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Cuando mi hija y yo saboteamos una huelga de Sanidad
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Cuando mi hija y yo saboteamos una huelga de Sanidad

Lo público y lo privado determinan en qué medida uno acepta ser solo gente

Foto: Manifestación por la Sanidad pública en Madrid. (EFE/Sergio Pérez)
Manifestación por la Sanidad pública en Madrid. (EFE/Sergio Pérez)

Después de pasar toda la tarde en un centro comercial o en el zoológico, les suelo preguntar a mis hijos si quieren volver a casa en taxi o en autobús. Curiosamente, suelen elegir el autobús. Les parece más simpático; también les marea menos. Entonces les digo que ir en taxi hará que estemos en casa en 15 minutos, frente a los 40 del autobús; que en el taxi podremos sentarnos y nadie nos molestará; que nos dejará en la puerta, y así no habrá que andar desde la parada del autobús a casa. También les digo que, por todo eso, ir en taxi nos cuesta 10 veces más que ir en autobús.

Siempre cogemos un taxi porque soy yo el que no puede más. Mis hijos aún creen que ir en taxi es de pringados. Lo que mola es el autobús.

Foto: Concentración de los médicos frente a la Gerencia de Atención Primaria. (EFE/Fernando Villar)

Las diferencias entre el taxi y el autobús son las diferencias entre los servicios privados y los servicios públicos. Un autobús nunca podrá ser un taxi, por mucho que mejore la red de transportes de tu ciudad. Yo creo que esto la gente no lo acaba de entender.

El autobús no para en mitad de la calle si alzas la mano, ni te deja en tu portal aunque pase por delante. Esto es así porque el servicio público se concibe como el punto intermedio entre los intereses de todos los ciudadanos. Se podrían poner más autobuses, pero, al cabo, nunca te dejarían en la puerta. Asimismo, nadie te aseguraría que puedas sentarte, porque la demanda de un servicio público es incalculable, azarosa y no tiene techo. Nadie sabe a cuánta gente le va a dar por tomar el autobús número 34 mañana a las tres y 33 de la tarde.

Enfermar, morir y tener enfermos a los hijos pequeños son situaciones en que nos creemos más importantes que los demás

Lo público se concibe como la cobertura de lo imprescindible. No dejar a nadie sin un medio de transporte, una escuela o un hospital. Cuando usas lo público, eres gente. Ser gente es algo que también se nos olvida mucho.

Lo privado, por esto mismo, consiste en negarse a ser gente y proponer que uno es mejor que todos los demás.

Enfermar, morir y tener enfermos a los hijos pequeños son situaciones en que inmediatamente nos creemos más importantes que los demás. Por eso el debate sobre la sanidad pública es tan confuso.

Público y privado

Primero, tenemos que solo siendo cliente de la sanidad privada puede defenderse con insólito arrojo la sanidad pública. Es una defensa fruto de la mala conciencia, y totalmente inútil. La única defensa real de la sanidad pública consiste en colapsarla. Si acudes a la sanidad privada, desprecias la sanidad pública, y solo hablas bien de ella. Te crees que el personal sanitario de la pública son “ángeles con batas blancas”. Esas chorradas. No sabes lo que dices, pero quedas bien.

Foto: Manifestación en defensa de la sanidad pública en Madrid. (Getty/Europa Press/Alejandro Martínez Vélez)
La atención primaria colapsa y pone la puntilla a un modelo sanitario agotado
Carlos Rocha Gráficos: Ana Ruiz Gráficos: Miguel Ángel Gavilanes

Luego, hay un usuario de la sanidad pública que no sabe que es gente, y se queja. En el hospital hay mucha cola o faltan camas, y algunas personas no dan crédito. Confunden el hospital con un taxi. Normalmente hay camas y normalmente no hay que esperar tanto, pero lógicamente a veces los pobres se ponen malos todos a la vez, y no se puede hacer mejor. La gente cree que su niño enfermo es más importante que todos los niños enfermos que han llegado al hospital antes que ellos. Falta una cama para él, y podríamos ponerla, subiendo el presupuesto. Entonces no habría cama para el niño enfermo que viene después. Podríamos poner dos camas. Entonces no habría cama para un tercer niño eventualmente enfermo.

Ninguna sanidad pública del mundo va a estar vacía cuando llegues, solo para ti

La queja no es en rigor contra el presupuesto destinado a sanidad o contra la política concreta que guía la sanidad en uno u otro sitio; es contra el propio concepto de sanidad pública. Odias la sanidad pública, esto es, ser gente.

Ninguna sanidad pública del mundo va a estar vacía cuando llegues, solo para ti. Da igual cuántos hospitales más se construyan, cuánto personal más se contrate y cuántas mentiras nos cuenten. La sanidad pública no es la sanidad privada. La única manera segura de que nunca se colapse un hospital es que no todo el mundo pueda ir a ese hospital.

Me dirán que, visto así, uno no puede quejarse de la sanidad pública. Claro que puede quejarse. Uno puede quejarse de la sanidad pública únicamente si la frecuenta.

Yo, después de 100 gripes, dos nacimientos y una muerte, y de no haber visto nunca ni la puerta principal de una clínica privada, detesto la sanidad pública.

Foto: Un sanitario del Clínic de Barcelona recorre uno de los pasillos del centro en una imagen de archivo. (EFE)

Desde los constipados a la quimioterapia, lo que he encontrado habitualmente en la sanidad pública es maltrato. Incluso para pedir un cambio de médico en un mostrador del centro de salud hay que armarse de determinación: nunca una mujer de un mostrador de estos me ha atendido, no ya con amabilidad, sino solamente a mi favor.

Maltrato

Recuerdo ir a una especialista en un centro de especialidades de Orcasitas y esperar frente a una puerta cerrada una hora entera. Dentro no había nadie. La especialista llegó una hora tarde porque tendría cosas que hacer por ahí.

Recuerdo ir al médico de familia y escuchar la charla entre un psicólogo y su paciente en la sala de al lado, pues la puerta cerrada no evitaba la publicidad de su conversación, y oírle al psicólogo: “La hora de la cita para ti es obligatoria, para mí es orientativa”, y luego escuchar cómo humillaba y destrozaba a la pobre chica que acudía al psicólogo público y que no paraba de llorar.

Foto: Huelga de médicos en Madrid. (EFE/Rodrigo Jimenez) Opinión

Recuerdo al gilipollas que trajo al mundo a uno de mis hijos, con un pañuelo en la cabeza donde aparecían pintadas una calavera y dos tibias. ¿Cuánto duraría alguien así en la clínica Ruber?

Recuerdo todas las veces que se negaban a atenderme porque no tenía trabajo, pues no cotizaba.

Recuerdo la facilidad con la que un familiar, amigo, amante o cuñado de un médico, o una persona poderosa, recibe cita y atención inmediatas en la sanidad pública. ¿No es esto sanidad privada dentro de la sanidad pública, amigos?

Si te pones malísimo, procura que no sea el fin de semana, porque te mueres

Recuerdo saber que, si te pones malísimo, procura que no sea el fin de semana, porque te mueres. Los médicos buenos están esquiando o haciendo barbacoas, y el hospital está en manos de gente que no sabe por dónde se sujeta un bisturí.

Recuerdo el robo sucesivo en los parkings de los hospitales y en las cafeterías de los hospitales, con precios propios de un aeropuerto en Dubái. ¿Esto es la sanidad pública?

Recuerdo que en la Paz hay un McDonald's. ¿Permites un McDonald's en un hospital? ¿Y por qué no un club de fumadores?

Recuerdo pediatras tratando a mis hijos peor que a animales. Sin piedad. Sin cariño. Sin vocación. Con anillos de pedrería puntiaguda en los dedos mientras los inspeccionaban.

Foto: Miguel Mínguez, con corbata roja, en la reunión con los representantes de CEMS-CV.

El único trato de veras exquisito, impecable y amoroso que he visto en toda la sanidad pública ha sido a las embarazadas.

Pero los paritorios, las plantas, las consultas todas, el mobiliario y los aparatos que salvan vidas o auscultan corazones o sirven para tenderte son espantosos, soviéticos, miserables, deprimentes, de buscar que te mueras de pura pesadumbre ambiental (con las excepciones de rigor, claro).

Salas de urgencias atestadas de enfermos de cáncer que esperan pasar a planta, arracimados como en cámaras de gas. Oncólogas prestigiosas diciéndote que te vas a curar cuando saben perfectamente que te vas a morir. Mandándote quimio aleatoria sin criterio alguno y yéndose después a su casa, a hacer la barbacoa, y un día morirás y la oncóloga ni lo sabrá, ni pasará inspección alguna por su demencial plan de quimio, ni se sentirá culpable. Una jornada más en la oficina: matar gente.

¿Cuánto dinero más por habitante hay que destinar a la sanidad pública para que un amigo de un médico no sea atendido mañana por la mañana mientras que a ti te han dado cita para abril? ¿Cuánto exactamente?

Foto: La manifestación en defensa de la sanidad pública a su paso por la Puerta de Jerez de Sevilla. (EFE / José Manuel Vidal)

¿Cuántos hospitales hay que construir para que ponerse malísimo un fin de semana sea igual de peligroso que ponerse malísimo un martes? ¿Cuántos refuerzos, plantillas, masas de gente hacen falta para que las señoras que atienden en los mostradores muestren un ápice de amabilidad?

¿Cuán inocente hay que ser para pensar que todo esto va a cambiar simplemente si gobierna uno u otro? En serio, ¿cuán idiota hay que ser?

Permítanme que me alargue un poco más.

Nadie

Hace años fui con mi hija al centro de salud de un popular barrio madrileño. No había nadie. La niña estaba muy floja, debía de tener dos años, y estábamos asustados. No había nadie en el centro de salud porque estaban de huelga. Había, claro, algunos médicos y personal auxiliar.

Foto: Tomas Cobo, presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos. (CGCOM)

Le conté el caso a una señora con bata, supongo que médica (supongo que ella se creería médica). Me dijo que estaban de huelga. ¿Y?, le dije. ¿No ves que traigo una niña de dos años que no puede ni andar? Me dijo (fíjense si me acuerdo) que estaban defendiendo sus derechos. Y me espetó: ¿Qué harías tú? Y yo le dije (obviamente, me acuerdo): Yo no dejaría que un niño sufriera ante mis ojos, eso te lo puedo asegurar.

Nos atendieron. Parece que al final atender a un niño en un centro de salud vacío no abocaba al fracaso de una huelga por la sanidad pública.

¿Qué clase de gente ve a un niño de dos años enfermo y, siendo médicos, se niegan a mirar qué le pasa, porque dejar sufrir a un niño es una forma de defender sus derechos?

Después de pasar toda la tarde en un centro comercial o en el zoológico, les suelo preguntar a mis hijos si quieren volver a casa en taxi o en autobús. Curiosamente, suelen elegir el autobús. Les parece más simpático; también les marea menos. Entonces les digo que ir en taxi hará que estemos en casa en 15 minutos, frente a los 40 del autobús; que en el taxi podremos sentarnos y nadie nos molestará; que nos dejará en la puerta, y así no habrá que andar desde la parada del autobús a casa. También les digo que, por todo eso, ir en taxi nos cuesta 10 veces más que ir en autobús.

Ministerio de Sanidad Noadex
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