El diluvio: cómo Estados Unidos dominó el mundo
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Llega a españa el gran estudio de Adam Tooze

El diluvio: cómo Estados Unidos dominó el mundo

El historiador británico investiga el corrimiento de placas invisible que, entre 1916 y 1931, puso al timón del mundo a un país hasta entonces excéntrico a los crónicos centros de poder europeos

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Soldados americanos se dirigen a Europa en la primera guerra mundial

"La guerra es el diluvio, es una convulsión de la naturaleza... que trae cambios inauditos en el tejido social e industrial. Es un ciclón que está arrancando de raíz las plantas ornamentales de la sociedad moderna... Es un terremoto que está haciendo que se tambaleen los mismísimos pilares de la vida europea. Es uno de esos movimientos sísmicos en los que las naciones hacen avanzar o retroceder a generaciones enteras de una sola sacudida".

Las palabras de David Lloyd George, ministro británico de Municiones, el día de Navidad de 1915 ante una multitud de furiosos sindicalistas que rechazaban el enésimo reclutamiento, resumen a la perfección la percepción agónica de las gentes de la segunda década del siglo XX ante un mundo que se desmoronaba delante de sus ojos. Ningún conflicto, ni siquiera la posterior y mucho más cruenta Segunda Guerra Mundial, provocaría un tajo tan abismal entre el viejo y el nuevo mundo. Los imperios se disolvían, los mapas se recomponían una y otra vez y, al término de la contienda, las réplicas en forma de revoluciones y guerras civiles harían estragos aún durante años. Pero hubo una alteración más profunda, aunque menos llamativa, de la que se ocupa el historiador británico Adam Tooze en su formidable 'El diluvio' (Crítica, 2016): el nacimiento de un nuevo orden mundial dominado -en ausencia- por Estados Unidos.

Tooze investiga a lo largo de las más de 800 páginas de su libro el corrimiento de placas invisible que, entre 1916 y 1931, puso al timón del mundo a un país hasta entonces excéntrico a los crónicos centros de poder europeos. Tres protagonistas a priori incongruentes entre sí quedaron fascinados por aquel corrimiento de tierras que sólo ellos detectaron: Winston Churchill, Adolf Hitler y Leon Trotsky. Sus visiones, a priori contrapuestas, confluían así: había nacido una nueva "organización mundial" cimentada en los tratados de Locarno y del Pacífico y vicaria de un nuevo y abrumador polo de poder que emanaba de Washington. Pero aquel imperio era completamente distinto a todos los demás. ¿Por qué?

El guion de Woodrow Wilson

La Pax Americana se impuso en las trincheras embarradas de Europa y ha perdurado hasta hoy. Adam Tooze defiende que la espectacular escalada de violencia que se desencadena en las décadas de 1930 y 1940 obedece a un impulso común. Hitler, Stalin, los fascistas italianos y sus homólogos japoneses se rebelaron frente a la amenaza que suponía para sus planes el futuro dominio de la democracia capitalista estadounidense. Y todos fueron derrotados. Aquella violencia se incubó en los años de entreguerras pero las fantasías racistas y expansionistas que la nutrieron obedecían a un resorte más prosaico y eficaz: la insurgencia contra un orden mundial que adivinaban opresivo y poderoso. El guión de aquel nuevo dominio lo había escrito un tipo ingenuo y bienintencionado, el presidente Woodrow Wilson.

Las fantasías racistas y expansionistas que se incuban entre guerras obedecen a un resorte más prosaico: la insurgencia contra un orden mundial opresivo

El 27 de septiembre de 1918, aprovechando la cuarta emisión de Bonos de la Libertad en Nueva York -y presintiendo el fin de la contienda-, Wilson expuso en un discurso los rasgos básicos de una paz "liberal". El nuevo orden debía brindar una justicia imparcial, sin imponerse sobre los vencidos, en el marco de una Sociedad de Naciones. Pero según pasaban los meses y el armisticio cobraba forma, los norteamericanos se despojaban del disimulo y mostraban una actitud cada vez más decidida de convertirse en los únicos árbitros de la nueva situación. Su poder prescindía cada vez más, con tanta inteligencia como polémica interna, de la fuerza de las armas. Los célebres Catorce Puntos de Wilson ganaron finalmente la paz en un extraordinario juego incruento.

Pero aquella fue una paz frágil zurcida con remiendos e insoportablemente cruel para Alemania, la gran derrotada. En la célebre Conferencia de Paz de París, Estados Unidos se desantendió del resultado. El fantasma de la Revolución Rusa acechaba. Y el revanchismo francés, apoyado sin entusiasmo por Reino Unido, impuso a la derrotada Alemania, contra todo criterio razonable, unas reparaciones de guerra suicidas para el porvenir de Europa. Mentes preclaras como la del economista Keynes lo advirtieron entonces, las funestas consecuencias de la paz pronto se harían notar.

El gran fiasco

Concluye Tooze en las páginas finales de 'El diluvio': "El impulso básico de las sucesivas administraciones norteamericanas fue utilizar la posición de distanciamiento privilegiado de Estados Unidos y la dependencia de ellos que tenían las demás grandes potencias, para crear el marco en el que transformar los grandes asuntos del mundo. A la 'revolución' de Europa y Asia, lejos de completarse, había que dejarla seguir su curso hasta el final. Se trataba en muchos sentidos de un proyecto liberal y progresista según los términos definidos por Estados Unidos. La paz entre las grandes potencias, el desarme, el comercio, el progreso, la tecnología, o las comunicaciones eran sus consignas. Pero fundamentalmente, en la visión que tenía de los propios Estados Unidos, en su concepción de lo que se les podían pedir, el proyecto era profundamente conservador".

Y así, el interesado desinterés del guion wilsoniano convirtió a Estados Unidos en guardián de un mundo al que no tenía en principio intención de "proteger". Fue "el gran fiasco". Con el advenimiento del nazismo en 1933, la idea de que el gigante norteamericano podía liberarse "de la vorágine de la historia", se había venido abajo. Y lo peor estaba por llegar...

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