EL BALANCE: CUATRO ELECCIONES GANADAS

Año I de la moción de censura: del destierro en los sondeos al renacimiento de Sánchez

Este 1 de junio se cumplen 365 días de la caída del Gobierno de Rajoy. La culminación de una maniobra arriesgada y rápida que fue el preludio del reforzamiento del PSOE y de su líder

Foto: Mariano Rajoy felicita a Pedro Sánchez tras ganar la moción de censura, el 1 de junio de 2018 en el Congreso. (Reuters)
Mariano Rajoy felicita a Pedro Sánchez tras ganar la moción de censura, el 1 de junio de 2018 en el Congreso. (Reuters)

—Quiero que seas mi vicepresidenta. Y tres veces ministra: de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad.

Pedro Sánchez telefonea a Carmen Calvo. Rondan las seis de la tarde y ella está a esas horas en su piso de la capital, intentando descansar algo y liberar tensión después de días de absoluto frenesí. El ya presidente electo comienza a dibujar el andamiaje de su nuevo Gobierno.

Es 1 de junio de 2018, viernes. España vive una jornada histórica. Ha triunfado la primera moción de censura de la democracia. Por 180 votos a favor, 169 en contra y una abstención. Mariano Rajoy, carcomido por la terrible sentencia del caso Gürtel, es derrotado por un Pedro Sánchez que apenas un año antes había arrasado en las primarias del PSOE pero que a esas alturas parecía desvaído en las encuestas, en descenso por el empuje de Ciudadanos. La maniobra osada y rápida del secretario general, cuajada en muy poco tiempo y ayudada por un extraño alineamiento de fuerzas, medra, prospera. Una carambola.

Los protagonistas de aquella 'blitzkrieg', de aquella guerra relámpago en la que nadie creía, echan hoy la vista atrás un año después. Dirigentes de primera línea, ministros, altos cargos del Gobierno, 'fontaneros' del partido, asesores. Ellos reconstruyen para este diario el relato de esos días. Una narración que desgrana el propio Sánchez en su 'Manual de resistencia' (Península, 2019) y que es el corazón del libro 'La moción', de la periodista Lucía Gómez-Lobato (Samarcanda, 2019). Era difícil pensar entonces, un año atrás, que la política española convulsionaría en apenas unas horas. Rajoy acababa de sacar adelante sus Presupuestos en el Congreso con el apoyo de Cs y PNV. Justo el oxígeno que necesitaba para los dos años que le restaban de legislatura.

Pero todo cambió.

El jueves 24 de mayo, Sánchez acude a una entrevista con la SER en la que vuelve a manifestar su apoyo al Gobierno con Cataluña. Al término, toma un café con Pepa Bueno, periodistas y directivos de la radio y tertulianos. Para entonces, ya se sabe que la sentencia de la Gürtel está al caer y uno de los informadores anticipa que será muy dura.

Sánchez tiene claro pronto, nada más conocida la sentencia, que ha de presentar la moción, pero antes quiere escuchar las reflexiones de los suyos


A la salida, decide bajar a pie desde la sede de Prisa, en Gran Vía, hasta Ferraz, acompañado de uno de sus principales colaboradores, Miguel Ángel Marfull. En el camino salta la noticia de que el fallo sale ya. Sánchez llama a su número tres, José Luis Ábalos, que está en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas a punto de embarcar hacia Copenhague con el secretario de Acción Electoral, Paco Salazar. Ambos tenían una reunión en la capital danesa organizada por el Partido de los Socialistas Europeos. "Estate al menos en contacto", le dice el líder.

"No queda otra"

Sánchez habla con su portavoz parlamentaria, Margarita Robles, magistrada de carrera, y le pide que haga un informe jurídico "riguroso", fino, porque quiere tener todos los elementos de juicio sobre la mesa. La sentencia es demoledora contra el PP, al que la Audiencia Nacional condena como partícipe a título lucrativo. Pero el flanco débil del presidente es que el fallo cuestiona la "credibilidad" de su testimonio. El líder socialista reúne enseguida a su núcleo duro. Está decidido a presentar la moción de censura, pero quiere escuchar a los suyos antes. Adriana Lastra, la vicesecretaria general, le anima a dar el paso, igual que Marga Robles. También es enfático Santos Cerdán, el secretario de Coordinación Territorial. Sánchez telefonea a Carmen Calvo, la responsable de Igualdad y la mujer que ha ido ganando cada vez más peso en la dirección, de la que él se fía mucho. Ella está en Córdoba, donde continúa con sus clases como profesora de Derecho Constitucional. Defiende que hay que registrar la iniciativa, que es "el momento de mandar el mensaje de regeneración democrática", que no puede ser que la sociedad española metabolice sin más la corrupción, porque ya es un "daño estructural para el sistema, ético y cívico". "Para un partido como el PSOE es un muro que no podemos franquear", le argumenta. Él le dice que coja el primer tren de vuelta.

Era una operación 'win-win', pero no sencilla, porque a esas alturas la relación con Rajoy era fluida por Cataluña, y había buen clima. Se sentía "vértigo"

La reflexión va cogiendo cuerpo. "No queda otra", sostienen varios dirigentes. Ábalos aterriza en Copenhague con Salazar. Enciende el móvil y lo tiene inundado de mensajes. Tiene orden de regresar a Madrid, así que con su compañero espera el vuelo de vuelta. Habla por teléfono con el jefe. Le dice que no hay más escapatoria y el secretario de Organización conviene en que hay que presentar la moción, "aunque sea como una respuesta a la sentencia, al margen de su viabilidad, porque era un hecho tan contundente que no hacer nada sería castigado" por el electorado socialista. Era una maniobra ganadora, salga o no. 'Win-win'. Pero no era fácil: la relación entre Sánchez y Rajoy estaba siendo fluida y estrecha por Cataluña, existía un "clima de entendimiento y respeto que no había habido hasta entonces". Los líderes de PP y PSOE habían conversado incluso la víspera. "Sentíamos vértigo, indisposición. Nos preocupaba volar los puentes con Rajoy. Pero no quedaba otra. Lo contrario era participar de la impunidad", recuerda uno de los pesos pesados de la cúpula. Iván Redondo, el estratega fichado por Sánchez tras su victoria en las primarias de 2017, se muestra en las primerísimas horas algo más dubitativo. Prefiere "no aventurarse, no precipitarse", ir con cautela. Hoy su entorno manifiesta, no obstante, que "nunca" vaciló y vio la jugada clara.

Sánchez anuncia una moción de censura para "recuperar la dignidad de nuestra democracia"

No hay comparecencia del PP ni del Gobierno. La dirección socialista solo transmite, a mediodía, que considera "inaceptable" el silencio ante una sentencia que "implica políticamente" a Rajoy. Sánchez da la orden de esperar porque no concibe que el jefe del Ejecutivo no responda.

—¿No está redactada ya?

Calvo irrumpe en la cuarta planta de Ferraz, donde está reunido el secretario general con los suyos. Acaba de llegar a Madrid procedente de Córdoba. En el trayecto le había dado tiempo a pensar y estaba aún más persuadida de que la moción es imparable. Tenía que estar lista. De hecho, ya estaba encarrilada: Sánchez había encargado a Robles una primera redacción, que ella fue elaborando junto al coordinador técnico del grupo en el Congreso, José de Francisco. Por la tarde, la deliberación continúa en la sede. Allí siguen Adriana Lastra, Santos Cerdán, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, Iván Redondo, Juanma Serrano (el jefe de Gabinete de Sánchez), Maritcha Ruiz —la directora de Comunicación del PSOE—. Ábalos y Salazar están de camino de vuelta y Cristina Narbona, presidenta del partido, está de viaje —disfruta de unos días de descanso con su pareja, Pepe Borrell—, aunque ambos están al corriente de todos los movimientos. La decisión está tomada.

Las claves, Ábalos y Cerdán

Calvo ultima la redacción del texto que se va a registrar en la Cámara Baja, junto con Iván Redondo y Jesús Perea, miembro del Gabinete de Sánchez. Él da el visto bueno y le envía la versión definitiva a Robles. Pero prefiere esperar unas horas más, con la confianza de que Rajoy reaccione. Pero no ocurre.

Los separatistas catalanes piden diálogo y rebajar el tono, y el PNV, que se garanticen los PGE de 2018, estabilidad y que no haya elecciones pronto

Viernes 25 de mayo. A primera hora de la mañana, Sánchez ordena a la portavoz que registre la moción. No quiere arriesgarse a que el presidente dimita, en cuyo caso decaería la iniciativa socialista. Robles lo hace acompañada de su secretaria y de José de Francisco. A las 10:22 el documento recibe el sello de entrada oficial en el Congreso. Antes, por tanto, de que arranque la reunión de la ejecutiva, convocada a las once. Un mero trámite. El líder comparece posteriormente y lanza algunas señales: se dirige a los 350 diputados de la Cámara —incluidos los independentistas— y anticipa que, si gana, compondrá un Gobierno netamente socialista, que estabilizará primero al país y que luego convocará elecciones, a las que no pone fecha.

Los miembros de la ejecutiva federal Santos Cerdán (i), José Luis Ábalos (2i), Cristina Narbona (c), Adriana Lastra (2d) y Carmen Calvo (d), el pasado 27 de mayo en Ferraz. (EFE)
Los miembros de la ejecutiva federal Santos Cerdán (i), José Luis Ábalos (2i), Cristina Narbona (c), Adriana Lastra (2d) y Carmen Calvo (d), el pasado 27 de mayo en Ferraz. (EFE)

Empiezan los primeros tanteos con los grupos, sin intención de negociar "nada". En paralelo, durante el fin de semana, se monta en Ferraz un grupo de trabajo muy secreto y reducido, liderado por Félix Bolaños, encargado de preparar el día después en el caso de que prosperara la moción. Se trataba de tenerlo todo listo, a punto, para poder poner en marcha el Gobierno en tiempo récord.

El lunes 28, Sánchez recibe la llamada de la presidenta del Congreso, Ana Pastor. Fija el debate y votación para esa misma semana, el jueves 31 y el viernes 1. Una "muy torpe" decisión, pensada para cortocircuitar la moción pero que consiguió el efecto contrario, impulsarla al acortar los tiempos. Por la tarde, comité federal del PSOE, en el que el líder y candidato recibe un "cheque en blanco" del partido, incluidos sus barones críticos. Enseguida telefonea a Pablo Iglesias (Podemos), Andoni Ortuzar (PNV), Joan Tardà (ERC) y Marta Pascal (PDeCAT) para un primer contacto. De las conversaciones con los grupos, a partir de entonces, se encarga Ábalos, salvo en el caso de los nacionalistas vascos, de cuya interlocución se responsabiliza Santos Cerdán que, como navarro, les conoce bien. Ese mismo lunes, la predisposición de los partidos es positiva. A falta del PNV, que pide tiempo. Sánchez manda un mensaje a Albert Rivera, que le responde que el diálogo lo delega en su número dos, José Manuel Villegas.

La inmediatez del debate, que fijó Ana Pastor, facilitó que no hubiera negociación y que el proceso se rematase a un ritmo vertiginoso

Ábalos se reúne a partir del martes 29 con Joan Baldoví (Compromís), que no pone ninguna objeción. Con el republicano Joan Tardà, y aparte con Carles Campuzano y Jordi Xuclà (PDeCAT). Los independentistas catalanes piden diálogo y que se rebaje la escalada verbal. ERC se suma pronto a la moción. Pascal, Xuclà y Campuzano también son partidarios, pero no el 'expresident' Carles Puigdemont, que piensa en el "cuanto peor, mejor". Iglesias, cuenta Gómez-Lobato, charla con él para intentar convencerlo, pero de entrada se resiste. El número tres se ve con Villegas. Cs quiere elecciones inmediatas. Ábalos le dice que ponga fecha. El dirigente naranja responde con evasivas. La vía con los de Rivera parece obturada. No hay negociación como tal con ningún grupo. No hay tiempo ni intención. El reclamo es echar a Rajoy, desalojar la corrupción.

"Dimita, señor Rajoy"

Ábalos y Cerdán se reúnen en Madrid con el secretario de Organización del PNV, Joseba Aurrekoetxea. Los 'jeltzales' reclaman que se mantengan intactos los Presupuestos de 2018, que han pactado con Rajoy, y estabilidad antes de convocar elecciones. "Confiad en nosotros, pero dejadnos hacer las cosas a nuestro ritmo", le dice Aurrekoetxea a Cerdán. Los cinco votos del PNV son fundamentales para que la moción prospere. En la formación vasca, igual que en los separatistas catalanes, opera el miedo a quedarse solos al lado del PP. El viento sopla a favor. Podemos avanza entonces que si la iniciativa de los socialistas fracasa, Iglesias presentará su propia moción para sacar al PP del Gobierno y convocar elecciones cuanto antes. Un gesto que puede ser secundado por Cs. La amenaza de unos comicios inminentes espolea a los nacionalistas vascos. Con Bildu no hay ni contacto.

El miércoles 30 por la tarde Sánchez, y también Rajoy, ya saben por el PNV que la moción triunfará. El candidato golpea: "Dimita y todo esto acabará"

El miércoles 30 por la tarde, Aurrekoetxea avisa a Cerdán. Habrá llamada del presidente del PNV. Y la hay. Andoni Ortuzar comunica a Rajoy que su partido le dejará caer y anticipa a Sánchez que le apoyará, pero será el portavoz, Aitor Esteban, quien haga el anuncio oficial al día siguiente en la tribuna, tras la reunión formal de la ejecutiva, el Euzkadi Buru Batzar (EBB). Pascal, Campuzano y Xuclà también se han impuesto a Puigdemont. El secretario general confía a Calvo y a su círculo más próximo ese mismo miércoles que la moción saldrá adelante. Bolaños recibe el encargo de acelerar los preparativos, de tenerlo todo listo para cuando el jefe tome posesión de su cargo.

''Dimita señor Rajoy'' es el nuevo ''Váyase señor González''

Jueves 31. Sánchez y su equipo llegan al Congreso pronto, a las ocho de la mañana, con la casi completa convicción de que Sánchez ganará, aunque se siente el vértigo, una cierta incertidumbre por si algo se tuerce, por si el PP actúa o por si el EBB toma otra decisión. "Dimita, señor Rajoy, y todo terminará. Dimita, señor Rajoy, su tiempo acabó. Dimita y esta moción de censura habrá acabado aquí y ahora", le golpea. Pero el presidente no renuncia. El pleno se reanuda por la tarde y el jefe del Ejecutivo ya no aparece. Un bolso, el de la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, ocupa su escaño. Él se halla refugiado con los suyos en un restaurante cercano, el Arahy, del que no saldrá hasta la noche. En todos estos días no ha habido diálogo de la cúpula del PSOE con el PP. Tan solo una llamada, el jueves 24: la del coordinador general de los conservadores, Fernando Martínez-Maíllo, a Ábalos, mientras este se encuentra en Copenhague. Le había preguntado si presentarían la moción. El secretario de Organización le había respondido que estaban valorándolo, que había posibilidades. Una semana después, Rajoy era un cadáver político.

A las 11:35 del viernes 1 de junio, el Gobierno del PP es historia y Pedro Sánchez Pérez-Castejón se convierte en el séptimo jefe del Ejecutivo de la democracia española. Con los únicos apoyos fieles de sus 84 diputados. El presidente electo celebra con los suyos, en el despacho de la portavoz en el Congreso, la victoria de la moción de censura. Con el grupo está también José Enrique Serrano, jefe de Gabinete de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, que cuenta largamente su experiencia sobre los aspectos más técnicos del aterrizaje en la Moncloa.

Sobre las 18 horas, llama a Calvo. Le comunica que será su vicepresidenta.

Pedro Sánchez, nuevo presidente del Gobierno

Redondo y Bolaños, sus máximos colaboradores

El sábado 2, Sánchez promete su cargo en la Zarzuela. Sin Biblia, ni crucifijo. El primer gesto de su nueva era. Pisa después su nueva residencia con Juanma Serrano. Por la tarde, en su casa de Pozuelo, reúne a la vez a sus números dos y tres, Adriana Lastra y José Luis Ábalos. Reparte papeles: ella se quedará de portavoz en el grupo, y él mantendrá Organización y marchará al Gobierno, como ministro de Fomento, aunque no como portavoz. No les anticipa más, ni qué nombres tiene en la cabeza ni cuáles serán sus carteras, y ellos no preguntan. Durante el fin de semana, Sánchez va haciendo las primeras llamadas a quienes serán sus ministros. Consulta los nombramientos con Calvo.

La primera pieza de la estructura que cierra es la de Calvo. El sábado 2 reúne en su casa y asigna destino a Ábalos y Lastra: él, Gobierno; ella, grupo

Es lunes 4 de junio, y Sánchez reclama en la Moncloa a Iván Redondo y Félix Bolaños. Al primero lo nombra director de Gabinete —un puesto que parecía adjudicado inicialmente a Juanma Serrano, pero al que aparta—; al segundo, secretario general de la Presidencia del Gobierno. Mano derecha y mano izquierda. Desde esa mañana, los tres, analizan y preparan el camino que habría de recorrer el nuevo Ejecutivo, y se diseña la estrategia de comunicación. Los nombres de los ministros se van filtrando poco a poco, por goteo, para generar máxima expectación. El martes 5, Sánchez recibe en la Moncloa a Cerdán, y le encarga que lleve las riendas del partido, ahora que Ábalos va a estar más dedicado a Fomento. El 6, ya están listos los decretos de nombramientos. Redondo, Bolaños y Calvo dan los últimos pasos antes de la comparecencia del presidente en la que anunciará la composición de su Gabinete, 11 mujeres y seis hombres. La nueva vicepresidenta y Bolaños llaman a todos los ministros y a los departamentos, ejerciendo "casi de secretarios", para advertirles de la compleja logística de la toma de posesión, al día siguiente.

Ha pasado un año. Nada es como entonces. Sánchez y el PSOE, que parecían desahuciados en los sondeos y que venían de perder estrepitosamente en 2015 y 2016, han ganado cuatro elecciones consecutivas en apenas un mes. El 28-A y el 26-M. Generales, municipales, autonómicas y europeas. Primera fuerza, a mucha distancia de la segunda, un PP muy herido y atenazado por Cs, que pese a todo no ha logrado consumar el sorpaso. Y Unidas Podemas vive horas bajas, bajísimas, aspirando a ingresar a un Gobierno de coalición al que el presidente no quiere darle entrada. El poder de Sánchez es incontestable. Disfruta de un partido a su medida, sin apenas oposición interna, en el que tiene a su principal enemiga, Susana Díaz, despojada de casi todos los galones y desactivada como oponente. Es envidiado por la socialdemocracia europea. Los barones que él ha promocionado, e incluso aquellos más distantes —con la salvedad del aragonés Javier Lambán, cuyo Gobierno peligra— han salido fortalecidos de las urnas. El PSOE es la fuerza hegemónica del país. Sin duda. Lo impensable hace un año.

Pedro Sánchez anuncia la composición de su nuevo Gobierno

La política es rock 'n' roll... o una batidora

Porque todo empezó entonces. En aquella moción de censura. Un éxito imprevisto al que ayudaron, dicen los colaboradores de Sánchez, diversos factores. La contundente sentencia de Gürtel, la estrategia de Pastor y Rajoy de quemar el debate lo antes posible —"más tiempo nos habría desgastado mucho"—, la "liberación de presión por no tener que negociar nada", la "total discreción" de las reuniones con los grupos, el triunfo de los moderados del PDeCAT, los pocos interlocutores elegidos, Ábalos y Cerdán. Los astros se alinearon en favor del líder socialista.

Sánchez atesora un poder incontestable después de atravesar las tinieblas entre 2015 y 2016. Y los barones, salvo Díaz, han salido también reforzados

Sánchez es hoy presidente, reforzado e indiscutido. Pero algunos en su equipo miran más atrás, cuando en octubre de 2016, tras el sangriento comité federal que acabó con su dimisión, apenas un puñado de fieles confiaba en él y él ni siquiera confiaba en sí mismo. Tiró de resistencia, se construyó una coraza. Y ganó. Como hace un año. Afronta un mandato en principio tranquilo, sin mayoría absoluta, no exento de debilidades.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el pasado 7 de mayo en la Moncloa. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, el pasado 7 de mayo en la Moncloa. (EFE)

La política es rock and roll. Nunca sabes —observa una de sus principales colaboradoras—. Y estos dos años los hemos vivido como si nos hubiéramos sumergido en una batidora.

O montado en una montaña rusa. Y ahora arranca otra pendiente algo escarpada: la de una investidura probable, pero no garantizada, la de los pactos territoriales en los que se juega mucho poder y en los que Cs es llave. La partida no ha hecho más que comenzar.

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