Si solo tienes que saber una cosa sobre política alemana, que sea esta
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Una república, dos países

Si solo tienes que saber una cosa sobre política alemana, que sea esta

Treinta años después de la caída del Muro, las diferencias entre este y oeste están lejos de desaparecer y se reflejan claramente en el mapa político alemán

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El Confidencial Diseño.

“Son personas que en parte se han socializado en una dictadura y después de 30 años no se han incorporado a la democracia. Solo una pequeña parte de los votantes de Alternative für Deutschland (AfD) son potencialmente recuperables. La esperanza está en las próximas generaciones”. Así de claro hablaba Marco Wanderwitz, encargado del Gobierno federal para el este de Alemania, justo antes de las elecciones el mes pasado en Sachsen-Anhalt, uno de los cinco estados que se incorporaron a la República Federal alemana tras la reunificación. Sus declaraciones dieron mucho que hablar en un país en el que aún está abierta la herida del muro de Berlín.

El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro y llegó el principio del fin de la Guerra Fría y la división. Sobre sus ruinas, debía construirse el sueño de una Alemania unida. Una Alemania en la que este y oeste estuviesen a la misma altura, sin diferencias entre los territorios que durante mucho tiempo fueron dos países. Más de 30 años después, ese sueño está lejos de hacerse realidad. Al menos para ciertos sectores de la población en el este del país, que ven incumplidas sus expectativas, que se indignan por la falta de reconocimiento y que se perciben a sí mismos como ciudadanos de segunda clase. Para ellos, el muro sigue en pie.

El muro de Berlín fue levantado el 13 de agosto de 1961. Fue el símbolo de la separación entre las dos Alemanias de la posguerra. Sin embargo, se podría decir que la división era anterior, incluso previa a la creación de los dos Estados en 1949. Se trata de una cuestión cultural e histórica que marca grandes diferencias entre las regiones germanas a ambos lados del río Elba.

Según el historiador James Hawes, ese río marca el límite entre la desaparecida Prusia, al noreste, y el conjunto de reinados, ducados, principados y demás estados, situados al suroeste. La división que señala Hawes va más allá de la cuestión geográfica. Mientras que el reino de Prusia poseía como características principales su impronta militarista, la burocracia y administración estatal y la visión de una Alemania unificada y centralizada, al oeste el énfasis estaba puesto en el comercio y la producción industrial.

Estas particularidades obedecían a una lógica propia de cada región. Prusia no podía ignorar la eterna hipótesis de conflicto frente a la Rusia imperial. Y al mismo tiempo, apenas disponía de recursos naturales y tecnologías para desarrollarse como potencia económica. En cambio, al otro lado del Elba, el desarrollo industrial era pujante y el ojo estaba puesto en la competencia con Inglaterra en la dimensión comercial. Todo fundado sobre los yacimientos de carbón de la cuenca del Ruhr. Este y oeste presentaban entonces diferencias fundamentales que naturalmente fluían en los aspectos culturales, en la percepción de valores y prioridades y, sobre todo, en la concepción política y social de cada uno de estos estados. Según esta hipótesis de Hawes, sería equivocado buscar el origen de las diferencias entre las dos Alemanias solo en el muro de Berlín. La raíz de las mismas es cultural y excede la historia reciente.

En la actualidad, para identificar la vieja frontera entre las dos Alemanias, basta con mirar un mapa de intención de voto a AfD. Allí donde el partido ultraderechista obtiene más del 20% de intención de voto, se ubica el territorio del desaparecido país socialista. AfD ha conseguido resultados de partido mayoritario en las cinco regiones del este, superando el 20% en cada una de ellas y poniendo en dificultades al resto de los partidos para construir mayorías parlamentarias que garanticen gobiernos estables. En el oeste, en cambio, el partido ultraderechista ha ido perdiendo fuerza progresivamente. Un factor relacionado con este descenso es el cambio en la agenda pública. Ya no se habla de los temas que la derecha radical necesita para ganar la centralidad del debate. En Alemania, cuestiones como la inmigración, los refugiados o el islam fueron desplazadas por la crisis climática, la violencia de extrema derecha y, el último año, la pandemia.

Por otra parte, en el oeste, aquellos que buscan votar un cambio, luego de 16 años de Gobierno de Angela Merkel (CDU), no ven en AfD una alternativa. Su radicalización en el discurso y falta de respuesta a los temas que preocupan a los ciudadanos han alejado a muchos de sus votantes y eliminado cualquier posibilidad de crecimiento hasta los niveles conseguidos al otro lado del Elba. AfD se ha convertido en un partido regional, en un partido del este. Allí, la ultraderecha ha identificado una estrategia para aprovechar las diferencias entre las dos Alemanias, dando expresión a un potencial de desilusión y crítica que ya existía antes y que en los años noventa encontró refugio en el partido que hoy conocemos como Die Linke, la izquierda alemana.

Foto: Manifestantes de grupos ultraderechistas protestan en la escena del crimen de Chemnitz, Alemania, el 27 de agosto de 2018. (Reuters)

El origen de la división

Las razones de este éxito radican en la cultura política de la RDA, pero sobre todo en la organización y las consecuencias de la reunificación. Muchas personas sienten que sus ideas de sociedad, democracia y justicia no se toman en serio en el discurso político federal. Los grupos de población más grandes de Alemania del Este no participan en los debates sobre el lenguaje de género, la diversidad o el cambio climático. Porque no quieren o porque no pueden. Eso también les excluye o les hace sentirse excluidos.

A partir de estas experiencias, del desprecio y el descontento, se ha desarrollado durante muchos años un gesto de protesta populista que ahora ha encontrado su expresión en AfD. Con sus posiciones xenófobas, el partido de derecha radical también toca la fibra sensible en regiones étnicamente bastante homogéneas, como es el caso de Sachsen-Anhalt. Pero no todo va de emociones, hay algunos datos que sirven para explicar el sentimiento de agravio. En el este, hay más desempleo, más personas viven de ayudas sociales, la pirámide poblacional está más envejecida y la migración interna sigue desgarrando las ciudades y pueblos de los cinco estados orientales.

De las 500 empresas más grandes de Alemania, solo 36 tienen su sede central en el este del país

De las 500 empresas más grandes de Alemania, solo 36 tienen su sede central en el este del país. Los trabajadores del oeste cobran de media 3.340 euros, frente a los 2.790 de los del este. Si hablamos de la Administración pública, solo cuatro de los 133 responsables de departamento provienen del este del país. Este significativo dato sobre los altos funcionarios va en la línea de la ocupación de los diferentes puestos de la élite del país por personas nacidas en el oeste de Alemania. Cuando se pregunta a los alemanes por la democracia, el 14% de los ciudadanos del este piensa que no es el mejor sistema político.

Foto: Una carroza que representa al ministro nazi de propaganda, Goebbels, llevando en brazos a Björn Höcke. (Reuters)

La historia de las dos Alemanias y el sentimiento de agravio en el este tiene mucho de profecía autocumplida. Un proceso de homogeneización practicado por las élites del oeste, que consideran a los ciudadanos del este ajenos e inferiores. Al ser devaluados, estos tienden a unirse, homogeneizarse, para defenderse y diferenciarse de sus agresores. Esto es gasolina para el discurso populista de AfD, aunque en las últimas elecciones en Sachsen-Anhalt les fue peor de lo previsto porque la CDU decidió hacerles un cordón sanitario. Estrategia que le dio muy buen resultado al partido de Merkel, por si alguien más quiere tomar nota.

¿Se pueden resolver los agravios pendientes mientras la ultraderecha mantenga su fuerza electoral en el este de Alemania? Nos parece complicado, porque AfD vive de esos agravios, del rencor, de la incertidumbre y del miedo. Y los van a seguir alimentando. No ha habido aún un Gobierno en Alemania que se haya querido ocupar en serio de esta cuestión. Y en mitad de una pandemia y con la crisis climática haciéndose cada vez más presente, no parece el mejor escenario para ello. Mientras tanto, seguiremos hablando de las dos Alemanias.

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