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El oscuro sabotaje del Nord Stream: por qué estamos en el momento más peligroso de la guerra
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El oscuro sabotaje del Nord Stream: por qué estamos en el momento más peligroso de la guerra

Las implicaciones son tan inquietantes que señalan que hemos entrado en una nueva fase de la guerra, con todas las consecuencias

Foto: Imágenes por satélite del Nord Stream. (Reuters)
Imágenes por satélite del Nord Stream. (Reuters)
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Apenas unas horas tardamos en saber que las fugas que este martes afectaron a los gasoductos Nord Stream 1 y 2 eran, casi con total certeza, producto de un sabotaje. No solo no existen explicaciones alternativas plausibles, sino que sismólogos de Suecia y Dinamarca registraron lo que a todas luces fueron explosiones justo antes de que se produjesen los escapes. Poco después, la idea de que se había producido una acción intencionada para dañar las tuberías fue confirmada por el Gobierno danés y, algo más tarde, por la OTAN. Funcionarios alemanes han declarado que si la fuga no se repara rápidamente, los gasoductos podrían quedar inutilizables permanentemente debido a la corrosión marina.

¿Quién lo hizo? En poco tiempo, toda una serie de teorías inundaba el espacio informativo, algunas más plausibles que otras. De momento, nadie sabe con certeza quién está detrás del sabotaje, por lo que todo lo que podemos hacer es especular. Pero, sea cual sea la respuesta, las implicaciones son tan inquietantes que señalan que hemos entrado en una nueva fase de la guerra en Ucrania, con todas las consecuencias.

“Gracias, EEUU”

El Confidencial ha constatado que, prácticamente desde el mismo día de la explosión, el ecosistema de medios rusos en todos los idiomas lanzó una campaña coordinada para promover la idea de que el responsable del sabotaje no fue otro que Estados Unidos. Aquí pueden verse ejemplos en inglés, francés, alemán, italiano, polaco y español.

Foto: La zona del escape de gas en el Báltico. (Ministerio de Defensa de Dinamarca)

Los seguidores de estos medios no son los únicos que lo piensan. El mismo día de la explosión, el eurodiputado y exministro de Exteriores polaco Radek Sikorski publicó un hilo de Twitter (que después borró) en el que decía: “Gracias, EEUU”, y donde le decía al Ministerio de Exteriores ruso que alguien había hecho “un trabajito de mantenimiento” en el gasoducto. El mensaje ha sido visto por algunos como una prueba fehaciente de la implicación estadounidense en el incidente. También se ha señalado la existencia de dos vídeos, uno de Victoria Nuland en enero y otro de Joe Biden en febrero, en los que afirman que si Rusia acababa invadiendo Ucrania, el Nord Stream 2 nunca vería la luz. Biden incluso asegura: “Les prometo que seremos capaces de hacerlo”.

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Quizá como evidencias sean algo endebles, pero tienen su base en un contexto real: la férrea oposición histórica de EEUU —tanto con Donald Trump como con Joe Biden— a la construcción, primero, y a la inauguración, después, del Nord Stream 2. Hay una corriente de pensamiento que cree que esta oposición se fundamenta en el deseo de Washington de venderle a Europa los excedentes de gas generados en años previos gracias al ‘fracking’. De este modo, Estados Unidos se desharía de uno de sus principales competidores, cuyos precios, además, serían mucho más competitivos gracias a los gasoductos, frente al mayor coste de enviar gas natural licuado (GNL) por barco desde el otro lado del Atlántico.

Es una idea sólida, que merece ser considerada en profundidad. Ciertamente, la agenda de EEUU es diferente a la de Europa, y podemos dar por hecho que, incluso si los argumentos políticos de Washington a la hora de criticar el Nord Stream 2 tuviesen más peso que los económicos, sin duda estos eran vistos como un beneficio colateral nada desdeñable.

Foto: Un buque metanero de transporte de GNL, cerca de Tokio, en Japón. (Reuters/Issei Kato)

Sin embargo, esta teoría tiene tres puntos débiles. El primero es que septiembre ya no es febrero, y mucho menos los años anteriores. La guerra de Ucrania lo ha transformado todo de manera radical, empezando por el mapa energético, y lo que podía tener sentido entonces no tiene por qué tenerlo ahora. Washington —y, hay que decirlo, también el Gobierno alemán— había advertido de que si Rusia invadía Ucrania el Nord Stream 2 se pararía. Y eso fue exactamente lo que ocurrió el mismo día en que se lanzó el ataque. Nadie había hablado de Nord Stream 1, que en cualquier caso llevaba inactivo desde principios de septiembre por decisión del propio Gobierno ruso.

El segundo punto es que, contrariamente a lo que se tiende a pensar, a EEUU no le sobra el gas para exportar. Las razones son múltiples, pero básicamente el sistema creado en tiempos de bonanza para extraer las grandes reservas de gas en suelo estadounidense mediante ‘fracking’ desapareció con el parón forzoso impuesto por la pandemia del coronavirus. Y, pese a las presiones de la Administración Biden, las grandes empresas energéticas se han negado a hacer las inversiones necesarias para poder incrementar la producción en tiempos de alta demanda por temor a nuevas incertidumbres (ahora mismo, igualmente se están beneficiando de los altos precios). Una situación que perjudica enormemente a la Casa Blanca contribuyendo, por ejemplo, a la elevada inflación. Así que sería dudoso que esta tenga incentivos para perpetuar la actual situación.

El tercer elemento es que una acción de este tipo pondría en riesgo la relación transatlántica, que en estos momentos —a diferencia de hace dos o tres años— se encuentra en una situación estupenda. Tarde o temprano, lo más probable es que los servicios de Inteligencia europeos tengan una idea bastante clara de quién lo hizo y ocultar una posible autoría estadounidense resultaría prácticamente imposible.

Foto: Joe Biden. (Reuters/Evelyn Hockstein)

En resumen, mucho que perder y muy poco que ganar. El Nord Stream 2 ya estaba muerto por razones políticas, y es inconcebible que ningún Gobierno alemán pueda reabrirlo mientras se mantenga el liderazgo ruso actual en las mismas circunstancias. Pero en caso de que se diese esta circunstancia, es probable que el Ejecutivo estadounidense pudiese encontrar alguna manera menos agresiva de oponerse, sin necesidad de dinamitar puentes —más bien tuberías— con sus socios de coalición.

Es decir, que a EEUU le convenga a grandes rasgos que Europa no pueda recibir gas desde Rusia no implica, como infieren algunos, que haya volado los gasoductos. Pero si resulta que es este país quien está detrás, eso abriría la puerta a un escenario en el que Washington estaría yendo por libre en función de sus propios intereses. Las consecuencias podrían ser profundamente desestabilizadoras.

Enviar un mensaje

Casi todo el ‘establishment’ occidental está convencido de que la respuesta al misterio hay que buscarla en la otra gran hipótesis. Expertos en Rusia, como Mark Galeotti, o en energía, como Javier Blas, están convencidos de que lo más plausible es que haya sido Rusia quien ha saboteado las dos tuberías. 'A priori' esto puede parecer contraintuitivo: ¿por qué Rusia destruiría sus propias infraestructuras? Se trata de una pregunta legítima que, a primera vista, carece de respuesta. Pero no es así si uno ha seguido al detalle los acontecimientos de los últimos meses. De nuevo, la guerra de Ucrania lo ha transformado todo.

Foto: EC.

Hay que tener en cuenta que incluso si en un futuro más o menos cercano Rusia volviese a convertirse en suministrador de energía de Europa, esta ha aprendido la lección y está haciendo esfuerzos gigantescos para diversificar sus proveedores y no volver a quedar jamás a expensas de la voluntad de Moscú. Y hay que comprender que para Rusia la energía es ante todo una herramienta de sumisión: la ha utilizado como arma geopolítica contra otros países en decenas de ocasiones, como hizo por ejemplo contra Ucrania en 2009, lo que causó problemas de suministro en gran parte de Europa oriental. Y lo ha vuelto a demostrar esta misma semana, con el anuncio de Gazprom de que cierra todas las demás vías de suministro de gas a Europa que todavía seguían funcionando.

Así, un gasoducto inactivo y que ya nunca más servirá como herramienta de chantaje pierde bastante interés a ojos del Kremlin. Quizás Europa estaría dispuesta en el futuro a volver a recibir gas ruso, pero ya solo como parte de una red general de proveedores y por motivos estrictamente comerciales. Y tal vez con otro país las cosas podrían volver a la normalidad, pero no con Rusia, para la que absolutamente todo es geopolítica. Siguiendo este razonamiento, el propósito de la operación sería sobre todo enviar un mensaje.

Foto: El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, en la cumbre de la Asamblea General de Naciones Unidas. (Ministerio de Exteriores ruso)

“Si quieres señalar que, si te empujan a una escalada, podrías ver los gasoductos extranjeros y otros activos bajo el agua como un objetivo legítimo”, afirma Galeotti, “una opción más segura es atacar el tuyo”. Un atentado contra un gasoducto noruego o báltico sería casi con seguridad visto como un ataque contra infraestructuras críticas de la OTAN, lo cual podría motivar una respuesta militar inmediata. Pero al llevar a cabo el sabotaje en aguas internacionales y contra una tubería de propiedad mixta, sobre todo rusa, el asunto queda dentro de los parámetros de las acciones híbridas, frente a las que no hay una respuesta clara.

En este caso, las implicaciones son todavía más serias: significaría que Vladímir Putin da por perdida toda posibilidad de reconciliación rápida con Europa y está dispuesto a ir hasta el final (aunque hay bastante debate sobre si es o no un farol, como el propio presidente ruso afirmó en su discurso del pasado 21 de septiembre). Este viernes, Rusia anunciará formalmente la anexión de las cuatro regiones de Ucrania bajo control ruso tras el falso referéndum de este fin de semana. Con el sabotaje, Putin estaría diciendo al mundo que va en serio y advirtiendo a sus adversarios de que no se entrometan.

Foto: La terminal de GNL que se está construyendo en el puerto de Paldinski, Estonia. (Alexela)
Dentro de la terminal de gas estonia que quiere socavar el poder energético de Rusia
Mónica Redondo. Paldiski (Estonia) Infografía: Rocío Márquez

La voladura, además, tendría otra ventaja adicional. El consorcio responsable del gasoducto Nord Stream 1 podría alegar causas de fuerza mayor y evitar todas las responsabilidades contractuales y legales que de otro modo conlleva la interrupción del suministro. Por último, como indicio adicional —aunque ni mucho menos concluyente—, submarinos y barcos de apoyo rusos fueron detectados en días previos por varios servicios de seguridad europeos en las áreas donde se produjeron las fugas. Esto está lejos de constituir una prueba puesto que, como señala un oficial de Inteligencia danés en declaraciones a CNN, navíos rusos operan regularmente en estas aguas. No obstante, las autoridades europeas lo están investigando.

Punto de inflexión

Algunas personas han barajado posibilidades alternativas, pero en la mayoría de los casos otros Estados carecen de las capacidades para realizar una operación submarina de este calado —como Ucrania—, o de la motivación para ello —como China o India—. Pero de ser así, también estaríamos hablando de una posibilidad poco tranquilizadora, puesto que entrarían en juego otros actores cuyas motivaciones se nos escapan. Esto complicaría exponencialmente el panorama.

El contexto, sin duda, es extremadamente tenso. 150.000 tropas terrestres de la OTAN se encuentran en estado de alerta elevada, al tiempo que EEUU ha incrementado la vigilancia para tratar de detectar de forma temprana cualquier intento ruso de utilizar un arma nuclear. En los últimos días, las autoridades diplomáticas de Estados Unidos y varios países europeos han pedido a sus ciudadanos que salgan del país lo antes posible, nominalmente para prevenir que aquellos ciudadanos con doble nacionalidad —que Rusia no reconoce— sean movilizados para la guerra en Ucrania, pero también para impedir que sean tomados como rehenes por las autoridades rusas si la situación sigue escalando. En Polonia, los bomberos han empezado a recibir pastillas de yodo por si tuvieran que atender incendios provocados por una bomba nuclear táctica o similar.

Foto: Misil hipersónico ruso. (EFE/Ministerio de Defensa de Rusia)

Al mismo tiempo, la campaña militar ucraniana continúa progresando, con avances alrededor de la localidad de Lyman —que podría caer de forma inminente— y en la provincia de Jersón. El Gobierno ucraniano no oculta su intención de seguir luchando hasta recuperar la totalidad de su territorio, incluyendo aquellas regiones que, según anunciará Putin este viernes, la Federación Rusa ahora considera suyas. En la lista de las autoridades ucranianas se encuentra también Crimea, una cuestión que hasta ahora incluso Kiev reconocía que debía ser tratada de forma especial. Paradójicamente, los falsos referéndums en las cuatro regiones adicionales han tenido el efecto de diluir esta supuesta excepcionalidad, lo cual abre la puerta a su reconquista por la vía militar.

El sabotaje, en cualquier caso, marca de forma inequívoca un antes y un después en el conflicto. Probablemente nos encontramos en el momento más peligroso de toda la guerra, en el que un error de cálculo puede provocar una inexorable cadena de acontecimientos que en realidad nadie desea.

Apenas unas horas tardamos en saber que las fugas que este martes afectaron a los gasoductos Nord Stream 1 y 2 eran, casi con total certeza, producto de un sabotaje. No solo no existen explicaciones alternativas plausibles, sino que sismólogos de Suecia y Dinamarca registraron lo que a todas luces fueron explosiones justo antes de que se produjesen los escapes. Poco después, la idea de que se había producido una acción intencionada para dañar las tuberías fue confirmada por el Gobierno danés y, algo más tarde, por la OTAN. Funcionarios alemanes han declarado que si la fuga no se repara rápidamente, los gasoductos podrían quedar inutilizables permanentemente debido a la corrosión marina.

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