Una farsa caníbal enloquece Cannes
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Una farsa caníbal enloquece Cannes

'Ma Loute' de Bruno Dumont explota las diferencias de clase en el norte rural de Francia desde el humor más raruno y reserva un papel a una Juliette Binoche pasada de vueltas

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Fabrice Luchini y Juliette Binoche en el photocall de Cannes (REUTERS)

Una Juliette Binoche pasada de vueltas, no, lo siguiente, protagoniza 'Ma Loute' la disparatada comedia negra francesa de Bruno Dumont que ha vuelto locos a buena parte de los espectadores del Festival de Cannes. La nueva película de uno de los habituales del certamen francés Bruno Dumont es la anti 'Bienvenidos al norte'. Este cineasta de Pas de Calais sirve una farsa de época en que unos policías escapados de un cómic o un viejo slapstick investigan las misteriosas desapariciones de los urbanitas que van a pasar su tiempo de ocio por allí.

El orondo inspector y su ayudante son incapaces de ver lo que los espectadores no tardan en descubrir: los lugareños que cruzan en barca o con sus brazos a la elegante gente de la ciudad de una orilla a otra de la bahía a veces también aprovechan para dejarlos fuera de combate para después comérselo tranquilamente en su casa... Así lo practica la familia de Ma Loute, el joven barquero que se acaba enamorando sin embargo de Billie, la sobrina de los acaudalados Van Peteghem, una muchacha que juega a la ambigüedad sexual en su apariencia y le corresponde en su amor.

Tráiler del filme

A Bruno Dumont le descubrimos precisamente en el Festival de Cannes de 1999 donde consiguió el Premio del Jurado con su segundo largometraje, la fabulosa 'L'Humanité', un thriller policial también ambientado en la zona rural de Pas de Calais pero desarrollado desde una óptica mucho más desencantada. En 'Ma Loute' mantiene intactos algunos de los rasgos originales de su cine pero Dumont, ya un autor de prestigio del cine francés, incorpora aquí nuevos elementos como actores y actrices de prestigio (aunque Juliette Binoche ya había trabajado con él en 'Camille Claudel, 1915'y un tono de comedia desopilada que ya había ensayado en su serie de culto 'P'tit Quinquin', que en España pudimos ver tanto en cines como en Canal +.

El francés amplía a través del humor las distancias y los contrastes entre las dos clases sociales enfrentadas. Los humildes habitantes de la región hablan en picardo (lo que se conoce popular y despectivamente como ch'ti) o con un acento más que fuerte, sus rostros están curtidos por el sol y el trabajo duro, el tono oscuro de sus ropas oculta lo ajadas que están y sus interpretaciones son contenidas y sobrias.

El director amplía a través del humor las distancias y los contrastes entre las dos clases sociales enfrentadas

Los personajes procedentes de las ciudades cercanas (Lille, Roubaix...) visten en tonos claros, sus rostros son finos y pálidos y Dumont los convierte en un hatajo de tics. Las interpretaciones de Valeria Bruni-Tedeschi, Fabrice Luchini y sobre todo Juliette Binoche obligan a introducir un nuevo registro, por encima del histrionismo más desatado, en los registros de la comedia. Dumont apunta explícitamente a una causa que explicaría en parte los gestos de la familia aristócrata: una endogamia que ha permitido que el poder industrial en el norte de Francia se haya mantenido en manos de muy pocas familias (“es el capitalismo”, explica el personaje de Luchini, casado con su propia prima).

Dumont toma prestado del cine de terror norteamericano de los setenta esa idea de un mundo rural que se venga a través del horror de los urbanitas que siempre les han mirado por encima del hombro. Los ch'ti aquí aturden, despedazan y devoran a esos finolis que proclaman la hermosura del lugar y lo pintoresco del acento pero los miran siempre con suficiencia. A pesar del tono negro, la película no llega a adentrarse plenamente en el horror. Sin embargo, la pulsión antropófaga de Ma Loute y su familia le permite al director reincidir en uno de sus temas preferidos: el personaje inocente que alberga una pulsión fatalista hacia el mal. Esta predeterminación parece marcar de forma trágica la bellísima historia de amor entre Ma Loute y Billie, esa chica a quien le gusta vestirse de chico o al revés. Aunque en este caso el amor también alimenta el libre albedrío...

Inclasificable es un adjetivo que le queda corto a 'Ma Loute'

Inclasificable es un adjetivo que le queda corto a 'Ma Loute'. Dumont mezcla referencias al slapstick y a tantos otros registros de la comedia cinematográfica, a todo tipo de cómics (la banda sonora está plagada de ruidos que equivaldrían a las onomatopeyas tan presentes en la BD), al cine de Fellini, a los policíacos de todo tipo, a las películas de época, a la arquitectura imposible (la familia aristócrata vive en una mansión de referencias egipcias y acabado brutalista), a las tradiciones populares, al imaginario queer y a las historias de amor bigger than life entre adolescentes... Un punto a favor para el Festival de Cannes que en esta edición ha hecho coincidir a dos de los cineastas galos más heterodoxos, Dumont y Alain Guiraudie, que además desde sus respectivas regiones han roto con el modelo hegemónico de cine francés afincado en París que tan mal ha representado siempre (desde el folclorismo, desde el costumbrismo, desde la suficiencia...) la idiosincrasia de la Francia alejada del centro.

Ken Loach contra el estado asesino

Tan pocos directores han repetido presencia en la competición de Cannes com Ken Loach y tan pocos generan la pregunta de por qué. ¿Por qué los responsables del festival seleccionan una y otra vez las películas de un cineasta que desgasta la potencia de sus temas a partir de guiones burdos y fáciles y una puesta en escena menos que inspirada? En 'I, Daniel Blake' Loach descubre que los trabajadores autónomos también las pasan putas. El protagonista del título es un carpintero de mediana edad, viudo y sin hijos, al que los médicos prohíben trabajar a causa de una afección coronaria. Pero esto no le parece suficiente al estado para concederle una pensión por invalidez. Daniel queda así atrapado en un callejón sin salida burocrático que le impide tanto ganarse la vida con su empleo como cobrar la pensión que se merece. En una cola de servicios sociales congenia con una madre soltera que se encuentra en una situación incluso peor que la suya...

Loach arma una película torpe que se apoya en el subrayado dramático

Loach y su guionista habitual Paul Laverty apuntan directamente a un estado que ha convertido la burocracia de sus servicios sociales en una maquinaria de humillación. Así, los funcionarios y los procesos que deberían garantizar el acceso de los ciudadanos al estado del bienestar se habrían puesto por el contrario al servicio de la progresiva aniquilación de la dignidad, marginación y eliminación de los más pobres y desamparados. Para ello aprovechan por ejemplo la brecha digital que impide a ancianos o personas poco instruidas en las nuevas tecnologías acceder a aquello a lo que tienen derecho pero que solo pueden reclamar a través de procesos online. La película añade otro método estatal de centrifugación hacia los márgenes: el traslado de personas sin recursos económicos de las grandes capitales a ciudades más pequeña para ahorrar costes de beneficencia. Justo lo que le sucede a la protagonista femenina.

Con este material incendiario con el que el espectador conecta a la primera, Loach arma una película torpe que se apoya en el subrayado dramático, el desarrollo previsible (¿a qué va acabar dedicándose una muchacha sin recursos?) y giros de guion inverosímiles que no tienen otro objetivo que forzar el lacrimal del público.

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