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Cubrí la guerra de Ucrania en 2014 y acabo de regresar ahora: esto es lo que ha cambiado
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La evolución del país amenazado por Rusia

Cubrí la guerra de Ucrania en 2014 y acabo de regresar ahora: esto es lo que ha cambiado

La sensación dominante es de incredulidad. Las imágenes conjuradas de un rápido asalto a Kyiv, o del cerco a Járkiv, o de un país descabezado por el avance atronador de los tanques rusos, simplemente no acaban de encajar

Foto: Centro de Kyiv. (Ucrania)
Centro de Kyiv. (Ucrania)

Las responsabilidades pesan, y solo he podido pasar, de momento, dos semanas en Ucrania. Era la primera vez que volvía desde 2014, y lo cierto es que me he encontrado un país bastante cambiado. Más moderno y más seguro de sí mismo, pese a las ominosas circunstancias. A continuación, intentaré explicar cómo he llegado a esta conclusión, que sigue siendo, como todas las conclusiones, provisional, pero que puede ayudar a esclarecer un poco el lugar en el que se encuentra Ucrania. Un país que parece haber vivido, en ocho años, el equivalente a un siglo.

La sensación dominante es la de incredulidad. Las imágenes conjuradas de un rápido asalto a Kyiv, o del cerco a Járkiv, o de un país descabezado por el avance atronador de los tanques rusos, simplemente no acaban de encajar: no son capaces de atravesar esa especie de membrana de sentido común que envuelve nuestros cerebros. Por eso, todo el mundo repite lo mismo desde hace semanas: las cafeterías de Kyiv están llenas, los niños juegan en los parques, la gente hace su vida normal. La rutina es tozuda y a veces se mantiene firme como una montaña. Recuerdo ver en Donétsk, en 2014, a un grupo de jóvenes bebiendo cerveza y charlando, estirados sobre unas mantas, mientras los combates se sucedían en los aledaños. Pero también es tozuda la guerra, y ninguna normalidad aguanta incólume eternamente.

La actitud ucraniana respecto a la posible invasión, creo, ha ido cambiando en las últimas semanas. A finales de enero, escuchaba todo el rato aquello de “estamos acostumbrados, llevamos ocho años en guerra”, etc. Una serenidad honesta y una manera, o esa es mi sospecha, de recordarnos a los occidentales que nuestro umbral del dolor es mucho más bajo. Nuestras guerras y nuestras dictaduras quedan más lejos; son cosa de nuestros abuelos, no de nuestros padres, y esta fragilidad nos hace mandar mensajes de pánico a nuestros amigos ucranianos, mientras ellos le quitan importancia al despliegue ruso y mantienen una sana entereza espartana.

Foto: Mural de Vladimir Putin y un oso en las calles de Moscú. (Getty/Sean Gallup)

Aunque los enclaves separatistas, controlados por Rusia, solo ocupan un tercio del territorio de dos provincias, de un total de 24, la experiencia bélica está bastante presente en la vida ucraniana. El Gobierno se ha cerciorado de reclutar soldados de todas las regiones del país, de manera que, como me decía un veterano de guerra, probablemente no haya ni un pueblo en Ucrania que no tenga sus caídos. También ha habido una fluida rotación de batallones por el frente del Donbás. Como consecuencia, en Ucrania hay unas 400.000 personas con experiencia de combate. Su Ejército sigue estando lejos, en tamaño y capacidades, del ruso, pero ha avanzado mucho desde el estado lamentable en que se hallaba hace ocho años.

Si nos vamos al este, la cercanía a la guerra, naturalmente, es mayor. Los psiquiatras de Járkiv están familiarizados con los traumas de quienes han padecido el horror, y en Mariúpol cada una de las personas que conocí tenía sus tristes anécdotas: camiones llenos de cadáveres deteniéndose delante de casa, una lluvia de misiles Grad en el barrio de Vostochny o viajes en tren en los que los pasajeros se lanzan bajo las camas para evitar los posibles impactos de la artillería.

Uno de los entrevistados hizo una comparación entre Ucrania e Israel: si bien el balance de poder es distinto (Israel tiene más fuerza que sus vecinos; Ucrania es menos fuerte que Rusia), en ambos países la guerra, o su clara posibilidad, es un elemento del paisaje. Un drama que se ha mezclado con la intimidad de las personas y que ha dotado a la sociedad de unos reflejos más rápidos.

Foto: Soldados ucranianos, delante de edificios destrozados en la primera línea del frente en el Donbás. (Getty/Brendan Hoffman)

Además del hecho de que Ucrania es hoy un país más endurecido, otra razón de su confianza es la economía. Ucrania sigue siendo una de las naciones más pobres de Europa, pero sus estándares han ido elevándose palpablemente estos años. Solo en 2017 los salarios aumentaron de media un 19%; en 2020, un 7,4%. La industria alimentaria, la pesca y las nuevas tecnologías lideran el empuje de un país cada vez más digitalizado, como me comentaba el mediador de los negocios, Roman Waschuk, y que a finales de 2021 tenía las reservas de divisas en máximos desde hacía una década. Lo cual le ha permitido amortiguar, parcialmente, el impacto de esta crisis.

Un motivo más es que el país, políticamente, se percibe más unido y estable. La Ucrania de 2022 es más prooccidental que la de 2014. Y el crédito, sobre todo, hay que dárselo a Vladímir Putin. Las zonas más tradicionalmente prorrusas, Crimea y una parte del Donbás, están, 'de facto', fuera de Ucrania. El granero de votos prorrusos ha menguado, de manera que la balanza ucraniana se ha escorado decididamente hacia el oeste, hacia la afinidad con la OTAN y la Unión Europea. Como me decía el sociólogo Anton Hrushetskyi, del Instituto Internacional de Sociología de Kyiv, en aproximadamente una década los votantes prorrusos han pasado de representar un 45-50% del electorado ucraniano a un 25-35%.

No solo ha disminuido el número de estos votantes. Muchos de quienes se han quedado en las regiones del este y del sur, tradicionalmente vinculadas a Rusia, han visto lo que pasa en las autoproclamadas repúblicas separatistas de Donétsk y Luhánsk y han decidido marcar distancias. Las regiones ocupadas del Donbás han perdido un millón y medio de desplazados, sobre todo jóvenes, que ahora desempeñan empleos en Kyiv, en Járkiv o en el extranjero. Solo se ha quedado la gente mayor y más vulnerable, en una situación, por lo que nos llega, de escasez, arbitrariedad y dependencia, por no mencionar los horrores de la guerra, que se han recrudecido en los últimos días con los ataques y la evacuación masiva a Rostov.

Foto: El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. (EFE/Horst Wagner)

La 'marca Rusia', 14.000 muertos después, no pasa por su mejor momento en Ucrania. El Gobierno de Kyiv lo sabe y ha decidido hacer un esfuerzo de inversión en las regiones cercanas al frente: ha descentralizado la economía, renovado las carreteras y buscado maneras de seguir dando servicios estatales, por ejemplo el pago de pensiones, a los habitantes de estas provincias, lo que habría podido horadar algo más los sentimientos prorrusos. En Mariúpol, a unos 20 kilómetros del frente, distintas voces me confirmaron la mejora patente de la ciudad, donde hasta el McDonald’s, que cerró por la guerra, tenía previsto volver a abrir sus puertas.

La consecuencia es esta: en 2014, varias encuestas reflejaban que en torno a un 40-45% de ucranianos era favorable a unirse a la OTAN. Ocho años después, este mes de febrero, este apoyo habría subido al 62%. La predisposición de la población ucraniana a unirse a la Unión Europea es aún más alta: del 68%, según el último sondeo de Rating Group. Hace una década, el Partido de las Regiones, con Viktor Yanukóvich al frente, gobernaba Ucrania con 185 escaños. Su sucesor, el partido Plataforma de Oposición-Por la Vida, al que están vinculados los políticos y oligarcas más próximos a Rusia, tiene hoy 44 parlamentarios. Menos del 10% del total.

Otro factor que mencionaba el sociólogo Anton Hrushetskyi es el demográfico: el votante prorruso medio es más mayor, lo cual indica una tendencia a la baja en este bloque electoral. Las nuevas generaciones, según apuntaba Hrushetskyi, están creciendo y estudiando en ucraniano. El Gobierno ha lanzado políticas de apoyo al idioma nacional mayoritario, en ocasiones limitando los derechos, como alertaba Human Rights Watch, de los rusófonos, en un país donde el ruso sigue siendo la lengua materna y de uso común de millones de ucranianos.

La consolidación de posturas más nacionalistas y prooccidentales ha hecho que una parte de la población, ahora técnicamente minoritaria, viva con la cabeza gacha. Los canales rusos fueron cerrados hace años, y también los canales ucranianos prorrusos. El motivo que esgrime el Gobierno está claro: se trataba de propaganda de guerra, de mentiras y conspiraciones destinadas a desestabilizar Ucrania. La percepción de aquellos habitantes más afines a Rusia, en cambio, es de censura.

Foto: El presidente de EEUU, Joe Biden. (Reuters)

Acceder a las opiniones de este bloque político ha sido más difícil esta vez. Nadie parecía conocer a ningún prorruso, o estos no querían hablar, o se habían mudado a Rusia. Yo me olía, en algunos casos, un discreto sabotaje. Alguien me preguntó directamente que por qué demonios quería hablar con un prorruso, como si eso equivaliese a hacerle el juego a Rusia y por tanto hacer daño a Ucrania.

El ecosistema periodístico está muchas veces imbuido de activismo. Está politizado. He visto a reporteros jurar que darían su vida por Ucrania, luciendo banderas, pintándose la cara, exigiendo apoyo internacional y criticando a quienes no especificasen en cada tuit, en cada declaración, que la culpa es de Rusia, que Ucrania ya ha sido invadida y que lo fundamental es mostrar los crímenes rusos. No puedo imaginarme a mi país, con todos mis seres queridos dentro, mutilado por el vecino y amenazado por la mayor acumulación militar en Europa desde la Guerra Fría. Pero el periodismo y el activismo, por muy nobles que sean las causas, no se pueden mezclar. Si se suman, el resultado es siempre el mismo: propaganda.

Al final hablé con prorrusos, y descubrí que sus posturas, aparentemente, habían cambiado. Se habían vuelto más sutiles. Para empezar, rechazan la etiqueta de prorruso. Se denominan proucranianos y usan el nombre de Kyiv, en lugar de Kiev, en sus páginas web. Ya no defienden el viejo “tenemos que llevarnos bien con Rusia”, sino que presentan una cara más pragmática, más neutral, más de negocios: es mejor mantener los vínculos con el oeste y con el este, por el bien de nuestras empresas, nuestros intereses y nuestra tranquilidad. La OTAN y la UE nos ofrecen montones de promesas y palabras bonitas, pero, la verdad es que sería bueno seguir vendiendo trigo, satélites y motores de avión a Rusia.

Foto: Un trabajador en la sede de la ciberpolicía en Ucrania. (Reuters, Valentyn Ogirenko)

Pese a las bases para el optimismo, la actitud espartana de los ucranianos, con respecto a la posible invasión, ha ido evolucionando. A medida que pasaban los días y se profundizaban las conversaciones, aparecía una confesión de tristeza, de insomnio, de planes de emergencia. No era pánico, sino agitación. La incapacidad de concentrarse o de pensar en el futuro. El cerebro moviéndose en mil direcciones al mismo tiempo, con una migraña militar, el despliegue ruso, ramificándose desde sus profundidades y pringando las más elementales rutinas cotidianas.

El cerco a Ucrania es real. Las maniobras rusas en el este, con esa evacuación forzosa y el aumento de los ataques desde las zonas separatistas, recuerdan los prolegómenos de algo mayor y más grave. Una de las cartas de Estados Unidos es el alarmismo, la histeria colectiva; un intento de dominar la narrativa, poner el punto de mira en los movimientos de Putin y, en definitiva, disuadirlo de invadir.

Ya no estoy allí, pero me dicen que los cafés de Kyiv siguen llenos, que la rutina resiste, que sigue firme como una montaña, y que esas imágenes mentales de bombardeos, puentes dinamitados y una larga y denodada resistencia siguen siendo difíciles de aceptar. No estamos en el siglo XIX. No estamos en 1941. Ojalá que los vaticinios más negros de estos días se queden en el reino de la política ficción.

Las responsabilidades pesan, y solo he podido pasar, de momento, dos semanas en Ucrania. Era la primera vez que volvía desde 2014, y lo cierto es que me he encontrado un país bastante cambiado. Más moderno y más seguro de sí mismo, pese a las ominosas circunstancias. A continuación, intentaré explicar cómo he llegado a esta conclusión, que sigue siendo, como todas las conclusiones, provisional, pero que puede ayudar a esclarecer un poco el lugar en el que se encuentra Ucrania. Un país que parece haber vivido, en ocho años, el equivalente a un siglo.

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