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El gran estallido cultural: 1922, el año en el que todo cambió tras las grandes tragedias
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El gran estallido cultural: 1922, el año en el que todo cambió tras las grandes tragedias

Hace un siglo se publicó el 'Ulises' de James Joyce, Picasso se trasladaba a Montparnasse, Hemingway llegaba a París y fallecía Marcel Proust tras publicar 'Sodoma y Gomorra'

Foto: El escritor James Joyce y la librera y editora Sylvia Beach
El escritor James Joyce y la librera y editora Sylvia Beach

Un momento histórico, de antes y después, suele marcar un cambio rotundo en el gusto cultural. Hemos hablado alguna vez en estas páginas de cómo el ballet Parade se estrenó en 1917 entre abucheos, para triunfar a lo grande tras la Primera Guerra Mundial. Su artífice fue Jean Cocteau, pero Pablo Ruiz Picasso tomó los mandos en muchos sentidos, no sólo en el vestuario y los decorados.

En 1922 el malagueño tenía cuarenta y un años. Atrás quedaba la época bohemia, un lujo de pobreza del que siempre quiso escapar pese a la idealización posterior. Buena prueba de ello sería su traslado de Montmartre a Montparnasse, de la periferia al centro como paso previo para conquistarlo con estrépito desde una confianza salvaje en sus talentos, siempre por delante del tiempo aún desde la invisibilidad de la juventud, pues ahora podemos estudiar el Cubismo desde su cronología auténtica, con muchos sumidos en la ignorancia de cómo 'Las señoritas de Avignon' sólo se expuso en 1916.

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Picasso de joven

Esos no tan locos años veinte le encumbraron poco a poco dentro de una élite. Podía no renunciar a su libertad, aun así, las tornas se habían metamorfoseado y junto a su pareja, la rusa Olga Koklova, podía asistir a fiestas galantes en atildados palacios, donde con anterioridad no le hubieran dejado poner ni un solo pie.

Las tornas se habían metamorfoseado y junto a su pareja, la rusa Olga Koklova, podía asistir a fiestas galantes en atildados palacios

Una de ellas se sitúa en mayo de 1922. Estamos en el hotel Ritz. El pintor figura entre los comensales, donde también podemos encontrar a Igor Stravinsky, James Joyce y Marcel Proust. Los dos últimos volverán juntos, sin hablar mucho de sus monumentos, más preocupados por sus respectivas dolencias, quizá avergonzados por haber leído poco o nada al colega, alcanzándose una situación de gran incomodidad en el taxi de retorno, cuando el francés habló sin cesar con otros interlocutores, despidiéndose del irlandés con la amabilidad, según una de tantas versiones de la leyenda, de pagarle el resto del recorrido.

El autor de 'En busca del tiempo perdido', la primera novela del nuevo siglo y la última del Ochocientos, tardó casi tres mil páginas en alcanzar la cumbre, cuando, casi en la puerta del Hotel de los Guermantes, se salva de ser atropellado por un conductor de tranvía. Voilà. Baldosas deslavazadas como un despertar de conciencia al recordar una epifanía idéntica en la Catedral veneciana de San Marco. Lo profano se impone a lo sagrado para concebir una religión laica. La concomitancia desde la memoria le hará comprender cómo todo lo vivido era el camino hacia su obra suprema, por eso la literatura es más importante que la existencia.

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James Joyce y Nora Barnacle

Proust será imitado por propios y extraños por esa cima inmortal. Fellini lo hará a modo suyo en '8 ½ 'y Sorrentino, sin tanto empaque cultural, proseguirá el guiño en muchas de sus películas, más desde el cliché de amor a su padre fílmico, más bien incapaz de enhebrar un lenguaje propio, no como el galo y demás vacas sagradas con tanta voz justo hace cien años, Annus Mirabilis de la literatura occidental después del tormento de la Gran Guerra y la mal llamada Gripe Española. Esta, presente en muchas letras, ha cobrado trascendencia entre los exegetas sólo ahora, como si la pandemia, algo natural, nos obligara a buscar referencias pasadas para entender mejor el presente.

La inevitable trastienda triestina

En 1922 nada quedaba de la casa de los eslovenos en Trieste, quemada con furia por los fascistas de Benito Mussolini el 13 de julio de 1920. James Joyce había abandonado esa identidad de frontera en 1919. Dijo haber dejado su alma en esa ciudad, clave para comprender la concepción de su 'Ulises', cuya primera copia recibió el jueves 2 de febrero de 1922, la jornada de su cuadragésimo cumpleaños.

La novela, como acaece con las imprescindibles de Proust y Musil, se verá lastrada por sus dimensiones épicas y la conciencia de genialidad del dublinés, una máquina de precisión en la lejanía por su querencia a los detalles de la otra fecha esencial de su biografía, el jueves 16 de junio de 1904, cuando se produjo el flechazo con Nora Barnacle.

La novela, como acaece con las imprescindibles de Proust y Musil, se verá lastrada por sus dimensiones épicas y la genialidad del dublinés

Ese día es la cronología del 'Ulises', en realidad dieciocho ficciones en una, pues cada uno de los capítulos contiene un estilo distinto dentro de una historia unitaria. Sus veintiocho horas de duración podrían jugar con el concepto de durée bergsoniana, tan querida en Francia, en este caso por la extensión del libro, repleto de fragmentos inolvidables y una recursividad técnica incomparable, deudora en algunos pasajes del gran arte de la centuria. Cuando el desdichado Leopold Bloom se masturba en la playa, los fuegos artificiales son cine en mayúsculas, contrapunto a otro erotismo mucho más polémico a nivel mundial, el de Molly en el monólogo interior del capítulo final, herencia austrohúngara acuñada en lo literario por Arthur Schnitzler en 1900 con su 'Teniente Gustl'.

placeholder Franz Kafka y Felice Bauer
Franz Kafka y Felice Bauer

Definir al 'Ulises' como una Odisea contemporánea haría desternillarse a su autor. La comparación con lo homérico es una parodia sin matices dentro de una gran oda a una cotidianidad virulenta, asimismo en sintonía con un tema querido en los veinte, el de la composición ciudadana, secundada en 'Manhattan Transfer' de John Dos Passos o en la película 'Berlín, sinfonía de una ciudad', de Walter Ruttman.

La editora del Ulises fue Sylvia Beach, librera de Shakespeare&Co, sin relación con la postal turística al lado de Notre Dame. En París, Joyce vivía en la rue Cardinal Lemoine. En el mismo inmueble, al que se ingresa por un vasto patio, residía Valery Larbaud. Políglota, cosmopolita y heterodoxo, el francés fue el traductor y uno de los principales sostenes del irlandés durante la aventura de ver reconocido su talento más allá del conformismo de su patria natal.

Rilke, praguense y escritor en lengua alemana como Franz Kafka, dio un vuelco radical a la percepción de su poesía con 'Las elegías de Duino'

Larbaud insertó Trieste en una novela precursora de 1913, 'Las poesías de A.O. Barnabooth', y cerca de la localidad, italiana desde 1918, podemos viajar a Duino, hoy en día con magníficos senderos en honor a Rainer Maria Rilke, juzgado en su época como demasiado afectado y melifluo.

Rilke, praguense y escritor en lengua alemana como Franz Kafka, dio un vuelco radical a la percepción de su poesía con 'Las elegías de Duino', título forjado en recuerdo a su estancia en ese castillo con vistas al mar entre 1911 y 1912, cuando fue huésped de la condesa Von Thurn und Taxis. La belleza de las elegías trasciende la ligereza para volar hacia lo sublime. Los seres humanos, envueltos de una muerte tildada de indescriptible, no pueden paragonarse a la perfección de los ángeles. Los amantes deben renunciar al presentismo para perdurar desde lo hermoso de su amor, casi única ruta para superar la soledad del género humano.

En París desde Londres

Esos destellos de vanguardia, esas metas anunciadoras del mañana, se tejieron con esmero. Son consecuencia de un tiempo y su propia plasmación. Mientras Joyce acariciaba a su gran hijo, el 'Finnegan’s Wake' llegaría con posterioridad, toda Europa bullía de iconoclastia, sepulturera de una era extinta. No mencionábamos a Kafka por casualidad. 'El Proceso', tan clarividente en la concepción burocrática y en la espera como sancta sanctorum de la velocidad contemporánea, no había visto la luz y 'El castillo' seguía su proceso de elaboración, con la imposibilidad, relatada en clave de pesadilla humorística, de poder acceder a las altas instancias, prefiguración de la invisibilidad del Poder.

El malestar de Kafka y Rilke es original en un sentido de inicio. Eran desplazados en su propia urbe, por cuestiones no sólo lingüísticas, más remarcadas en el caso del primero desde el antisemitismo.

El malestar de Kafka y Rilke es original en un sentido de inicio. Eran desplazados en su propia urbe, por cuestiones no sólo lingüísticas

Muchos de los héroes de 1922 eran exiliados de su propio entorno. En este elenco el ejemplo supremo sería Ludwig Wittgenstein, quien pocos meses antes había publicado en alemán su 'Tractatus', leíble en inglés durante el Annus Mirabilis. El austríaco, con otra disolución gravosa en el fin del Imperio de Francisco José II, es un paradigma de inadaptación y ensimismamiento como antesala a una contribución imprescindible, y lo mismo, sin tanto dramatismo, podríamos afirmar de James Joyce o Thomas Stearn Eliot, norteamericano de Saint Louis e inglés de adopción.

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Ludwig Wittgenstein

No debe desdeñarse la esfera londinense, aquí imbricada con la parisina. T.S. tuvo oportunidad de dialogar con James Joyce y tener acceso a su 'Ulises' antes de la mayoría de mortales. Esto influyó en la composición de la 'Tierra Baldía', cuya fractura poética con lo pretérito tardó en ser digerida. La renuncia a la comprensión de lo rural en un mundo quemado, irreal en las grandes capitales, arrastra olor a defunción y una cierta búsqueda redentora, acelerada como esos versos con una cesura salvaje en su segundo sector. 'Una partida de ajedrez' debuta solemne, con la descripción de todos los oropeles de Cleopatra. De repente, Shakespeare desaparece y nos adentramos en una taberna donde conversan las mujeres mientras el barman les advierte de lo inminente del cierre. Aquí, sin el simbolismo del agua letal, la posibilidad de una nueva dentadura, la carga de los hijos, el pesar del matrimonio y el impacto rutinario de la posguerra, tarde o temprano alguien lo relacionará con la salud mental, son devastadores.

Eliot también es fílmico, con una semilla muy clara desde otra tesitura, olvidada en demasía por muchos escritores de nuestro siglo. La tradición es un guante a recoger, la base para traspasar su umbral y derribarlo. El arte no surge de la nada al ser el producto de los engranajes de una rueda en continuo movimiento.

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T. S. Eliot

¿Quién ese tercero que camina siempre a nuestro lado? ¿Y la muchacha de los jacintos? En 'La tierra Baldía', además de múltiples idiomas, en sintonía con el vaivén viajero de su lírica, tenemos adivinos y pitonisas. Tiresias es grotesco en el asfalto del Capitalismo con sus ubres, mientras Madame Sosostris puede remitir al misterio o la incomprensión de aprehender los pasos de un itinerario donde palabras como destino se han vuelto imprevisibles, como si el diccionario de toda esa desolación fuera incapaz de colmar el tiempo del reloj, como si con el poema, al igual que en 'La carta de Lord Chandos', de Hugo von Hoffsmanstahl, el lenguaje no bastara. Pese a ellos, los versos no ofrecen confusión, y bien haríamos en abordarlos desde el placer para luego, ajenos a tanta pantalla, sumergirnos en diálogos para comprobar cómo es quimérico aspirar a interpretaciones definitivas.

Hemingway y el vampiro

En diciembre de 1921 Ernest Hemingway se instaló en París, en el 74 de la rue Cardinal Lemoine, justo enfrente de Joyce y Larbaud. El estadounidense quiso, en compañía de Francis Scott Fitzgerald, apuntalar una revolución política en una literaria. Las barras y estrellas habían dictaminado, empujados por los berrinches de las viejas potencias, la suerte alemana en Versalles. En el ámbito de la prosa aún tardarían un poco en recibir la debida atención, sobre todo en El Viejo Mundo, donde otros publicistas podían llevarse la palma, como Jean Cocteau, patrocinador indudable de Raymond Radiguet, quien durante ese 1922 ultimaba su única novela publicada en vida, 'El diablo en el cuerpo', escandalosa por analizar la guerra como cuatro años de vacaciones y ser protagonizada por una pareja de menores, con ella diabólica al desestimar su matrimonio con un soldado.

placeholder Una imagen de Hemingway en su juventud. (Filmin)
Una imagen de Hemingway en su juventud. (Filmin)

La metralleta de Hemingway preparaba su munición. En el cine, 'Nosferatu', estrenada el 4 de marzo de 1922, era demoledora por su alud metafórica para con el espectador, aún angustiado por la Gripe Española y ese desfile ininterrumpido de ataúdes por las calles germánicas.

Proust falleció en su domicilio de la rue Hamelin el sábado 18 de noviembre de 1922 acompañado de algunos amigos y oportunistas como Cocteau

El vampiro es un mito centroeuropeo, aquí cuestionado por otra avanzadilla del dominio anglosajón mediante la denuncia de la viuda de Bram Stoker, inteligente al demandar la cinta de F.W. Murnau por infringir los derechos de autor. Ganar ese juicio supuso la destrucción de ese celuloide, resistente en copias distribuidas a lo largo y ancho del Planeta.

Marcel Proust falleció en su domicilio de la rue Hamelin, el almirante, no el flautista, el sábado 18 de noviembre de 1922, acompañado de algunos amigos y oportunistas, como Jean Cocteau, quien con toda seguridad impulsó la fotografía mortuoria del escritor, obra de Man Ray.

placeholder La famosa foto del cadáver de Proust hecha por Man Ray
La famosa foto del cadáver de Proust hecha por Man Ray

Ese año había aparecido en las librerías - 'En busca del tiempo perdido' completo no lo hizo hasta 1927- 'Sodoma y Gomorra', uno de los volúmenes más increíbles de la literatura universal, demonizado, como imaginarán, por la omnipresencia de la homosexualidad en el mismo. El coito de Jupien y Charlus, visto por el narrador como si asistiera a una película, escondido a los ojos del sirviente y el noble, es un despliegue cinematográfico de excepción.

Proust se propuso generar un universo incomparable con su ficción. Los demás partícipes del Annus Mirabilis tenían la misma altura de miras y eran muy conscientes de la urgencia de sepultar en un foso hondísimo todo el mainstream de antaño, del Romanticismo a textos incomprensiblemente alabados antes de 1914. Ahora son un aviso para navegantes, pues si nada es igual la Cultura debe virar hacia otros parámetros, fortaleciéndose para no sucumbir desde su misión de alimentar el espíritu e incidir en el hoy sin ser el habitual 'fast food' de las estanterías.

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