'Fue la mano de Dios': Sorrentino se desnuda en clave autobiográfica
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78 EDICIÓN FESTIVAL DE VENECIA

'Fue la mano de Dios': Sorrentino se desnuda en clave autobiográfica

Estatuaria de purpurina, parecía que el estilo de Paolo Sorrentino empezaba a devorarse a sí mismo. Resulta que el que fuera ganador del Oscar por su

Foto: Filippo Scotti en una imagen de 'La mano de Dios'. (Netflix)
Filippo Scotti en una imagen de 'La mano de Dios'. (Netflix)

Estatuaria de purpurina, parecía que a copia de películas mediocres el estilo de Paolo Sorrentino empezaba a devorarse a sí mismo: resultaba que el que fuera ganador del Oscar por su brillante actualización del “realismo mágico” de Fellini (a la terminología ajada mejor entrecomillarla) había empezado a replicar los oropeles dorados y decadentes que sus personajes adoptaban. Aquellos puentes que se elevaban desde una terrenalidad sensual, de la carne, y una espiritualidad preciosa empezaban a resultar demasiado concurridos; el éxtasis vuelto lugar común.

Tráiler de 'Fue la mano de Dios', de Paolo Sorrentino

Ante la dictadura de la estética, plana e inmanente, las imágenes empezaron a hablar solo de sí mismas; insinuaban que, al fin y al cabo, no había sentido que encontrar más allá. El cine es falible, humano y nada más. También lo era nuestra mirada, al relacionar lo trascendente con lo inalcanzable, es decir, con aquellas imágenes que Sorrentino (aún) no había creado. Pero, en un giro azaroso, descubrimos hoy que quizás el sentido no se encontraba allende a la propia realidad: así es que la primera historia autobiográfica del director napolitano, vivencial y concreta, retorne la esperanza de que su cine aún pueda decirnos algo nuevo.

placeholder Filippo Scotti, Toni Servillo y Teresa Saponangelo. (Netflix)
Filippo Scotti, Toni Servillo y Teresa Saponangelo. (Netflix)

Para ello, 'Fue la mano de Dios' empieza saboteándose a sí misma. Anoten tópicos sorrentinianos: es de noche cuando Patrizia (Luisa Ranieri), una mujer de belleza fulgurante, llega atraída por la magia incontestable de mayordomo decrépito hasta un palacio desierto. Se adentra entonces en una sala vacía y bañada de oro por un enorme candelabro, caído sobre el suelo. De repente, aparición divina: es la figura de un pequeño monje, que trae fortuna según la tradición napolitana… Hasta aquí, una fila de peones dentro de una clásica jugarreta de espiritualidad vacua, que no obstante es saboteada por el griterío salvaje de la escena que la sigue, cuando al volver a casa un hombre violento trate de asesinar a Patrizia y la única ayuda que ella reciba sean las risitas nerviosas de sus familiares ante una posible escena del crimen. Se hunden nuestras butacas en un lodazal incómodo, que no llegamos a explicar porque primero abraza y luego confronta de cara el estilo fluido y musical del imaginario del cineasta. El pequeño monje versus una realidad brutal.

Tabula rasa: ya no estamos en Roma, sino en Nápoles, en los años ochenta, cuando las calles bullían en la energía indigerida y crepitante de un pópulo contestatario, obrero y fiel seguidor del credo futbolístico. Empleando a Diego Maradona por Dios y al mantel de cuadros por sotana, Sorrentino reúne a la extensa familia protagonista, los Schisa, alrededor de una mesa que parecería sustraída de una comedia negra de Bruno Dumont. Con el beneplácito del humor, padres, tíos y abuelos se burlan los unos de otros. El montaje corta y pega, rebota en un intercambio de retahílas básicas y respuesta explosiva: acidez llana y palabras mayores, allí se llaman gordos, feos, bobos, etecé.

Alrededor de esa mesa se cuentan el adolescente Fabietto (Filippo Scotti) y sus dos padres (Teresa Saponangelo y Toni Servillo), quienes participan en el intercambio de pullas, como todos, faltaría más. Sin embargo, la cámara va a registrar entre ellos un mundo de afectos que va más allá del amaneramiento, la broma interna y la simple jugarreta. Las miradas cómplices, los chistes captados al vuelo, incluso una melodía sencilla que el padre y la madre de Fabietto se tararean mutuamente, con los labios prietos como en un beso… Los detalles protegen el cariño que entrelaza las relaciones, lo encapsulan y lo ponen a salvo incluso del imparable paso del tiempo..

placeholder El equipo de 'Fue la mano de Dios'. (Netflix)
El equipo de 'Fue la mano de Dios'. (Netflix)

¿Cómo traerlos de vuelta, una vez desaparecidos? Si atendemos al carácter autobiográfico de la historia, basada en la juventud temprana del cineasta y sus fallecidos padres, esta de revela como una cuestión fundamental. Gilles Deleuze decía el cine pueda traspasar su propia condición de hecho representado para completar nuestra memoria, es decir, para abrirnos a un pasado al que no podemos acceder solamente a través del recuerdo. En un momento de la película, Fabietto pasea con su primo, admirador ferviente de Maradona, tranquilo por la calle. De repente, su expresión se congela: ha creído ver al futbolista dentro de un coche. Con su rostro, también la realidad va a detenerse, asombrada durante un minuto por el puro éxtasis.

El mundo se detiene porque en algún momento entre presente y pasado así lo habremos sentido, y ya… En la autobiografía ficcional de Sorrentino no entra nunca un Dios a escena, pero nos preguntamos: ¿qué falta nos hace?

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