LA CRISIS DE LOS SOCIALISTAS

2016, el año en el que el PSOE estalló

Jamás en democracia el partido había vivido meses tan convulsos. De la procelosa negociación para formar Gobierno al 26J y la hecatombe final: el desalojo forzado del líder y el viraje a la abstención

Foto: Pedro Sánchez, en una rueda de prensa en Ferraz el pasado 1 de octubre, tras anunciar su dimisión como secretario general del PSOE ante el comité federal. (Reuters)
Pedro Sánchez, en una rueda de prensa en Ferraz el pasado 1 de octubre, tras anunciar su dimisión como secretario general del PSOE ante el comité federal. (Reuters)

La turba en la calle al grito de "no es no", los gritos y los lloros dentro. Tensión, mucha tensión. La tangana, el vodevil, el espectáculo, la "película de terror", el "big bang". El estallido. La batalla campal cruda y dura. Sin matices.

Los socialistas no podrán olvidar jamás aquel 1 de octubre de 2016. Aquel crispado y violento comité federal en el que el partido, al borde de la ruptura, decapitó a su secretario general, a un Pedro Sánchez que había decidido apurar sus cartuchos y resistir en su fuerte. Pero para lograrlo se tuvieron que suceder once horas de psicosis en directo, de forcejeos, de chillidos, de continuos recesos, de escenas esperpénticas como la de una urna escondida tras una mampara, y al final una votación a mano alzada sobre su apuesta de un congreso extraordinario exprés, que perdió por 107-132.

Ese comité federal expresaba el doloroso y negro culmen de la confrontación interna constante de un año, 2016 nefasto, dificilísimo, 'horribilis', en la vida de un partido centenario como el PSOE, con destellos poco duraderos como las negociaciones fracasadas para formar Gobierno, la forzada unidad consecuencia de dos campañas electorales consecutivas o el regusto agridulce por no haber quedado superado por Podemos pese a firmar, por dos veces, los peores resultados de su historia. Un año vertiginoso que concluyó con la toma del poder de una gestora contestada desde el primer minuto, la traumática abstención a la investidura de Mariano Rajoy y el consecuente desgarro interno y las persistentes dudas sobre el calendario del congreso y los candidatos en liza.

Los barones frenaron, tras el 20D, la operación derribo de Sánchez por consejo de Vara o Rubalcaba. El líder pudo ganar tiempo y aprovechar el no de Rajoy al Rey

2015 acababa con la tensión en máximos en el PSOE, escenificada en otro comité federal, el del 28 de diciembre, el posterior a unas generales, las del 20-D, en las que obtuvo solo 90 escaños. Un mal dato objetivo que no privó al secretario general de calificar el resultado de "histórico". Sánchez salvó de milagro su cabeza. Aceptó las líneas rojas de una eventual negociación —descontado el no al PP, no podía ni sentarse a dialogar con los que defendieran el derecho a decidir ni con las formaciones independentistas—, algo que con el tiempo reconoció como un "error" de cálculo, pues le ató de pies y manos. Y se salió con la suya de posponer el congreso del partido hasta que hubiera Gobierno en España. Los barones críticos, capitaneados por la andaluza Susana Díaz, frenaron en el último minuto la operación de derribo del secretario general en ese mismo comité federal. Pesó la actitud templada de algunos dirigentes, como el presidente extremeño, Guillermo Fernández Vara, o la influencia de notables como Alfredo Pérez Rubalcaba, que también con el tiempo se arrepintieron de haber dejado entonces al líder con vida.

El espejismo de los pactos

Sánchez viajó en el arranque de 2016 a Portugal para señalar cuál era su paradigma: una alianza de gobierno con las izquierdas. Pero enseguida pasó a incluir a Ciudadanos entre las "fuerzas del cambio". El rechazo de Rajoy a la nominación del Rey para ir a la investidura le permitió poner en marcha su estrategia. Aceptó la propuesta del monarca y decidió comenzar las negociaciones para forjar un Gobierno, aun consciente de la difícil empresa, dado el veto mutuo de Podemos y C's. Sánchez se situó en el centro de la escena durante semanas, lo que le permitió ganar tiempo —la suya fue una carrera constante para eso, para ganar tiempo frente a sus 'cazadores' en el partido— y serenar las aguas internas, aunque el convencimiento de sus críticos de que las conversaciones fracasarían era total, y ya barruntaban que la caída suya, y la del PSOE, sería más dolorosa.

Pedro Sánchez y Albert Rivera sellan su acuerdo en el Congreso, el pasado 24 de febrero. (Reuters)
Pedro Sánchez y Albert Rivera sellan su acuerdo en el Congreso, el pasado 24 de febrero. (Reuters)


El fruto de las maratonianas jornadas de diálogo fue un pacto con Albert Rivera validado por abrumadora mayoría por las bases y que suponía la suma de 130 escaños, insuficientes para superar la investidura en primera y segunda vuelta. La dirección persiguió un entendimiento a tres, buscando el acercamiento con Pablo Iglesias a partir del documento acordado con C's. No fue posible. España se dirigió a sus segundas elecciones generales en seis meses. Sánchez logró de nuevo retrasar el congreso —con el beneplácito del comité federal—, proclamarse por segunda vez como candidato a la Moncloa sin rivales —Díaz se había quedado de nuevo en Andalucía pese a haber amagado con disputarle el trono de Ferraz— y liderar una campaña tortuosa desde el arranque, con la amenaza del 'sorpasso' de Unidos Podemos en el cogote. El PSOE quiso comparecer ante los votantes como la garantía del cambio seguro frente a Rajoy, con la pátina de centralidad que le había dado su alianza con Rivera y el argumento de que quien frustró el Ejecutivo alternativo fue Iglesias.

El PSOE logró espantar la amenaza de 'sorpasso', pero la posición de la investidura envenenó el debate interno. Sánchez resistió e hizo bandera del "no es no"

El 26-J no relegó a los socialistas al tercer puesto del cajón, como vaticinaban las encuestas (incluso las de esa misma noche), pero sí dejó más herido al partido: bajó de los 90 a los 85 diputados y aumentó la mayoría de Rajoy, aunque no lo suficiente como para obtener la investidura con el único apoyo de C's. El PSOE tenía de nuevo la llave. Pero Sánchez no estaba dispuesto a dársela, aunque él mismo, al igual que su núcleo más cercano, barajó en un momento la abstención, por la que Vara apostó sin tapujos desde la apertura de las urnas. Era la solución a la que miraban los presidentes autonómicos socialistas, pero no se atrevían a explicitarla públicamente: querían que el secretario general asumiera el coste del viraje.

Pero Sánchez les sorprendió una vez más con su resiliencia. Una vez acordado el voto contrario a Rajoy en el comité federal de julio, para el que aún el PP no había trenzado ninguna alianza, fue subiendo los peldaños de la escalera del "no es no". Afianzando su posición, haciendo más difícil el retorno.

La jugada final

A finales de agosto, el presidente del Gobierno logró el apoyo de Ciudadanos y de Coalición Canaria. 170 escaños. Insuficientes. Pero Sánchez no se movía, para inquietud de los barones, que comenzaron a protestar por la falta de debate interno a raíz del cambio de escenario. El partido encadenó enseguida la fallida investidura de Rajoy con la convulsa campaña de las elecciones vascas y gallegas. De nuevo, perspectivas más que sombrías que la dirección no acababa de creerse, en medio de un clima guerracivilista, con los cuchillos más que afilados.

Tras las vascas y gallegas, los acontecimientos se precipitan: anuncio de congreso exprés, entrevista de González, órdago de Sánchez, dimisión de la ejecutiva

El 25S se cumplieron los pronósticos. El PSOE volvía a precipitarse al abismo en las dos comunidades, dirigidas por líderes de la confianza de Sánchez, que hizo bandera de su "no es no" y de su emplazamiento constante a Podemos y Ciudadanos para que hicieran posible lo imposible, un Gobierno del cambio. Tras una noche negra, el secretario general solo tenía dos salidas: escapar o resistir. Y optó por la segunda vía, anunciando un congreso exprés para lograr blindarse en el cargo y poder desprenderse del acoso de sus críticos. Pero estos ya no estaban dispuestos a transigir. El 28 de septiembre, horas después de una explosiva entrevista de Felipe González en la que confesaba sentirse "engañado" y del último órdago a la grande de Sánchez —"Me gustaría saber en qué bando está Susana Díaz"—, 17 miembros de su ejecutiva dimitieron para forzar su caída. El líder de piel de rinoceronte aguantó el envite.

Susana Díaz, junto al presidente de Aragón, Javier Lambán; la líder del PSOE cántabro, Eva Díaz Tezanos; el presidente manchego, Emiliano García-Page, y la jefa del PSE, Idoia Mendia, en el comité federal del pasado 23 de octubre. (EFE)
Susana Díaz, junto al presidente de Aragón, Javier Lambán; la líder del PSOE cántabro, Eva Díaz Tezanos; el presidente manchego, Emiliano García-Page, y la jefa del PSE, Idoia Mendia, en el comité federal del pasado 23 de octubre. (EFE)


Llegó vivo al comité federal del 1 de octubre. Pero murió momentáneamente ese día, derrotado por sus compañeros y reemplazado por una gestora presidida por Javier Fernández y controlada por Andalucía y la nueva mayoría. La cúpula provisional tuvo que reconducir en apenas tres semanas la posición del partido respecto a la investidura y bregar con la intensa contestación de las bases. Consumó el viraje a la abstención en el comité del 23 de octubre y evitó el abismo de unos nuevos comicios que se presumían letales para el PSOE pero no pudo ahorrarse ni la división dentro del grupo ni el enfrentamiento con un PSC que enseguida recibió la amenaza de que podría salir de los órganos federales de dirección por haber desobedecido el mandato del comité federal.

La estrategia de la "oposición útil"

El pulso del PSOE ha bajado en los últimos meses, aunque el cabreo de las bases persiste y las heridas siguen muy abiertas. La gestora ha castigado al sanchismo en el Parlamento, ha desplegado una estrategia de "oposición útil", buscando ocupar la "centralidad" del tablero, y mantiene la duda sobre la fecha del 39 Congreso, que se aprobará el próximo 14 de enero.

Mario Jiménez y Javier Fernández, portavoz y presidente de la gestora, el pasado 27 de octubre en el Congreso, durante el debate de investidura de Mariano Rajoy. (EFE)
Mario Jiménez y Javier Fernández, portavoz y presidente de la gestora, el pasado 27 de octubre en el Congreso, durante el debate de investidura de Mariano Rajoy. (EFE)


Hasta que no esté claro el calendario, todos los posibles candidatos mantendrán sus cartas a buen resguardo. Sánchez, que dejó su escaño en el Congreso el pasado 29 de octubre, coquetea con su vuelta. Sus apariciones desde su marcha han sido contadas. La sorprendente entrevista con Jordi Évole, los dos actos con militantes en Xirivella (Valencia) y El Entrego (Asturias), las conferencias internacionales en Washington, México o Berlín. Y su aviso, este viernes en 'El Mundo', tras el apoyo manifestado por 68 cuadros medios y su petición expresa de que compita en primarias, de que no hablará de su candidatura hasta que no esté convocado el congreso. Por el camino, ha perdido el aval de varios de los barones que estaban a su lado hasta su caída, desconfiados de que sea la mejor solución. Díaz es a día de hoy la aspirante más segura. Respaldada por la mayoría de presidentes socialistas y de los notables del partido, acumula un importante rechazo de parte de las bases. Y Patxi López, el tercer nombre más citado, aún calibra sus opciones.

Sánchez coquetea con la posibilidad de presentarse, Díaz es la aspirante más clara y López aún medita qué hacer. La fecha del congreso sigue en el aire

2016 acaba y con él una pesadilla constante para el PSOE. Un año sin apenas tregua en una guerra fratricida que aún no ha conocido su capítulo final. Nada ha sentado bien al partido. Ni siquiera el Gordo de Navidad. 2016 se levantó cruzado y muere dejando al PSOE en la uvi, maltrecho, dividido e instalado en la tensión y la incertidumbre.

Un partido abierto a más pactos con el PP... pero con condiciones

Los socialistas se sienten conformes con su estrategia de "oposición útil", y aunque rechazan la idea de la gran coalición, sí están dispuestos a pactar más asuntos con el PP que mejoren la vida de los ciudadanos o que traten cuestiones nucleares. "El PSOE es un partido de Estado y siempre que se pongan encima de la mesa pactos de Estado, de trascendencia institucional para el conjunto de la ciudadanía y que deban preservarse de las posiciones partidistas, evidentemente el PSOE estará", garantizó este viernes el portavoz de la gestora, Mario Jiménez, en la rueda de prensa de balance del año en Ferraz. 

El dirigente andaluz incidió en que su partido analizará todas las ofertas que le haga el Ejecutivo, para ver si se trata de acuerdos de interés general o de "otra cosa". Si Mariano Rajoy busca que el PSOE avale cualquier medida, avisó, "será muy complicado" el consenso. Los socialistas presumen de situarse en el "centro del tablero político", por lo que auguran una legislatura "fructífera", dada la debilidad parlamentaria del PP. 

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