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El órdago devuelto a Laura Borràs que le ha estallado en las manos a Junts
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Crónica de una voladura descontrolada

El órdago devuelto a Laura Borràs que le ha estallado en las manos a Junts

Desde el núcleo duro de JxCAT, se ha querido hacer una voladura controlada del Ejecutivo, desgastando todo lo posible al 'president', aunque Aragonès devolvió el golpe y puede romper a Junts

Foto: El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès (i), y la expresidenta del Parlament Laura Borràs. (EFE/Archivo/Quique García)
El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès (i), y la expresidenta del Parlament Laura Borràs. (EFE/Archivo/Quique García)
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“Estoy harta de defender cosas que no he decidido yo”. Laura Borràs advertía de esta manera tan categórica a sus socios de ERC de que algo podía cambiar en las relaciones entre los dos partidos. Su interlocutor, Pere Aragonès, tomó buena nota, pero eso no fue suficiente. El desalojo de Borràs de la presidencia del Parlament quemó las naves que Esquerra tenía en la orilla de Junts. Alguien en la cúpula ‘juntera’ juró que el 'president' lo pagaría muy caro. Y desde entonces, la improvisación se adueñó de la política catalana y aumentó el nivel de estrés, alimentado por las exigencias cada vez más radicales de JxCAT.

Borràs se refería a que las relaciones de los posconvergentes con los republicanos eran pactos alcanzados por sus antecesores. Ella no tuvo nada que ver con eso ni con el acuerdo de gobierno al que ambos partidos llegaron el 17 de mayo de 2021. En esas fechas, quien manejaba los hilos era Carles Puigdemont, el ‘expresident’ que mimaba tanto a JxCAT como a su Consell per la República. De ahí que en uno de los puntos del acuerdo introdujese que Junts y Esquerra “se comprometen a proseguir los trabajos de reformulación del Consell per la República y trabajaremos para su impulso y reconocimiento en tanto que institución republicana”.

Foto: La presidenta de JxCAT, Laura Borràs. (EFE/Marta Pérez)

La batalla de Puigdemont con ERC comenzó siendo política y acabó siendo personal. Su poca sintonía con Oriol Junqueras, que había sido su vicepresidente en el Govern antes del referéndum ilegal del 1-O, se agravó después de que el republicano fuese condenado a 13 años de cárcel mientras él residía en Waterloo con el escaño de eurodiputado en el bolsillo. Ambos estuvieron años sin hablarse. Hasta que por una cuestión de imagen se dejaron fotografiar juntos. Fue una iniciativa de protocolo, porque los corazones de ambos les pedían lo contrario.

Los dos partidos, sin embargo, no tuvieron más remedio que llegar a acuerdos para gobernar. En las últimas autonómicas de febrero de 2021, dejaron de lado personalismos y rivalidades políticas y pidieron a la CUP que les dejase formar Gobierno. Si los anticapitalistas votaban en contra, jamás hubiese podido formarse un Govern entre JxCAT y ERC.

Foto: La expresidenta del Parlament Laura Borràs. (EFE/Marta Pérez)

El desgaste de Aragonès

El contrapunto de ese Govern ya no fue Puigdemont, que desde Bélgica estudiaba apartarse deliberadamente de Junts para dedicarse en exclusiva a su Consell per la República como 'líder transversal'. Su decisión provocó que en Barcelona se consolidase una corriente ‘dura’ encabezada por Laura Borràs, a la que Junts había blindado en la presidencia del Parlament como premio de consolación por haber quedado, por primera vez, por debajo de ERC.

Foto: Acto electoral de JxCAT. (EFE)

En las filas republicanas no es ningún secreto que esa situación no ha sido nunca digerida por los posconvergentes. De hecho, CiU (y luego el PDeCAT y Junts) siempre había mirado a ERC por encima del hombro. Lo cierto es que tras el 14-F, Pere Aragonès se convirtió en ‘president’ y fue ganando protagonismo hasta ser el referente de la política catalana. Para cabreo de JxCAT, ese faro no se refería solo al Gobierno español, sino a otros interlocutores, como los partidos nacionalistas vascos o gallegos, que veían en el republicano un valor más estable.

En esa coyuntura, el núcleo duro de los ‘junteros’ trabajó durante los últimos meses en desgastar al ‘president’. Cuando en junio pasado Laura Borràs fue elegida presidenta del partido, la andanada y la presión sobre ERC subieron varios grados. A partir de ese momento, Borràs reclamó el derecho a establecer ella los pactos que le correspondían como máxima autoridad de Junts per Catalunya. Y su enfrentamiento con ERC, lo mismo que el de Puigdemont, pasó del plano político al plano personal.

Foto: El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès. (EFE/Quique García)

Al margen de que los puntos del acuerdo de Gobierno hayan sido solo medio cumplidos por sus firmantes, hay dos cosas que JxCAT no perdona: ERC no le dejó mandar a la mesa de diálogo a las personas que quería y, además, los republicanos dejaron caer a Borràs, acusada de corrupción, de la presidencia del Parlament.

Una herida difícil de cerrar

En el primer caso, la cosa está clara. La mesa de diálogo es entre gobiernos, por lo que sus integrantes han de estar implicados en las administraciones correspondientes. Carles Puigdemont y Jordi Sànchez batallaron para que incluyese a cargos del partido, pero no lo lograron. O la componen miembros de los dos ejecutivos o no estarán en la negociación. Junts quiere ahora reformularla y mandar en ella, enviando solo los temas que sabe que podrían dinamitarla.

Según los ‘junteros’, la existencia de esa mesa interfiere en el punto firmado de una dirección independentista de consenso y colegiada, pero al ser únicamente entre gobiernos, según los republicanos, esa apreciación pierde consistencia. A Junts lo que le gustaría sería poder manejarla a su conveniencia. Al no poder acceder a ella, la ha utilizado como desgaste de Pere Aragonès. Todos los cargos públicos de JxCAT recibieron la consigna de criticarla en sus comparecencias. De ese modo, intentaron amplificar la imagen negativa de un instrumento que había sido propuesto por ERC y que podía dañar la reputación de los republicanos y, de paso, la del Gobierno central.

Foto: El cartel institucional de la Diada recupera versos de la poeta Joana Raspall. (EFE/Marta Pérez)

En el segundo caso, la caída de Borràs abrió una herida difícil de cerrar entre ambas formaciones. El sector duro de Junts culpa a ERC de no haber blindado a su jefa y quiere hacer pagar a Aragonès por ello. Pero la postura de Esquerra no es extraña: incluso hay sectores junteros que están a favor de su defenestración para no desgastar la imagen de una institución como el Parlament. Y es preciso recordar que incluso la CUP votó a favor de su cese.

Junto a Borràs, sin embargo, ha emergido la figura del secretario general del partido, Jordi Turull. No es un advenedizo. Fue portavoz de CiU en el Parlament y presidente del grupo parlamentario de esa coalición. Es un político de raza y durante las pasadas semanas ha intentado templar gaitas para quitar hierro al enfrentamiento en el Govern. Sus tradicionales compañeros de viaje que, como él, provienen de la extinta Convergència no están por la labor de dinamitar el Ejecutivo.

Foto: El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès (d) junto al vicepresidente y conseller de Políticas Digitales y Territorio, Jordi Puigneró (i), este martes. (EFE/Marta Pérez)

Hay un detalle que no se ha de pasar por alto. Tras la reunión extraordinaria de este miércoles, Aragonès se reunió con Turull, mientras que Borràs esperaba novedades en la sede del partido. Los dos interlocutores eran conscientes de que una reunión Aragonès-Borràs sobre la continuidad del Govern estaba destinada al fracaso.

En esa coyuntura, cobra sentido la afirmación de la propia Laura Borràs: “Si ERC no está cumpliendo los compromisos, ¿por qué no sale del Govern?”. En otras palabras, para que deje gobernar a Junts, que es la tercera fuerza parlamentaria. La máxima dirigente de Junts asume en sus postulados la antigua esencia convergente: la de considerar que solo su formación está llamada a detentar el poder en Cataluña. Desde Bélgica, Puigdemont, militante de base de JxCAT, disfruta del espectáculo. Él ya no es la mano que mece la cuna, pero todo lo que sea desgastar a sus rivales le beneficia.

Foto: El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès (d), saluda a Jordi Turull en una imagen de archivo. (EFE/Albir)

La consecuencia de esta brecha entre los dos grandes partidos soberanistas es que el núcleo duro de JxCAT, que en su mayor parte no proviene de CiU, quiere hacer pagar a Aragonès su "arrogancia" y lo que considera una "traición": apartar a Borràs. Ese núcleo, con ella misma a la cabeza, ha encontrado las herramientas necesarias para poner contra las cuerdas al ‘president’. Tiene argumentos, motivos y ganas para intentar desalojar a ERC de la Generalitat. Laura Borràs y los suyos confían en que el 'president' tire la toalla, convoque elecciones anticipadas y, al mismo tiempo, las encuestas cambien de tendencia. Y, por supuesto, que Aragonès se desgaste tanto que pierda un reguero de votos que recoja JxCAT para liderar el independentismo.

El cese del vicepresidente, Jordi Puigneró, que había ocultado al ‘president’ la intención de Junts de pedir una moción de confianza, es solo la primera consecuencia del divorcio entre los dos grandes partidos independentistas. Puigneró era la correa de transmisión de la cúpula de Junts con el Govern y era el hombre encargado de marcar de cerca a Aragonès y de desgastarle. No hay que olvidar que una de sus primeras acciones al tomar posesión fue reunir a los 'consellers' de JxCAT para repartir consignas. Con él fuera del Govern, la influencia de Junts en el Ejecutivo queda bajo mínimos. Y esa es otra de las cosas que JxCAT no soporta. Ahora, los ‘borrallistas’ tienen otro argumento para querer ir más allá y acabar de volar el Govern. Los cuadros moderados posconvergentes abogan por revertir la situación, pero el núcleo duro de Junts (una pequeña parte de posconvergentes y los nuevos fichajes de Puigdemont, ahora agrupados en torno a Borràs) tiene claro su camino y quiere romper el Ejecutivo. La situación no solo puede provocar la caída del Govern: también la quiebra de Junts, amenazada por las dos almas que hay en su interior.

“Estoy harta de defender cosas que no he decidido yo”. Laura Borràs advertía de esta manera tan categórica a sus socios de ERC de que algo podía cambiar en las relaciones entre los dos partidos. Su interlocutor, Pere Aragonès, tomó buena nota, pero eso no fue suficiente. El desalojo de Borràs de la presidencia del Parlament quemó las naves que Esquerra tenía en la orilla de Junts. Alguien en la cúpula ‘juntera’ juró que el 'president' lo pagaría muy caro. Y desde entonces, la improvisación se adueñó de la política catalana y aumentó el nivel de estrés, alimentado por las exigencias cada vez más radicales de JxCAT.

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