Historia

Así cayó Mussolini: siete tiros y colgado boca abajo

En abril se cumplen 75 años del ajusticiamiento del dictador italiano junto a su amante y del final de la II Guerra Mundial en Italia

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Durante dos semanas de primavera, Milán tuvo la imaginación de Nápoles y el gamberrismo de la Rambla barcelonesa. Las postales con fotografías de la gasolinera de 'piazzale' Loreto, rostros desfigurados y la burla involuntaria a San Pedro de tener los cuerpos colgados cabeza abajo se retrataron desde todos los ángulos. El negocio, presente tanto en quioscos como en otro tipo de establecimientos, quedó en el recuerdo popular como 'souvenir d’un momento vissuto'. Juntándolos todos podríamos reconstruir el delirio de esas horas, pura irracionalidad, mezcla de victoria, odio y un sentimiento incomprensible para nosotros, entre otras cosas por no crecer en una dictadura fascista ni sentir ese desbarajuste en la rutina diaria.

A las cinco de la tarde sacaron los cadáveres de la plaza y los trasladaron a un 'obitorio' cercano. De buena mañana los dejaron y, poco a poco, el boca a boca llenó el recinto, con público indignado entre patadas, escupitajos y orines contra el dictador y su amante, Clara Petacci. Los habían colgado junto a otros jerarcas en ese rincón de la capital lombarda para simbolizar la venganza por el fusilamiento de quince partisanos el 10 de agosto de 1944 a manos de un pelotón de la República de Saló, ejecutora de una orden proveniente del comando de seguridad nazi, al mando como nación ocupante pese a la risible primacía de Benito Mussolini, un dictador fantoche, solo reconocido por Hitler, Japón y los estados satélite del Eje.

El boca a boca llenó el recinto, con público indignado entre patadas, escupitajos y orines contra el dictador y su amante, Clara Petacci

El Duce fue pasado por las armas a las cuatro y diez de la tarde del 28 de abril de 1945 en la cancela de ingreso de la Villa Belmonte, ubicada en el pueblo de Tremezzina; Valerio, cuya identidad aún es objeto de discusión pese a las confesiones de Walter Audisio, probó primero con su metralleta, encasquillada, así como la pistola de uno de sus compañeros, Aldo Lampredi. Al tercer intento, mediante la metralleta de Michele Moretti, Valerio pudo descerrajar los siete tiros contra el fundador del Fascismo y la Petacci, figura algo ridícula en todo este vodevil, o si prefieren vía crucis improvisado tras su detención al alba de la jornada anterior, cuando se camuflaba en uno de los vehículos de un convoy germánico en retirada.

El ajusticiamiento de Mussolini fue decretado como consecuencia del llamamiento a la insurrección general en todos los territorios con presencia de nazis y fascistas. El Comité de Liberación Nacional del Alta Italia, con Sandro Pertini entre sus miembros, lanzó esta proclama el 25 de abril con la intención de abrir camino a los Aliados mediante la rendición de los núcleos de resistencia enemigos.

Entre los mensajes de este mensaje con valor casi sagrado figuraba la pena de muerte para todos los mandamases fascistas. El problema radicaba en la discrepancia de pareceres con el Alto Mando Aliado, proclive a la detención de los líderes para luego juzgarlos.

Antes de su último viaje, los restos mortales de Mussolini se bañaron en una lluvia copiosa. El 29 de abril a las dos de la tarde seguía colgado como si fuera un espectáculo circense en 'piazzale' Loreto. A esa misma hora los nazifascistas firmaban su rendición italiana en Caserta, con la obligación de un alto al fuego el 2 de mayo y la entrega de todas las tropas.

El gran artífice del acuerdo había sido Karl Wolff, uno de esos partidarios de Hitler medio diabólicos, medio humanos sin ser cadenas de transmisión. Wolff era el comandante supremo de las SS en el norte de Italia, y durante su responsabilidad se entrevistó con el papa el 10 de mayo de 1944 para negociar una retirada nazi de Roma sin derramamiento de sangre, algo cínico si se tiene en cuenta los asesinatos de trescientos veinte ciudadanos en las fosas Ardeatinas como contrapartida al atentado partisano del 23 de marzo de 1944 en vía Rasella, saldado con treinta y cinco soldados nazis fallecidos.

Wolff anheló la paz, sin temer la reacción de Hitler, desactivado en esos estertores por no abarcar la totalidad, o no poder hacerlo dado su lastimoso estado físico y mental. Se reunió con partisanos en otoño de 1944 y en marzo de 1945 conversó con Allen Dulles, jefe de los servicios secretos norteamericanos, con el fin de facilitar la rendición por separado del ejército de Alemania y la fantasiosa República de Saló.

El camino más enrevesado de todo el frente occidental

A diferencia de otros países, Italia tiene una producción cultural donde el pasado reciente se analiza con cierta querencia ideológica en películas o libros. La liberación del norte de Italia tiene una conclusión de alto voltaje épico en 'Paisà', de Roberto Rossellini, estrenada en 1946. El año anterior ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes, junto a otros filmes, por 'Roma Città Aperta', con ese último plano con los niños abrazados y el Vaticano al fondo, remarcándose los valores cristianos primitivos para un nuevo mañana.

Tres decenios más tarde, con la Bota en llamas por los años de plomo, el 25 de abril ya era una de las jornadas nacionales del país, y durante la mañana de la fecha simbólica del gran triunfo partisano, vencedores de una guerra civil dentro de otro conflicto de envergadura mundial, empieza su metraje 'Novecento', de Bernardo Bertolucci, con los campesinos organizados con una alegre ira contra Attila, el fascista interpretado por Donald Sutherland en estado de gracia.

Ese debut de 'Novecento' resume la visión izquierdista de la Liberación, disonante a la de las fuerzas conservadoras durante este siglo, más acordes con privilegiar como día nacional la fiesta de República, celebrada el 2 de junio para conmemorar el referéndum que finiquitó la monarquía en 1946. El 25 de abril tiene algo de número encrucijada, pues por aquel entonces Bolonia, Padua y Génova habían sido liberadas, y desde esta óptica debería entenderse su significado de ruptura a partir del grito a alzarse del Comité de Liberación Nacional de Milán.

Italia fue la primera grieta en Europa por el desembarco de los anglosajones en Sicilia el 8 de julio de 1943

Para franquear esta frontera y casi no encontrar oposición hasta el capitular de los rivales se dieron una serie de capítulos entre los menos comentados del frente occidental, como si algunos pensaran en el Desembarco de Normandía como único flanco de apertura Aliado en su apoyo para atenazar al Tercer Reich.

Italia fue la primera grieta en Europa por el desembarco de los anglosajones en Sicilia el 8 de julio de 1943, aliñado con el bombardeo de Roma el 19 de julio, la salida del Papa Pío XII y la destitución de Mussolini el 25 de julio, caído en desgracia por un cruce de conspiraciones encabezadas por el fascista Dino Grandi y el Rey Víctor Manuel II.

El armisticio firmado por el Mariscal Badoglio, el 3 de septiembre de 1943, sellaba la ruptura de la colaboración italo-germánica. Hitler reaccionó con prestancia y el 9 de septiembre la Wehrmacht invadía el 'bel paese'. Los Aliados, y con ellos el monarca, detentaban una amplia parte del sur, con la línea Gustav de fortificaciones construidas por la Organización Todt complicando los progresos de ingleses y yanquis, respaldados por un contingente italiano.

El eje de la línea Gustav estaba en la abadía de Montecassino, tristemente famosa por los combates desarrollados en sus inmediaciones. El 4 de junio de 1944 los Aliados entraban en Roma, y durante ese verano la ofensiva, aún más espinosa por la igualdad de fuerzas entre los bandos contrincantes, creció. El último obstáculo era la increíble línea Gustav, fundamental para comprender el relativo parón de las maniobras aliadas hasta abril de 1945.

El epílogo triestino

Todo se aceleró. El 28 de abril, Mussolini. El 29, la rendición de Caserta. La radio berlinesa informó del encarnizamiento con el Duce y desde 'El Hundimiento' la mayoría tiene en la cabeza a un Hitler desquiciado, predestinado al suicidio desde el conocimiento de la humillación a su antiguo profesor político. El 30 apretó su capsula de cianuro y apretó el gatillo en su bunker.

La radio berlinesa informó del encarnizamiento con el Duce y desde 'El Hundimiento' la mayoría tiene en la cabeza a un Hitler desquiciado

El primero de mayo, el ejército partisano de Tito se adueñó de Trieste, casi como un reverso de moneda de los últimos días de la Primera Guerra Mundial, cuando los italianos llegaron al muelle de esta Europa en miniatura para corroborar su recuperación para la enseña tricolor. Se anticipó 24 horas a los neozelandeses, para desgracia de los triestinos italianos, marginados durante los cuarenta días de la ocupación yugoslava, jalonada por una propaganda eslavista omnipresente, detenciones de fascistas y ajustes de cuentas con partisanos del otro lado. Como recuerdo de esta pesadilla conviene visitar el monumento nacional de Basovizza, fosas donde los hombres del Mariscal fusilaron y sepultaron los cuerpos de civiles y militares italianos, sin saberse a ciencia cierta su número, comprendido entre centenas y miles de ajusticiados.

Tito abandonó Trieste el 12 de junio de 1945. De 1947 a 1954, la ciudad fue un territorio libre, para, 'a posteriori', recalar de nuevo en Italia. Su pasado de crisol de civilizaciones y estos lances históricos explican la independencia respirada por sus calles, como si estuviéramos fuera de cualquier realidad nacional, salvo la suya propia. Sus peripecias en la Segunda Guerra Mundial no sobresalen en el relato oficial, sacadas del mapa para no afearlo en la ensoñación de Novecento.

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