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Un puente que resume 100 días de guerra: "Esto va más allá de la estupidez, es sabotaje"
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La evolución de la guerra en 14 mapas

Un puente que resume 100 días de guerra: "Esto va más allá de la estupidez, es sabotaje"

La importancia táctica de este punto era crucial, ya que permitía al invasor dar un paso clave en su objetivo de alcanzar la retaguardia de las tropas ucranianas en Severodonetsk

Foto: El río Siverskyi Donets, tras el fallido asalto de las tropas rusas. (Reuters)
El río Siverskyi Donets, tras el fallido asalto de las tropas rusas. (Reuters)

“¿Qué pedazo de idiota tienes que ser para no comprender esto? Aunque esto va más allá de la estupidez, es directamente sabotaje. En serio, es más sencillo explicar esta situación como un boicot y un sabotaje”. La indignación es de Starshe Eddy, un bloguero militar prorruso ventilando su frustración por la catástrofe rusa en el río Donetsk a sus más de 400.000 seguidores en Telegram. ¿Qué ha sucedido para que un propagandista del Kremlin se haya enervado de esta manera? ¿Qué le ha llevado a mostrar su ira en público? Algo tan simple y a la vez tan estratégico como un puente.

En justicia, no se trata de un puente normal, sino de una cabeza de puente levantada por los zapadores rusos para atravesar el río Síverski Donets a la altura de Bilohorivka. Allí, entre el 5 y el 13 de mayo, los comandantes rusos movilizaron un nutrido contingente con cientos de soldados, docenas de tanques y vehículos armados. La importancia táctica de este punto era crucial, ya que permitía al invasor dar un paso clave en su objetivo de alcanzar la retaguardia de las tropas ucranianas en Severodonetsk. Pero el resultado ha sido calificado por analistas especializados como la “mayor debacle operacional rusa en lo que va de invasión”.

La premura y poca preparación de la operación, consideran los expertos militares, dejó a las tropas rusas completamente expuestas al fuego de artillería ucraniano. La Inteligencia occidental calcula que más de 400 efectivos rusos murieron o resultaron heridos en la fallida operación y más de 80 vehículos militares quedaron fuera de servicio. Las imágenes del pandemonio se publicaron en redes sociales y canales especializados: tanques reventados, las cabezas de puente destrozadas y cuerpos de soldados rusos semienterrados en el barro. Otra vergüenza.

“¿No tenía información el comandante a cargo del cruce en Bilohorivka de que en el tercer mes de la guerra en Ucrania es imposible movilizar columnas [de tropas] largas y aún menos concentrarlas en un área estrecha frente a una barrera de agua?”, se lamentaba amargamente Starshe Eddy.

No ha sido, ni mucho menos, el único. La carnicería de tropas rusas enfureció a varios de los ‘influencers’ militares del Kremlin que, como Starshe Eddy, han estado empotrados en unidades rusas publicando vídeos ensalzando a las tropas rusas y mostrando lo peor de los ucranianos. Dentro de su análisis militar había ‘peros’ y sugerencias, pero rara vez críticas directas tan descarnadas.

“Aunque los oficiales rusos dicen públicamente que todo está yendo según el plan, la realidad es que hay muchos problemas que están ignorando”, aseguraba Yuri Podolyaka en un vídeo que publicó en su canal de Telegram, con más de dos millones de seguidores, para expresar su rabia por este fiasco. “La gota que colmó el vaso fueron los eventos en Bilohorivka, que debido a la estupidez —enfatizo, por la estupidez de los comandantes rusos— se perdió al menos un batallón táctico, posiblemente dos”, agregó.

El analista criticó la “catastrófica” falta de drones, equipos de visión nocturna y otro material necesario en el frente. “Entiendo que es imposible que no haya problemas en la guerra. Pero cuando los mismos problemas se suceden durante tres meses y nada parece cambiar, entonces yo personalmente y millones de ciudadanos de la Federación Rusa comenzamos a tener preguntas para los líderes de la operación militar”, sentenció.

“Estos son blogueros pro Rusia. No dicen cosas como ‘no deberíamos haber invadido Ucrania’; lo que están diciendo es ‘nuestro liderazgo militar es incompetente’. Y eso es una posición que va a crecer con el tiempo, porque estamos viendo a los rusos asumir pérdidas espectaculares. Si crece la oposición a la guerra dentro de Rusia, creo que será más por operaciones como esta, que acaban con muchos rusos en bolsas de plástico, que por pensar que la invasión no debería haber sucedido”, consideró Marc Polymeropoulos, exagente de la CIA, en una entrevista con el canal estadounidense MSNBC.

Porque el puente de Bilohorivka resume el enigma bélico que arrastra Rusia desde el comienzo de esta guerra. Una sucesión de intentos fallidos por rodear a las tropas ucranianas, cuya ambición —como un juego de 'matrioskas'— ha ido empequeñeciéndose en cada una de las tres fases de la guerra hasta mostrar su pieza más modesta. Primero comenzaron con la idea de embolsar medio país, luego se contentaron con hacer una tenaza sobre la región del Donbás y ahora se atascan para rodear una sola ciudad. Una maniobra fatal que ha reavivado todas las grandes incógnitas de esta guerra: ¿por qué Moscú no ha conseguido ninguno de sus objetivos? ¿Es incompetencia de los mandos? ¿Es una feroz presión política quee estaría distorsionando las decisiones militares? ¿Es la baja moral de las tropas o unos comandantes imprudentes, que priman la ambición de los avances territoriales sobre la seguridad de las tropas?

Pero también es una muestra de cómo el Kremlin está decidido a conseguir una ‘victoria’ en Ucrania, así sea a sangre y fuego.

Fase 1: de la guerra relámpago al fallido asalto a Kiev

La guerra más anunciada de la historia no se la esperaba nadie. Desde que Rusia comenzó a acumular tropas en la frontera con Ucrania en noviembre de 2021, la Inteligencia estadounidense venía advirtiendo de una inminente invasión a gran escala. Pero en diciembre e incluso en febrero —fechas en las que El Confidencial viajó al país—, los ucranianos y analistas creían que esto se trataba de un pulso geopolítico de Putin para acabar logrando concesiones varias a Occidente.

En términos políticos, económicos y diplomáticos, la invasión de Ucrania, incluso si hubiera sido exitosa a los pocos días, era un movimiento con pocos beneficios prácticos. En el mejor de los casos, se enfrentaba a sanciones occidentales y una ocupación inestable, con potencial insurgencia generalizada en una Ucrania muy distinta a la de 2014, como argumentaba apenas dos días después del inicio de la invasión el corresponsal Argemino Barro. En el peor de los casos, una guerra larga que arriesga a desangrar al Ejército ruso y tensar los ánimos en los pasillos de poder del Kremlin.

Foto: Una manifestación anti Putin

100 días después, cuesta recordar lo cerca que estuvo Ucrania de caer esos primeros días de invasión. El primer día fue desalentador para los ucranianos ante la flagrante evidencia de la asimetría de fuerzas. La guerra comenzó con un bombardeo generalizado del país que daba a entender que ningún lugar era seguro. En pocas horas, las tropas rusas entraron en algunas de las grandes ciudades del país, como Kiev o Járkov. Incluso, según se supo después, hubo intentos de asalto al palacio presidencial donde se alojaba Volodímir Zelenski.

En ese primer gran ímpetu inicial, los rusos avanzaron en varios frentes. El más exitoso fue en el sur, donde cruzaron los puentes desde Crimea que Ucrania no dinamitó a tiempo —como estaba en sus planes de defensa— y tomaron Jersón, durante mucho tiempo la única ciudad conquistada y, todavía, la única capital de provincia en manos rusas. La idea desde un primer momento era establecer un corredor terrestre entre Donbás y Transnistria, la región prorrusa de Moldavia, a través de Mariúpol y Odesa.

Pero la primera señal de que algo no iba bien dentro la invasión también emergió en esos primeros compases, en la batalla por el aeropuerto de Hostomel. Este punto estratégico, a pocos kilómetros de Kiev, era clave para forzar la rendición de la capital y descabezar al Gobierno de Zelenski. Pero las tropas de Moscú fueron incapaces de hacerse con el aeródromo, un revés que se fue repitiendo en el resto del país y que anticipaba graves errores de cálculo en el plan de guerra ruso, que pasaba por asegurarse una hegemonía aérea que no ha logrado solidificar.

Los errores tácticos se fueron multiplicando en los siguientes días del conflicto: fuerzas ligeras de asalto sin suficiente cobertura aérea, líneas de suministros desprotegidas, problemas logísticos… El lógico secretismo de los bandos era neutralizado por la constante información de la Inteligencia occidental y un heterogéneo ejército de analistas de Inteligencia abierta que están auscultando el pulso de la guerra minuto a minuto, recopilando imágenes de satélite, vídeos de los militares sobre el terreno y mapas de la contienda.

Foto: Imágenes de satélite del convoy militar ruso de más de 60 km hacia Kiev. (Getty/Maxar)

A la impericia rusa se añadió una inesperada resistencia ucraniana, tanto militar como política. Como apuntaba el 2 de marzo Jesús M. Pérez de Triana, la asunción central del plan de invasión ruso, que contemplaba una operación relámpago con la que hacerse con el control de los centros de poder, era que el Ejército ucraniano era el mismo que la precaria institución de 2014 y que gran parte de la ciudadanía, especialmente en el este del país, anhelaba ser 'liberada' de su Gobierno, o al menos permanecería indiferente ante el invasor. La única explicación posible es que los planificadores rusos se habían creído su propia propaganda sobre Ucrania.

No había acabado la primera semana y parecía claro que ni Zelenski huiría del país, ni los soldados ucranianos arrojarían las armas despavoridos. El escenario afgano reventó y Moscú asumió que debería flexionar músculo militar y financiero para tomar las urbes ucranianas. Todavía en ese momento, el destino de la capital era incierto. La amenaza rusa se materializó en un ominoso convoy de asedio que se alargaba 60 kilómetros camino a Kiev. Durante semanas, la serpenteante cola de tanques, vehículos blindados y tropas protagonizó titulares y debates.

Pero el convoy nunca llegó a la capital. La fila acorazada rusa se quedó literalmente atascada por problemas con el suministro de gasolina, alimentos y otras pesadillas logísticas. La ágil defensa ucraniana utilizó drones para coordinar ataques ligeros contra el enemigo, que había quedado mortalmente expuesto en uno de los ridículos militares más sonados de esta invasión. Cuando parecía que la ciudad iba a ser testigo de un asalto feroz, todo finalizó en un monumental fiasco anticlimático.

Fase 2: volantazo hacia el discurso de la ‘victoria’

Algo cambió en la percepción de la invasión. En el juego de las expectativas, la guerra se volvía en contra de la narrativa de Moscú. Uno de los ejércitos más poderosos del planeta parecía incapaz de tomar ninguna gran ciudad ucraniana (algo que no han logrado hasta la fecha). A principios de marzo, mientras Rusia declaraba una “pausa operacional” para reorganizar el caótico convoy a Kiev, los ucranianos mostraban, a su propia ciudadanía y a los aliados occidentales —a los que estaban pidiendo armas urgentemente—, que podían resistir el embate. El optimismo de la resistencia contrastaba con los problemas de moral y cadena de mando de los rusos.

Foto: Retrato del presidente de Rusia, Vladímir Putin, en Bucarest. (EFE/Robert Ghement)

El 25 de marzo, un volantazo del Kremlin metía la guerra en una nueva fase. Rusia sacaba la siguiente ‘matrioska’, más pequeña, en la que daba por cumplidos los objetivos de la 'operación militar especial' y anunciaba que centraría sus esfuerzos en asegurar el este y sur del país. Todo lo que habíamos visto, nos contó el jefe de la Dirección Principal de Operaciones del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa, el general Sergei Rudskoy, era una maniobra para debilitar la resistencia ucraniana en el Donbás.

Los rusos se entregaron al fuego de artillería y mortero en ciudades como Járkov, Sumi y, especialmente, Mariúpol —todas de mayoría rusófona—. La brocha gorda de las bombas hizo la guerra más cruel, con tristes hitos como el bombardeo de una clínica maternoinfantil en la ciudad portuaria y, más tarde, un teatro donde se refugiaban miles de personas.

Aunque la guerra de bombardeos resultaba menos costosa en términos humanos y propagandísticos para Rusia, tampoco dio los resultados esperados. Mariúpol, ciudad clave para establecer un corredor terrestre entre Crimea y la provincia rusa del Rostov, resistía. La ciudad tuvo que ser tomada barrio a barrio y calle a calle.

Aprovechando el titubeo ruso y sus problemas en Mariúpol, Kiev organizó las primeras contraofensivas en el norte del país y logró bloquear el avance ruso en el sur a la altura de Nicoláev —paso previo para poder conquistar Odesa, el otro gran puerto del sur ucraniano—. En aquel entonces, el relato de una resistencia bajo asedio y bombardeos indiscriminados pero optimista, frente a un invasor desmoralizado, con pocas victorias de que presumir y muchos muertos que lamentar, se reforzaba con los audios de llamadas filtradas de la tropa rusa.

Foto: Ciudadanos en un entrenamiento militar en Odesa. (EFE/Stepan Franko)

Para el 2 de abril, el Gobierno ucraniano declara liberada la totalidad de la provincia de Kiev. Pero, como los restos que la marea esparce sobre la playa cuando se retira, los primeros horrores de la ocupación rusa emergían en los pueblos cercanos a la capital. Las imágenes desde Bucha, a unos 30 kilómetros de Kiev, se convirtieron en otro hito infame de la ocupación. Cadáveres ajusticiados con las manos atadas a la espalda, tirados sin ton ni son por las calles o semienterrados en fosas comunes.

Las siguientes cinco semanas hacia el simbólico 9 de mayo, cuando Rusia celebra el Día de la Victoria, fueron un permanente especular sobre el gran próximo movimiento ruso que iba a decantar la guerra en el oriente del país o dar un golpe de efecto en el sur. En el Donbás, las fuerzas rusas apenas lograron empujar la línea de contacto —asumiendo grandes bajas— unos pocos kilómetros en algunas partes. Mientras los rusos tenían poco que vender, los ucranianos se anotaban el hundimiento del Moskva, el buque insignia de la flota rusa en el mar Negro y elemento instrumental en las operaciones navales rusas en la costa ucraniana.

Llegado el día señalado, con las expectativas al máximo, los analistas se debatían sobre si Putin declararía una guerra para reforzar su ofensiva (de una vez por todas) o si se conformaría con la conquista simbólica de Mariúpol —donde todavía resistía un contingente de soldados ucranianos refugiados con miles de civiles en el complejo siderúrgico de Azovstal— como la pírrica victoria que diera por finiquitado el grueso de la ofensiva. El mandatario ruso optó por no hacer nada.

Fase 3: desgaste en el Donbás

Una “decisión inexplicable”, explicaba nuestro colaborador Daniel Iriarte, con la que Rusia dejaba claro a todos los implicados que esta es una guerra sin solución rápida y que no está dispuesto a renunciar al Donbás. Envuelto en una maraña de rumores sobre su salud y sometido a una creciente presión occidental, Putin parece apostar por consolidar sus conquistas territoriales y librar una guerra de desgaste que se prolongará el tiempo que sea necesario. Los analistas discrepan sobre qué contendiente juega contrarreloj en un escenario de conflicto enquistado.

Por el momento, el avance ruso está siendo doloroso y sangrientamente lento. Las ingentes pérdidas en el fallido intento por cruzar el río Siverskyi Donets, al sureste de Izum, son una muestra de un patrón de lo que parecen decisiones erráticas o difíciles de interpretar a medio plazo. A mediados de mayo, las tropas ucranianas aprovechaban la menor presión rusa en Járkov, la segunda ciudad más grande del país, duramente castigada por los bombardeos, para lanzar una contraofensiva en el frente noreste. El contraataque ha complicado la estrategia de Moscú de hacer una pinza desde el norte para embolsar a los defensores ucranianos en el Donbás.

Sin embargo, estos reveses no parecen hacer temblar el pulso en los pasillos del poder del Kremlin. Una serie de conquistas en la última semana ha permitido a Rusia avanzar finalmente hasta Severodonetsk, la última ciudad bajo control ucraniano en la provincia de Lugansk, que ya está al 95% ocupada. Pese a la gran cantidad de bajas asumidas, su conquista es más política que estratégica. Un mensaje de lo que está por venir.

Rusia todavía tiene un poderoso Ejército y mucho material bélico para sostener la ofensiva. Defender el Donbás no es defender Kiev. La geografía oriental —con amplias estepas llanas— y unos objetivos más concentrados pueden jugar a favor de Rusia. Para este nuevo escenario militar, Ucrania necesita cada vez más apoyo militar occidental. Tanques, artillería, drones y los muy deseados cazas que nadie se atreve a enviar. Nadie sabe cuánto durarán las reservas rusas, como tampoco cuánto se mantendrá el apoyo occidental.

Especialmente con la economía ucraniana en estado de ‘shock’. Según las estimaciones del Banco Mundial, el PIB ucraniano se contraerá un 45%, frente al cerca del 8% que lo hará la rusa. La campaña de bombardeos rusos ha pasado especial factura a las infraestructuras ucranianas, con pérdidas directas de más de 90.000 millones de dólares. El bloqueo del mar Negro por la flota rusa ataca la línea de flotación de una de las principales exportaciones ucranianas, el grano, con millonarias pérdidas estimadas. En este contexto, con Rusia todavía cosechando ciertos apoyos diplomáticos —aunque limitados— en China o Latinoamérica, el objetivo de una Ucrania subyugada y débil, lejos de la entrada en la OTAN o la Unión Europea, puede conseguirse por la vía de la destrucción económica.

Hoy, cuando se cumplen 100 días desde el inicio de la invasión, Rusia ocupa casi el 20% del territorio ucraniano (incluyendo Crimea y las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk) y 2.603 localidades, según las últimas cifras ofrecidas por el Gobierno de Zelenski. Una guerra de erosión sin ningún bando dispuesto a dar un paso atrás, convencidos de que será el enemigo el primero en quedarse sin fuerzas. Estos son solo los primeros 100 días.

“¿Qué pedazo de idiota tienes que ser para no comprender esto? Aunque esto va más allá de la estupidez, es directamente sabotaje. En serio, es más sencillo explicar esta situación como un boicot y un sabotaje”. La indignación es de Starshe Eddy, un bloguero militar prorruso ventilando su frustración por la catástrofe rusa en el río Donetsk a sus más de 400.000 seguidores en Telegram. ¿Qué ha sucedido para que un propagandista del Kremlin se haya enervado de esta manera? ¿Qué le ha llevado a mostrar su ira en público? Algo tan simple y a la vez tan estratégico como un puente.

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