Amor, humor y dolor en el gueto de Varsovia
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Amor, humor y dolor en el gueto de Varsovia

La última película de Rodrigo Cortés, 'El amor en su lugar', evoca con pudor y talento la escapatoria que supuso el teatro para los judíos hacinados bajo la ocupación nazi

Foto: 'El amor en su lugar', de Rodrigo Cortés.
'El amor en su lugar', de Rodrigo Cortés.

Tiene sentido hablar de la película 'de' Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Ourense, 1973) porque el cineasta la ha dirigido, la ha montado, ha escrito el guion, ha colaborado a la banda sonora y hasta ha 'reconstruido' la música de un melodrama que reanimó a los residentes del gueto de Varsovia —400.000 personas— antes de perpetrarse las deportaciones.

La escapatoria a la angustia y a la claustrofobia fue idea del dramaturgo Jerzy Jurandot. Y también la autoría de un libreto ('El amor en su lugar') cuya puesta en escena en el Teatro Femina (1942) permitía a los espectadores evadirse mentalmente, tanto por la comedia de enredo característica del argumento —un intercambio de parejas en un modesto habitáculo— como por el alivio terapéutico de los chistes de judíos.

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Fotograma de 'El amor en su lugar'.

Se trataba de sobrevivir. Y es la supervivencia el lugar donde penetra la cámara de Rodrigo Cortés, no ya pudorosa y sensible respecto al pavor atmosférico del Holocausto, sino dinámica y de gran versatilidad narrativa para contarnos las peripecias entrecruzada de 'El amor en su lugar'.

El título de la película implica un homenaje a la pieza de Jurandot, pero también permite a Cortés recrear el plan de fuga que urden los protagonistas del filme. Aspiran a escaparse del gueto aprovechando la tapadera de la obra teatral, de tal manera que la trama propone en 'tiempo real' toda la aventura y expone una premeditada confusión —la metaobra— entre la representación a la que asiste un gerifalte nazi y el plan de huida en sí mismo.

No es un musical, pese a la coreografía y el dinamismo de la partitura de Reyes. Tampoco puede considerarse una fábula edulcorante

No es un musical, pese a la coreografía y el dinamismo de la partitura de Víctor Reyes. Tampoco puede considerarse una fábula edulcorante ni oportunista. Predomina la tensión de un 'thriller' a golpe de contrabajo. E impresiona la oscuridad conceptual. La angustia opresora. No exactamente como el protagonista de 'Buried' —la película de Cortés que asfixió al público 'alojándolo' en la agonía de un féretro—, pero sí con un juego de espejos audaz entre todo aquello que temen los personajes de la película —rodada en inglés, con el magnetismo de Clara Rugaard— y el conocimiento del Holocausto que tenemos los espectadores. Sabemos más que aquellos. Conocemos que los trenes del exterminio estaban a punto de salir.

La película de Cortés tiene sentido en sí misma y lo adquiere por el interés 'documental' que implica haber recuperado la obra y la historia de Jerzy Jurandot. Fue suyo el mérito de haber programado 'El amor en su lugar' en el gueto de Varsovia. Y tuvo la fortuna de escapar al Holocausto junto a su esposa, la actriz Stefania Grodzienska. Convinieron ambos en dedicarse al teatro satírico, como si la sátira fuera la única manera de aceptar la discriminación arbitraria entre los sacrificados y los supervivientes.

Convinieron en dedicarse a la sátira, como si fuera la manera de aceptar la discriminación arbitraria entre sacrificados y supervivientes

No dispuso de la misma suerte el compositor Hans Krasa. Y sí tiene sentido mencionarlo porque la película de Cortés establece un paralelismo implícito o no premeditado con la escapatoria mental y lúdica que supusieron las funciones de 'Brundibár' ('El abejorro') en el gueto judío de Terezín.

Krasa la concibió como una fábula musical para un orfanato judío de Praga en 1938, pero luego se convirtió en la 'escapatoria' de los niños deportados al gueto de Terezín unos años después. Allí se representaba la obra de manera cotidiana. Primero, en la clandestinidad. Y después como una anestesia colectiva al espanto que el régimen nazi convirtió en argumento de su propaganda exterior. Cada vez que se rumoreaba el hacinamiento, ejecución y tortura de los deportados, el gobierno alemán divulgaba un documental sobre las inmejorables condiciones de vida de los judíos.

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Fotograma de 'El amor en su lugar'.

Se lo obligaron a realizar a Kurt Gerron, un notabilísimo actor de entreguerras —aparece en 'El ángel azul'— que fue deportado a Terezín, como deportado había sido el propio Krása. De acuerdo con el documental, se les había construido a los judíos una ciudad dichosa para ellos. Y ese privilegio les permitía sustraerse a los avatares trágicos de la guerra.

No hubo tanto esmero del régimen nazi en ocultar el hacinamiento, la miseria y la claustrofobia del gueto de Varsovia. Los documentales y el cine nos lo han demostrado con toda suerte de ejemplos. ¿Hacía falta 'otra' película? ¿Era necesario un nuevo episodio? Rodrigo Cortés despeja la pregunta afirmativamente. Y consigue una propuesta valiente porque resulta enormemente arriesgado manejarse entre el humor, el amor y el dolor sin incurrir en la frivolidad, la sensiblería y el tremendismo.

Es una propuesta valiente porque resulta arriesgado manejarse entre el humor, el amor y el dolor sin incurrir en la frivolidad

'El amor en su lugar' es un título de muchos significados. Por la alusión a la obra de Jurandot que la inspira y cuya música desapareció; porque la peripecia amorosa de las parejas que la protagonizan transcurre en apartamento; y porque, sobre todo, alude al amor en un lugar que no es un lugar, sino una toponimia extrema y precaria, feral, donde la idea de amar empieza por entregar la propia vida al prójimo, aunque sea para que los supervivientes puedan contarlo.

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