Virginia Woolf contra James Joyce: la mujer que se negó a publicar el 'Ulises'
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Virginia Woolf contra James Joyce: la mujer que se negó a publicar el 'Ulises'

Los dos titanes murieron en 1941 después de sendas y fascinantes trayectorias literarias

placeholder Foto: Virginia Woolf y James Joyce. (Diseño: Raquel Cano)
Virginia Woolf y James Joyce. (Diseño: Raquel Cano)

“¿Qué hace ese idiota bajo tierra? ¿Cuándo piensa salir? Está vigilándonos todo el día.” Lucía Joyce no podía creer la muerte de su padre James Joyce. El muy célebre y poco leído escritor irlandés falleció el 13 de enero de 1941, en Zúrich, uno de sus tantos y perpetuos exilios, alejado de la patria. Lucia fue una bailarina alabada por Isadora Duncan y pareja de Samuel Beckett, quien se distanció del noviazgo ante los primeros síntomas de enfermedad mental en que le serviría de musa a Joyce para algunos pasajes del 'Finnegan’s Wake', esa Babilonia léxica, políglota e inabarcable escrita por un tirano hipnótico de trato amable.

El clan era incondicional a su estrella, plegándose a sus designios sin una sola protesta. Giorgio, el hermano mayor, quiso ser cantante y terminó como un borracho, más bien lamentable. Incluso su hermano Stanislaus recogió esta dictadura bienquerida en unas memorias en torno a la sombra del ídolo, lúcidas por plasmar sin idealizaciones esa realidad, hasta cierto punto similar a la de Pablo Picasso y sus allegados, todos ellos víctimas de finales dramáticos, como si el mundo sin el pintor fuera inhabitable.

Virginia leyó 200 páginas del 'Ulises' y rechazó publicar la novela de Joyce

Inhabitable lo fue para Virginia Woolf el 28 de marzo de 1941, fecha de su suicidio, ahogada en el río Ouse vistiendo un abrigo lleno de piedras en sus bolsillos. Aquejada de trastorno bipolar, antes de tomar su último camino escribió una nota para su esposo Leonard, donde confesaba estar a las puertas de enloquecer y que “si alguien podría haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinándote la vida durante más tiempo. No creo que dos personas puedan haber sido más felices de lo que lo hemos sido tú y yo.”

placeholder La nota de suicidio de Virgina Woolf
La nota de suicidio de Virgina Woolf

En 'La muerte de Virginia' (Lumen), parte de la autobiografía de Leonard Woolf, esta se evoca serena, en sintonía con la relación de ambos, felices quizá desde un amor apasionado más allá de los tópicos, fraternal en el mejor sentido de la palabra, ambos asimismo socios en la Hogarth Press, sello editorial de gran prestigio. Virginia leyó poco más de doscientas páginas del 'Ulises' y rechazó publicar la nueva novela del señor Joyce, ninguneada por otros impresores de Londres y provincias. La novela era el 'Ulises', publicada en 1922 por la librera Sylvia Beach, de la parisina Shakespeare and company. La odisea del manuscrito daría para tantas tesis como su contenido, dieciocho formas de novela en una que es un viaje polifónico, un caleidoscopio urbano, la virtud de un estilista y el acople de espacio y tiempo, ese 16 de junio de 1904, cuando conoció a su esposa Nora Barnacle, con quien intercambió tórridas cartas de alto voltaje erótico festivo, polémicas ante la negativa de los herederos de Joyce para que una de ellas, adquirida en una subasta, viera la luz.

Dos islas distintas

El no de la Hogarth al 'Ulises 'y su publicación, en coincidencia del cuadragésimo cumpleaños del literato, por una americana en París, donde Joyce, además de en su interior, se envolvía de un microcosmos existencial como si estuviera en una isla. Entre las anécdotas más inmortales figura la de su regreso en el taxi de Marcel Proust tras asistir a una cena en una habitación privada del Hotel Majestic el 9 de mayo de 1922, con Picasso y Stravinsky entre los asistentes. Ninguno había leído al otro. El francés era asmático. El dublinés fumaba como un carretero.

Si el tormento de Virginia fue hacia adentro, el de Joyce fue exterior

Virginia Woolf se hermanaba con su némesis en la vanguardia anglosajona por un aislamiento más altivo, cobijado en el Círculo de Bloomsbury, reflejado desde el lirismo en 'Las Olas', donde muchos rasgos de los seis, marionetas de esa narradora adepta a merodear en el mar, son un quién es quién de ese grupo de amigos e intelectuales entre los que cabe mencionar a Lytton Strachey, un sepulturero de lo victoriano, el Nobel T.S. Eliot, John Maynard Keynes, Roger Fry o E.M. Forster, reuniéndose en fincas particulares o retiros campestres.

Si el tormento de Virginia, manifiesto en sus 'Diarios', recuperados en España por Tres Hermanas ed., es hacia adentro, el de Joyce, propulsado por la fe en sí mismo, es exterior, de una rebeldía muy determinada por acatar sus ostracismos a Irlanda. Este ir a la contra, sin olvidar lo surrealista de la efeméride, lo desarrolla John McCourt en 'Los años de esplendor' (Turner), donde documenta el arribo del jovencísimo isleño a la chisporroteante y crucial Trieste, en 1904 puerto franco del Imperio Austrohúngaro y foco de revueltas desde el irredentismo italiano.

placeholder 'Los años de esplendor' (Turner)
'Los años de esplendor' (Turner)

Joyce salió de la Estación Central y entre impaciencias en la estatua de Sisí, asesinada en 1898 por el anarquista Luigi Lucheni en Ginebra, se mezcló con el ambiente de la Piazza Grande al lado del mar y así inauguró su idilio con la Bora, un huracán eólico, según algunos vinculado durante la contemporaneidad con el ingente número de suicidios de esa ciudad archipiélago, italiana pero sin nación, un municipio independiente sin bandera, tampoco echada de menos al exhibirse su idiosincrasia en pequeños detalles cotidianos. Pese a tener fama de esquizofrénica, Trieste puede ser un extraño remanso de paz, y Joyce, con algunos años de ausencia, residió a la vera del Adriático desde ese 20 de octubre de 1904, cuando su energía se desparramó hasta, cuentan los lacónicos lugareños, acabar entre rejas.

En cambio, Virginia y sus amigos adoptaron otra performance, mucho más mediática, cuando en 1910 se disfrazaron de príncipes abisinios y burlaron a la Royal Navy, recibiendo infinitos parabienes hasta visitar el acorazado Dreadnought, rodeados de guardias de honor y vestimentas de gala. Al no estar disponible el estandarte etíope se enarboló el de Zanzíbar y las trompetas hacían sonar el himno del país africano. La farsa cautivó a la prensa, relamiéndose ante el cóctel de mofa al ejército y show de Monty Python 'avant la lettre'.

Foto: Scott Fitzgerald y Hemingway.

Las caricaturas y las lecturas

'Tres Guineas' otorgó a la prosista de 'Al faro', otro peldaño más de su increíble escalera a caballo entre los años veinte y treinta, el sosiego de ser libre al depositar un testamento pacifista, socialista y feminista, trilogía de adjetivos como un guante en su pensamiento, aunque reacios en el mismo al odiar a los ismos, proclives a deformar el lenguaje y monopolizar emociones desde un credo irracional.

Un problema de la época reciente es la caricaturización de un sinfín de íconos culturales, caras con frase para camisetas o memes de la red, despojándolos de su trascendencia. Virginia Woolf se manosea desde imágenes promocionales, vaciándola de contenido. En su trayectoria flota una constante obcecación, y como Joyce está en la recámara no está de más que 'Miss Dalloway' diga que ella misma comprará las flores, pues esta novela, quien sabe si una respuesta al 'Ulises', se emparenta con la epopeya dublinesa de Dedalus y Bloom en su duración de una jornada de junio, el flujo de conciencia y su enmarcarse dentro las transformaciones urbanas del primer tercio de la pasada centuria, más visibles durante el periodo de entreguerras, de 'Manhattan Transfer' de John Dos Passos a 'Berlín, sinfonía de una ciudad', de Walter Ruttman.

Un problema de la época es la caricaturización de un sinfín de íconos culturales

El 'Ulises' arrastra la rémora de ser un monumento, cuando uno de sus logros en esta prosa ciudadana es trasladar al papel escenas con trucos cinematográficos entre masturbaciones y petardos en la playa, alucinaciones en burdeles y un calculado vagar de los personajes, polichinelas del titiritero, omnipresente hasta en el monólogo interior de Molly y sí dije sí quiero sí. El 'Ulises', con las minucias significantes de las calles de ese 16 de junio recobradas con preguntas de Trieste a Dublin, no decretó ninguna muerte de la novela. El espíritu competitivo predominante a veces confunde la evolución de un género. Un antes y un después no supone desolar los alrededores, donde quedan muchas sendas a explorar por otros coetáneos como Franz Kafka o su viejo amigo triestino, Italo Svevo, redescubierto por Joyce y Larbaud con 'La Conciencia de Zeno'.

Virginia Woolf transitaba por su propio trayecto, afín al de sus colegas masculinos por progresar al no imitar pese a trazar todos sus textos preocupaciones de su época. En 'Miss Dalloway' la simultaneidad de pasado, presente y esas vidas cortocircuitadas en el Londres de posguerra, 'Clarissa' en la placidez de su jardín, Septimus Warren Smith con su deriva hacia el abismo, desvaneciéndose su inteligencia por los efectos de la pesadilla en las trincheras mientras las horas avanzan y cada uno opta por enmudecer sus miserias desde perspectivas diametralmente opuestas.

Foto: 'Los amantes'. René Magritte. 1928. MoMA.

De 'Dalloway', 'Al Faro', 'Orlando' y 'Las Olas' son, salvo por su esplendor, un cuarteto sin aparente totalidad, una etapa en sí comprendida entre 1924 y 1932. Durante la misma, en otra categoría dentro de este crecimiento, ofreció la tipificada 'Una Habitación propia', de una brillantez sin urgencia de pancartas, tan aficionadas a rebajar los múltiples mensajes de este ensayo, corpus feminista sin sacar pecho junto a 'Tres Guineas'.

Novelas fascinantes

Las novelas de este decenio son fascinantes por la exposición, una vez leído el conjunto, de las dudas de una voz, y cada cavilación se conjuga con la poética de una prosa divirtiéndose con las coordenadas espacio temporales, las máscaras y la confección de una escritura comprometida desde una visión artesanal, no por ello silenciosa a su tiempo, en lucha desde una cierta altura en los áticos de la torre de marfil.

Tras el 'Ulises' Joyce se mojó en otros barros y se concentró en 'Finnegan’s Wake'

Tras el 'Ulises' Joyce se mojó en otros barros. La vitola de genio y el mecenazgo de Harriet Weaver lo amparaban y se concentró en 'Finnegan’s Wake'. La jornada en la capital de Irlanda es accesible al gran público, basta con no lanzarse sin tener buenos fundamentos previos. La obra en construcción, así la bautizó, debió ser en su imaginación la Biblia de la Modernidad sin concesiones a la industria de productos culturales. Su patrocinadora se retiró espeluznada por lo homérico de la empresa y su despropósito si quería ser leído. 'Finnegan’s Wake' tiene renombre y acumula polvo en estantería, quien sabe si por ese pavor al pronunciar James Joyce, a quien conviene introducir sin faltar a la cronología de sus libros, porque 'El retrato del artista adolescente' y 'Dublineses', luminoso en sus matices, son antídotos ante esa resistencia enconada, sin mácula en lo relativo al 'Finnegan’s Wake', más esquinado si cabe como meta, no sólo para escritores, al ser demasiado colosal para nuestra desmedida velocidad 24/7/365 aún con toque de queda, poco mitigada por la pandemia.

Las últimas obras de Virginia Woolf, 'Los años' y 'Entre actos', no gozan de la popularidad de la rigurosa biografía del Cocker Spaniel Flush, perro de la poetisa Elisabeth Barrett, fina disección victoriana. Los dos se enrocaban en sus islas, si bien la de ella era muy intuitiva y miraba más allá del ombligo y el horizonte. Los dos no navegan rumbo a la deriva; la conmemoración del octogésimo aniversario de sus decesos ha tenido un eco escuchimizado, acorde a su mercantilización. En Trieste Joyce, homenajeado con una ruta de placas y una estatua en el Canal Grande, es un souvenir, imán de nevera o chapita para el abrigo. Virginia es un perfil global, más de pared que de tinta.

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