GUERRA TOTAL EN LA CASA SOCIALISTA

El PSOE frena la cabalgada final de Sánchez con el capítulo más doloroso de su historia

El comité federal tumba al secretario general después de una batalla campal de 12 horas, en la que los forcejeos, los órdagos, los gritos y los llantos se sucedieron. El PSOE queda hecho trizas

Foto: Pedro Sánchez, durante su intervención en Ferraz tras anunciar su dimisión como secretario general del PSOE. (Reuters)
Pedro Sánchez, durante su intervención en Ferraz tras anunciar su dimisión como secretario general del PSOE. (Reuters)

"No, no me canso". Y no se cansó, no se cansó nunca y dio la batalla hasta el final, hasta la extenuación, hasta llevar a su partido al borde de la ruptura total. Tal vez por su pasado de hombre hecho a sí mismo, criado en la fontanería del partido, tal vez por su carácter de político en segunda fila que llegó a la cumbre catapultado rápidamente, tal vez porque tuvo que dar codazos contra Susana Díaz y casi contra todos casi desde el primer minuto para intentar reforzarse como líder. Pero Pedro Sánchez aguantó, resistió, se atrincheró cuanto pudo en su sillón de Ferraz, hasta que no tuvo más remedio que dimitir, tumbado por sus compañeros del comité federal con un margen de 25 votos. Lo hizo, eso sí, tras una histórica, crispada, larguísima y agotadora jornada de forcejeos, gritos, llantos, tensión, muchísima tensión (dentro y fuera). Un día a ratos esperpéntico, dramático, circense, letal y hasta vergonzoso para el PSOE, un partido centenario ahora en ruinas tras la barbarie de una guerra fratricida que ni mucho menos se resuelve con la dimisión forzosa de Sánchez como su secretario general. Se cerraba un ciclo de 26 meses en el poder y se abre ahora una travesía dificilísima en el desierto. 

El PSOE sabía que se enfrentaba al comité federal más decisivo en muchos años. Como Sánchez sabía que el 1 de octubre de 2016 podía salvarse, una vez más, haciendo alarde de su numantinismo, su enorme resiliencia, o ser ejecutado por sus críticos, que venían dándole caza desde hacía semanas y que querían firmar ya su sentencia de muerte, sin más dilación. Y la suscribieron. Pero les costó sangre, sudor y lágrimas, como algunos reconocían al final de más de 14 horas de pugna en el máximo órgano del partido. Sánchez nunca fue un enemigo fácil a batir, y no lo fue tampoco el día en que sus rivales le tenían preparada la puerta de salida tras un rosario de encontronazos y desafíos. Menos aún con la calle de Ferraz tomada por un centenar de exaltados que chillaban intermitentemente "¡No es no!", "¡Pedro, Pedro, Pedro!", "¡Susana, PP, la misma mierda es!" o que vomitaban "¡Traidores!", "¡Sinvergüenzas!" o "¡Golpistas!" a los dirigentes que entraban o salían a pie de la sede federal, sin reparar en ocasiones en que algunos de ellos eran afines al secretario general, como la presidenta balear, Francina Armengol. La mayoría de barones tuvieron que entrar en coche y por el garaje, caso de Susana Díaz, Ximo Puig o Emiliano García-Page. El tumulto prosiguió hasta la marcha de Sánchez. 

La presión estaba dentro y fuera. Cuatro horas tardó en arrancar el comité. Al final, el líder dimitió tras perder la votación de su congreso por 132-107

Presión total en las calles y tensión en el interior del cuartel general socialista. El comité federal tardó cuatro horas en arrancar. Los casi 300 dirigentes —fueron 253 los finalmente acreditados— convocados afrontaban una reunión con todo por acordar. Absolutamente todo. Desde la mesa del órgano —aunque se mantuvo la composición: la sevillana Verónica Pérez como presidenta y los sanchistas Rodolfo Ares y Núria Marín— hasta el orden del día, quién podía votar y qué se votaba. Un embrollo jurídico y político que no se desenredó hasta que cerca de las ocho de la tarde, y tras encararse directamente con Susana Díaz, se pactó votar, de forma pública y por llamamiento, el congreso federal extraordinario que quería sacar adelante Sánchez. Y perdió, por 132 contra 107 votos. Entonces cavó su tumba y presentó su dimisión. 

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Parones para sortear el desastre

Pero para que Sánchez tirara definitivamente la toalla tuvieron que pasar casi 12 horas de batalla campal y sin tregua, interrumpida por una sucesión de recesos cortos y largos. Primero, antes de que pudiera arrancar el comité, tuvo lugar la refriega sobre el orden del día y el censo de votación. Los críticos consideraban que no se podía aceptar la agenda aprobada por la ejecutiva "en funciones" el pasado jueves, porque ya estaba disuelta desde la renuncia, el miércoles, de 17 miembros de la dirección. Por eso mismo, insistían en que no tenían derecho a voto los 18 integrantes del equipo de Sánchez, igual que los 17 dimisionarios. Además, los díscolos se negaban al sufragio secreto en urna, y alegaban que este se reserva para las votaciones de candidaturas, y que para las decisiones políticas siempre se alza la mano. Los oficialistas sostenían que el voto secreto hacía que los delegados actuaran más libremente, sin el control de sus barones. 

La mesa intentaba discutir cómo salir del lío, entre fuertes discusiones entre Pérez, por un lado, y Ares y Marín por otro. Entretanto, algunos dirigentes cercanos al secretario general, pero más partidarios de tender puentes, como Antonio Hernando, Óscar López, Meritxell Batet y Patxi López, intentaban buscar una solución dialogada para que el comité no se desbordara. Pero no hubo forma de desbloquear la situación. Los críticos sostenían que solo mediante un acuerdo político se podía salvar el cisma.

El plenario se reanudó y Sánchez propuso readmitir a los 17 dimisionarios, disolver el comité y montar otra reunión de carácter político para la siguiente semana en la que se discutiese sobre la investidura. De nuevo, la cuestión de la abstención al PP, que quería endosar a los barones y que, tras la lucha cainita de esta última semana, emerge casi como única salida. El presidente aragonés, Javier Lambán, rechazó la oferta de Sánchez, recordándole que él ya no era secretario general. 150 miembros de comité se abalanzaron a pedir la palabra cuando se abriera el turno. 

La gran parte del debate se centró en cuestiones de procedimiento, sobre el censo de votación y sobre el orden del día. A Díaz le tocó fajarse a fondo

Entonces el caos puertas adentro de Ferraz —con los medios apostados a las puertas, y sin poder acceder a la sede hasta las nueve de la noche, un incomprensible cierre a cal y canto— se fue agigantando. Susana Díaz defendió, como también había hecho Verónica Pérez, que se votase el informe redactado por tres miembros de la comisión de garantías que apostaba por la conformación de una gestora.

Un empeño, el de la baronesa andaluza, que tenía detrás asestar la primera puñalada a Sánchez demostrando una mayoría de la que los disidentes estaban seguros. Pero los oficialistas no se rindieron. 

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Tapias: un partido "roto"

Hacia las seis de la tarde, la guerra estalló con total brutalidad. Los sanchistas decidieron que se votara sobre el congreso extraordinario, pero en voto secreto, en urna, contra el criterio de Pérez, de la que no se pudieron oír sus quejas porque la organización le había bajado pertinentemente el audio. Sánchez y algunos de los suyos —otros no, y se escandalizaron incluso— se levantaron para emitir su sufragio en una urna situada detrás del panel, escondida, sin censo y sin interventores. La protesta creció y creció con la última huida hacia delante. Sin medida. Se sucedieron los gritos de "¡sinvergüenzas!", "¡pucherazo!", los llantos, los gestos de algunos que estuvieron cerca de llegar a las manos, los gritos de cólera. La tangana. Nunca se había visto una cosa igual. Díaz, a la que se le saltaban las lágrimas, tomó la palabra para intentar atemperar los ánimos, pedir a Sánchez que se replegara y demandar "un comité de verdad". Volvía así a ponerse al frente de los detractores del líder, en una intervención que distintos presentes aplaudieron por el tono. 

La máxima tensión llegó cuando los sanchistas pusieron una urna 'escondida' detrás del escenario. Las protestas, los chillidos, los lloros se multiplicaron

"Casi ha habido puñetazos, gente llorando y la ejecutiva en funciones desaparecida", manifestaba con dolor un miembro del comité. A esa hora salía de la sede José Antonio Pérez Tapias, representante de Izquierda Socialista y rival de Sánchez y de Eduardo Madina en las primarias de 2014. Decretaba que el partido estaba "roto", que se marchaba abochornado por el esperpento, que no quería saber nada más y que no podía legitimar la maniobra de Sánchez. 

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La votación hubo de paralizarse. Los críticos, mientras, se pusieron a recoger firmas para presentar una moción de censura contra la dirección y forzar su caída, por las malas. Necesitaban el apoyo del 20% de los miembros del comité. Recabaron 129 rúbricas de los 253 delegados acreditados. Por encima de la mayoría absoluta. La primera prueba de que, tal y como venían advirtiendo, los números sí daban a los adversarios del secretario general.

Sánchez, en un último intento por sobrevivir, planteó a Díaz una solución negociada, similar a la que siguió a la dimisión de Joaquín Almunia tras el batacazo de las generales de 2000: él ponía su cabeza a cambio de que se pactara la fecha del congreso. La presidenta andaluza se negó: alegó que la moción de censura estaba en marcha y ya era tarde para vías intermedias. 

Susana Díaz y Pedro Sánchez, el pasado 7 de junio en Sevilla. (Reuters)
Susana Díaz y Pedro Sánchez, el pasado 7 de junio en Sevilla. (Reuters)

La guerra solo podía resolverse votando a cara de perro. Jugársela a una sola carta. A vida o muerte. Resolver la parálisis y el caos de alguna manera antes de ir a los tribunales o abocar al PSOE a la escisión. Tras el enésimo receso, el primer acuerdo en 11 horas: votar de forma pública, y por llamamiento, el cónclave extraordinario que quería Sánchez. Los críticos, que según su versión estaban "deseando" poder tumbarle con los sufragios, accedieron. 

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"Lo importante es mantener la palabra"

A las 20.10, fin del escrutinio: 132 votos contra el cónclave y 107 a favor. 25 votos de diferencia. Que podían haber sido 14 más (o sea, 39) si no hubieran dimitido los críticos de la ejecutiva el miércoles (tres sí porque son barones territoriales). Sánchez, que el viernes había dejado caer que se iría si se montaba gestora y se conducía al partido a la abstención —siempre jugó a ligar ambos—, no tenía ya más escapatoria. De inmediato presentó su dimisión ante sus compañeros. Su última escapada había fracasado. 

Sánchez se despide "orgulloso de militar en el PSOE" y ofrece "apoyo leal" a la gestora. No despeja si dejará su escaño y si repetirá como candidato en primarias

Sánchez explicó que había defendido con uñas y dientes su propuesta por el "cuestionamiento" de su liderazgo, y también porque creía que el PSOE estaba obligado a ofrecer una "alternativa", y el cónclave era el escenario idóneo para ventilar ambos temas, y que la militancia decidiese. Pero recibió el revés definitivo: "Dije ayer [por el viernes] y subrayo hoy que mis padres me enseñaron que lo más importante es mantener la palabra", señaló después ante los medios en una comparecencia sin preguntas [aquí en PDF] y en la que se le veía frío pero noqueado. Se despidió "orgulloso de militar en el PSOE" y haciendo de nuevo un "llamamiento" a las bases para decirles que "hoy más que nunca está justificado" estar en las filas del partido.

El comité federal del PSOE de este 1 de octubre. Al fondo, la ejecutiva en funciones de Pedro Sánchez. (EC)
El comité federal del PSOE de este 1 de octubre. Al fondo, la ejecutiva en funciones de Pedro Sánchez. (EC)

Prometió que la gestora contará con su "apoyo leal", con el respaldo que "siempre" pidió y que "afortunadamente" tuvo en "muchísimas ocasiones" en sus poco más de dos años al frente del partido. No despejó si dejará su escaño en el Congreso, o si se presentará de nuevo a las primarias (aunque luego le confesó que sí al presidente cántabro, según confesó este en 'La Sexta noche'). Así caía el segundo líder socialista en menos de cinco años: Sánchez vivió menos que su antecesor, Alfredo Pérez Rubalcaba (febrero de 2012-julio de 2014). 

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La delirante y bochornosa jornada vivida en Ferraz deja demasiados lisiados de guerra y también algunas preguntas. Como por qué no se forzó la votación en un principio para parar cuanto antes el vodevil y el desgarro. Los críticos explicaban que no esperaban que Sánchez aguantara tantos embates, que cedería, consciente de que tenían la mayoría del comité en contra, que de haberlo sabido se habrían replanteado su estrategia y quizá habrían intentado componer una mesa del órgano más afín para evitar las discusiones de Pérez y Ares. Los sanchistas, por su parte, comentaban desde por la mañana que si sus rivales no habían querido medirse desde las nueve, cuando teóricamente arrancaba la 'cumbre', se debía a que en realidad no tenían los votos tan amarrados. Pero la tónica general fue la del silencio de los colaboradores del secretario general frente a la irritación creciente de los críticos, Cuando la tensión llegó a su punto álgido, cuando los oficialistas se dirigieron a una urna casi "escondida" en la sala Ramón Rubial y se sucedieron los gritos, se convencieron de que había que fulminar definitivamente al líder. Apuntillarle. Para entonces, incluso dirigentes que habían sido de su cuerda hasta hace muy poco tiempo, se habían dado la vuelta, caso del segoviano Juan Luis Gordo. 

Abandonado por casi todos

En los pasillos de la sede se veían a dirigentes desencajados, con el dolor y la pesadumbre grabado en sus rostros, con las lágrimas queriendo asomarse. Algunos se abrazaban, otros preferían no hablar

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Sánchez se va y deja un partido hecho añicos. Débil electoralmente, tras seis derrotas electorales consecutivas —las últimas, las de las gallegas y vascas del 25-S—, y roto, muy roto. Los suyos sostenían que no tenían más remedio que intentar doblar el brazo a los barones, acabar con el cúmulo de "deslealtades" y zancadillas de los dos últimos años, hacer oír una "única voz", y por eso la única salida que le dejaban era la defensa del congreso exprés. Pero los suyos eran cada vez menos. Sánchez había perdido primero el apoyo de su patrocinadora, Susana Díaz, y con ella de sus barones más afines (Emiliano García-Page, Ximo Puig, Javier Lambán), luego perdió el respaldo de los notables que le ayudaron en su camino hacia Ferraz —José Luis Rodríguez Zapatero, Pepe Blanco, Pepe Bono...—, y más tarde perdió a los dos barones que en 2014 prefirieron a Eduardo Madina y se realinearon tras el congreso con él, Guillermo Fernández Vara y Javier Fernández. Y luego defraudó a su protector, Felipe González, y le abandonó la mitad de su ejecutiva.

Sánchez activó el congreso exprés como única salida para tapar el ruido interno. Pero en sus 26 meses de mandato había perdido muchos respaldos

Le quedaba parte de su ejecutiva (César Luena, Antonio Hernando, Óscar López, Adriana Lastra, María González Veracruz, Ibán García del Blanco, Susana Sumelzo, Pilar Lucio), sus colaboradores fieles, sus barones leales como Miquel Iceta, Luis Tudanca o Francina Armengol. La militancia a la que tanto apeló. Su sueño inalcanzable de convertirse en presidente del Gobierno. Pero ya no era suficiente. Tenía a la dirigencia en contra, la que creía que conducía al PSOE al abismo si seguía un minuto más en el poder, la que comenzaba a preocuparse por su "patológico afán de supervivencia", y la que estaba convencida de que con él al frente el PSOE se hundiría más electoralmente. La que finalmente ha frenado su enésima cabalgada para salir vivo del cerco de sus cada vez más numerosos rivales internos. Los barones, con Susana Díaz a la cabeza, le han ganado y han logrado echarle de Ferraz, no sin traumas ni sin heridas profundas que costará mucho zurcir. 

Una gestora sin sanchistas de peso

El ex secretario general, en cuanto dimitió, compareció brevemente a los periodistas, sin ocasión de que le pudieran preguntar, y se marchó en coche de la sede. Algunos de sus dirigentes de confianza le mostraron su apoyo incondicional. "Ahora es imprescindible que los militantes socialistas sigan opinando y que cuando tengan voz y voto, lo ejerzan. Yo apoyaré a Pedro siempre", escribió en Twitter su número dos, César Luena, hasta ahora su secretario de Organización.

Miquel Iceta, primer secretario del PSC, subrayó que la decisión del comité es "equivocada" por cuanto "merecía la pena" que Pedro Sánchez intentara un Gobierno alternativo, y recordó que el máximo órgano entre congresos no ha revertido el no al PP. Y la asturiana Adriana Lastra, ya exresponsable de Política Municipal, pidió al presidente de la gestora, Javier Fernández, "responsabilidad y altura de miras" para "saber escuchar a todo el partido". Lastra está muy enfrentada al presidente del Principado. 

Hasta la 1.15 de la madrugada del domingo no concluyó un comité federal que había sido convocado a las nueve de la mañana del día anterior. 16 horas de debate, aunque no continuas. Después de que los barones encumbraran a Javier Fernández como líder de la comisión política que gobernará interinamente el PSOE -su perfil es muy respetado por todos los sectores del partido- y pactaran los demás nombres, intentaron acordar con los sanchistas. No se sumaron dirigentes del núcleo duro de Pedro Sánchez, ni de perfil más conciliador, en parte porque algunos no quisieron, como el vasco Patxi López. Otros notables como la eurodiputada Elena Valenciano, ex número dos del PSOE, rechazaron la silla. 

La gestora se compone de diez personas. A Fernández le acompañan dos andaluces (Mario Jiménez, el portavoz parlamentario en la Cámara autonómica, y María Jesús Serrano, diputada por Córdoba y exconsejera), dos extremeñas (Ascensión Godoy, la secretaria de Organización regional y mano derecha de Guillermo Fernández Vara, y Soraya Vega, líder autonómica de Juventudes), un valenciano (José Muñoz Lladró, secretario regional de Juventudes y portavoz adjunto en Les Corts), y una canaria, Lola Padrón, por parte de las federaciones críticas. 

Del cupo de los territorios afines a Sánchez son el diputado nacional Ricardo Cortés (Cantabria), el senador y expresidente Francesc Antich (Baleares), el secretario de Organización de César Luena en La Rioja, Paco Ocón, y el miembro que designe el PSC cuando haya concluido el proceso congresual. En total, 11 nombres, 10 elegidos por ahora, seis hombres y cuatro mujeres. Nueve federaciones se quedan fuera, entre ellas, Madrid, Aragón, Castilla-La Mancha o Castilla y León.

La gestora trabajará hasta el siguiente congreso, que no se prevé hasta la primavera de 2017. Siempre después de que se haya resuelto la gobernabilidad de España

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