historia y literatura

Y estalló la paz: el fin de la I Guerra Mundial según Pla, Gide y Virginia Woolf

El lunes 11 de noviembre de 1918, hace 100 años, la delegación alemana firmaba el armisticio que ponía fin a la Gran Guerra

Foto: Soldados franceses celebran el fin de la I Guerra Mundial
Soldados franceses celebran el fin de la I Guerra Mundial

Estamos en Compiègne. A las cinco y veinte de la mañana del lunes 11 de noviembre de 1918 la delegación alemana firma el armisticio que pone fin a la Primera Guerra Mundial ante la atenta mirada de sus homólogos franceses. En cierto sentido se cumplía la primera parte de la venganza por la derrota gala años atrás, cuando en 1870 la caída del segundo imperio napoleónico propició el ascenso del alemán, la unificación del país teutón y el inicio de más de siete décadas de rivalidad insana entre ambos países por el dominio del Viejo Mundo.

La noticia corrió como la pólvora en un planeta mucho más lento que el actual. En ocasiones contemplamos los acontecimientos históricos desde una perspectiva intemporal, como si fueran entes independientes que apenas afectaran al devenir de las personas, seres inmersos en una periodicidad ajena al ruido del campo de batalla. Las fuentes desmienten esta última afirmación y nos permiten conocer de primera mano cómo lo mínimo se mezclaba con lo máximo a través de las confesiones y puntos de vista registrados en el trabajo diarístico de varios escritores de renombre.

Josep Pla llega tarde a casa

El 7 de noviembre de 1918 Josep Pla (Palafrugell 1897-Llofriu 1981) llegó demasiado tarde a casa. Sus padres se enfadaron y él se sintió inútil por completo, como si fuera incapaz de servir para nada más que vaguear. El 'Quadern gris' se publicaría en 1966 y todos los expertos están de acuerdo en considerarlo un diario en perpetua reelaboración. A partir de eso es fácil dudar de su autenticidad, sin que ello implique menos placer lector, pues ese dietario de juventud se halla entre las mejores obras publicadas en la península ibérica durante la pasada centuria.

Josep Pla
Josep Pla

El 10 de noviembre Pla dice que en Alemania todo el mundo abdica. La ubicación de la frase es genial. La sitúa en un aparte entre una charla con una señora que irá a una reunión de las hijas de María y la tristeza de la jornada, peligrosa y ofensiva, ideal para perpetrar cualquier tontería. La entrada se cierra con una crítica a Cataluña desde la reflexión nietzschiana de la belleza como riesgo.

Cuando han vencido, los vencedores me interesan menos que antes de serlo

Tras despertar queda para pasear con un pianista y por la tarde se reúne con un grupo de amigos. Justo antes de irse a la cama surgen los rumores de armisticio, confirmados por la mañana. En Palafrugell se organiza una manifestación con una orquesta dotada de bombos y platillos. Pla la juzga con su habitual parsimonia como un entusiasmo sin gravedad superficial. La guerra ha sido práctica para llenar las charlas durante cuatro años y medio en los cafés. Una vez termina lo que define como una fiesta cívica republicana con sardanas y discursos envalentonados por el alcohol se retira pronto a sus aposentos y entonces, una seña de identidad del libro y toda su monumental prosa, emite un buen caudal de sus frases lapidarias. "Cuando han vencido, los vencedores me interesan menos que antes de serlo. La Historia, lo que la gente define así, me gusta sobre todo leerla en la cama".

Pla vuelve a su normalidad en un periquete. El 13 de noviembre se asombra por la conclusión del conflicto, al que todos se habían acostumbrado. Dos días más tarde menciona la ocupación de Fiume por parte del poeta D’Annunzio, en un imperdonable error cronológico, pues ese preludio estético del Fascismo acaeció en septiembre de 1919.

Virginia Woolf se emborracha

En Londres, mucho más que en la supuestamente neutral España, sí había motivos de celebración. El 11 de noviembre de 1918 Virginia Woolf (Londres 1882-Sussex 1941) escribe lo siguiente en su 'Diario', recuperado recientemente por Tres Hermanas Ediciones: "Hace veinticinco minutos los cañones dispararon anunciando la paz. Una sirena silbó en el río. Aún siguen silbando. Unas cuantas personas se asomaron a la ventana. Los grajos revolotearon y, durante unos momentos, fueron la representación simbólica de unas criaturas que realizan una ceremonia, en parte de acción de gracias, en parte de despedida, sobre la tumba".

Virginia Woolf
Virginia Woolf

El martes opta por no conformarse con el aspecto visible del cese de hostilidades y acude junto a Leonard a Londres. En el tren una mujer gorda, desaliñada y medio borracha insistía en darle las gracias a los soldados, a los que dio de beber una botella de cerveza. En la ciudad el panorama no era muy distinto. Los párrafos posteriores muestran un desprecio de clase ante la alegría reinante, con el pavimento embarrado por la lluvia y una multitud desatada entre alcohol, banderas, taxis abarrotados y una emoción colectiva sin centro ni forma.

El armisticio cayó como una enorme piedra en una charca donde los remolinos seguirán ondeando en su orilla más alejada

Al cabo de unos días las preocupaciones se tornan ordinarias. No tiene dinero para comprarse otro cuaderno. La paz se ha disuelto en la luz de la cotidianidad. Los beodos disminuyen y ha llegado la hora del cambio mental, de volver a ser una nación de individuos. Se intuyen elecciones, la lucha política retoma sus hábitos y para más inri aparece en casa T.S. Eliot, al que define como "un joven norteamericano refinado, cultivado y minucioso, que habla tan lento que asigna a cada palabra un acabado especial desde un poso demasiado intelectual e intolerante". La visita del autor de 'La tierra baldía' constituye un paréntesis antes de una toma de conciencia personal que bien podría simbolizar el cosquilleo de muchos europeos en aquel instante histórico: "el armisticio y sus consecuencias cayeron como una enorme piedra en una charca donde los remolinos seguirán ondeando en su orilla más alejada. Un aviso para navegantes, metáfora de un silencio nunca cancelado".

André Gide borra su pasado

El siglo XXI ha olvidado en demasía la grandeza de André Gide (París 1869-1951), quien en la Europa revolucionada de aquel entonces era considerado el contemporáneo capital. Suya es la invención moderna de la metaliteratura con 'Paludes', la creación del acto gratuito surrealista en 'Los sótanos del Vaticano' antes de André Breton o la gestación de la 'Nouvelle Revue Française', un faro cultural que no empañaba su inmenso error de haber rechazado 'A la búsqueda del tiempo perdido' de Marcel Proust para el catálogo de Gallimard.

André Gide
André Gide

El paso de los años ha perjudicado toda la inmensidad del escritor francés, pionero en hacer públicas sus libretas privadas. Antes de este paso su 'Diario' es un compendio de los dimes y diretes de la vida literaria europea con muchas anotaciones que demuestran el sinfín contradictorio de una personalidad encerrada entre la excelencia de su reputación y una serie de problemáticas derivadas de su sexualidad.

Los escritos privados no suelen tener ninguna regla fija. En octubre de 1918 Gide escribió mucho para sí mismo. Comentaba sus lecturas, el avance de su propia obra y los sinsabores del día a día. En noviembre no lo retomó hasta el 21 del mes, en lo que sin duda es la entrada más significativa de esas tres mil páginas que abarcan casi toda su existencia: "Madeleine ha destruido todas mis cartas. Acaba de confesármelo y me trastorna. Lo hizo tras mi partida para Inglaterra. Sabía que había sufrido de modo atroz al irme con Marc. ¿Debía vengarse sobre mi pasado? Desaparece lo mejor de mí y no nivelará lo peor. Durante más de treinta años le di, y sigo dándoselo, lo mejor de mí día tras día. De golpe, me siento arruinado. No tengo ánimo para nada. Me mataría sin apenas esfuerzo".

La nota sigue. Gide habla de la tristeza de saber que es ella quien ha perpetrado tal crimen cancelando su memoria. Su matrimonio con su prima carnal Madeleine era blanco. Desde la revelación de 'Biskra', cuando Óscar Wilde le sirvió en bandeja su primera relación homosexual, el Premio Nobel de 1947 rechazó la carnalidad femenina. La muerte de su madre en 1895 precipitó el compromiso nupcial. Quería contraerlo para recuperar una cierta estabilidad perdida sin pensar en la dualidad que implicaba mantener relaciones con otros hombres y desarrollar una falsa paz marital basada en un apoyo mutuo consolidado por un secreto a voces.

Madeleine destruyó las cartas al enterarse del enamoramiento de su esposo del joven Marc Allégret, a quien Gide convirtió en su secretario. Las semanas posteriores concilia mal el sueño, toma aspirinas y medita sobre si ha respetado el pudor de su mujer entre infinitas infidelidades. Una adenda datada en Luxor durante el invierno de 1939 explica cómo se desarrollaron los hechos, con el escritor enfrascado en la documentación de sus memorias, tituladas 'Si le grain ne meurt'. "Al pedir a Madeleine la llave del cajón donde tenía las cartas esta le dijo que no existían, produciéndose el descalabro, el llanto ininterrumpido durante una semana y los reproches por haber conseguido tanto bienestar a través de la mentira". La amargura por su comportamiento y el daño causado acompañaría a Gide hasta sus últimos días, tal como demuestra el librito 'Et nunc Manet in te', canto de pena por la pérdida de la amada y una dura filípica contra sí mismo.

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