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El fiasco del fútbol de posesión o cómo Luis Enrique y sus jóvenes fracasaron en el Mundial
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EL ADIÓS DEL ASTURIANO

El fiasco del fútbol de posesión o cómo Luis Enrique y sus jóvenes fracasaron en el Mundial

Luis de la Fuente es el nuevo seleccionador. El Mundial de España fue un fiasco por un partido en el que tuvieron el balón, pero fueron demasiado planos. Les faltó verticalidad

Foto: Luis Enrique fracasó en el Mundial de Qatar. (EFE/Friedemann Vogel)
Luis Enrique fracasó en el Mundial de Qatar. (EFE/Friedemann Vogel)
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Les voy a contar una historia. Una vez acabada la Guerra Civil, la dictadura se encontró con grandes bolsas de falangistas desharrapados que no tenían oficio conocido y deseaban una parte del botín. El franquismo los fue colocando poco a poco en lugares subterráneos desde donde se convirtieron en los ojos y los oídos del Régimen. Muchos acabaron en las porterías de los grandes edificios de Barcelona y Madrid. Y otros tantos fueron colocados en la educación. En la mayoría de los casos era gente sin estudios, así que se les ofreció lo único que podían enseñar: Educación Física. Buena parte de los profesores de esta asignatura de la España franquista eran falangistas a los que se les buscó un destino mediocre, pero sin incertidumbre. Eran —entre otros— los formadores del espíritu nacional. Hombres y mujeres. Todavía en los ochenta se les podía ver en los institutos y en las escuelas inculcando valores a los chavales. Valores vagamente cristianos, algo así como una solidaridad en apariencia hija de aquel "niño, no destaques" que fue uno de los lemas no oficiales de la dictadura. Al genio o al superdotado se le miraba cruzado. Al que destacaba físicamente no se le permitía abusar de sus dones. Salirse de la norma era atentar contra los compañeros. Al fin y al cabo, cualquier profesor anhela ser una guía espiritual para sus alumnos, convertidos entonces en algo superior: discípulos. Eran catequistas y bastante plastas.

Así empezó a formarse el espíritu nacional. El juego asociativo siempre se ha revestido de virtudes morales en España. No era una cuestión solo práctica, era algo más que Valdano conceptualizó en su fútbol de derechas (Capello, defensivismo y táctica mezquina) y futbol de izquierdas (libertad del jugador, belleza y ataque). Con Cruyff y su desembarco en el banquillo del Barcelona esas intuiciones tomaron la forma de un método: era el estilo irrenunciable, algo que con Guardiola se convirtió en la puerta de entrada a una nación tan espléndida como los palacios de las heroínas Disney. El resto del país siguió a lo suyo hasta que Luis Aragonés ganó la Eurocopa del 2008 y Clemente nos avisó sobre el tiki-taka. En los dos años siguientes pasaron muchas cosas: Pep desembarcó en el FCB con su verbo profético y comenzó a hacer un fútbol que era casi una tierra prometida. Además, la Selección ganó el mundial de Sudáfrica con Xavi Hernández a la batuta. El estilo de posesión se convirtió definitivamente en una ley moral. Una ley que dejaba al Real Madrid (con José Mourinho y su fútbol bellísimo y sangriento como el bombardeo de Dresde) fuera del orden sagrado de las cosas.

Foto: Luis Enrique felicita a Bono tras caer eliminada España. (Reuters/Lee Smith)

España es un país obsesivo y fanático en la idea, y esto es así porque las ideas, aunque nazcan inocentes, siempre se acaban transformando en morales. Y la moral (la ley religiosa) está por encima de la realidad. Son ideas/intuiciones que creemos superiores y a eso nos tenemos que sacrificar. Esa forma de pensar sigue estando en nuestro país, en las profundidades, donde el monstruo va tomando forma, y en la superficie, donde se verbaliza a través de frases-llaves, estereotipos candorosos y cálidos que nunca se revisan a la luz de la razón. Tras la derrota contra Marruecos, los comentaristas, el seleccionador y los jugadores dejaron un reguero de comentarios con el que se podía fundar una religión de autoayuda.

Manual de autoayuda para el juego de posesión:

1) "Hay unos principios irrenunciables y sería una pena que el simple hecho de perder nos hiciera apartarnos de ellos".

2) "Fuimos los mejores durante 120 minutos, pero el balón no quiso entrar".

3) "Hemos dominado la pelota, hemos dominado el partido, pero a veces el contrario se defiende bien y todo es difícil".

4) "Estoy orgulloso de los chicos, han plasmado la idea que yo tenía sobre el césped y eso es la verdadera victoria. Si algo ha salido mal es solo culpa solo mía".

5) "Se ha jugado a lo que nosotros queríamos. En las dos últimas competiciones nos han echado en los penaltis, que al fin y al cabo es una lotería".

6) "No se pueden hacer las cosas en función del resultado, eso sería peor que la derrota".

7) "Nuestro estilo no se discute".

placeholder Marruecos celebró a lo grande la victoria ante España. (EFE/José Méndez)
Marruecos celebró a lo grande la victoria ante España. (EFE/José Méndez)

Jugar en función del resultado

No hay ni una sola verdad en todas estas frases. Una verdad como las de la naturaleza, áspera y salvaje. Solo frases que convierten en niños a quienes se las creen. Una nana con música de fondo de las que suenan en los ascensores. Nos las cantaba Luis Enrique antes de irnos a dormir. Después del abrupto despertar, aquello suena a estafa, a cacofonía, a música descacharrada de un tiempo a olvidar.

Hacer las cosas en función del resultado es lo que lleva haciendo la naturaleza desde que la vida surgió en los océanos. Es la única ley que mueve el mundo. Lo que se vuelve obsoleto, desaparece. Solo los que se adaptan, sobreviven. Como en España casi todo se convierte en un orden moral, alcanzar lo práctico —la realidad— es casi una heroicidad. Nos cuesta levantar el tejido de la narrativa que se instala entre nosotros, dentro de nosotros, por encima de nosotros. Y debajo de la narrativa está la playa. Está el mar. Está Mbappé corriendo contra todos los registros. Está la verdad objetiva de lo obsoleto que ha quedado el juego de posesión.

Foto: El seleccionador de España, Luis Enrique. (Getty Images)

El juego de posesión se ha convertido en la única verdad de nuestras canteras desde 2010. En una idea marco que tiraniza cualquier talento diferente que se oponga al juego asociativo. Partidos sin porterías, prohibición de tirar desde fuera del área, obsesión por defensas que no sean expeditivos y se adelanten a la jugada, entronización del pase por encima del regate o la conducción. Estos mantras —ideas morales bien encajadas en el relato contemporáneo— se repiten en todas las canteras españolas, donde el auténtico talento, que es siempre narcisista y diferente, que busca la gloria y el estruendo del gol, queda enjaulado y domesticado, y en muchos casos es expulsado fuera del fútbol o se le liman tanto los colmillos que se convierte en un animal indiferente y burgués. La Selección del 2010 tenía grandes goleadores como Villa y Torres. Auténticas bestias de otro tiempo como Ramos. Animales competitivos de pierna dura y pase largo como Xabi Alonso. Genios como Casillas hechos desde la imaginación. Y también, los magníficos jugadores de La Masía. Era la auténtica diversidad que se manejaba gracias a un orden común dictado por Xavi e Iniesta. Desde la entronización del juego de posesión, esa diversidad ha desaparecido. Como también ha desaparecido el jugador autosuficiente, que es el que rasga al adversario en el peor momento. Y tras el trazo de genio, vuelve el equipo a respirar hacia la victoria.

placeholder Iniesta y Xavi eran los líderes de aquella Selección. (EFE/Enric Fontcuberta)
Iniesta y Xavi eran los líderes de aquella Selección. (EFE/Enric Fontcuberta)

Una circulación sin ritmo ninguno

Quizá lo peor de la Selección de Luis Enrique, ha sido ver como él mismo se ha erigido como Rey Sol. Ha sido un triste espectáculo como es triste muchas veces encender la tele y ver todos esos payasos sin gracia que llenan nuestras sobremesas. Son un poco como aquellos falangistas del principio: gente sin apenas talento que son puestos por el sistema para formar (o formatear) nuestro espíritu. Luis Enrique es un fanfarrón. Se aúpa sobre sí mismo para aparentar un carisma que no tiene. Ha hecho una bonita Selección llena de seminaristas, donde todo funciona bien cuando el viento sopla a favor. No hay nada más anticompetitivo que eso. Los contrarios irán a por ti, conocerán tus puntos débiles, y entonces, los jugadores aniñados —cocinados por Luis Enrique— a los que se les ha quitado el sentido de la responsabilidad, no sabrán qué hacer, se encerrarán en el intercambio de pases sin riesgo y como en las neurosis, aplazarán la llegada de la realidad lo máximo posible. Y esa realidad son los penaltis, donde ni siquiera supieron dispara —un gol es un pase a la red, recuerden— y tras el descalabro, mirarán al padre en busca de consuelo.

La velocidad endemoniada y el ritmo. Los desplazamientos milimétricos de las defensas. Las triangulaciones rápidas seguidas de cambios de orientación automática. La sobredosis de talento africano pasado por la escuela europea. La estela gigantesca de Cristiano, donde se han montado las nuevas estrellas. Todos los movimientos del fútbol de los últimos años van contra la forma instalada en España de jugar. Y buena parte de esas innovaciones vienen —precisamente— de buscar las formas para acabar con el dominio del Barça de Guardiola y de la Selección española comandada por Del Bosque. Desde el 2012 nadie gana en competiciones internacionales con ese hijo bastardo del fútbol asociativo que es el juego de posesión. Ni siquiera el Barça del tridente se puede considerar así. Eran tres genios con un buen andamiaje detrás. Las ideas no están por encima del resultado. Ni en el fútbol ni en ninguna parte. Si fuera así, el ser humano ya se hubiera extinguido hace tiempo. Como los dinosaurios, que pensaron que solo los más grandes iban a sobrevivir.

Les voy a contar una historia. Una vez acabada la Guerra Civil, la dictadura se encontró con grandes bolsas de falangistas desharrapados que no tenían oficio conocido y deseaban una parte del botín. El franquismo los fue colocando poco a poco en lugares subterráneos desde donde se convirtieron en los ojos y los oídos del Régimen. Muchos acabaron en las porterías de los grandes edificios de Barcelona y Madrid. Y otros tantos fueron colocados en la educación. En la mayoría de los casos era gente sin estudios, así que se les ofreció lo único que podían enseñar: Educación Física. Buena parte de los profesores de esta asignatura de la España franquista eran falangistas a los que se les buscó un destino mediocre, pero sin incertidumbre. Eran —entre otros— los formadores del espíritu nacional. Hombres y mujeres. Todavía en los ochenta se les podía ver en los institutos y en las escuelas inculcando valores a los chavales. Valores vagamente cristianos, algo así como una solidaridad en apariencia hija de aquel "niño, no destaques" que fue uno de los lemas no oficiales de la dictadura. Al genio o al superdotado se le miraba cruzado. Al que destacaba físicamente no se le permitía abusar de sus dones. Salirse de la norma era atentar contra los compañeros. Al fin y al cabo, cualquier profesor anhela ser una guía espiritual para sus alumnos, convertidos entonces en algo superior: discípulos. Eran catequistas y bastante plastas.

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