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Marcel Proust contra el tiempo: del rechazo a la gloria literaria

Se cumple un siglo de la concesión del Gouncourt al escritor fránces que propició la explosión de 'A la busca del tiempo perdido' tras años de incomprensión

Foto: Retrato de Marcel Proust a los 21 años de edad, por el pintor Jacques Emile Blanche
Retrato de Marcel Proust a los 21 años de edad, por el pintor Jacques Emile Blanche

Uno puede abrir el diario de los hermanos Goncourt al azar y encontrar en cualquier línea un nombre esencial, una anécdota para resumir la segunda mitad del siglo XIX. Jules y Edmond fueron el binomio más atípico de la Historia literaria. Escribían juntos, compartían amantes y sentaban cátedra en una época repleta de estrellas en el firmamento. Cuando Jules murió en 1870 Edmond prosiguió con ese monumento, que en su edición canónica ocupa tres volúmenes, cuarenta y cinco años y cuatro mil páginas de extensión.

Cuando Edmond se encontró con la parca en 1896 se activó un mecanismo previsto desde los primeros años sesenta, durante el segundo Imperio. El testamento contemplaba vender los bienes de los hermanos y constituir un capital para conceder cada año 5000 francos oro a una obra de imaginación en prosa concedida por el jurado de los diez componentes de la Academia Goncourt, asimismo remunerados con 6000 francos anuales para poder dedicarse al arte sin preocupaciones pecuniarias. Estos elegidos no podían permanecer a la nobleza ni a la clase política y tenían vetada la aspiración de ingresar en la Academia Francesa.

Por aquel entonces los galardones novelísticos eran una rareza considerable pese a todo el auge del género desde Stendhal a Balzac hasta llegar al auge del Naturalismo, encarnado por Émile Zola. Los Goncourt no habían escrito un verso en toda su existencia y, en cambio, habían destacado en prosa con Germinie Lacerteux o Manette Salomon.

Edmund y Jules fotografiados por Nadar en 1855
Edmund y Jules fotografiados por Nadar en 1855

Entre las cláusulas del premio figuraba otorgarlo a la juventud, a la originalidad del talento y potenciar tentativas nuevas y arriesgadas de forma y pensamiento. En 1903 la máquina echó a andar y el vencedor fue John-Antoine Nau, un narrador franco americano. Hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial el nombre de los ganadores siguió una senda más bien heterodoxa, pero las especiales costumbres de los académicos les confirieron un aura insólita. Desde 1914 comían una vez al mes en Drouant y proclamaban su decisión anual en la última reunión del mes. Para evitar suspicacias la votación se realizaba a mano alzada al considerar poco caballeroso el escrutinio secreto. A menos de dos kilómetros del restaurante, un genio trabajaba en su habitación entre vahos, ataques de asma y unos horarios nocturnos a contracorriente al resto del mundo. Se llamaba Marcel Proust y había sido objeto de mofa por sus constantes apariciones en los salones de rancio abolengo, donde la decadencia aún bebía su esplendor antes de sucumbir a las trincheras que nunca pisaron y a un aire destinado a hundirlos en su verdadera condición mediocre. Algunos, como el poeta Robert de Montesquiou, serían modelos para los personajes de la 'Recherche', última novela del Novecientos y primera de la pasada centuria, un monstruo nacido con muchos dolores entre la incomprensión y el rechazo de una élite cultural a ese extraño personaje, incomprensible hasta la revelación de su genio.

El error de Gide

Cuenta la leyenda, cimentada en parte por las memorias de su sirvienta Céleste Albaret, que la primera opción barajada para publicar 'Por el camino de Swann' fue Gallimard, quién ni siquiera se molestó en abrir el abultado paquete con esas descripciones larguísimas, besos de buenas noches, magdalenas de memoria involuntaria, lesbianas observadas desde la distancia, melodías para activar recuerdos y amoríos entre un amigo de familia y una cocotte con ínfulas. La responsabilidad de tamaño desprecio correspondió a André Gide, aún sin ventas remarcables, pero con el prestigio de ser el contemporáneo capital y el inductor de la Nouvelle Revue Française, meca letrada hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando bajo la dirección de Pierre Drieu la Rochelle jugó a la colaboración con el invasor alemán.

André Gide
André Gide

Ante el rechazo gratuito Proust contactó con Bernard Grasset, quien aceptó editar el libro si el autor contribuía a la causa con generosidad económica. Así surgió esta efeméride fundacional más bien absurda, con un mito autoeditándose por intereses comerciales e ignorancia de aquellos responsables de encontrar calidad más allá de un suspiro.

Gide rectificaría, llegó a calificar su error como el mayor cometido en su dilatada trayectoria, y Gallimard terminaría siendo el sello emblemático de la 'Recherche', un seguro en librerías con más de cuatro millones de ejemplares vendidos hasta el 31 de diciembre de 1980. Sin embargo, 'Por el camino de Swann' apareció en las estanterías el 27 de noviembre de 1913 con escasas esperanzas de tener repercusión. Sólo el joven Jean Cocteau hizo una reseña remarcable y de poco o nada sirvieron guiños como la dedicatoria a Gaston Calmette, director de Le Figaro, asesinado pocos meses antes del archiduque de Austria Hungría Francisco Fernando, detonante de la Gran Guerra, la plataforma idónea para alterar el orden y plantear otros paradigmas con hechuras de ciento ochenta grados.

Gide rectificaría después de rechazar a Proust y llegó a calificar su error como el mayor cometido en su dilatada trayectoria

En 1913 Proust contactó con su amigo Léon Daudet, líder de Acción Francesa y heredero de su padre entre los diez del Goncourt, para sondear si tenía esperanzas de asaltar la fama. Era un movimiento prematuro. El estallido de las hostilidades bélicas y el desarrollo del conflicto, concluido en el campo de batalla tras el armisticio de noviembre de 1918, sentarían las premisas para una oportunidad, esta vez definitiva y desgranada con pavorosa precisión por Thierry Laget, en 'Proust, Prix Goncourt, une émeute littéraire', de reciente aparición en Francia.

El hombre más odiado de Francia

1919 fue una encrucijada en todos los sentidos. El despertar de la pesadilla avivó una euforia nacionalista transmitida en lo literario a partir de libros de soldados recién llegados del frente. El máximo exponente del fenómeno fue Roland Dorgelès con 'Les croix de bois', novela convertida de la noche a la mañana en la principal favorita para obtener todos los premios habidos y por haber. A su favor intervenían tanto el suceso de crítica y público como su expediente militar, con cincuenta y cinco meses de campaña y la cruz de guerra recibida por valor moral incomparable y bravura ejemplar.

Al otro lado del ring Marcel Proust acababa de publicar 'A la sombra de las muchachas en flor', clave para entender la sucesión de su epopeya por la introducción de Balbec y de personajes como Saint-Loup, Elstir, Albertine o Charlus en ese hotel capaz de concentrar un universo personal y narrativo. Proust tenía otras desventajas. Su edad no se correspondía precisamente con la temprana edad biológica contemplada en los requisitos del Goncourt. Además el ambiente general no le era propicio. Sólo contaba con una carta: la amistad de Léon Daudet, a la postre fundamental para la resolución de este caso.

Le Journal
Le Journal

El ambiente generó otros ingredientes. Entre noviembre y diciembre hubo una huelga de impresores. De este modo la publicidad de los favoritos quedó en nada, e incluso el premio' La vie heureuse-Femina', contrapunto del Goncourt y su misoginia desde el punto de vista de las mujeres electoras del ganador, retrasó su veredicto con motivo del silencio de las rotativas. Las veinte damas eligieron como fecha para su fallo el 12 de diciembre, dos jornadas después de su oponente masculino, algo nada baladí, pues el coronado con uno debía renunciar al otro, y aquí Dorgelès, henchido de orgullo, se quitó la máscara al proclamar a los cuatro vientos su preferencia por la Academia de los dos hermanos. Su suerte iría hacia otra dirección, con Proust aupado a la victoria en el Goncourt con seis votos favorables contra cuatro apostando por su oponente. Ante los hipotéticos reparos de muchos Daudet justificó la juventud de Proust a partir del talento, propio de un escritor adelantado cien años a su periodo.

Cuando Gallimard, Rivière y Gustave-Tronche le despertaron el 10 de diciembre para comunicarle el premio, Proust sólo exclamó: "¿Ah?"

En el Drouant tres señores atendían el dictamen en una mesa apartada. Cuando lo supieron emprendieron el camino hacia el 102 del Boulevard Haussmann. Ese 10 de diciembre Marcel Proust se levantó después de mediodía, procedió a la clásica fumigación de su estancia, tomó un café y volvió a la cama. Entonces sonó el timbre. Céleste abrió la puerta y notó la alteración de Gaston Gallimard, Jacques Rivière y Jean Gustave-Tronche, respectivamente responsable de la homónima editorial, director de la NRF y responsable comercial de la misma. Suponemos se ha enterado de la buena nueva. Marcel Proust se ha impuesto en el Goncourt. ¿Cómo íbamos a saberlo si no tenemos teléfono? Estupor. Bien, querríamos hablar con él. El escritor dormía, fue despertado y ante su consagración sólo consiguió pronunciar un somnoliento ¿Ah?

Al fin, tras múltiples súplicas, recibió al triunvirato. Al cabo de dos días Dorgèles recibió el Femina. Los meses siguientes fueron un constante bombardeo de críticas periodísticas con insultos, adjetivos denigrantes y valoraciones más bien pueriles de 'A la sombra de las muchachas en flor', calificado como un infumable aburrimiento en contraste con el dinamismo y ardor de 'Les croix de bois'. El nacionalismo detestó lo proustiano por su neutralidad política y los internacionalistas lo desdeñaron por su ausencia de compromiso. Aún faltaba el colofón, con la maestría de los últimos volúmenes de la 'Recherche' y su brillantez en aniquilar a esos apellidos ilustres entre perversiones y encanecimientos, estatuas atiborradas de polvo dignas de recalar en cualquier tienda de antigüedades trasnochadas. La polémica del Goncourt de 1919 siempre tendrá actualidad. Dorgèles, quien en su otoño sería presidente del jurado del Goncourt, era la inmediatez del instante. Proust, de cocción lenta pero segura, accedió al panteón de la inmortalidad aún en vida, como más tardé declaró preferir Jean-Pierre Melville en un fragmento de 'Al final de la escapada'. Más de un siglo después nadie discute su puesto.

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