Todo sobre el 'Tractatus' de Wittgenstein: el libro más extraño e influyente de la filosofía
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Todo sobre el 'Tractatus' de Wittgenstein: el libro más extraño e influyente de la filosofía

Para el filósofo, estar en el frente oriental de la I Guerra Mundial tras alistarse como voluntario dobló la complejidad de su obra. Era un soldado que quiso ver cara a cara a la muerte

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Ludwig Wittgenstein

El 'Tractactus lógico-philosophicus' de Ludwig Wittgenstein es un fetiche, una contradicción, un motivo de eternas elucubraciones y muchos otros sinfines de atributos en esa paradoja hacia la claridad envuelta, también en su interpretación, de oscuro misterio para sus lectores, no solo los inexpertos sino también los más avezados. El pensador austriaco jugó un papel importante en todo esto. El inicio del prólogo de su disquisición declara intenciones y genera una nebulosa: "Posiblemente solo entienda este libro quien ya ha pensado por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos".

En la conclusión del libro descubriremos, y la frase demuestra el valor plural de las proposiciones expresadas en apenas sesenta páginas, que "de lo que no se puede hablar, conviene callar". Antes, como si así Wittgenstein quisiera atraernos, se afirma la intocabilidad de lo escrito y la resolución definitiva de los problemas. La cuestión es dirimir cuáles y averiguar los motivos de tan elocuente, si bien escueta, convicción.

Foto: Rousseau y Hobbes.

Wittgenstein y su 'Tractatus' son, en realidad, hijos de su propia época, determinada por un contexto histórico abocado hacia un impulso purificador y rebelde del pasado, dominador del presente, para hilvanar el futuro. Esto en Viena, si se quiere, era aún más notorio, desde la centralidad y el contraste entre lo emanado desde el poder y la energía del comercio burgués. En ambos casos, la figura paterna era imprescindible: Francisco José II simbolizaba una protección asfixiante, mientras los progenitores de la clase ascendente luchaban para parar una consecuencia lógica de su auge económico: el interés de los hijos por soltarse del manto emprendedor al haber accedido a la cultura.

Una familia millonaria

'La familia Wittgenstein', tan bien plasmada en el homónimo volumen de Alexander Waugh (Lumen), era a finales del siglo XIX una de las más ricas del Imperio austrohúngaro, tras haber surgido de la nada en Sajonia, haber asimilado el protestantismo y ver florecer la industria siderúrgica a manos de Karl, padre de Ludwig; este no sobresalió durante su infancia, dócil y obediente a diferencia de muchos de sus hermanos, tres de ellos suicidas, más exhibicionistas a la hora de mostrar un talento forjado en el salón de su palacio, templo de conversaciones apreciado por muchos artistas de ese espléndido instante.

placeholder 'La familia Wittgenstein'. (Lumen)
'La familia Wittgenstein'. (Lumen)

La música era otro elemento en esa cotidianidad. El retraimiento del joven Ludwig se nutría de la atmósfera de esa Viena a la que más tarde dio nombre en el canónico ensayo de Allan Janik. Entre sus favoritos, figuraban dos escritores capaces de sintetizar esa querencia por discernir entre las construcciones interiores y las exteriores, entre su visión y su plasmación mental.

Otto Weininger fue el gran 'enfant terrible' de la generación del 'fin de siècle'. Se suicidó en la casa donde murió Beethoven y dejó para la posteridad su libro 'Sexo y carácter'. Para Wittgenstein, la diatriba expresada en sus páginas entre genio y muerte fue una obsesión duradera, espejándose en la primera alternativa, torturándose en un combate propio para escapar de la mediocridad.

En cambio, Karl Kraus, santo y seña de la revista 'Die Fackel' —'La Antorcha', en español— le empujó hacia la claridad de lenguaje, entroncándose así con ese filón precursor, omnipresente en casi todas las disciplinas de la capital austriaca, de Freud a Schnitzler, de Schonberg a Kolo Moser, sin olvidarnos del arquitecto Adolf Loos, con quien Wittgenstein mantuvo amistad, quizá por esa voluntad compartida de aniquilar lo ornamental y abrazar una precisa pureza.

Inglaterra y la guerra

En 'Tiempo de magos' (Taurus), Wolfram Eilenberger recoge sutilmente otra clave para comprender a nuestro protagonista y su 'Tractatus'. Wittgenstein se encerraba en sí mismo, como si estuviera separado del mundo y sus semejantes por una pared o un cristal invisible. Estudios recientes han sopesado si padecía Asperger, pero más allá de esto, el dualismo y la imposibilidad de derribar ciertas barreras se muestra en proposiciones como que el mundo de los felices es distinto al de los infelices. Las comparaciones eran habituales entre el clan Wittgenstein como recurso en sus tertulias.

placeholder 'Tiempo de magos'. (Taurus)
'Tiempo de magos'. (Taurus)

En Ludwig, son herramienta expresiva y metáfora de sus percepciones. Quería matar al padre y a sus microcosmos, costándole asumirlo. Para ello, tras estudiar en Berlín, emigró a Manchester, en la vanguardia de la incipiente ingeniería aeronáutica. Su dedicación a esta tarea no fue en balde: patentó una hélice 'a posteriori' usada en helicópteros, si bien durante ese periodo se sumergió de lleno en las matemáticas, empecinado en la lógica hasta dar el salto a Cambridge, donde hostigó a Bertrand Russell.

La relación entre ambos no inició con buen pie. Wittgenstein monopolizaba las clases, hasta ser insoportable. Tenía veintidós años y la determinación de un dios. Ante tanta insistencia Russell, en este sentido víctima de haber escrito 'Principia mathematica', terminó por acogerlo hasta admitir la superioridad de ese bicho raro, sin duda aristócrata, sin duda inteligentísimo, aunque con una conducta harto anómala, reacio al gusto mayoritario –diseñó sus propios muebles por no agradarle ninguno–, poco diplomático y obcecado en esa meta suprema de resolver los problemas con claridad y transparencia, como si encarnara a su Viena en el campo filosófico desde las matemáticas.

Su heterodoxia, única sin aristas, encantaba y alejaba a otras primeras espadas del entorno, como John Maynard Keynes o Lytton Strachey, ambos del círculo de Bloomsbury. Él prefería, además de cartearse con Frege y no dar tregua a Russell, a David Hume Pinsent, a quien pagó, tanto por amor como para no estar solo, vacaciones en Islandia y viajes a Noruega, donde Wittgenstein, ansioso de tener –a imagen y semejanza de Mahler– una cabaña de creación, se instaló poco antes de la Primera Guerra Mundial. En el país escandinavo esperaba hallar un universo propicio para devenir un eremita entregado a su meta suprema. El asesinato de Sarajevo truncó sus planes y le tendió, como no podía ser de otra forma, una doble aventura.

La metamorfosis de la guerra

Quién sabe si ese anhelo de desnudar y armonizar la realidad mediante el lenguaje y las matemáticas, sinfonías similares en sus engranajes, así como el mundo, habría seguido una senda bien distinta de no ser por el conflicto de 1914. Quizá habría guardado semejanza con el cubismo de Picasso, un proceso asimismo de objetividad interior, y por lo tanto subjetiva ante un exterior sin sus envoltorios. El malagueño dejó atrás esa fase tras la Gran Guerra, y su pincel brindó alegría a la frialdad.

Foto: Juan Gris - 'Naturaleza muerta frente a ventana abierta'

Estar en el frente oriental, tras alistarse como voluntario, dobló la complejidad del 'Tractatus'. Su versión definitiva era la de un soldado que quiso ver cara a cara a la muerte y conservó durante todo su periplo el 'Evangelio abreviado' de León Tolstoi. La conversión a la fe cristiana pudo ser producto del cambio de paisaje del despejado ambiente académico británico a la turbulencia de las batallas y su expectación. En ocasiones no podía reflexionar, frenándose su labor. Cuando la retomó tenía otras componendas. Los aforismos del tramo final beben de ética y estética, encajándose con los iniciales, más lógicos. No hay disonancia en maridar "el mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas" con "está claro que la ética no resulta expresable. La ética es trascendental: ética y estética son la misma cosa".

Ahora el recogimiento asimilaba la piedad de esos años y el martirio de replegarse, sin desprenderse de su misión, transmitía a su manuscrito otra función, adecuándose su totalidad a la metamorfosis. Los límites de su lenguaje eran los límites de su mundo.

Wittgenstein mandó el texto a sus sostenes filosóficos como Frege o Russell. No entendieron siquiera un fragmento

Cuando fue liberado del campo de prisioneros de Monte Cassino, esa transformación lo condujo a renunciar a su descomunal parte de la fortuna familiar. Despojándose de los bienes terrenales, preparándose para profesor rural en una Austria provinciana tras la caída del edificio de los Augsburgo, apuntalaba su coherencia, transitando hacia su segunda etapa; pero para dar carpetazo a la primera debía "enseñar a la mosca la salida de la botella" con la publicación del 'Tractatus'. Solo así respiraría aliviado.

No fue nada fácil, dificultándose la operación por el mismo Wittgenstein, quien probó suerte en una serie de recorrido simbólico por los sellos editoriales de sus ídolos. Mientras atendía noticias, siempre negativas, mandó el texto a sus sostenes filosóficos como Frege o Russell. No entendieron siquiera un fragmento, consolidándose su desesperación. Al fin, en 1921, la revista 'Annalen der Nathurphilosophie' se arriesgó en el envite. Era un triunfo menor, sin repercusión. Al año siguiente, gracias a su mentor de Cambridge, vio la luz una traducción británica y casi 'ipso facto' las ideas exprimidas acapararon la dialéctica universitaria del Reino Unido. Su autor, consciente de haber saldado su cuenta al ofrecer su cosmovisión del mundo –de hecho el 'Tractatus' rezuma cierto aroma evangélico–, circulaba ya en otra dimensión, preocupándose por sus alumnos campestres mientras redactaba con el mismo esmero que su primer gran legado; después llegarían las 'Investigaciones filosóficas' y un diccionario ortográfico para niños.

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