Hemingway contra Fitzgerald: el duelo al caer el sol de la literatura del siglo XX
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Hemingway contra Fitzgerald: el duelo al caer el sol de la literatura del siglo XX

En la primavera de 1925, dos escritores se hacían amigos en un bar nocturno de París

Foto: Scott Fitzgerald y Hemingway.
Scott Fitzgerald y Hemingway.

La banalización de la Historia en nuestra época conduce a la creación de tópicos poco meditados a cambio de pocos likes y risas muy baratas. Pensamos en un retorno de los locos años veinte cuando estos solo existieron para unos pocos afortunados con dinero. Sí, sobredosis de crédito en Estados Unidos, juergas berlinesas y muchas fotografías preciosas de chicas agitadas por el baile, pero el análisis de esa década plantea más bien otra catástrofe más de optimismo e ilusiones frustradas con mucha ingenuidad y unos derroteros hacia el totalitarismo: la Unión Soviética, arrasada por una continuación de la Gran Guerra camuflada de conflicto fratricida o el fascismo instaurado en Italia e insinuado a la española con la dictadura de Primo de Rivera, prístina en sus fallidas intenciones por el célebre “tú serás mi Mussolini” de Alfonso XIII a su militar predilecto en esas circunstancias.

Alcohol hubo y mucho, más bien por prohibiciones norteamericanas. Algunos de sus hijos emigraron al Viejo Mundo y plantearon, algo solo corroborado por el tiempo y un potente megáfono de la memoria, un relevo cultural, asimismo caído en el lugar común, pues los jóvenes hijos de las barras y estrellas con aspiraciones literarias fueron a París porque esa ciudad era el epicentro de las vanguardias, con sus franceses en la cresta de la ola, Joyce medio marginado pese a su 'Ulises' y Ezra Pound asentado en su posición de pope poético, padre indirecto de la 'Tierra Baldía' de T.S. Eliot.

Foto: Manifestación contra la Ley Seca

Las premisas de todas esas pequeñas revoluciones se moldearon en los años previos y estallaron con estrépito tras la paz de 1918 y, ahora lo añadimos cuando antes no la contemplábamos, la pandemia de la mal llamada gripe española. Vayamos al grano. En abril de 1925 Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald entablaron amistad en el bar Dingo de la capital gala. Uno aprendía el oficio a base de golpes y arrogancia, con Gertrude Stein como mentora. El otro, enamoradísimo de su mujer Zelda, encarnaba la vitalidad de su tierra desde una prosa moderna con cierta deuda bien maquillada del magnífico legado novelístico del Ochocientos. Si entonces fueron 'Moby Dick' o 'La letra escarlata' ahora era el turno, dentro de un cuadro de costumbres indirecto, para 'A este lado del paraíso' y 'El gran Gatsby', relanzada con sus versiones cinematográficas y legendaria por retratar la era del jazz con la elegancia propia de su autor. Scott Fitzgerald encarnaba el más rabioso presentismo de la década. Hemingway cimentó el futuro no solo con palabras. Elaboró un mito, interpretó a la perfección la virtud de ser marca y tendió una pasarela para imitadores incapaces de igualar esa semilla.

El juego de la némesis

Es demasiado tentador imaginar las conversaciones de esos dos polos opuestos en ese local de Montparnasse, abierto las veinticuatro horas para no cerrar la mística de tanta bohemia burguesa. Desde el debut de su relación se estableció una dinámica de dominador a dominado. Ernest, 'a priori' el aprendiz, maniataba al débil Scott, sacudiéndolo en el ring de sus inseguridades, soltándole verdades inapelables al detectar la pequeñez del gran genio según los periódicos, ya empecinados en la urgencia de vender un arquetipo para derrumbarlo cuando arribara el siguiente.

Cuando Fitzgerald murió en 1940, a los 44, Hemingway ya era un dios universal

El idilio duró más bien poco, si bien el afecto duró casi hasta el prematuro fallecimiento de Fitzgerald en 1940, cuando era una sombra de sí mismo con solo 44 primaveras. En ese instante Hemingway ya era un dios universal y había estructurado su personaje, frenético como su frase corta y amante de arder en todas las contiendas, de Madrid al Ritz parisino, para hilvanar una propaganda muy rentable en lo monetario. Para Albert Camus su mérito, por ejemplo con 'Por quién doblan las campanas', era el de confundir el Guernica con Hollywood y lograr una masiva aceptación, y desde nuestro terruño no pocos sabrán su influencia en propulsar los Sanfermines a una altura planetaria, pero más allá de efemérides manidas su presentación en la sociedad literaria fue la de un torbellino ajeno a las convenciones, fresco, salvaje, con una habilidad exquisita en el relato y mucho tino al ocultar, cuando así lo quería, las facetas autobiográficas en su novelística, con cima en el cierre gracias a la incomparable 'El viejo y el mar', de poética mínima, lítote de puro iceberg y siempre en el recuerdo de sus lectores, más auténtica si cabe por surgir cuando los fastos de bravuconería eran casi un recuerdo arcano.

Esa singladura contrasta con la de su amado oponente, quien tuvo su canto del cisne con 'Suave es la noche'. Poco antes había elaborado una lista de objetos adquiridos durante su esplendor, bagatelas inútiles e invendibles. De haber ahorrado sin sucumbir al espejismo de la fama, en eso fue un pionero, tampoco le hubiera ido mejor. Sus demonios internos eran imparables, la enfermedad de Zelda un calvario y la energía, tan imperial en su némesis, se dilapidó con litros de alcohol. La vida se lo bebió mientras Hemingway se bebió la vida.

Foto: Hemingway.

¿París era una fiesta?

Aun así, el talento se mantuvo. En 'Aire de Dylan', Enrique Vila-Matas, a quien agradecemos su generosidad por el delicioso relato que ha regalado a los lectores de El confidencial y que incluimos al final, usó una de sus frases de la decadencia de Scott Fitzgerald en los estudios de los Ángeles para envolver la atmósfera de la novela. Cuando oscurece, siempre se necesita a alguien, y añadiríamos que aceptarlo no está de más. Ambos no transigieron con el ocaso entre el vaso largo y la fatal escopeta de Hemingway, según estudios recientes nublado por un incipiente Alzheimer, hasta suicidarse.

La gran obra para compararlos es el ensayo canónico de Scott Donaldson, 'Hemingway contra Fitzgerald', editada en España por Siglo XXI. Para su autor esa rivalidad apegada puede resumirse en tres parámetros: literatura, masculinidad y alcohol, todo ello aliñado con cierto sadomasoquismo al sentirse Scott preso de incertezas, tan fascinado por su amigo como para ver peligrar su estabilidad matrimonial, pues Zelda, presa de los nervios, sospechaba de amores homosexuales nunca confesados.

placeholder 'Hemingway contra Fitzgerald'.
'Hemingway contra Fitzgerald'.

En una centuria donde se lee poco y se tira de Trivial Pursuit en demasía 'París era una fiesta' adquiere con el transcurrir de los decenios un aura de configuración fabulosa para depositar en la memoria colectiva un marco nostálgico, idóneo por su redondez iniciática, algo comprensible si aceptamos la impostura de todo narrador ducho en su oficio. De este modo Hemingway engaña y tiende la alfombra roja para alentar a la escritura hasta cuajar todos los estereotipos para aquel con deseo de dedicarse a proseguir esa locura de generar ficciones a partir de una travestida en senda autobiográfica.

Ese banquete movible, siempre nos preguntaremos los porqués de algunas traducciones, se traslada a la atmósfera del siglo XXI mediante productos para pasar el rato como 'Midnight in Paris', de Woody Allen. Queremos sonrisas, caramelos y una sobredosis de ingenuidad para interpretar lo acaecido, sin hacer una pausa ni anhelar comprobar la verdad de esa olla a presión competitiva de todos los implicados en la burbuja, apartada en lo posible de la de Pablo Ruiz Picasso, Marcel Proust, André Gide, Jean Cocteau, Paul Valéry, André Breton, Coco Channel o Blaise Cendrars, mucho más áridos en lo intelectual al verter un contenido a desglosar más allá de su época.

Hemingway y Fitzgerald debieron enhebrar su propio universo

Hemingway y Fitzgerald debieron enhebrar su propio universo antes de la absoluta victoria estadounidense con la Segunda Guerra Mundial, militar en el campo de batalla y cultural al colonizar Europa cuando las armas cesaron, en apariencia, su ruido. Fueron estiletes del triunfo venidero y recogieron sus frutos con fruición hasta acompañarnos en la actualidad. Hemingway en ocasiones tiene un siamés en Salvador Dalí por el don compartido de encumbrarse aún sin exprimir todos sus medios. Scott fue una estrella fugaz, un ciclón tranquilo superviviente por la trascendencia del séptimo arte. Su maltratador le garantiza la inmortalidad adaptándolo, triste metáfora de un destino. Lo visual prevalece y tanto esfuerzo impreso languidece por la longitud de lo creado y la ambición de revestirlo con su propio dandismo. En este sentido la brevedad de Ernest lo beneficia en librerías, mimetizándose la economía contemporánea del reloj con el martilleo de su máquina de escribir.

'Dingo Bar', por Enrique Vila-Matas

Estamos en París en aquel bar donde pasaron tantas cosas (en los años veinte), en el Dingo American Bar del 10 de la Rue Delambre, lugar entonces central para los norteamericanos de Montparnasse, hoy reconvertido en un discreto restaurante italiano llamado Auberge de Venise.

Alguien dice que la masa, el número, siempre es idiota Y me acuerdo de Flaubert, que decía que sin embargo hay que respetar a las masas, por más ineptas que sean, porque tienen el germen de una fertilidad incalculable. "Hay que darles la libertad, mas no el poder", concluía.

Al haber ido a cenar tan pronto al antiguo Dingo, hemos podido hacernos con una mesa ideal, que da a una de las ventanas que se asoman a la Rue Delambre y desde la que podemos controlar quién entra y sale del animado y firmemente alcohólico Rosebud, el enloquecido antro al otro lado de la calle: un local frecuentado por Jean-Paul Sartre en los años treinta y hoy en día todo un clásico de la reducida lista de bares auténticamente explosivos del mundo.

Cuando esto era lo que era, en una tarde de finales de mayo de los años veinte, Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway se vieron aquí por primera vez. No fue un encuentro excesivamente feliz, porque Scott tuvo la impertinencia de iniciar desde la barra un viaje –o caída etílica desde lo alto de un taburete– hasta el centro mismo de la mesa de Hemingway, que quedó partida en dos.

Esto sucedió a tres metros de donde ahora estamos, aunque nadie lo diría porque la pizzería es sumamente tranquila, y aburrida. Hoy todo tiene un aire tan vulgar de 'trattoria' ordinaria que es difícil imaginar que aquí, en este mismo espacio, hubo gran variedad de acontecimientos alcohólicos y que este local fue el bar preferido de Sinclair Lewis, de John Dos Passos, de Ezra Pound... Y que aquí entre estas cuatro insípidas paredes se vieron por primera vez dos genios inigualables de la farándula y de la literatura. Ay, cómo me gustaría que alguien, en lugar de traernos el segundo plato, nos trajera los restos de la mesa de Scott y Papá Hemingway, aquella sublime mesa partida en dos.  

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