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La desglobalización: queremos divorciarnos, pero no sabemos cómo hacerlo
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La desglobalización: queremos divorciarnos, pero no sabemos cómo hacerlo

No es una tendencia nueva, pero sí ha sido el rasgo más importante de la política global y muy probablemente seguirá siéndolo durante todo el año que viene

Foto: Ilustración: EC Diseño.
Ilustración: EC Diseño.
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No es una tendencia nueva. De hecho, empezó hace unos cinco años. Pero ha sido el rasgo más importante de la política global durante la pandemia y, muy probablemente, seguirá siéndolo el año que viene. Es el 'decoupling': el deseo de romper los vínculos entre países establecidos a lo largo de las últimas décadas.

Cuando en 2016 Donald Trump se convirtió en presidente, prometió reiteradamente que Estados Unidos iba a reducir su compromiso con los países de la OTAN, o incluso a salirse de ella. Anunció que la UE dejaba de ser su socio principal y que, en adelante, se la consideraría “uno de los mayores enemigos” del país. Se planteó reducir las relaciones militares con dos viejos aliados en Asia, Corea del Sur y Japón, y tomó medidas para que la industria y el comercio estadounidenses rompieran su dependencia de China. En realidad, esto último era, y sigue siendo, el 'gran desacople': el intento, cada vez más correspondido por China, de acabar con la dependencia mutua.

Foto: Caricatura de Donald Trump en un restaurante en Guangzhou, China. (Reuters)

Pero no solo quisieron reducir estos vínculos los dos grandes gigantes económicos. 2016 fue el año del Brexit, en el que los británicos decidieron salir de la UE. Más tarde llegaría el caso de Cataluña, que trató en 2017 de romper sus estrechos vínculos con el resto de España mediante un referéndum de independencia. También durante estos años, se aceleraron los intentos de los gobiernos de Polonia y Hungría de romper con la unidad legal de la UE y sus políticas migratorias.

La Unión Europea, al tiempo que respondía al endurecimiento de las relaciones con Estados Unidos con más aranceles, intentaba convencerse de que debía depender menos de la potencia militar y la capacidad tecnológica estadounidenses, aumentando su participación en la OTAN o creando su propio ejército y desarrollando una agresiva política industrial. Esta situación se agravó durante la pandemia: cuando los países de la UE se dieron cuenta de que apenas tenían capacidad para producir cosas como mascarillas o medicamentos básicos, prometieron acabar con la dependencia industrial de China.

Foto: Ilustración: Raquel Cano.

Más tarde, fue la crisis de los semiconductores la que hizo que en la UE algunos actores, por ejemplo los fabricantes de coches, pidieran más autonomía industrial; la subida de la luz intensificó la sensación de que la dependencia del exterior era excesiva y había que buscar la manera de desacoplarse de países como Argelia o Rusia. El emblema de 2021 sería el Ever Given, el inmenso barco cargado de contenedores que en marzo de ese año se quedó bloqueado en el canal de Suez, interrumpió parte del tráfico global de mercancías e ilustró la sensación creciente de que todos dependemos demasiado de los demás y tendríamos que ser más autónomos. El Ever Given atascado se convirtió en un símbolo de la necesidad de una cierta desglobalización.

¿El comercio nos hace amigos?

El progreso de Occidente durante los últimos dos siglos y medio se ha basado, en buena medida, en una observación de Montesquieu: “El comercio cura los prejuicios destructivos, y constituye una regla casi general el que dondequiera que hay costumbres sosegadas hay comercio, y dondequiera que hay comercio hay costumbres sosegadas”, escribía en 'El espíritu de las leyes' en 1748. Pero Montesquieu iba más allá del influjo del comercio en los buenos hábitos y la destrucción de los prejuicios: “El comercio ha hecho que el conocimiento de las costumbres de todas las naciones se haya extendido: se las compara entre sí, y de ello resultan grandes bienes”.

El conocimiento mutuo propiciado por la actividad comercial también tenía un efecto pacificador. Los humanos tendemos al resentimiento e incluso a la guerra, decían las ideas ilustradas, por culpa del desconocimiento: una vez nos conociéramos, entenderíamos los motivos del otro y encontraríamos la manera de solventar nuestras diferencias de manera pacífica. Eso era exactamente lo que pensaban en los años noventa los instigadores de la globalización: que esta generaría beneficios económicos para los países desarrollados y los países en desarrollo. Los primeros tendrían productos baratos y podrían dedicar la capacidad liberada en el extranjero a actividades con mayor valor añadido; los segundos podrían ocupar su mano de obra en tareas industriales y modernizarse con rapidez para crear una clase media que hasta entonces no habían sido capaces de generar.

Foto: EC Diseño.

Pero el beneficio iría más allá: la globalización económica daría lugar a la globalización del modelo democrático liberal, pensaban sus promotores, de modo que, a medida que los países en desarrollo fueran prosperando, también se irían democratizando. Y eso, en última instancia, generaría unas dependencias mutuas que acabarían con la posibilidad de que estallaran conflictos descontrolados o guerras. El periodista estadounidense Thomas Friedman, uno de los defensores más destacados de la globalización en la década de los noventa, que acuñó algunas de las ideas que más influyeron a la élite de entonces, afirmó en 1996 que nunca se había producido una guerra entre dos países en los que estuviera presente la cadena de comida rápida McDonald’s: “La cuestión que plantea el ejemplo de McDonald’s es si existe un punto de inflexión a partir del cual un país que se ha integrado en la economía global, se ha abierto a la inversión extranjera y ha empoderado a sus consumidores restringe de manera permanente su capacidad para crear conflictos y promueve una democratización gradual y una paz cada vez más generalizada”. Luego añadiría que nunca se había producido una guerra entre dos países que formaran parte de una gran cadena logística global, como las de las grandes empresas de 'hardware'.

Paz, pero conflictos irresolubles

Y, ciertamente, no ha habido guerras de esa clase, por lo que la profecía no era del todo errónea. Pero, al mismo tiempo, el resentimiento entre las naciones globalizadas no ha dejado de crecer. Era posible encontrar precedentes históricos —a fin de cuentas, los países que se enfrentaron en la Primera Guerra Mundial fueron, hasta 1914, sólidos socios comerciales—, como también lo era avanzar lo que Mark Leonard, director del European Council on Foreign Relations, explica en su último libro, 'The Age of Unpeace. How Connectivity Causes Conflict'.

Según Leonard, la idea de que, cuanto más cooperáramos, cuanto más comerciáramos, mejor nos llevaríamos, no ha resultado ser plenamente cierta. En realidad, conocernos más, depender más los unos de los otros, trabajar a diario con gente de países, gobiernos e ideologías distintas, ha hecho que nos detestemos más. “Es la conectividad misma lo que nos separa. Ofrece a la gente la oportunidad de crear conflictos; razones para pelearse, y un montón de armas con las que infligir daño”, dice. El mundo está más unido que nunca por las cadenas logísticas, la posibilidad de compartir ideas y expresiones culturales en internet y un sistema financiero dolarizado. Pero, precisamente, “la tragedia de nuestra generación es que las fuerzas que han unido a la humanidad también nos están dividiendo y amenazan con destruirnos”. Muchos de los conflictos de nuestro tiempo —la utilización política de la inmigración, las sanciones económicas, las guerras comerciales, la ciberguerra, el recelo hacia las élites, el resurgimiento de nuevas formas de nacionalismo— no solo son posibles porque estamos completamente acoplados, sino que es el mismo hecho de estar acoplados lo que los provoca.

Foto: Imagen de Pete Linforth en Pixabay. Opinión

De modo que tal vez sea sensato separarnos un poco. Y, como decía, llevamos al menos cinco años intentándolo: todo el mundo está procurando ser más autosuficiente. Sin embargo, y esta es la gran paradoja, casi nadie parece estar consiguiéndolo. Puede que los estrechos vínculos creados por la globalización no dieran los resultados esperados en muchos sentidos (en otros sí lo hicieron), pero lo cierto es que eran lo bastante sólidos como para que ahora parezcan muy difíciles de revertir. Como dice Leonard, “la política de las grandes potencias se ha vuelto como un matrimonio sin amor cuyos miembros no se soportan pero son incapaces de divorciarse”.

El divorcio del Brexit se consumó, pero para su promotor, Reino Unido, el resultado ha sido muy decepcionante por el momento. A pesar de su retórica, la Unión Europea no se está dotando de herramientas serias para garantizar su seguridad con independencia de las fuerzas estadounidenses. Mientras, Estados Unidos no solo no ha abandonado la OTAN, sino que sus planes de sancionar a Rusia mediante el cierre de su nuevo gasoducto a Europa —el Nord Stream 2— si invade Ucrania dependen por completo de la soberanía de Alemania. Los aranceles a las importaciones que Estados Unidos y la UE se impusieron mutuamente están siendo cancelados de manera progresiva. Polonia y Hungría no solo siguen en la Unión Europea, sino que ni se plantean su salida, y se da por hecho que asumirán a regañadientes las condiciones para obtener los fondos condicionados para la recuperación tras la pandemia.

Foto: Los presidentes de Estados Unidos y de China. (Reuters)

Cataluña, de más está decirlo, sigue formando parte de España y los líderes independentistas reconocen que no tienen una hoja de ruta para una independencia que hace cinco años decían creer viable. En el interior de Asia, donde el auge de China y su creciente agresividad han llevado a otros países como India o Singapur a distanciarse y acaparar recursos para ser autónomos, la interdependencia es total. 'The Economist' contaba hace unas semanas que Tata Group, la mayor empresa india, está invirtiendo en la producción de vehículos eléctricos y baterías en su país, pero China sigue contando con el 75% de la capacidad global de fabricación de baterías. El mayor fabricante de semiconductores del mundo, el taiwanés TSMC, afirmó el mes pasado que invertiría en Japón para depender menos de China, que reclama la isla como territorio propio; pero el 80% de su producción sigue en Taiwán. Ningún empresario, decía 'The Economist', quiere abandonar China. En octubre, el superávit comercial chino alcanzó un récord: 84.540 millones de dólares. Y, al mismo tiempo, al mes siguiente, el noviembre pasado, aumentó enormemente las importaciones, sobre todo de materias primas como el carbón y el cobre, según Reuters. Un caso extremo de vínculos forjados a lo largo de décadas que luego parecen imposibles de romper es el de la ONU: en realidad, nadie piensa que sea eficaz, pero nadie sabe qué hacer con ella, no digamos ya cómo deshacerla. ¿Desacople? ¿Qué desacople?

Se podría pensar que la reiterada imposibilidad de llevar a cabo estos divorcios deseados tiene que ver únicamente con la coyuntura electoral: a fin de cuentas, ahora Estados Unidos está presidido por un demócrata multilateralista y partidario de las viejas alianzas forjadas durante la Guerra Fría. Pero hay algo subyacente más importante que eso. Y, según como se mire, más inquietante: ¿y si, a pesar de vivir en un estado de enfrentamiento constante y a gran escala, provocado por estar permanente y profundamente vinculados, no logramos deshacer las conexiones que lo provocan? ¿Seremos, como dice Leonard, un matrimonio siempre infeliz, pero incapaz de divorciarse? Si es así, viviremos el año 2022, y quizá la década de 2020, sumidos en conflictos incómodos y de difícil solución política. Provocados, esencialmente, por un malentendido: ¿hasta qué punto estar muy juntos hace que nos llevemos mejor y hasta qué punto hace que no nos soportemos?

No es una tendencia nueva. De hecho, empezó hace unos cinco años. Pero ha sido el rasgo más importante de la política global durante la pandemia y, muy probablemente, seguirá siéndolo el año que viene. Es el 'decoupling': el deseo de romper los vínculos entre países establecidos a lo largo de las últimas décadas.

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