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Desmitificando la recesión económica: por qué no hay que temer a la crisis que llega
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Análisis de la coyuntura

Desmitificando la recesión económica: por qué no hay que temer a la crisis que llega

El pesimismo cotiza al alza, pero la realidad es que las economías se han saneado de forma notable en la última década y muestran una gran resiliencia a los 'shocks' geopolíticos y sanitarios

Foto: Imagen de una tienda en liquidación en Londres. (EFE)
Imagen de una tienda en liquidación en Londres. (EFE)
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La confianza del consumidor en España se desplomó en julio hasta marcar su peor nivel desde el año 2012. Esto es, el pesimismo ha cundido entre las familias hasta el punto de ser ya comparable a los registros del año que España fue rescatada. El pesimismo cotiza al alza en los últimos años. Desde la crisis financiera que los políticos no supieron anticipar, los economistas no quieren pecar de optimistas y los consumidores piensan que lo siguen siendo en exceso. Se produce una tendencia a sobreponderar las malas noticias que ha llevado a la confianza de los hogares a mínimos desde 2012 en un momento en el que la economía no está, ni de lejos, en una situación similar.

Es indudable que vienen meses complicados, y esto no es cuestión de pesimismo u optimismo. La inflación ha deteriorado rápidamente la capacidad adquisitiva de los hogares y, aunque el ahorro de la pandemia les ha dado un margen para seguir gastando, en algún momento tendrán que recortar el consumo. Previsiblemente, ese momento llegue tras el final de las vacaciones, cuando las familias agoten la demanda embalsada de ocio y turismo.

Foto: Imagen de un puerto de carga. (iStock)

Además, la subida de los tipos de interés del Banco Central Europeo (BCE) está encareciendo los costes financieros para hogares y empresas, frenando los procesos de inversión y contratación del sector privado. Por último, la incertidumbre sobre el suministro de gas a Europa durante el invierno termina por configurar un escenario de pesimismo generalizado.

El riesgo de recesión en Europa es evidente. El Banco de Inglaterra ya advirtió esta semana que su escenario central pasa por una recesión que comenzaría a finales de este año 2022 y se extendería durante 2023. En su caso, los tipos de interés no están en el 0% como en la eurozona, sino que ya alcanzan el 1,75% tras la última subida aprobada este jueves, la más agresiva en casi tres décadas. El Reino Unido, al igual que Estados Unidos, va más avanzado en el ciclo económico que España y, por tanto, sus medidas para combatir la inflación deben ser más duras con la economía (por cuestiones de los efectos de segunda ronda que se abordarán más adelante).

En el caso de España, la preocupación ha surgido con fuerza esta semana tras conocerse que por primera vez en la serie histórica se destruyó empleo en un mes de julio. En plena temporada alta del turismo. De nada han servido los esfuerzos del Gobierno para restar importancia al dato, el pesimismo ya campa a sus anchas por España y hay quien espera una recesión antes de que acabe el año. Es posible que sea así, todo dependerá de la evolución del consumo y, sobre todo, del suministro de gas desde Rusia. Sin embargo, el inicio de una recesión no significa una crisis profunda.

El recuerdo de las tres últimas recesiones (2008, 2011 y 2020), todas ellas profundas e intensas en destrucción de empleo, invitan a sobreestimar el impacto de una crisis. Sin embargo, lo más habitual hasta ese momento eran las crisis cortas y de rápida recuperación, como fueron las de los setenta, noventa o inicios de los dos mil. De hecho, incluso la crisis de la pandemia, aunque muy profunda, fue corta. La mayoría de los países desarrollados estuvieron solo dos trimestres en contracción y recuperaron el nivel de empleo y ocupación apenas un año y medio después de la llegada del virus.

Aunque nunca se puede descartar que una recesión se complique, los mimbres que tiene la economía actualmente (tanto en los países desarrollados como en España), no apuntan a una crisis muy profunda. De hecho, una buena parte de los problemas están directamente relacionados con el exceso de demanda tras el final de la pandemia. Esto es, no hay un problema de parón del consumo, sino todo lo contrario: ha crecido tanto que la oferta no consigue satisfacer todas las necesidades.

Estados Unidos puede ser un buen espejo en el que Europa puede mirarse, ya que el país va con varios trimestres de adelanto en su ciclo económico. A inicios de 2021 ya había recuperado el PIB previo a la pandemia y sufría el episodio inflacionista hace ya un año, con el agravante de subidas de salarios por la escasez de mano de obra (la temida segunda ronda de la inflación). Después de las agresivas subidas de tipos de la Reserva Federal, Estados Unidos entró en recesión en la primera mitad del año, previsiblemente lo que le ocurrirá a Europa en los próximos trimestres.

Sin embargo, esta recesión está siendo muy moderada: la contracción del primer trimestre fue del 0,4% y la del segundo, del 0,2%. Se trata de una caída leve que implica un ajuste de algunos de los excesos que se estaban acumulando en la demanda. En ningún caso supone un desplome de la actividad, de hecho, en tasa interanual, el PIB todavía sigue creciendo.

A pesar de la recesión, el mercado laboral estadounidense muestra un gran dinamismo, lo que descarta que la crisis se esté contagiando a los hogares por la vía del desempleo. Durante los dos trimestres de recesión Estados Unidos creó nada menos que 2,7 millones de empleos, un crecimiento del empleo de casi el 2%. Y el número de vacantes siguió cerca del máximo histórico con algo más de 11 millones de puestos de trabajo sin cubrir. Y en el inicio del tercer trimestre se crearon algo más de medio millón de empleos, lo que supone el mejor dato desde febrero. De hecho, la recesión podría estar a punto de terminar en EEUU.

Esto significa que la contracción de la actividad está siendo compatible con un mercado laboral todavía muy dinámico en el que existen grandes problemas de mano de obra. La tasa de paro cayó en julio a un nuevo mínimo histórico del 3,5%, lo que se puede considerar ya pleno empleo. En parte la recesión está causada por las dificultades que tienen las empresas para producir todo lo que desearían. En ningún caso se trata de una contracción grave provocada por un ajuste de la demanda ante los desequilibrios acumulados.

Los desequilibrios

Diferenciar el tipo de crisis al que nos enfrentamos es clave para acertar en las políticas económicas. En el año 2008, el Gobierno no comprendió que se avecinaba un gran ajuste por los desequilibrios de la balanza por cuenta corriente que había acumulado el sector privado y se lanzó a compensar la caída de la demanda con inversión pública improductiva. Levantar y volver a cementar aceras. El resultado fue que también el sector público se endeudó y el ajuste posterior fue mucho más duro.

Foto: Emilio Ontiveros. (EFE/Archivo/Elvis González)

En esta ocasión, las causas de la crisis son muy diferentes, ya que los desequilibrios se corrigieron con mucho esfuerzo durante la década de los dos mil diez. España acumula diez años consecutivos de superávit por cuenta corriente, esto es, repagando la deuda externa. Lo hace después de décadas en las que fue sumando déficits que desembocaron en la crisis de 2008. Ni siquiera el hundimiento del turismo ha evitado que España siguiese repagando su deuda externa. En el año 1995 España tenía una deuda externa neta equivalente al 21% del PIB y pasó a deber un 98% a finales de 2009. Esto es, para repagar todas sus deudas tenía que destinar la producción de un año completo de todo el país. El ajuste comenzó en el año 2014 y en 2022 la deuda externa ya es inferior al 67% del PIB.

El sector privado ha hecho un gran esfuerzo para ajustar sus balances en la última década. Su deuda (de empresas y hogares) llegó a superar el 220% del PIB durante la crisis financiera y actualmente se sitúa en el 158%. Esto significa que el ajuste del sector privado compensa con creces el incremento de la deuda del sector público y convierte a España en un país más saneado.

En este contexto, no es previsible que se produzca un gran ajuste de la demanda interna. Menos si se tiene en cuenta que la ejecución de los fondos europeos sigue introduciendo un gran estímulo fiscal. En las encuestas de confianza también se aprecia la gran diferencia que existe entre el pesimismo sobre la evolución económica y la situación financiera de los hogares. La encuesta a consumidores que elabora mensualmente el CIS muestra cómo el la percepción que tienen sobre la evolución económica se ha desplomado a menos de la mitad desde el inicio del año, mientras que declaran que la situación en el hogar se ha mantenido mucho más estable y la percepción del empleo incluso ha mejorado.

Se está produciendo una brecha entre la situación de los hogares y la percepción que tienen del futuro económico. Este hecho aumenta la posibilidad de que se produzca una recesión si las familias eligen aumentar su ahorro precautorio, pero reduce la posibilidad de una crisis profunda, ya que el ahorro embalsado evita que tengan que hacer un ajuste forzoso.

Desde el estallido de la pandemia la economía ha mostrado una resiliencia inesperada. Y eso que los ‘shocks’ económicos han sido muy severos, desde los confinamientos hasta las rupturas en las cadenas de suministro. Ni siquiera la gran incertidumbre vivida durante esos meses consiguió extender la recesión. Lo que ha ocurrido desde el año 2020 es que cuando las condiciones sanitarias lo han permitido, la economía ha crecido intensamente, señal inequívoca de la inexistencia de grandes desequilibrios. ¿Se imagina cómo habrían reaccionado las empresas o las familias a un confinamiento en el año 2008 cuando estaban enterrados en deuda?

Ahora son los estados quienes están más endeudados, y esto supone una vulnerabilidad evidente para la economía. Sin embargo, la experiencia de la última década también supone una garantía anticrisis. Tras la quiebra de Lehman Brothers, las autoridades de Estados Unidos optaron por poner la política monetaria y fiscal a sostener la economía, evitando una quiebra masiva de bancos y ayudando a las familias y empresas. El resultado fue una salida rápida de la crisis (la recesión duró cuatro trimestres y a finales de 2010 el país ya había recuperado el PIB del pico de la burbuja). En Europa, por el contrario, dominó la política contractiva, tanto fiscal como monetaria, dando como resultado una larga crisis. La eurozona no recuperó el PIB de 2008 hasta 2015, casi cinco años después que EEUU.

Foto: Imagen de una frutería en Madrid. (EFE/Luis Millán)

La lección aprendida es que los desequilibrios es mejor corregirlos durante los ciclos expansivos. En las crisis es imprescindible sostener la economía en la medida de lo posible para los estados y los bancos centrales, Es por este motivo que el BCE ha diseñado un instrumento nuevo de política monetaria para mantener controladas las primas de riesgo de los países europeos. Esto es, para que los estados puedan seguir endeudándose y manteniendo el estímulo fiscal. Todo para evitar una gran crisis.

El riesgo de una recesión brusca es indudable en el contexto de guerra económica con Rusia, el principal suministrador de energía a la UE. Un corte total del flujo de gas y petróleo podría provocar importantes parones en la producción industrial europea, destrucción de empleo y malestar social. Sin embargo, este no es el escenario base que manejan actualmente los expertos en geopolítica. Sobre todo, porque el Kremlin tendría que pagar un alto coste por cerrar el grifo a Europa.

Esto explica que la práctica totalidad de analistas esté esperando una recesión corta y poco profunda. El FMI, que revisó sus previsiones a finales de julio, espera que la economía global crezca un 3.2% este año y un 2,9% el próximo. Y para los países avanzados proyecta un avance del 2,5% en 2022 y del 1,4% en 2023. Esto es, en el escenario base no hay cabida a la recesión, en todo caso a un trimestre aislado de contracción que sería corta y superficial. A pesar de todas las amenazas que se ciernen sobre la economía global, aún no hay indicios suficientes que inviten a pensar en que hay una gran crisis esperando a la vuelta de la esquina.

La confianza del consumidor en España se desplomó en julio hasta marcar su peor nivel desde el año 2012. Esto es, el pesimismo ha cundido entre las familias hasta el punto de ser ya comparable a los registros del año que España fue rescatada. El pesimismo cotiza al alza en los últimos años. Desde la crisis financiera que los políticos no supieron anticipar, los economistas no quieren pecar de optimistas y los consumidores piensan que lo siguen siendo en exceso. Se produce una tendencia a sobreponderar las malas noticias que ha llevado a la confianza de los hogares a mínimos desde 2012 en un momento en el que la economía no está, ni de lejos, en una situación similar.

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