El fin de la era Merkel: una foto, un legado y un dilema
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Fin de la Era Merkel II

El fin de la era Merkel: una foto, un legado y un dilema

Merkel ha logrado, sin estridencias, actualizar el centro derecha alemán para hacerlo un partido ganador en la Alemania del siglo XXI. El fin de su era genera un dilema para los conservadores cuya respuesta puede cambiar el rumo del país y de toda Euro

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Imagen: Diseño EC.

La imagen ha dado la vuelta al mundo. Angela Merkel sostiene la mano de Malu Dreyer, la presidenta de Renania-Palatinado, región más afectada por las inundaciones que han asolado Alemania. Las dos visten ropa negra y caminan con el gesto afectado por la tragedia. Dreyer padece esclerosis múltiple, lo que dificulta su movilidad. Apoyada en la canciller, consigue caminar entre las ruinas que ha dejado la catástrofe. La simbología de la imagen va más allá. Hemos visto otras cosas, porque necesitábamos verlas. Por ejemplo, dos políticas de dos partidos rivales, la CDU conservadora y el SPD socialista, unidas en la desgracia que sufre su pueblo. Un gesto honesto de profundo duelo.

Una instantánea que hace aún más insultante la imagen de Armin Laschet, candidato de la CDU a canciller, captado por las cámaras riendo en pleno luto por una catástrofe que ha castigado de lleno la región que actualmente preside, Renania del Norte-Westfalia. Por eso necesitamos seguir creyendo que no todos los políticos son iguales. Que aún quedan políticos decentes. Y Merkel tiene la habilidad de aparecer siempre en momentos clave para contribuir a que mantengamos la fe.

En tiempos de polarización y posturas cada vez más enconadas, la canciller alemana nos recuerda que se puede gobernar un país sin enfrentar a unas personas con otras, sin dividir la población entre buenos y malos, sin generar conflicto y división de manera innecesaria. Aún no somos conscientes del vacío que dejará en la política. Por eso es de justicia recordar y poner en valor su legado. Especialmente ahora que el fin de la era Merkel pone al centro derecha alemán ante un dilema vital.

Es posible que esta imagen de la canciller sea producto de su gran estrategia histórica: crecer hacia el centro. Merkel siempre ha procurado evitar la polarización, tanto en sus discursos como en sus decisiones políticas. Algunos tacharon esta actitud de oportunista o cobarde. Otros, de precavida y reflexiva. El hecho de no tomar postura ante los debates, de esperar el máximo tiempo posible hasta manifestar una opinión al respecto, fue la herramienta que usó Merkel para forjar su imagen política. Su sello de identidad. Y a la vez, para desplazar y debilitar a la socialdemocracia alemana, su rival histórico.

La movilización asimétrica es el término que describe este accionar de Merkel. El objetivo es simple, desalentar el voto al adversario. El mecanismo es aún más sencillo: si no hay debate, si no hay conflicto, si estamos todos de acuerdo, ¿para qué ir a votar? El éxito de su estrategia a lo largo de su mandato no solo se ve reflejado en la progresiva caída de la socialdemocracia, sino también en la sostenida imagen positiva de la canciller, de 67 años. Las mediciones de aprobación de su desempeño, realizadas por el Politbarometer de la televisión pública alemana ZDF, son impactantes: entre 2005 y 2021, Merkel solo estuvo por debajo del 50% de aprobación un mes de 2010, durante la crisis del euro.

Foto: El Confidencial Diseño.

Los otros momentos con menor valoración tuvieron lugar durante las variadas crisis con las que lidió en sus 16 años en el poder: durante la catástrofe de Fukushima y su decisión de abandonar la energía nuclear, con la crisis humanitaria tras la llegada de los refugiados entre 2015 y 2016 y en el momento previo a su renuncia a repetir como candidata, con muy malos resultados de su partido a nivel regional.

Ni siquiera durante la pandemia se observó una caída en la valoración de su trabajo. Algo que sí se dio a inicios de 2021, cuando se preguntaba por el desempeño del Gobierno en su conjunto. Pareciera que la canciller, el Gobierno y los partidos políticos fueran entes separables y separados para la opinión pública alemana.

placeholder Merkel y Dreyer visitan la zona de la catástrofe. (EFE)
Merkel y Dreyer visitan la zona de la catástrofe. (EFE)

Usted me conoce

“Usted me conoce”. Con esa frase cerraba Merkel el debate electoral de 2013 frente al socialdemócrata Peer Steinbrück. Una versión actualizada del famoso eslogan del primer canciller de Alemania Federal, Konrad Adenauer, que rezaba 'Keine Experimente' ('Ningún experimento'). En ese año, Merkel logró su récord electoral y casi la mayoría absoluta. Y algo aún más relevante. Mostrarse como la garante de la previsibilidad, la seguridad y la certidumbre. Y si hay algo que el alemán promedio tiene como prioridad, es la certidumbre.

No obstante, Merkel ha cambiado mucho más de lo que se piensa, especialmente dentro de su propio partido. La Unión Demócrata Cristiana (CDU) ha experimentado un proceso de renovación programática impensado antes de la era Merkel. Con ella en el Gobierno, no solo cambió la visión sobre la energía nuclear, sino que también se promulgaron leyes que colisionaban con la visión conservadora de la familia que tenían muchos miembros de su partido. Los apoyos a hogares en los que padre y madre trabajan, el matrimonio igualitario y la eliminación del servicio militar obligatorio son ejemplos de esos cambios.

Foto: Merkel y Putin, durante un encuentro sobre Libia este enero. (Reuters)

Los sectores más ofendidos dentro de su partido la acusaron de 'socialdemocratizar' la CDU. Una crítica que no iba a mayores porque Merkel seguía ganando elecciones una tras otra. Sin embargo, la ceguera ideológica de esos grupos les impedía ver que la canciller estaba logrando que su partido llegara al siglo XXI en condiciones de competir y seguir ganando elecciones. Con estos cambios, la CDU no se convertía en una formación vanguardista, ni mucho menos. Sencillamente se adaptaba a sociedad que estaba mucho más avanzada, que era más abierta y tolerante. No fue la única novedad que incorporó Merkel a la estrategia del partido. Su posición también fue clave para cambiar la relación de los conservadores con la derecha radical.

El dilema conservador

La aparición de AfD, es decir, de un partido a la derecha de la Unión (CDU/CSU), no es algo novedoso en Alemania. Antes ya hubo diferentes partidos con relativo éxito electoral, especialmente a nivel regional, que proponían una agenda de ultraderecha, con políticas antiinmigración, discurso xenófobo y retórica autoritaria. Sin embargo, su éxito fue siempre limitado en el tiempo. El centro derecha sabía cómo neutralizar la amenaza rápidamente.

Hasta ese entonces, la estrategia utilizada por la Unión era conocida como “integrar hacia la derecha”. Esto significaba escuchar los temas que movilizaban a esos partidos de ultraderecha e intentar, de alguna forma, satisfacer esa demanda, o parte de ella, como gesto de acercamiento a ese potencial electorado. La idea era neutralizar esas opciones políticas, quitándoles la posibilidad de convertir sus reclamos en un problema asumido por la agenda política nacional.

En 2015, y pese a la insistencia de algunos sectores de su partido, la canciller optó por eliminar este curso de acción y marcar distancia con la derecha radical. Y esto incluía su agenda de temas. En la CDU de Merkel no había lugar para concesiones, compromisos ni acercamientos con AfD. Esto le valió muchos enemigos, algunos dentro de su partido. Pero también el reconocimiento de muchos alemanes.

Foto: Geert Wilders en una conferencia de líderes de extrema derecha. (EFE)

Tal vez hacia el exterior su postura haya sido mucho más pragmática y, en ocasiones, hasta contradictoria con ciertos valores fundamentales. Por ejemplo, en su relación ambigua con Rusia, con China o incluso con Turquía. Pero ahí primaban los intereses diplomáticos y comerciales del país. Hay cosas en las que Merkel se parece bastante al resto de líderes mundiales.

El fin de la era Merkel pone el centro derecha frente a un dilema. Profundizar en el legado de Merkel, incorporando progresivamente a su discurso y afrontando los desafíos clave de Alemania y de la propia Europa: crisis climática, crisis demográfica y crisis de representación. O reposicionarse como un partido claramente de derechas con el objetivo de reconstruir el perfil de antaño, sintonizado con valores más conservadores y tradicionales en lo social, lo económico y lo cultural.

El camino a seguir dependerá mucho de lo que ocurra tras las elecciones alemanas del 26 de septiembre. De si la Unión continúa en el Gobierno alemán o pasa a la oposición. Pero eso aún lo tiene que decidir el electorado alemán. Quien no estará más es Angela Merkel y Europa perderá su referente político y moral. Está por ver qué haremos los europeos con su legado.

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