desde el 21 de octubre

El limbo cubista: Picasso, Gris y compañía pintaban mientras Europa se desangraba

El Museu Picasso de Barcelona acoge la exposición 'Cubismo y guerra, el cristal en la llama', sobre el incesante camino hacia una pureza estética que no se interrumpió durante la masacre

Foto: Juan Gris - 'Naturaleza muerta frente a ventana abierta'
Juan Gris - 'Naturaleza muerta frente a ventana abierta'

Gustav Von Aschenbach persigue a Tadzio en una Venecia fantasmagórica dominada por una epidemia de cólera. En esa persecución novelesca Thomas Mann simbolizó el final de una época porque el niño que no podía atrapar era una belleza que iba despidiéndose para dar lugar a una pesadilla inaudita en la larga Historia de la Humanidad.

Los acontecimientos nos avisan de los desastres sin que nosotros los percibamos como una verdadera amenaza. En 1914 la luminosidad de París iba apagándose. El 16 de marzo Henriette Caillaux asesinó de un disparo en el pecho a Gaston Calmette, director de Le Figaro, para rebatir todas las calumnias con las que el prestigioso periódico amenazaba con tumbar a su marido, ministro de finanzas de la República. El 31 de julio tres tiros acabaron con la vida del líder socialista Jean Jaurès en el Café du Croissant. A la mañana siguiente Alemania declaró la guerra a Rusia y empezó la Primera Guerra Mundial.

El estallido del conflicto desbarató la vida de la comunidad artística de la capital francesa. Pablo Picasso había abandonado la precariedad legendaria del Bateau Lavoir para trasladarse de Montmartre a Montparnasse. Era el rostro visible del Cubismo, un movimiento heterogéneo que desde su nacimiento en 1907 se había empeñado en dar puñetazos en la mesa de la tradición para crear una propia donde la realidad quedaba desnuda en la búsqueda de una esencia que al principio se plasmó de modo hermético y con el tiempo cogió un vuelo que se acercaba a la cotidianidad mediante collages con recortes de periódico y objetos reconocibles que hacían de esos lienzos un indiscutible testimonio del presente.

Pintores en guerra

La mayoría de pintores franceses, de Braque a Derain, de Metzinger a Fernand Léger fueron llamados a filas. Marcel Duchamp escapó de la movilización por su precaria salud y emigró a Nueva York, donde le siguieron, con breves estadías en Barcelona, Albert Gleizes y Francis Picabia.

Los cubistas que quedaron en París eran extranjeros o franceses no aptos para el combate por razones de edad y pasaron los cuatro años de la conflagración en la capital del Hexágono en un extraño limbo. La casa de la Modernidad observó con congoja como esta se trasladaba a unos kilómetros e instalaba su base en las trincheras que Fernand Léger definió como una academia Cubista por la dureza obscena de los cuerpos de los soldados amontonados en espacios reducidos en medio del absurdo repleto de polvo.

Picasso con el decorado de 'Parade'
Picasso con el decorado de 'Parade'

Desde el 21 de octubre el Museu Picasso de Barcelona acoge la exposición 'Cubismo y guerra, el cristal en la llama'. El cristal es el cubismo, denominado así por su incesante camino hacia una pureza estética que no se interrumpió durante la masacre. La muestra ordena por estricto orden cronológico más de ochenta obras para permitir al espectador entender la evolución del movimiento mientras Europa se desangraba. Las seis salas que las acogen son el contenedor de muchas preguntas a las que podemos aportar respuestas muy variadas, soluciones de un enigma interpretativo, porque como es bien comprensible el impacto de las armas alteró por completo la percepción de Diego Rivera, Gino Severini, Henri Laurens, Jacques Lipchitz, Maria Blanchart, Georges Braque, Fernand Léger, Henri Matisse, Juan Gris y Pablo Picasso, los protagonistas de la muestra, los hombres que ante las derivas dramáticas de los acontecimientos reinterpretaron sus propios pinceles. 

El Cubismo durante la Gran Guerra se contagió en parte del estupor generalizado y la creciente desmoralización de la calle

El Cubismo durante la Gran Guerra se contagió en parte del estupor generalizado y la creciente desmoralización de la calle. Lo corroboran los colores apagados de ciertas obras de Juan Gris como 'Naturaleza muerta ante una ventana abierta', donde el periódico ha enmudecido y el exterior viste un azul lúgubre, como si la place Ravignan, templo de tantos descubrimientos revolucionarios, se hubiera mimetizado con el olor a muerte que impregnaba toda la sociedad.

Retaguardia: ¿fracaso u oportunidad?

Uno de los grandes caballos de batalla que debieron plantearse los cubistas fue cómo reaccionar ante el clima imperante. Estar en la retaguardia era un fracaso y una oportunidad. Las mentes se llenaban de una recalcitrante propaganda nacionalista y conservadora que clamaba, sin saber que el futuro urdiría otros planes, por un retorno a la tradición y a las buenas costumbres. Las banderas que llenaban los balcones desaparecieron de los cuadros, que de modo paulatino perdieron su empuje iconoclasta para acatar en silencio la llamada al orden y virar progresivamente hacia un clasicismo en el que Picasso sobresalió sin perder su idiosincrasia rompedora.

Uno de los puntos clave para comprender la propuesta del museo barcelonés es la nula unidad del grupo cubista

Otro de los puntos clave para comprender la propuesta del museo barcelonés es la nula unidad del grupo. Antes de la guerra los cubistas dividían en dos facciones diferentes. La primera era la de los artistas que tenían firmado un contrato de exclusividad con el marchante alemán Daniel Henry Kahnweiler. Picasso, Braque, Gris y Léger integraban un cuarteto que se distinguía de los demás pintores que presentaban con regularidad sus obras en los salones. La imposibilidad de proseguir con sus actividades comerciales mientras duraran las hostilidades alejó a Kahnweiler del mercado del arte parisino y propició que ocupara su lugar Léonce Rosenberg, quien intentó juntar a todos los cubistas y hasta dirigir los impulsos del movimiento desde una perspectiva en que lo económico cayó derrotado por las apuestas individuales de cada artista, pues a partir de 1917 se observan con más claridad sendas diversificadas.

Fernand Léger - 'La estufa', 1918
Fernand Léger - 'La estufa', 1918

El año de la Revolución Rusa es un símbolo de muerte y renacimiento. La ciudad empezó a revivir con otro aire, muchos heridos regresaron del frente y Picasso consolidó su amistad con Jean Cocteau que tuvo su expresión artística con el ballet Parade, donde la modernidad se conjugaba con el clasicismo. Este nuevo soplo parisino que cruzó fronteras desconocía por completo que durante ese lapso bélico la vanguardia había abandonado su cuna para visitar otras latitudes. Dada nació en Zurich y la periferia cobró creciente protagonismo en todos los ámbitos culturales; de nada sirvieron por el momento las apelaciones de Guillaume Apollinaire para crear un 'esprit nouveau' que aterrizaría con la paz y la necesidad de exorcizar demonios y pesadillas.

En 'La Fractura' (Anagrama) Philip Blom comenta que la Primera Guerra Mundial destruyó el microcosmos de cada hombre hasta generar una crisis colectiva. Nada quedó indemne y el paréntesis marcial provocó en el Cubismo un ensimismamiento que anunciaba la bajada de su telón. Desaparecieron imperios, la multitud irrumpió para reivindicar mayor igualdad, el Capitalismo salió de caza para exhibir su poder de seducción ante la amenaza del virus comunista y el arte intuyó mucho más de lo que pensaba en esa encrucijada, por eso Fernand Léger, uno de los pocos pintores de la exposición que vistió la divisa soldadesca, dibujó a sus compañeros de las trincheras como si fueran máquinas, porque después de 1918 el hombre sería distinto y el descaro de antaño mutaría en una reflexión más madura para construir el futuro mirando la tragedia del pasado de reojo, para no repetir errores y crear desde otro paradigma.

La exposición 'Cubismo y guerra, el cristal en la llama', podrá verse en el Museo Picasso de Barcelona hasta el 29 de enero de 2017.

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