Se va Angela Merkel, la mujer que se resignó a liderar Europa
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Se va Angela Merkel, la mujer que se resignó a liderar Europa

La canciller alemana abandonará en septiembre el poder. En sus 16 años en él, descubrió que Alemania estaba condenada a liderar la UE, lo quisiera o no

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Imagen: Pablo López Learte.

Merkel se echó a llorar. Fue la noche del 3 de enero de 2011 en Cannes, Francia, durante la reunión del G-20 organizada por el presidente francés Nicolas Sarkozy. Este esperaba que el encuentro impulsara la recuperación de la zona euro y, de paso, su candidatura a la reelección presidencial francesa. Parecía que Italia estaba a punto de perder la confianza de los mercados y que Grecia se descomponía políticamente después de que su primer ministro anunciara un referéndum sobre la aceptación de un plan de rescate. Sarkozy y Barack Obama presionaban a Angela Merkel para que Alemania aportara más dinero y garantías e impedir así que la crisis del euro se volviera irreversible y la eurozona empezara a desmembrarse.

Y entonces, para sorpresa de todos líderes globales allí reunidos, Merkel se echó a llorar. “Das ist nicht fair”, dijo entre lágrimas —“esto no es justo”—. “Ich bringe mich nicht selbst um”, dijo —“no me voy a suicidar”—. Todo el mundo se quedó estupefacto. Merkel era, a todos los efectos y para irritación de Sarkozy, la líder de Europa, la mujer que tendría la última palabra sobre lo que se hacía con la crisis fiscal y la posibilidad de que algún país tuviera que abandonar el euro. Era consciente de lo que eso significaba, si llegaba a suceder. Pero no quería enfrentarse al Bundesbank y a sus votantes para ayudar a países que, creía, no habían hecho lo que debían: después de no acometer reformas durante décadas, Italia se negaba a recibir ayuda del FMI; Grecia no solo había falsificado sus cuentas, sino que jugueteaba con romper el euro. De modo que la reunión terminó sin acuerdo, y esto provocó un empeoramiento de la situación de la zona euro y los costes de la deuda de Italia y Grecia se dispararon a cotas casi sin precedentes en países desarrollados, diría el 'Financial Times'. Poco después, en las calles de Atenas, aparecerían retratos de la canciller caracterizada como una nazi. El referéndum griego no se celebró. Al menos, no entonces.

placeholder Angela Merkel, durante las conversaciones en la cumbre de Cannes. (Reuters)
Angela Merkel, durante las conversaciones en la cumbre de Cannes. (Reuters)

Hasta ese momento, Merkel nunca había tenido que tomar una decisión que pusiera en riesgo la supervivencia de la UE y la eurozona, pero era cualquier cosa menos una política inexperta o emocional. De hecho, su carrera política siempre había sido ascendente y se caracterizaba por su habilidad y capacidad de adaptación. Procedente de la comunista República Democrática Alemana, apenas tenía un par de años de experiencia como política en una democracia cuando Helmut Kohl la nombró ministra de Juventud en el primer Gobierno de la Alemania reunificada. En la siguiente legislatura, fue ascendida a ministra de Medio Ambiente y Energía Nuclear.

Luego, en 1998, cuando la CDU perdió el poder ante los socialdemócratas de Gerhard Schröeder, fue nombrada secretaria general del partido a las órdenes de Wolfgang Schauble, que parecía destinado a la cancillería hasta que estalló un escándalo de financiación del partido que llevó a Merkel a criticar en público a su mentor Kohl —como fue su ministra más joven y su protegida, había sido llamada durante mucho tiempo 'su chica'— y a sustituir a Schauble al frente del partido. En 2005, se convirtió en canciller y es la líder más duradera de las democracias occidentales: cuando se retire en septiembre de este año, habrá trabajado con cuatro presidentes estadounidenses, cuatro franceses y cinco primeros ministros británicos.

Merkel ha gobernado tres legislaturas con los socialdemócratas y una con los liberales, y en todas ha mantenido la estabilidad política en Alemania

En ese tiempo —en el que ha gobernado tres legislaturas con los socialdemócratas y una con los liberales— ha mantenido en su país una extraordinaria estabilidad. Y se ha hecho a la idea, históricamente muy incómoda, de que Alemania volvía a ser el país con mayor peso político de la Europa continental. Casi igual de importante para el resto del continente, sin embargo, ha sido el descubrimiento de los límites de la tradicional filosofía económica de austeridad que ha regido su país desde la Segunda Guerra Mundial. Pero esto no sucedió en el periodo 2009-2012 —los peores años de la crisis, en los que, parcialmente resarcido, Schauble fue su ministro de Finanzas y uno de los grandes ideólogos de las duras medidas para los países de la periferia—, sino mucho más tarde, en 2020, con el estallido de la pandemia y su apoyo decidido a las políticas fiscales expansivas y a una tímida, pero novedosa, federalización fiscal de la UE.

placeholder Un manifestante ante el Parlamento griego muestra a Merkel caracterizada como nazi. (Reuters)
Un manifestante ante el Parlamento griego muestra a Merkel caracterizada como nazi. (Reuters)

Merkel no solo fue odiada en Grecia, sino en el resto de los países de la periferia europea, por su gestión de la crisis del euro. Se trató de una mala gestión, propiciada por la cosmovisión del 'ordoliberalismo', la peculiar versión del capitalismo alemán, según la cual la economía es una disciplina de carácter moral que debe recompensar a los frugales y aplicar a los más derrochadores una mezcla de reglas e incentivos para que se disciplinen. Pero también, como decía, porque Alemania debió asumir un papel de 'líder renuente' que parecía hecho a medida de Merkel. En primer lugar, por su conciencia histórica: Merkel tenía 35 años cuando cayó el Muro y recuerda bien la cadena de acontecimientos que llevaron a la división de su país. En esencia, una ideología que durante siglos lo llevó a asumir un papel desmesuradamente ambicioso en la política europea y a tener una nítida vocación imperialista.

Pero también por su carácter personal: su aversión a las grandes decisiones, su creencia en el gradualismo como principal procedimiento político y una arquitectura mental muy imbricada en el conservadurismo moderado hicieron que no quisiera ver su país como un 'hegemón', como se lo llamó durante la crisis del euro, ni mucho menos a ella como la dirigente histórica al frente de este. Por supuesto, muchos juzgaron su pasividad como una forma de utilizar la hegemonía para dañar de manera desproporcionada a los países mediterráneos. En unas declaraciones que habrían sido impensables en cualquier otro momento, el ministro de Asuntos Exteriores polaco, Radek Sikorski, dijo, a pesar de proceder de un país históricamente castigado por el poder alemán, que temía más la inactividad de Alemania que su poder. Las lágrimas de Merkel eran, en parte, fruto de la tensión entre su instinto y lo que el resto del mundo esperaba de Alemania en general y de ella en concreto. De ella se esperaba que dijera que haría “lo que sea necesario” para salvar el euro. Pero era imposible que lo hiciera y tuvo que ser el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, quien lo dijera y, con ello, quien salvara el euro.

Foto: Merkel, lento adiós a un liderazgo alemán y europeo basado en la sangre fría. (EFE)

El anuncio de la marcha

En octubre de 2018, Merkel anunció que no buscaría un quinto mandato cuando terminara el actual, en septiembre de 2021. El año anterior, Alternativa por Alemania había entrado en el Bundestag y se había convertido en el principal partido de la oposición. La CDU había sido derrotada en varias elecciones regionales y los dos grandes partidos tradicionales que gobernaban mediante la Gran Coalición parecían desmoronarse. Además, aún se enfrentaba al rechazo por su decisión de permitir en 2015 la entrada en el país a un millón de refugiados procedentes de Siria, Libia e Irak. La integración de los migrantes en el país produjo conflictos y el rechazo de muchos de sus propios votantes, aunque Merkel reiteró que era una decisión única que en ningún caso repetiría. Su anuncio de que no volvería a presentarse a las elecciones, y que abandonaba la presidencia del partido, parecía un acto de responsabilidad ante un mandato gastado. Y cuando se escogió como su sucesora al frente de la CDU a Annegret Kramp-Karrenbauer, aunque todo el 'establishment' sufriera una decadencia aparentemente implacable, no pareció que fuera a producirse una revolución dentro del partido conservador. A fin de cuentas, a Kramp-Karrenbauer se la conocía, además de como AKK, también como mini-Merkel, por la sintonía de sus ideas con su mentora. Pero el periodo de AKK al frente del partido, de unos pocos meses, fue catastrófico y antes del fin de 2018 había dimitido y anunciado que no sería candidata a la cancillería.

placeholder AKK, la sucesora frustrada de Angela Merkel, a su derecha. (EFE)
AKK, la sucesora frustrada de Angela Merkel, a su derecha. (EFE)

Eso se interpretó de nuevo como una señal de la decadencia del viejo conservadurismo alemán. Pero entonces sucedieron dos cosas que conectaron, de nuevo, con los mejores instintos de Merkel. En primer lugar, la pandemia: el 18 de marzo, Merkel ya pronunció un discurso televisado en que afirmó ante sus ciudadanos que el país se enfrentaba a su peor crisis desde 1945 y explicó cómo se producían los contagios con la claridad de una profesora de ciencias (Merkel es doctora en física); meses más tarde, cuando la nueva oleada golpeó el país después de meses de buena gestión y un número de fallecidos comparativamente bajo, utilizó una retórica empática pero llena de autoridad para pedir a la ciudadanía que asumiera los encierros y renunciara a la vida social. En menos de un año, la intención de voto a la CDU pasó de alrededor del 25% a más del 35%.

Alemania aceptó impulsar unas políticas fiscales ultraexpansivas que hacía menos de una década había rechazado reiteradamente

Y, en paralelo, durante el segundo semestre de 2020, Alemania presidió el Consejo de la Unión Europea. Fue, dentro de las circunstancias, el periodo más éxitoso de la UE en mucho tiempo. Alemania aceptó impulsar unas políticas fiscales ultraexpansivas que hacía menos de una década había rechazado reiteradamente: en parte, cabría pensar, porque la crisis económica actual no puede leerse moralmente —el virus no atacó por algún fallo en la conducta de ningún país derrochador—, pero también porque esta crisis amenaza con golpear la economía alemana de una manera que la anterior no lo hizo. El resultado, en todo caso, fueron 750.000 millones de euros para reconstruir la economía europea. Inmediatamente después, Merkel consiguió que el Consejo aprobara la condicionalidad de parte de estas ayudas al cumplimiento de la separación de poderes por parte de los países receptores, una medida destinada a intentar contener la deriva autoritaria de Hungría y Polonia. Por último, el año se cerró con un acuerdo de Brexit razonable, más cercano a las tesis de Alemania —que quería un acuerdo a toda costa y desea una relación amistosa con Reino Unido— que a las de Macron, que estuvo dispuesto a llevar más allá el enfrentamiento con el Gobierno de Boris Johnson por cuestiones como la pesca y la aceptación británica de las regulaciones europeas. Y también con un pacto comercial con China según el cual esta se compromete a abrirse a la inversión de las empresas europeas en su mercado interno y que refleja la postura más pactista de Merkel, que no ha querido adoptar la línea dura con China que cada vez más en Europa reclaman.

Europa después de Merkel

La semana que viene, después de varios retrasos debidos a la pandemia, la CDU escogerá de manera remota al sucesor de AKK al frente del partido. El ganador, previsiblemente, será ratificado en primavera como el candidato a la cancillería en las elecciones de septiembre, cuando Merkel abandonará la política dejando un enorme vacío, no solo en Alemania sino también en Europa. Los tres candidatos son excepcionalmente poco ilusionantes (aunque, es cierto, también lo fue Merkel hace dos décadas). Friedrich Merz representa el ala más conservadora del partido y, de hecho, abandonó la política en 2009 para pasarse al sector privado debido a la moderación de las políticas de la canciller. Armin Laschet es el ministro presidente del 'land' más populoso del país, Renania del Norte-Westfalia, y un merkeliano centrista y un poco aburrido. El tercero, Norbert Rottgen, es un experto en política exterior que, a pesar de haber hecho una campaña vibrante para los estándares del partido, tiene muy pocas posibilidades. Es llamativo que los políticos conservadores más populares del país, como el actual ministro de Sanidad, Jean Spahn, reconocido por su gestión de la pandemia —al menos, hasta su recrudecimiento en las últimas semanas—, y otros líderes regionales hayan decidido no presentarse.

Sea quien sea su sucesor, tendrá que convivir con la ausencia de Merkel y, probablemente, con la caída de popularidad del partido

Sea quien sea el elegido, tendrá que convivir con la ausencia de Merkel y, probablemente, con la caída de popularidad del partido, que en buena medida se ha sustentado en su personalidad y prudencia. Y, si llega a la cancillería, deberá reconciliarse con la noción, ahora ya ineludible, de que Alemania no solo dirige las políticas de la UE, sino que, a diferencia de lo que sucedía antes de la crisis financiera y de la pandemia, lo hace de manera explícita y visible: tampoco es una casualidad que la presidenta de la Comisión Europea sea Ursula von der Leyen, alemana, miembro de la CDU y protegida de Merkel. Al mismo tiempo, deberá asumir que quizá los años de estabilidad interna han acabado: Merkel ha demostrado una enorme capacidad de gestión y ha sabido medir con un instinto genuinamente conservador cada paso que daba para mantener la política alemana centrada. Pero no ha hecho planes a largo plazo, y en el país empieza a cundir un cierto miedo a que de repente el futuro se haya adelantado. Los candidatos no parecen tener sólidos planes de defensa nacional y europea en una era en la que, a pesar del triunfo de Biden, no se puede seguir dando por descontada la cooperación estrecha con Estados Unidos. Otras cuestiones sin respuesta son la inestabilidad generada por Rusia y Turquía, el papel de la tecnología china en las redes del país o la simple supervivencia de la industria del automóvil, clave para la economía alemana.

placeholder Angela Merkel conversa con Xi Jinping y Vladimir Putin en la última cumbre del G-20. (Reuters)
Angela Merkel conversa con Xi Jinping y Vladimir Putin en la última cumbre del G-20. (Reuters)

Tampoco está claro algo relevante para España: la medida en que el nuevo canciller asumirá y permitirá continuar con el giro económico dado por Merkel ante la pandemia. Más allá de los esfuerzos del Banco Central Europeo, de los tipos de interés bajos o negativos de las deudas públicas y de la nueva ortodoxia global —del FMI a la OCDE— en favor del gasto público y las políticas expansivas, ¿podrá seguir contando España con que el Gobierno alemán, y con él la Comisión Europea, continuará alentando las políticas actuales y dejará la vieja ortodoxia del 'ordoliberalismo' para otros tiempos? La respuesta varía un tanto si el futuro canciller es Laschet o Merz, aunque incluso este, en muchos sentidos un halcón, es un europeísta reconocido.

La CDU ha gobernado 50 de los últimos 70 años. Merkel lo ha hecho en 16 de esos 50, tantos como Helmut Kohl y más que Konrad Adenauer. Es probable que, después de las elecciones de septiembre, la CDU siga siendo el partido más votado de Alemania, que los segundos no sean los socialdemócratas sino los verdes —con los que tal vez tenga que gobernar el sucesor de Merkel— y que el auge de Alternativa por Alemania haya quedado interrumpido por sus luchas internas, sus críticas conspirativas a la gestión de la pandemia y su desorientación ideológica. En muchos sentidos, la CDU también será el partido más importante de la UE y el más influyente en la configuración de la Europa futura. Merkel pasará a la historia como una gran líder que cometió un error grave al aferrarse a los viejos principios ideológicos de su partido en la crisis del euro, pero que aprendió la lección y más tarde surgió como la gran mediadora necesaria para que la UE no volviera a cometer un error parecido. Su sucesor necesitará suerte para mantener la estabilidad en el interior de su país y liderar Europa de una manera que al resto de los socios no le parezca demasiado agresiva, pero liderar a fin de cuentas. Es un trabajo enorme que ninguno de los candidatos parece capaz de llevar a cabo. Pero tampoco lo parecía la mujer a la que despreciaban como la 'chica' del viejo Helmut Kohl.

Merkel se echó a llorar. Fue la noche del 3 de enero de 2011 en Cannes, Francia, durante la reunión del G-20 organizada por el presidente francés Nicolas Sarkozy. Este esperaba que el encuentro impulsara la recuperación de la zona euro y, de paso, su candidatura a la reelección presidencial francesa. Parecía que Italia estaba a punto de perder la confianza de los mercados y que Grecia se descomponía políticamente después de que su primer ministro anunciara un referéndum sobre la aceptación de un plan de rescate. Sarkozy y Barack Obama presionaban a Angela Merkel para que Alemania aportara más dinero y garantías e impedir así que la crisis del euro se volviera irreversible y la eurozona empezara a desmembrarse.

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