'La transformación del mundo'

Larga vida al siglo XIX, el siglo largo que lo cambió todo

La historia total aún tiene quien la escriba. El historiador alemán Jürgen Osterhammel ha firmado el libro de historia más importante del año en España, en el que logra atrapar el inagotable siglo XIX

Foto: 'La transformación del mundo', de Jürgen Osterhammel.
'La transformación del mundo', de Jürgen Osterhammel.

Al comentar la amplitud de miras de la obra de Adam Smith, el gran economista liberal del XVIII, su colega Joseph Schumpeter lamentaba que "entonces un hombre era capaz de recorrer toda la ciencia y todo el arte, y trabajar en campos muy distantes sin condenarse al desastre". Schumpeter escribía a principios del XX, y las fuentes se han multiplicado exponencialmente desde entonces. ¿Quién se atrevería hoy, en plena sociedad de la información y tras el paso de la picadora de carne posmoderna, a acometer una historia global?

¿Quién se atrevería hoy, en plena sociedad de la información y tras el paso de la picadora de carne postmoderna, a acometer una historia global?

Jürgen Osterhammel es nuestro hombre. Sin concesiones a la profesionalización de la historiografía, el profesor alemán de la Universidad de Konstanz ha agotado todos los ángulos del periodo esencial que explica nuestro presente en 'La transformación del mundo' (Crítica), una historia global del XIX que llega estos días a las librerías españolas. Un volumen imponente de más de 1.500 páginas que sobrevuela tiempos y lugares, sistemas de poder, guerras, revoluciones y estándares de vida, la religión y el conocimiento del siglo largo que lo cambió todo, el que arranca en 1789 con la toma de la Bastilla y baja el telón en 1918 en las trincheras embarradas de la Primera Guerra Mundial.

La tortuga de Darwin

'La transformación del mundo', de Jürgen Osterhammel
'La transformación del mundo', de Jürgen Osterhammel

En 2007 falleció el penúltimo superviviente británico del Titanic, en 2008 el último veterano alemán de la Primera Guerra Mundial. En 2006 y en un zoo australiano había muerto la tortuga Harriet, la misma que Charles Darwin se encontró en las Galápagos en 1835, en el mítico viaje del 'Beagle' que funda la biología moderna. Desprovistos así de cualquier resto de memoria personal de aquella centuria, nos queda sin embargo su representación. Pero esta es inmensa, porque los más resistentes refugios de la memoria jamás imaginados, y aún vigentes, son inventos del propio siglo XIX: el museo, el archivo estatal, la biblioteca nacional, la fotografía, la estadística, el cine...

Saludado como "el Braudel del siglo XIX", Osterhammel defiende la vigencia de una historia global confeccionada además por un único autor que centralice "las preguntas y los puntos de vista, las materias y las interpretaciones". "Quien se sumerge en el papel de historiador universal durante un tiempo (pues debe seguir siendo experto en algo específico) no puede sino intentar dar en el clavo y resumir en pocas frases el penoso y laborioso trabajo de investigación de otros. Esta es su auténtica labor y debe conseguirla siempre que pueda. Al mismo tiempo, su trabajo carecería de valor si no procurase acercarse lo máximo posible a los mejores estudios, que no necsariamente son siempre los más recientes".

Atrapar la vida en común

Describe Osterhammel las dos vías tradicionales para atrapar un periodo histórico completo sin que desborde. La opción clásica, la de historiadores como Roberts o Hobsbawm, apuntala las claves y características de la época y las dispone en un flujo narrativo continuo. Otra vía más moderna, a la que se aplica por ejemplo Christopher Bayly en 'El nacimiento del mundo moderno' (Siglo XXI, 2010), prefiere la simultaneidad al avance cronológico acelerado, busca cortes transversales, paralelos, y analogías que resuman la época narrada, tales como el nacionalismo.

'La libertad guiando al pueblo', Delacroix.
'La libertad guiando al pueblo', Delacroix.

Osterhammel radicaliza en su libro esta última vía hasta mutarla: "Las narraciones maestras son legítimas. La crítica posmoderna no las ha convertido en obsoletas, sino que nos permite explicarlas de forma consciente". Su libro vuelve una y otra vez a la vida en común de los hombres y mujeres que cargaron sobre sus espaldas el XIX.

En 1847, Hector Berlioz todavía sufrió "penalidades atroces" al desplazarse desde Tauragé (Lituania) a San Petersburgo en un trineo helado ("una caja de metal herméticamente cerrada", describe) durante cuatro días y cuatro noches. Pocos años después, podría haber realizado rápidamente, y sin heridas, el mismo viaje en tren. Osterhammel señala a la aceleración como la gran característica global compartida por las gentes del XIX. La máquina de vapor y su combinación mecánica con las ruedas y hélices navales, junto a la "milagrosa" irrupción del telégrafo, puso al planeta 'espídico'. El tiempo se desnaturalizó.

Mundo 'espídico'

No solo los trenes viajaban a toda velocidad hacia el futuro. También las esperanzas. Las revoluciones brotaban por todas partes en abigarrada legión: burgueses, obreros, campesinos, mujeres, esclavos y milenaristas de toda planta exigían su billete hacia un mundo mejor. De Filadelfia a San Petersburgo pasando por Nankín, la idea de 'revolución' infectó las mentes y acabó por borrar del mapa al final del recorrido algunas de las organizaciones estatales más antiguas y poderosas del mundo. Las potencias coloniales española y británica, el Antiguo Régimen, las monarquías china y persa, los imperios otomano, austro-húngaro y alemán, se fueron por el sumidero de la historia.

No sólo los trenes viajaban a toda velocidad hacia el futuro. También las esperanzas. Las revoluciones brotaban por todas partes en abigarrada legión

'La transformación del mundo' es un libro inagotable que mata el hambre de los curiosos sin dejar de acompañar por ello a los que gustan de mayores profundidades. Al llegar a las conclusiones finales, Osterhammel brinda un sugerente epitafio del siglo en el que transcurrió "el mundo de ayer":

"El siglo XIX preparó el camino para las catástrofes de 1914 en adelante; Hannah Arendt y otros autores se lo reprocharon. Pero también desarrolló tradiciones -el liberalismo, el pacifismo, la noción de los sindicatos o del socialismo democrático- que después de 1945 no habían caducado ni caído en desgracia por entero. Mirando atrás desde 1950, el año de 1910 -el año en el que el carácter del ser humano se transformó, según un apunte ingenioso de Virginia Woolf- parecía ser un pasado muy remoto. Pero en muchos sentidos, era más próximo que los horrores de los años de guerra más reciente".

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