'Fue la mano de Dios': Sorrentino reza a Maradona
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'Fue la mano de Dios': Sorrentino reza a Maradona

La película más personal de Paolo Sorrentino no es su mejor película. El italiano recompone las memorias de su adolescencia recordando el advenimiento del futbolista a Nápoles

Foto: Filippo Scotti, a la derecha del todo, interpreta a Fabietto, el 'alter ego' del director. (Netflix)
Filippo Scotti, a la derecha del todo, interpreta a Fabietto, el 'alter ego' del director. (Netflix)

A pesar del mantra resobado por la crítica, que una película sea muy personal —lo que normalmente se traduce como una gran implicación biográfica para el director— no la hace mejor película. 'Fue la mano de Dios', personalísimo homenaje a su familia disfuncional, no es la mejor película de Paolo Sorrentino. Ni la peor. Quizá la falta de distancia con la historia que cuenta —a ratos trágica, a ratos cómica— le ha impedido explotar toda la artesanía que exhibe en su cine, siempre barroco, a veces excesivo. Parece que el napolitano ha optado, en esta su historia, por un punto de vista más intimista y, a su vez, se ha dejado embaucar por la carta blanca de Netflix. La potencia sin control no sirve de nada, que decían en Pirelli. Y ya en la primera secuencia de 'Fue la mano de Dios', un plano secuencia larguísimo, con un despliegue de helicópteros y coches y cientos de extras, que recorre el mar y la montaña y la carretera y toda la ciudad de Nápoles si hiciera falta anuncia una ausencia de escatimar en una película que, por falta de contención, llega a ser larga y, en algún momento, hasta dispersa, en el mal sentido de la palabra, que no siempre es tal. La película se estrena este viernes en salas y el 15 de diciembre en Netflix.

Tráiler de 'Fue la mano de Dios'

Después de una dedicación exhaustiva a desnudar las vergüenzas de la clase política italiana y vaticana —'Il Divo', 'Silvio (y los demás)', 'The Young Pope'— y de diseccionar la anatomía del patetismo humano en títulos como 'Un hombre de más' —un segundo largometraje muy reivindicable, donde ya demuestra todos los mimbres de su forma de narrar—, 'La gran belleza' y 'La juventud', Sorrentino se atreve con la autobiografía, pivotante en torno a un suceso que marcó su adolescencia, coincidente con otro hecho que marcó a la sociedad italiana en los años ochenta: la llegada de Maradona al Nápoles. Más que llegada, advenimiento, como recuerda el director a lo largo del filme: simplemente, apareció, se materializó.

placeholder Sorrentino cuenta la historia real de su familia, napolitana hasta la médula. (Netflix)
Sorrentino cuenta la historia real de su familia, napolitana hasta la médula. (Netflix)

En 'Fue la mano de Dios' no falta ninguno de los rasgos distintivos del cine de Sorrentino: la historia comienza con la aparición de una mujer curvilínea y sensual, estereotipo del mito erótico italiano, encarnada por Luisa Ranieri, la tía Patrizia, que en la parada de autobús protagoniza un encuentro surrealista con un hombre que la lleva a conocer a un ser legendario. Mujeres bellas y onirismo como puerta de entrada al mundo desbordante y multipista de los Schisa, la versión cinematográfica de la familia Sorrentino. Un cuasi debutante Filippo Scotti interpreta a Fabietto, el 'alter ego' enclenque del Sorrentino de 17 años, un chico sin rumbo, sensible y delicado, enmadrado —como cualquier hombre mediterráneo— y sin amigos, que busca iniciarse en la vida, en el sexo, en la amistad. Y encontrar una vocación.

Sorrentino, con su lenguaje singular de ópticas angulares, movimientos bruscos y elegantes y comicidad extrañamente elevada y pedestre al mismo tiempo, nos presenta un retablo de personajes a cada cual más grotesco: la anciana malencarada que se alimenta a base de mozzarella de búfala a manos llenas, que viste un abrigo de pieles en pleno verano y que solo se comunica a base de exabruptos; la tía obesa, soltera perpetua, que presenta a su novio anciano 'traqueotomizado'; el tío maltratador, casado con la exuberante Patrizia, tan bella como libre y —según el punto de vista— desequilibrada. Con Toni Servillo de nuevo en un papel principal —si la fidelidad existe, Servillo y Sorrentino deberían ilustrar la definición en el diccionario—, el del padre de Fabietto, el cineasta explora las idiosincrasias del carácter napolitano y, en concreto, las de su familia. Mientras, periféricamente, un Maradonna ficcionado pulula por las calles de Nápoles, como una aparición mariana de la que todos hablan, pero que nadie ve.

placeholder El retrato familiar de Sorrentino está lleno de personajes grotescos y surrealistas. (Netflix)
El retrato familiar de Sorrentino está lleno de personajes grotescos y surrealistas. (Netflix)

El italiano rememora su despertar sexual e intelectual en una familia poco dada al cine y mucho a la burla. La primera mitad de la película es Sorrentino en estado puro. Existencialismo y ordinariez en un contraste que maneja como nadie. El costumbrismo abigarrado sorrentiniano explora las dinámicas que subyacen bajo los contratos afectivos familiares: las infidelidades, los deseos, las envidias. Y siempre dotando a los personajes de una geometría poliédrica en la que la caricatura esconde un dedicado y delicado estudio humanista. Sin embargo, cuando el drama toma el control de la película, quizás por la implicación del director en los acontecimientos, la historia se deshilacha, arrastrándose, pesada, hacia un lugar inconcreto.

Y, paradójicamente, en el episodio más emocional de su historia, Sorrentino recurre a un efectismo que roza la impostura. Puede ser por miedo a la exposición o al recuerdo, Sorrentino cae en las trampas más artificiosas de su cine. Un viaje de ensueño en lancha motora hasta una plaza semidesierta en la que, como en 'La juventud' o 'La gran belleza', no importa si tal cosa ocurrió o fue producto de la imaginación del protagonista. O ese encuentro definitorio en la vida en el que Fabietto decide perseguir el camino que le llevará a convertirse en lo que es hoy Sorrentino. O ese truco incomprensible por lo engañoso que une el comienzo con el final, que, como en un juego de magia, desvía la atención de lo mollar.

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