Cine clásico

Nosferatu, el chupasangres que infectó a Europa en los años veinte

El estreno de un nuevo 'Drácula' en Netflix recuerda la historia del vampiro Nosferatu, otro icono devoto de considerar la sangre como fuente de vida y morder como un virus

Foto: 'Nosferatu', filme de 1922
'Nosferatu', filme de 1922

En el último 'Drácula', producido por la BBC y Netflix, el vampiro interpretado por Claes Bang es maravilloso, casi como para no desear su muerte, al ser un producto arquetípico de nuestro siglo antes de la catástrofe; cínico, individualista, bon vivant y superior a Patrick Bateman, otro gran estereotipo masculino de la época, por trascender lo humano para ser, todo él, una pandemia global, algo quizá sólo evidente durante estos meses, cuando toda la construcción del personaje conduce a esa esencia.

Pensé en esta clave interpretativa al recordar el clásico de clásicos del género, 'Nosferatu', una sinfonía de los horrores, película estrenada en 1922, dirigida por F.W. Murnau y protagonizada por Max Schreck, cuya inequívoca caracterización lo convirtió en icónico hasta generar infinitud de leyendas sobre su vida tras el filme, como si fuera otro devoto de considerar la sangre como fuente de vida, desde la penumbra.

El último 'Drácula' es maravilloso: cínico, individualista, bon vivant y superior a Patrick Bateman

El conde Orlok llega a la ciudad en un barco, cómo no, de nombre extranjero, donde poco a poco toda la tripulación ha naufragado a la plaga, tan versátil como para metamorfosearse, y si bien el murciélago ha prevalecido en el imaginario, nunca debe olvidarse como ya Bram Stoker usó las ratas como encarnación de ese extraño misterioso. Nosferatu, en uno de los planos expresionistas de un filme con texturas realistas, capitanea la tragedia, altísimo, y el efecto de su veneno desembarca en Wisborg durante el verano de ese año maldito de 1838. Las siguientes escenas son una de tantas metáforas del presente desde el pasado, con puertos clausurados y las urbes a la búsqueda de diferenciar entre sanos y enfermos, con los últimos confinados en hogares de puertas marcadas mientras las calles lucen desiertas salvo por un ininterrumpido desfile, casi la única vista desde la ventana, de negrísimos ataúdes con sus, asimismo, oscurísimos porteadores.

El nuevo 'Drácula' de Netflix
El nuevo 'Drácula' de Netflix

Los no muy abundantes espectadores en las salas debieron rememorar tantas pérdidas humanas recientes como consecuencia de la Gran Guerra y la inmediata epidemia de gripe española, y con toda probabilidad si eran centroeuropeos podían prescindir de Drácula por identificar todas las teselas del mosaico en tradiciones propias, muchas de ellas arcanas, transmitidas oralmente de generación en generación a los más pequeños hasta consolidar un miedo en apariencia desvanecido por el triunfo de la Modernidad, cuando nada puede hacerse ante el temor a un mal casi inasible, un ente abstracto sin dificultades para mimetizarse con el ambiente y condicionarlo sin ambages.

De repente, aparecerían esas historias antediluvianas, rescatadas del cerebro, como si nunca se hubieran ido esos cuentos de epidemias vampíricas coincidentes con épocas pestilentes, altos índices de mortalidad entre la población y el bacilo pudriéndose en los campos, repletos de un insoportable hedor.

Síntomas y diagnósticos

En Nosferatu apenas vemos la sangre, con la excepción de unos segundos durante la cena en el castillo de Orlok. Cuando este ve la sangre de Hutter, el enviado del agente inmobiliario Knock para cerrar un acuerdo inmobiliario en Transilvania, se excita, acercándose, casi relamiéndose por el espectáculo. A la mañana siguiente el marido de Ellen cree haber sido presa de los mosquitos por dos pequeñas marcas en el cuello, el mordisco de su anfitrión, quien necesita de los humanos para vivir, y a más dentelladas y de mejor calidad su rejuvenecimiento físico se torna casi milagroso. En caso de no poder aprovisionarse languidece, como cierto virus, sin desaparecer por completo, protegido de antídotos desde su decrépita soledad.

En caso de no poder aprovisionarse languidece, como cierto virus, sin desaparecer por completo, protegido de antídotos desde su decrépita soledad

El conde, flaco, encorvado, de horrible rostro y ojos relucientes, es pura sutileza, sin una pizca de exhibicionismo al saber de sus pavorosos poderes, tan increíbles como para seducir a Ellen a miles de kilómetros de distancia, hipnotizada en la nocturnidad, poseída sin siquiera intuirlo al ignorar síntomas de su demencia. Quizá en la cercanía de ese balcón alucinado Knock se friega las manos y sonríe para sus adentros. Al fin y al cabo este sórdido personaje no deja de ser, desde su devoción, un doble de Nosferatu en Wisborg, pues la semilla hacia la calamidad necesita reproducirse para medrar y crear pequeños focos favorecedores, sigilosos obreros en pos de la aniquilación.

La cinta de 1922 es la antítesis de la gratuidad sanguinaria de sus sucesores en la pequeña y gran pantalla, algo elevado a la enésima potencia durante nuestra centuria. Podría pensarse, sin mucho temor a equivocarse, en una mutación producida por pérdidas de matices para propulsar señas de identidad palmarias, pues al fin y al cabo el vampiro contemporáneo es una gallina de los huevos de oro a explotar, reconvirtiéndola para no repetirse, aunque con rasgos y comportamientos directos y reconocibles sin abrir los ojos.

La peste y el mismo vampiro resultaban inquietantes para la mentalidad de una mente urbanita de principios del siglo XX

En las comunidades no tan lejanas de nuestros antepasados la peste, y por ende el mismo Vampiro, eran le revenant, el que vuelve, a lo sumo olvidado por los más jóvenes, a diferencia de los ancianos, conscientes de esos azotes episódicos, mucho más inquietantes para la mentalidad de una mente urbanita de principios del siglo XX; por aquel entonces una pandemia como la gripe española, además de su incierto origen, era más temible desde la neurastenia de ser la causante de romper con una serie de hábitos adquiridos, con la quiebra de la rutina disparada hacia las profundidades por esa letal transgresión, alteradora del sistema de valores establecidos.

No sospechamos ninguna intención oculta en el Covid-19, distante de Nosferatu, quien inocula muerte desde sus afilados colmillos, y con ella asimismo transforma a sus víctimas, despojándolas de su ser anterior. El conde es hegemónico, como reza el mismo significado del término, por acaparar la atención y volverse omnipresente desde su invisibilidad, como los emperadores de la Antigüedad tardía, por su eficacia en sumar fallecidos, minoritarios en la estadística oficial y más remarcables por su porcentaje mayoritario en la misma, tan notorio como para abolir las fronteras entre la vida y el más allá, con este último indiscutido tanto en la intimidad personal como en las conversaciones del día a día.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

James Joyce definió, escribo de memoria, la Primera Guerra Mundial como unas vacaciones en Suiza, neutral y por lo tanto ajena militarmente al conflicto. Jaime Gil de Biedma apenas notó la Guerra Civil, rememorada como un episodio feliz de infancia en Nava de la Asunción. El frente ni siquiera era un rumor en el horizonte, no como en Barcelona o Madrid, donde los bombardeos y las estrecheces económicas devastaban a los más humildes. A mayor concentración poblacional mayor afectación del virus. Drácula y Orlok tienden sus tentáculos en ciudades, el primero en la gran metrópolis del siglo XIX, mientras el segundo es más pacato por cuestiones presupuestarias y adaptar la novela de Stoker en latitudes próximas por una mezcla de amalgamar leyendas de la Mittel Europa y obviar pagar ningún tipo de derecho de autor a Florence Balcombe, viuda del autor de una de las ficciones más vendidas de todos los tiempos, conocedora del plagio por un anónimo berlinés. Su reclamación supuso secuestrar todas las copias del filme y quemarlas. Entretanto la productora Prana se había declarado en bancarrota para no pagar lo sentenciado. Ese fuego destructor no alcanzó todas las bobinas, y en 1929 'Nosferatu' volvió a exhibirse, alabándose desde su recuperación como una verdadera obra maestra del séptimo arte.

Florence Balcombe, viuda de Bram Stoker, denunció 'Nosferatu' por plagio y la sentencia fue quemar todas las bobinas. Algunas se salvaron

Drácula en Londres quiere el dominio mundial. Orlok en Wisborg no aspira a tanto. Ambos deben ser cancelados de la faz de la tierra, y ello conlleva aplacarlos mediante una serie de procedimientos y precauciones para evitar su contagio y a la postre, cuando el oponente haya superado en rapidez al agresor, erradicarlo. En el Drácula de Netflix resulta hasta cómico, sobre todo en las actuales circunstancias, ver cómo los pasajeros supervivientes del navío se arremolinan en un círculo para protegerse de las acometidas del Vampiro. En la novela de Stoker, culminación de casi un siglo de variantes del mito, cuna de lo contemporáneo junto a Frankenstein, la estaca y los ajos son la vacuna contra la bestia, mientras en Nosferatu hay un cierto conservadurismo burlón en eso de acabar con el monstruo, rostro visible del terror, a través de una virgen, la única capaz de hacer olvidar al conde el peligro de ver amanecer, difuminado entre los rayos solares, moviéndose hiperventilado hasta desvanecerse para la eternidad.

Orlok, Drácula o cualquier instante pandémico tienen esas hechuras conquistadoras al querer implantar su orden y derrocar otro anterior

Antes de caer en la trampa había mostrado dones diabólicos tan poderosos como para ser nosotros mismos, pues quien recibía su mordida pasaba a tenerlo en su seno, y todos podían ser el siguiente manjar. Este mal era invasivo y pese a alimentarse con sangre humana tenía gran apego a su tierra, tanto como para transportarla en su ataúd donde fuera, como si fuera un anexo corporal. Orlok, Drácula o cualquier instante pandémico tienen esas hechuras conquistadoras al querer implantar su orden y derrocar otro anterior. La victoria de la civilización, además de exacerbar más si cabe el maniqueísmo del asunto, es un retorno de la paz, como si nada hubiera pasado y nos despertáramos de una pesadilla, algo sólo posible con la cruz, estandarte de una totalidad sistémica.

Estos relatos, a priori apologías del bien sobre las tinieblas, perviven por ser vasos comunicantes con su inspiración desde un espíritu transgresor. Nos da igual si los malvados perecen por el progreso de su antípoda, sus actos se inmortalizan en retinas y neuronas de la ciudadanía espectadora, con el poder enfrascado en la victoria, mucho más efímera en el recuerdo pese a su acumulación de adrenalina en su celebración. La estela dejada por el Vampiro es fiesta y duelo al unísono, posibilidad de autocrítica, cómo hemos llegado a esto, y una invitación al control desde lo ganador, tan tenebrosa como Nosferatu y por lo tanto a contrarrestar desde las cenizas de la hecatombe.

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