"Creo que ha sido 'el golpe de la cervecería' de Trump, como el de Hitler en 1923"
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Entrevista a Juan Francisco Fuentes

"Creo que ha sido 'el golpe de la cervecería' de Trump, como el de Hitler en 1923"

“Resulta tentador el paralelismo entre la incitación a la revuelta del presidente norteamericano y el 'apreteu!' del president Quim Torra a los suyos”

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Juan Francisco Fuentes. (Cedida)

El último libro de Juan Francisco Fuentes, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, ha sido definitivo para desmontar las teorías conspirativas sobre el 23-F de 1981 y establecer un relato contrastado del fracasado golpe de Estado ('23-F: el golpe que acabó con todos los golpes', Editorial Taurus).

Fuentes es un académico de dimensión internacional. Ha sido profesor visitante en las Universidades de Harvard, Paris 3-Sorbonne Nouvelle y en la London School of Economics y ha impartido cursos en Princeton, Lisboa, Wisconsin y Vierbo entre otros muchos centros universitarios. Ha sido también comisario de la exposición “La nación en armas:1808-1814” y es autor de más de un centenar de artículos especializados en revistas de ámbito nacional e internacional y de más de una veintena de libros preferentemente de investigación histórica. Dirigió con Fernández Sebastián el “Diccionario político y social del siglo XIX español” y también el del siglo XX. Tiene en preparación varias obras y en la próxima primavera impartirá un curso en la Universidad de Lisboa sobre los populismos. Por razones profesionales, Juan Francisco Fuentes es un experto en las circunstancias que se dan en el asalto al Capitolio el pasado día 6 de enero: autogolpe, conspiración, paralelismos con otros episodios cercanos y lejanos en el tiempo, y de todo ello habla en esta entrevista.

Foto: El 6 de enero de 2021, decenas de seguidores de Donald Trump asaltaron el Capitolio de EEUU (Reuters)

PREGUNTA. ¿Cómo calificaría el asalto al Capitolio?, ¿insurrección, sedición, intento de golpe de Estado, algarada…?

RESPUESTA. Tiene un poco de todo eso, y bastante también de asonada, que es una expresión muy del siglo XIX español, que la RAE define como “reunión tumultuaria y violenta para conseguir algún fin, por lo común político”. La puesta en escena se podría describir como una algarada, con el agravante de allanamiento de la sede de la soberanía nacional por gente armada ―al menos algunos de los participantes―, pero tuvo algo también de intento de golpe de Estado, en la medida en que el asalto fue provocado por el presidente Trump en un intento de subvertir el resultado de las elecciones coaccionando al poder legislativo.

P. ¿Cómo valora a los efectos de buscar algún paralelismo con España que se haya impulsado el asalto por el propio presiente Trump?

R. El paralelismo se da con varios episodios de la reciente historia de España. La iniciativa 'Rodea el Congreso', convocada en septiembre de 2012 por la izquierda extraparlamentaria, guarda cierta semejanza. De hecho, inicialmente se denominó “Ocupa el Congreso”, aunque no se llegó a asaltar el edificio y no participó gente armada. Tenía, no obstante, una finalidad parecida a la acción del 6 de enero en Washington: coaccionar al poder legislativo elegido democráticamente. La reciente movilización de Podemos, denominada “alerta antifascista”, contra la voluntad popular expresada en determinados territorios, como Andalucía, respondía a la misma mentalidad antidemocrática, que solo reconoce como legítimas aquellas elecciones que dan la victoria a “los nuestros”. El episodio recuerda, asimismo, el intento de asalto al Parlamento catalán en junio de 2011, aunque el entonces president, Artur Mas, fue víctima de aquella asonada y no su promotor, como Trump. En este sentido, resulta tentador el paralelismo entre la incitación a la revuelta del presidente norteamericano y el 'apreteu' del 'president' Quim Torra a los suyos.

Foto: Concentración Rodea el Congreso, en la plaza de Neptuno de Madrid convocada por la Coordinadora 25-S en 2012. (EFE)

Hace poco, un columnista y exdirector de 'La Vanguardia', Màrius Carol, se refería a la actuación de aquellos a los que él llamaba “trumpistas a la catalana”, es decir, del independentismo más fanatizado y bullanguero. La analogía me parece perfectamente válida.

P. ¿Estamos ante una expresión radical y exasperada del populismo que ha pasado de las palabras a los hechos con el asalto al Capitolio?

R. Sin duda. Hay que calibrar, no obstante, una cuestión de gran importancia para saber la trascendencia que pueda tener este episodio. El asalto lo protagonizó un grupo de unos centenares de exaltados, pero a Trump le votaron 74 millones de norteamericanos. ¿Quién marcará la evolución futura del trumpismo? ¿Esa vanguardia violenta que asaltó el Capitolio o la masa de electores tradicionales del partido republicano que, en su mayor parte, habrá visto con estupor los hechos del 6 de enero? Lo que ha ocurrido es de una enorme gravedad y Trump debería pagar por ello.

Foto: Seguidores de Donald Trump irrumpen en el Capitolio. (EFE)

P. ¿Existe algún precedente histórico de esta entidad en Europa o en los Estados Unidos?

R. Existen numerosos precedentes, con un grado de semejanza variable y discutible, por ejemplo, el incendio provocado del Reichstag alemán poco después de la subida de Hitler al poder, o el 18 Brumario de Napoleón Bonaparte ―el secuestro de la Asamblea legislativa para derrocar al régimen del Directorio―, aunque en este caso, lo mismo que en el asalto a las Cortes por el general Pavía en 1874, se trataba de tomar el poder por la fuerza y no de retenerlo ilegalmente, como pretendía Trump. Por referirme a un caso que no he visto citado estos días, a mí me recuerda la disolución 'manu militari' de la Asamblea constituyente rusa en enero de 1918, para corregir una afrenta que Lenin consideraba inadmisible: que los bolcheviques hubieran perdido las elecciones y estuvieran en minoría en el Parlamento recién elegido.

P. ¿Es el populismo de derechas una nueva forma de fascismo y el de izquierdas Venezuela y otras repúblicas latinoamericanas una forma nueva de comunismo radical?

R. Veo más semejanzas entre el populismo de derechas y el fascismo que entre su homólogo de izquierdas y el comunismo, entendido según el canon marxista-leninista. Si Mussolini levantara la cabeza, podría reconocerse tal vez en el populismo xenófobo y ultranacionalista de nuestros días. En cambio, Lenin nunca vería en Maduro, por ejemplo, a uno de los suyos. El componente liberticida del populismo de izquierdas tiene otros orígenes, más próximos al anarquismo. Yo creo, además, que este tipo de populismos no tiene un proyecto propio, en parte porque carece de un verdadero sujeto revolucionario, como lo era para el comunismo la clase obrera. Por eso su proyecto es más bien negativo: acabar con una serie de cosas, sin que ese cambio suponga una mejora para nadie, ni siquiera para los suyos. Es lo que podríamos llamar “sadopopulismo”, según la expresión utilizada por Timothy Snyder, aunque él le da un sentido algo distinto. Su objetivo es infligir el mayor daño al enemigo político y social, sin que eso redunde en el interés general o en el de sus votantes, seguramente porque el sujeto social del populismo resulta muy difuso y sus intereses de clase son muy heterogéneos y contradictorios. Eso es lo que, a diferencia de la vieja izquierda obrera, hace tan difícil saber cuál es el programa de un populismo de izquierdas, más allá de una determinada retórica política más o menos incendiaria o vengativa.

Foto: El presidente de Vox, Santiago Abascal. (EFE)

P. ¿Cuál cree que será la huella histórica del asalto al Capitolio tanto en Estados Unidos como en otros países y cómo afectará a la cultura política?

R. Lo normal sería decir que el espectáculo ha sido tan bochornoso y el fracaso de Trump de tal magnitud que lo ocurrido debería servir de vacuna contra las cepas más peligrosas del populismo. Pero lo que llevamos de siglo XXI aconseja ser prudentes en nuestras predicciones, sobre todo con aquellas que inspiran un cierto optimismo.

P. Usted ha estudiado el fracasado golpe del 23-F en un libro esclarecedor por su profundo conocimiento y por la perspectiva del tiempo, ¿es posible que regresemos a otras formas de golpear al Estado de Derecho hasta hacer caer las democracias liberales?

Foto: Araceli Mangas, catedrática de Derecho Internacional Público y RRII.

R. En general, no comparto los discursos catastrofistas sobre el futuro de la democracia liberal, a la que tantas veces se ha dado por finiquitada. La experiencia del siglo XX demuestra que es más fuerte de lo que siempre han creído sus enemigos, incluso muchos de sus partidarios. Pero hay que reconocer que ahora mismo afronta desafíos muy complejos que, en la mayoría de los casos, tienen que ver con los efectos de la globalización y con la fuerte reacción nacionalista y populista que ha generado. Sí, creo que el muestrario de golpes de Estado tiende a ampliarse y que frente a la democracia parlamentaria ―no creo que haya otra― han proliferado multitud de alternativas iliberales, como se las empieza a denominar, incluso por un sector de la izquierda, por lo general renuente a la reivindicación del liberalismo.

Creo que fue Daniel Gascón quien calificó el 1-O catalán como un golpe posmoderno. Lo ocurrido en el Capitolio se podría calificar también así. Y, efectivamente, tal como plantea Vd. en su pregunta, la suerte de la democracia está unida a la del Estado de derecho. Lo dijo Ralf Dahrendorf ya en 1995: el nuevo totalitarismo consiste en ignorar el Estado de derecho y en subvertir la ley democrática o en actuar como si no existiera. Es lo que él llamaba “the road of anomia”. Por eso sorprende que aquí en España se tache de “judicialización de la política” la exigencia democrática de cumplir la ley y de sancionar a quienes la han vulnerado.

Foto: Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes. (Reuters)

P. ¿Prevé teorías conspirativas cuando se decanten los datos básicos del asalto a las Cámaras legislativas de Estados Unidos?

R. Desengañémonos, las teorías conspirativas llevan siempre las de ganar, porque dan un relato acabado de una realidad que es sumamente compleja. En cambio, la verdad suele producir relatos imperfectos, que dejan siempre cabos sueltos. Se dan, además, unas condiciones culturales y tecnológicas que favorecen la proliferación de rumores y mentiras. Cabe la esperanza de que el fracaso de Trump abra los ojos a sus seguidores e imitadores y suponga un punto de inflexión en la marea populista de los últimos años. Pero no soy optimista. Creo más bien que ha sido “el golpe de la cervecería” de Trump ―como la grotesca intentona de Hitler en 1923― y que habrá otros “golpes”, al menos de efecto. Al final, el éxito de los discursos más delirantes depende del grado de desesperación de la gente. En las elecciones de 1928, los nazis consiguieron 12 escaños; en las de 1930, 107. Su discurso conspiranoico era el mismo antes y después de 1929; lo que había cambiado era un contexto marcado por el comienzo de la Gran Depresión. Las teorías conspirativas forman parte de una visión mágica del mundo de la que las sociedades modernas no han llegado a liberarse, contrariamente a lo que anunciaba Max Weber al hablar, hace un siglo, del “desecantamiento del mundo”. Suelen ser la sublimación del miedo en momentos de cambio y de crisis social. De ahí su eficacia.

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