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'Silvio (y los otros)': prostitutas, drogas y corrupción en el retrato vacío de Berlusconi

Paolo Sorrentino, el director de 'La gran belleza' y 'La juventud', se entrega al exceso vacío de contenido en su retrato de 'Il Cavaliere' y de la Italia corrupta y mitómana

Foto: Toni Servillo interpreta a Silvio Berlusconi en la última película de Paolo Sorrentino. (DeAPlaneta)
Toni Servillo interpreta a Silvio Berlusconi en la última película de Paolo Sorrentino. (DeAPlaneta)

A los últimos minutos de 'Silvio (y los otros)' se llega como al tramo final de las Navidades: empachado, aturdido y lleno de remordimientos. La nueva película de Paolo Sorrentino —estrenada en Italia en dos partes de 104 y 100 minutos respectivamente y en España en una de 157 minutos— es un exceso de carne, drogas, música machacona —que no es reprochable per se— y personajes esperpénticos y situaciones sórdidas. Sorrentino en su versión más extrema hasta el momento, más para mal que para bien. Una película irregular y desequilibrada, lastrada por el cambio de formato y la cercenadura de casi una hora de metraje, en la que el director de 'La gran belleza' (2014), 'La juventud' (2015) y 'The Young Pope' se presenta como una hipérbole de sí mismo, que ya es decir.

A priori, que Sorrentino —el mejor retratista contemporáneo de la Italia contradictoria, hortera y mitómana— hubiese puesto su objetivo en la figura de Silvio Berlusconi —el mejor retrato contemporáneo de la Italia contradictoria, hortera y mitómana— auguraba una de las grandes obras del cine europeo del año. Pero no. Porque aunque 'Silvio (y los otros)' sigue exhibiendo el genio barroco del director napolitano —la puesta en escena sigue plagada de detalles cuidados y ocurrencias visuales—, la sensación final es la de un relato deshilachado y vacuo, una aproximación superficial y plana a un personaje con tanto potencial como Berlusconi que se mantiene gracias a contados destellos de ingenio —como la charla con la joven Stella sobre el aliento de su abuelo o la llamada del político haciéndose pasar por comercial inmobiliario—, pero que, a grandes rasgos, es decepcionante.

Toni Servillo es Silvio Berlusconi en 'Silvio (y los otros)'. (DeAPlaneta)
Toni Servillo es Silvio Berlusconi en 'Silvio (y los otros)'. (DeAPlaneta)

Sorrentino apuesta fuerte con 'biopic' heterodoxo en el que el protagonista no aparece hasta bien entrado el segundo tercio —la estructura en actos es más difusa de lo habitual— sino a través de el pronombre 'Él', como si de una divinidad se tratara. 'Silvio (y los otros)' arranca desde el punto de vista de 'los otros', aquellas sanguijuelas ambiciosas y sin escrúpulos que buscan medrar socialmente por la vía rápida y entrar en la cadena de secretos y favores de la política, controlada por el todopoderoso y omnipresente Silvio Berlusconi: Él.

Sergio Morra es un empresario jeta que pretende medrar socialmente usando sus contactos y tentando a Berlusconi con 'bunga bungas'

Y la autopista hacia la cúspide está construida a base de culos prietos y estupefacientes. Sergio Morra (Riccardo Scamarcio), es una de esas sanguijuelas, un empresario jeta hijo de un promotor inmobiliario recto. Un respeto a la legalidad que supone una anacronía inútil para este arribista con ínfulas: Morra pretende llegar hasta el ex jefe del Gobierno alquilando una mansión frente al palacete vacacional del político y tentándole con un 'bunga bunga', una de aquellas fiestas con chicas jóvenes —algunas prostitutas— que popularizó 'Il Cavaliere' —¡qué ironía de sobrenombre!— allá por 2011.

Ricardo Scamarcio en 'Silvio (y los otros)' de Paolo Sorrentino. (DeAPlaneta)
Ricardo Scamarcio en 'Silvio (y los otros)' de Paolo Sorrentino. (DeAPlaneta)

El primer tercio de 'Silvio (y los otros)' es una concatenación extenuante de fiestas y polvos —de los unos y de los otros—, un delirio alucinógeno que recuerda a la secuencia de la fiesta con enanos, travestis y burgueses y empresarios 'botoxomizados' de 'La gran belleza', pero con un grado superlativo de autoconsciencia, de necesidad de sobrepasar por exceso cualquier expectativa. Culos y tetas y magreos y contoneos pasan del sueño húmedo a la pesadilla por saturación. Y de Berlusconi, o de la Italia de a pie, ni rastro.

'Silvio (y los otros)' adolece de un grado superlativo de autoconsciencia, de necesidad de sobrepasar por exceso cualquier expectativa

Y aunque cuando aparece el Berlusconi de Toni Servillo lo hace de forma evidentemente grotesca, la aproximación de Sorrentino al político y empresario italiano no oculta cierta fascinación y, desde luego, empatía. Si en 'Il Divo' (2008), el cineasta trató la figura del oscuro Giulio Andreotti desde la sátira y la mordacidad, en 'Silvio (y los otros)' parece caer preso de la admiración por ese hombre hecho a sí mismo con una retórica capaz de venderle, como dicen las abuelas, un peine a un calvo.

Kasia Smutniak es Kira en 'Silvio (y los otros)'. (Gianni Fiorito)
Kasia Smutniak es Kira en 'Silvio (y los otros)'. (Gianni Fiorito)

Cuando 'Silvio (y los otros)' se adentra en la intimidad del político, el personaje de Morra queda abandonado de manera abrupta e incomprensible. El director deja también de lado el ritmo vibrante y espídico y opta por un montaje más íntimo y cercano, incluso bucólico, a su manera. El Berlusconi de Servillo está empeñado en revivir su relación con Veronica Lario (Elena Sofia Ricci), a quien la película presenta como una mujer elegante, cultivada, profunda y resignada a convivir con un hombre que, a pesar de sus infinitos deslices extramaritales, parece seguir enamorado de su mujer. Casi parece que Sorrentino justifica los escarceos del mandatario con jóvenes —e incluso menores de edad— por la necesidad 'peterpanesca' de no sentirse viejo, de no aceptar su decadencia. También lo presenta como un amante de la belleza, de la música, del disfrute, y apenas resulta amenazador, sino que son quienes lo rodean los traidores, los corruptos, los mafiosos.

Cartel de 'Silvio (y los otros)'
Cartel de 'Silvio (y los otros)'

También admira su capacidad de persuasión: "¿Sabes que solía decir el gran científico inglés Isaac Newton?", le pregunta a su nieto. Las apariencias sólo engañan a los mediocres [...]. La verdad es el resultado del tono y la convicción con la que digamos las cosas". Y es cuando el hombre poderoso no consigue lo que quiere cuando empiezan a hacerse visible las grietas: con la chica joven que lo rechaza, con el futbolista que desdeña su dinero.

Al parecer, Berlusconi sólo puede existir en tanto en cuanto un país entero lo permita. En un país católico que profesa una ferviente devoción por sus símbolos, Berlusconi es uno más de ellos. Que tendrá sus fallas —no demasiado expuestas en la película—, pero que al final acaba poniéndole un piso y regalándole una dentadura postiza a una anciana que lo ha perdido todo en el terremoto de L'Aquila. Berlusconi promete sueños —y promociones de pisos— y a veces los cumple. Y en la escena final, cuando los bomberos recuperan la figura de un Cristo bajo los escombros de la iglesia del pueblo frente a los feligreses postrados, la fotografía de esa Italia berlusconiana queda clara: un país que se sigue arrodillando frente a un icono ruinoso mantenido por la fe. Una fe ciega, muy ciega.

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