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En defensa de 'Autodefensa', la serie más descarada que ofende al antifeminismo
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ESTRENO EL 29 DE NOVIEMBRE EN FILMIN

En defensa de 'Autodefensa', la serie más descarada que ofende al antifeminismo

Miguel Ángel Blanca dirige la segunda serie original de Filmin, una comedia transgresora no por el consumo de drogas —eso ya lo hemos visto muchas veces—, sino por el feminismo de sus protagonistas

Foto: 'Autodefensa' (Filmin)
'Autodefensa' (Filmin)

No se había estrenado aún Autodefensa -lo hace hoy, 29 de noviembre-, que ya había recibido su bautismo de bilis en redes. La segunda serie original de Filmin -la primera fue Doctor Portuondo, de Carlo Padial- nace con el viento del clamor popular en contra: la publicación de su tráiler promocional la semana pasada ya sirvió para que algunos comentaristas regalasen a la platafoma, a su creador, Miguel Ángel Blanca (Magaluf Ghost Town), y sobre todo, a sus dos actrices recién estrenadas como protagonistas, Berta Prieto y Belén Barenys, galanterías del calibre de "cubos de semen", "basura" y "frikis indigentes". Un usuario criticó que tuviesen "un gato acostao [sic] en el sobaco", mofándose del vello corporal Otro que se volviese a explotar "el consumo de drogas, el lesbianismo, la prostitución (¿?) y la fiesta" como pivotes argumentales. Tampoco cayó muy bien el acento catalán de las actrices -que, incluso, ¡hablan en catalán en algunos momentos!- ni su forma de hablar, plagada -infestada, - de neologismos, anglicismos y tacos. Es decir, jerga juvenil de toda la vida de Dios.

Cuando se estrenó Trainspotting en 1996, la opinión pública se dividió entre la apología de las drogas y la defensa como parábola antiestupefacientes. Pero la reacción contra Autodefensa, sin que la mayoría de sus críticos hayan podido verla aún, ha sido muy virulenta. Y enfocada en sus protagonistas. En Trainspotting había sexo, había heroína y había desencanto generacional. Había váteres rebosantes de mierda, había violencia explícita, pero no había vello axilar. Y ahí está la frontera del mal gusto. Esta vez han cruzado la línea. Desde la crisis del sistema de estudios de los 60, Hollywood nos ha llenado las pantallas de narcotraficantes, folladores compulsivos, cocainómanos y asesinos. Carlito, de Atrapado por su pasado (Carlito's Way) vive una resurrección en las paredes de las habitaciones de la chavalería como referente del triunfador hecho a sí mismo -cadenas de oro, pistolas, chicas neumáticas, coches de lujo y montañas de drogas-. La estética del gangsta se impone hasta en los colegios de escudo bordado en el pulóver. Instagram se ha convertido en un catálogo interminable de bikinis minúsculos y labios mayúsculos. Estereotipos de belleza femenina, normalmente desde y para la mirada masculina. Y de las clínicas de estética.

Pero Autodefensa ha osado dislocar los roles tradicionales -"¿ser mujer liberada es reproducir los comportamientos tóxicos de los hombres?", se pregunta una usuaria. La libertad es poder hacerlo sin que te manden a fregar. La libertad es presentar a dos protagonistas que exhiben su vello en las axilas, sus pechos desnudos -no para el disfrute masculino, sino para el suyo propio-, que entienden la sexualidad desde la falta de tabúes, que se muestran naturales y desprejuiciadas, que ejercen un feminismo que evita la victimización y en el que se sienten mucho más seguras que aquellas masculinidades frágiles o tóxicas que ya no saben cómo relacionarse con ellas.

"Demos gracias a Dios de no ser hombres, ¿te imaginas ser un hombre?", bromean en uno de los capítulos. En otro, un chico llora porque piensa que la noche anterior, borracho, hizo algo con una de ellas sin el consentimiento. Mientras él llora, angustiado, ella lo consuela: simplemente empezaron a liarse, le dio pereza echar un polvo rápido y se marchó, nada más. Por cierto, en Autodefensa hay desnudos frontales y pechos al aire y pubis velludos, pero también hay penes erectos y hombres que lloran y fantasías sexuales retorcidas y pajas y preliminares interruptus y mucha autorreflexión.

placeholder Belén Barenys es Belén Barenys en 'Autodefensa'. (Filmin)
Belén Barenys es Belén Barenys en 'Autodefensa'. (Filmin)

Un piso compartido real, con paredes completamente desnudas, burros de ropa en lugar de armarios, camas sin somier, platos sin fregar y, sobre todo, muchas horas de silenciosa resaca inculpada por cadáveres de latas y ceniceros implados de cigarros de liar a medio fumar. Pintalabios de colores en el filtro y ceniza blanca sobre la mesa auxiliar Lack, superficie de comidas, cenas y rayas a veintinueve euros y fácil de montar. Naturalismo en crudo. La dirección de arte de Bruna Ribas es tan perfecta que parece que no existe. El sonido de Cosmic D'Alessandro y el montaje de Víctor Diago son un prodigio del jumpcut y del encabalgamiento, esa reproducción audiovisual de la incapacidad generacional de concentrarse en algo durante demasiado tiempo.

Dos inquilinas que dan sus primeros pasos, temblorosos y desubicados, en esto que llaman preadultez. O postadolescencia. Intento de conversaciones trascendentales para comprender una modernidad que no es ya líquida, sino volátil, etílica, flamígera. Y para entenderse a sí mismas, su lugar en el mundo, su papel como mujeres. Lo primero y lo segundo, quizás no lo tengan claro. Pero sí lo tercero. Porque mientras el hombre del siglo XXI intenta deconstruirse y reconstruirse en esta modernidad volatil -algunos enrocados en el siglo XIX-, las protagonistas de Autodefensa tienen tan claro el camino que ya han superado el discurso del feminismo institucional. Aquí vale la parodia y el chiste de mal gusto, incluso para hablar de las cuestiones más espinosas.

En Autodefensa, Belén Barenys es Belén Barenys. O una versión exagerada y desfasada de Belén Barenys. Conocida también como Memé, la primísima de Rigoberta Bandini demuestra su autonomía como estrella con nombre propio en su segundo papel en una ficción televisiva. Pongamos el acento en la palabra ficción. Con ella, como coprotagonista, Berta Prieto se estrena como actriz en el papel de Berta Prieto. También una versión en la que los rasgos de carácter se acentúan, porque nuestros yo reales del día a día son, en realidad, una plasta que se pasa horas sentada frente a una pantalla, durmiendo, comiendo, escupiendo hebras de tabaco de liar y sacándose pelotillas entre los dedos de los pies. Poco más.

Igual que Michel Houellebecq en El secuestro de Michel Houellebecq. Igual que Nicolas Cage en El insoportable peso de un talento descomunal. Sólo que en estos dos últimos, nadie plantea la veracidad de que un grupo de matones secuestrasen realmente a Houellebecq ni que Nicolas Cage tenga conexiones con el narcotráfico para saldar sus deudas. Ni improbable ni imposible, pero sí ficción. Igual que Larry David, nadie cree real que el cómico se haya acostado con una concejala de urbanismo de Los Ángeles para derogar una ley en relación con la seguridad de su piscina privada. Migue Ángel Blanca ha conseguido un estilo tan directo, que aquí muchos confunden la persona con el personaje.

placeholder La juventud desenfocada de 'Autodefensa'. (Filmin)
La juventud desenfocada de 'Autodefensa'. (Filmin)

Comparan Autodefensa con Cardo, la serie de Ana Rujas y Claudia Costafreda. Porque, al final, qué lo mismo da la crisis de una treintañera de Vallecas frustrada por todo lo que le prometieron y no ha conseguido que dos veinteañeras de Barcelona que estiran sus últimos años de despreocupación adolescente. En común tienen, eso sí, la deriva de dos generaciones confusas. Pero mientras en la primera la protagonista se acerca a las drogas y el sexo desde la autodestrucción y autocompasión, en la segunda las chicas lo hacen desde el hedonismo desaforado.

Si Larry David fuese una veinteañera sin blanca y con ganas de explorarse, sería un personaje de Autodefensa. El guión de Miguel Ángel Blanca, coescrito con sus protagonistas, logra momentos de una incomodidad extrema -atención al segundo capítulo, Fantasía-, subvirtiendo los equilibrios de poder tradicionales con una naturalidad sin filtrar. Los diálogos son hiperrealistas: las protagonistas a ratos divagan, a ratos se autoengañan, a ratos juegan a ser extremadamente directas. Sus personajes son tan entrañables como irritantes. Son una sublimación de todos los defectos que se le atribuyen a su generación -irresponsables, narcisistas-, pero también demuestran un interés por conocerse a sí mismas y el mundo que las rodea. Tienen mucho de pose, pero también un descaro genuino.

placeholder Una imagen del quinto capítulo, 'Ser un concepto'. (Filmin)
Una imagen del quinto capítulo, 'Ser un concepto'. (Filmin)

Hay drogas, muchas drogas. Hay keta y hay coca y hay eme y hay LSD. Hay una generación que levita y se arrastra, medio aletargada, que vive de rave en rave. Pero eso sólo es el colorido de estos personajes en los que, lo más interesante, es su autoconsciencia. "Te llamo para pedirte perdón porque me hice amiga tuya porque eras negro y porque se llevaba el rollo gangsta", "te llamo para decirte que te envidio porque tú no tienes esa cosa de querer ser alguien", "te llamo porque llevo toda la vida subiendo los egos de los hombres de los que me enamoro y creo que tampoco os merecéis vivir en una mentira".

Autodefensa es audiovisual gonzo, con poco presupuesto, muchas ideas y basada absolutamente en las personalidades que la construyen. Son situaciones pequeñas, pocos escenarios, en los que intenta captar el espíritu generacional. La fotografía, a ratos Terry Richardson, con esos focos blanquecinos agresivos, a ratos Philip Lorca-diCorcia, en las que la soledad, con esos puntos de luz ultradirigidos en medio de la oscuridad. La fotografía de Jordi Díaz acompaña a cada uno de los estados de ánimo condensados en cada capítulo, sin perder el carácter directo de la apuesta. Autodefensa es la demostración de cómo se puede convertir el lenguaje de las redes sociales en una pequeña obra de arte cinematográfica sin perder la frescura y, como hemos podido comprobar, la capacidad de transgredir e incomodar. Porque el arte también va de eso. De agitar. Y Autodefensa lo consigue con creces.

No se había estrenado aún Autodefensa -lo hace hoy, 29 de noviembre-, que ya había recibido su bautismo de bilis en redes. La segunda serie original de Filmin -la primera fue Doctor Portuondo, de Carlo Padial- nace con el viento del clamor popular en contra: la publicación de su tráiler promocional la semana pasada ya sirvió para que algunos comentaristas regalasen a la platafoma, a su creador, Miguel Ángel Blanca (Magaluf Ghost Town), y sobre todo, a sus dos actrices recién estrenadas como protagonistas, Berta Prieto y Belén Barenys, galanterías del calibre de "cubos de semen", "basura" y "frikis indigentes". Un usuario criticó que tuviesen "un gato acostao [sic] en el sobaco", mofándose del vello corporal Otro que se volviese a explotar "el consumo de drogas, el lesbianismo, la prostitución (¿?) y la fiesta" como pivotes argumentales. Tampoco cayó muy bien el acento catalán de las actrices -que, incluso, ¡hablan en catalán en algunos momentos!- ni su forma de hablar, plagada -infestada, - de neologismos, anglicismos y tacos. Es decir, jerga juvenil de toda la vida de Dios.

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