticos de talla excepcional, no ya sólo el ámbito germánico, sino en el europeo. Lo más trascendental, según su criterio, es la duración de sus mandatos, a veces mérito suyo y en otras ocasiones demérito de sus adversarios, como en 2013, cuando el SPD no quiso liderar una coalición alternativa a la canciller. La longevidad es clave para evolucionar y madurar su testamento en el poder. De hecho, continúa, Merkel podría haber perdido las elecciones de 2005, y sólo en 2013 o 2015 adquiere su estatus actual, el mismo que, inevitablemente, condicionará a su sucesor, como se aprecia en esta campaña, donde el socialdemócrata Olaf Scholz, el democristiano Armin Laschet y hasta la candidata verde Annalena Baerbock han recibido comparaciones con Mutti, así apodada por cierto talante maternal.

Merkel podría haber perdido las elecciones de 2005, y sólo en 2013 o 2015 adquiere su estatus actual, el mismo que condicionará a su sucesor

Si retrocedemos a una época más remota, comprobaremos cómo sólo una figura tiene una impronta similar en el imaginario teutón. Se trata, pueden imaginarlo, de Otto von Bismarck, el Canciller de hierro y hombre providencial para entender el vuelco en el orden continental durante su estadía en la más alta responsabilidad civil del Imperio.

Nombrado en 1862, permaneció en tan solitaria cumbre hasta 1890. Durante esos veintiocho años manejó los hilos internos hasta transformarlos en externos mediante sus maniobras, consistentes durante la década de los sesenta del siglo XIX en allanar el terreno para erigir a Prusia en potencia hegemónica del universo centroeuropeo, algo logrado con prestancia tras sendas guerras contra Dinamarca en 1864 y Austria en 1866, saldadas con la anexión de los ducados de Schleswig y Holstein y la victoria en la batalla de Sadowa, espaldarazo definitivo para consolidar su posición y tender la pasarela hacia la siguiente jugada de su increíble repertorio.

placeholder Helmut Kohl (izquierda) junto a Gorbachov en 1990 (REUTERS)
Helmut Kohl (izquierda) junto a Gorbachov en 1990 (REUTERS)

Como bien es sabido, la pugna por la designación de un heredero al trono español tras la Gloriosa de otoño de 1868 y la huida a Francia de Isabel II levantó ampollas. Bismarck apostó fuerte. El rumor de una candidatura Hohenzollern a la corona ibérica suscitó temor en Napoleón III por temor a verse cercado por dos monarcas de la misma dinastía. La opción, desmentida en julio de 1870 por el Káiser Guillermo I, fue resucitada por su Canciller con la intención de provocar a los galos, hasta arrancarles una astuta declaración bélica, catapultada por el farol del telegrama de Ems, nota manipulada por Bismarck para empujar a su enemigo a la guerra, colofón para unificar Alemania en el Palacio de Versalles en mayo de 1871, humillar al Segundo Imperio y remarcar el dominio prusiano, ahora bajo una bandera nacional más extensa.

La jugada maestra de Merkel y Bismarck

Muchos aún recordarán el odio suscitado por Angela Merkel durante la gran crisis económica de 2008, cuando desde los países mediterráneos llegaron a retratarla como Adolf Hitler. Pocos años después, durante el drama de la guerra de Siria, devino la única líder cabal al acoger a un millón de refugiados, revelándose más aún como una estadista al sacrificar lo electoral en pos de la política con mayúsculas. Tras esos dos episodios cobró aún más estima al plantar cara a Donald Trump en la cumbre canadiense del G7, reflejándose su ascendente en una fotografía para la posteridad.

Todos esos rostros de la Canciller son consecuencia de su protagonismo en las transformaciones históricas de los dos últimos decenios. Con Bismarck acaeció un proceso afín. El terrateniente, formado en las embajadas más impresionantes de su era, no gobernó para satisfacer a la incipiente prensa al ser muy consciente de lo elevado de su misión: bien maquillada en lo constitucional por un parlamento con visos testimoniales, pero aferrado el Canciller a formas autoritarias en la dirección de los asuntos, inherentes si se quiere al alma prusiana.

Desde su poltrona, Bismarck emanó políticas sociales para aplacar la pujanza socialdemócrata, contrapunto a sus leyes antisocialistas

Desde su poltrona, emanó políticas sociales para aplacar la pujanza socialdemócrata, contrapunto a sus leyes antisocialistas, convocó al resto de potencias en Berlín para conferenciar sobre las colonias y jamás soslayó la problemática de alianzas en vistas a una hipotética conflagración. Su tratado de reaseguro, sellado con Rusia en junio de 1887, debe considerarse una obra maestra de la diplomacia secreta. Si los austrohúngaros atacaban a los zares, Alemania mantendría su neutralidad, y lo mismo haría el imperio eslavo si Francia arremetía contra las posesiones del Káiser.

Este acuerdo es uno de los movimientos más brillantes de su tablero, el colofón a toda una carrera al impedir la posibilidad de un doble frente contra el Segundo Reich. Sin embargo, la muerte de Guillermo I en marzo de 1888 y el brevísimo reinado de Federico III, ya aquejado de un fulminante cáncer de laringe cuando accedió al trono, precipitaron el ascenso de Guillermo II, impetuoso, impaciente y mediocre en su egolatría hasta ignorar cualquier detalle constitucional.

La soberbia de Guillermo II

En 1890, después de una contienda electoral favorable al Zentrum Católico, Bismarck hizo de tripas corazón y parlamentó con Windthorst, su candidato, a quien odiaba en lo más profundo de su ser. Lo hizo en pos de asegurar el equilibrio gubernamental, dándole al Káiser la excusa perfecta para desatar un fatal e inédito torbellino.

placeholder Guillermo II, según Bismarck, uno de los culpables de la I Guerra Mundial
Guillermo II, según Bismarck, uno de los culpables de la I Guerra Mundial

Una orden real de 1852 prohibía a los ministros todo contacto directo con el soberano sin el aval del jefe de gobierno. Para Guillermo II la omisión de comunicarle las negociaciones de Bismarck con su otrora oponente político supuso una afrenta, presentándose en el ministerio de Asuntos Exteriores, donde residía el canciller, para exhibirle sin tapujos toda su cólera hasta conminarle a dimitir, consiguiéndolo el 18 de marzo de 1890.

Para Bismarck, Guillermo II fue ese joven imbécil que alteró el sistema de alianzas en la senda hacia la Primera Guerra Mundial

La maniobra era un ardid para propiciar la quiebra desde el principio de autoridad. El emperador, además de reinar, quería gobernar, mientras el Canciller quería mantener el statu quo vigente. Se impuso la testa coronada y Leo Von Caprivi, dócil y sumiso, tomó el 20 de marzo el relevo del monumento político, homenajeado en toda Alemania con estatuas y venerado en el resto de Europea, donde no tuvo problema alguno en opinar sobre la actualidad para envenenar más las relaciones con Guillermo, a quien juzgó en petit comité como ese joven imbécil, tan empecinado en la destrucción de su legado como para arruinar el pacto con Rusia y alterar el sistema de alianzas en la senda hacia la Primera Guerra Mundial.

Las lecciones del pasado, brotadas siempre desde cúmulos de experiencia, deben valorarse para no trastocar la brújula porque lo individual revierte sin remisión sobre lo colectivo y el poder, más aún en estas altísimas esferas, es un sucesivo relevo para afianzar el testigo desde una clara lógica secuencial.

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