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La España vacía: entre la fatalidad y la beligerancia
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La España vacía: entre la fatalidad y la beligerancia

El carácter y la cultura rurales quizá no puedan asimilarse a las nuevas políticas

Foto: Ilustración: EC Diseño.
Ilustración: EC Diseño.
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Las zonas rurales de España afectadas por la despoblación recibieron un nombre poético en 2016 que sirvió para nombrarlas quizá por primera vez de manera ágil: España vacía. El apelativo inventado por Sergio del Molino hizo fortuna por su sencillez y puntería emocional, y convirtió esas tierras de Segovia, Ávila o Teruel en objeto semántico, algo de lo que poder hablar. No tardó mucho en fraguarse un apelativo contrario, quizá refunfuñón: “España vaciada”. En él se deslizaba una actitud beligerante, abiertamente recriminatoria: la España vacía está vacía porque alguien lo ha querido así. Esta nueva denominación, que parece haber sustituido exitosamente a la primera, ha dado lugar a que se insinúe ahora en ese archipiélago de abandono, no ya un objeto, sino todo un sujeto político.

Cabe preguntarse cómo es culturalmente la España vacía (el que esto escribe prefiere este adjetivo), qué costumbres la caracterizan, qué modos de vivir y de pensar, y hasta qué acervo comparten sus habitantes. Si acaso y esa sería también la pregunta comparten algo de todo eso, cultura, costumbres o carácter, y si esas coordenadas son en cierta medida distintas a las de la España no capitalina que aún mantiene una población estimable, mayormente en las zonas costeras.

Foto: Sergio del Molino. (EFE) Opinión

En el pasado puente de la Constitución, se dio un conflicto caricaturesco muy representativo de las tensiones que hay entre Madrid y la España rural más desatendida. Las redes sociales se llenaron de quejas de los madrileños ante la llegada masiva de turismo nacional a la capital de España, y se hacían burlas con la pasión fotográfica que despertaban en estas gentes de la España vacía tanto el alumbrado navideño como los musicales de la Gran Vía. Parecía que numerosos ciudadanos de Palencia o Teruel o Soria habían venido a Madrid exclusivamente para paralizarlo, a fuerza de detenerse ante todas las luces de colores de la ciudad para hacerse fotos y de llenar los teatros de la capital, con las colas consiguientes entorpeciendo la circulación por las aceras del centro.

Este despectivo gesto de algunos madrileños hacia sus visitantes nos habla de una evidencia que marca, si acaso, el carácter de la población rural, y es que en Madrid siempre estará lo que hay que ver, lo último, lo más moderno o lo más espectacular. Nunca va a programarse un musical en Ávila, en un pueblo de Huesca o en medio del campo. La mayoría de la gente famosa, o poderosa, nunca va a pisar esas tierras. La sede de los grandes medios de comunicación siempre estará en Madrid.

placeholder Luces de Navidad en las calles de Madrid. (EFE)
Luces de Navidad en las calles de Madrid. (EFE)

Se da aquí, por tanto, un crítico choque entre el complejo de superioridad de los madrileños y el complejo de inferioridad de los habitantes de la provincia. Este choque tiene como resultado consabido que en los pueblos se sienta animadversión hacia el madrileño, mayormente si visita el lugar en verano. Hay una larga tradición de conflictos en la España vacía en relación con los veraneantes. Por un lado, porque llegan con sus atuendos, posesiones y usos de consumo diferentes, supuestamente mejores, que contrastan, uno diría que jactanciosamente, con los propios del municipio donde recalan; por otro, porque muchos serán los hijos o nietos de aquellos que se fueron del pueblo, y, por tanto, dejaron de ser de pueblo, imperdonablemente.

Algunas piruetas psicológicas nunca cesan de producirse en la conciencia de alguien nacido en un pueblo, si acaso siempre ha vivido ahí. Una consiste en sentirse superior a los madrileños después de sentirse inferior, movimiento psíquico compensatorio que no deja de tener sus argumentos. En el pueblo, en el campo, se vive mejor, más barato, menos agobiado, más tranquilo, más sanamente. Sin embargo, en la competencia con otros pueblos, así como con otras personas de su mismo pueblo, será justamente Madrid el que ejerza de juez o de dispensador de autoestima. Por ejemplo, la coral de mi pueblo ha sido invitada a Madrid y la del tuyo no; mi hijo ha triunfado en Madrid, ha comprado un piso en Madrid; a nuestro pueblo ha venido la televisión, y al tuyo no; nuestro pueblo sale en una película, etc. Todo ese desprecio por la capital del país, y por las grandes ciudades, se olvida de pronto cuando desde los centros de poder de esas ciudades se proporciona distinción a una zona rural concreta, así sea puntualmente.

Foto: Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

La cultura, en amplio sentido, vive también cierta esquizofrenia en las zonas rurales. Por un lado, se defiende 'lo nuestro'; por otro, se rinde pleitesía a las consignas culturales o éxitos fraguados a nivel nacional. No hay nada entre medias. Así, vemos que en cualquier pueblo de apenas 3.000 habitantes puede haber un museo, ya sea de aperos de labranza, ya dedicado a alguna actividad desaparecida en la zona (la extracción de resina de los pinos, por ejemplo), y que a nivel provincial y autonómico solo importa, va dicho, 'lo nuestro', tanto en programaciones culturales como en grandes espacios de lo mismo, premios o subvenciones. Este, en rigor, provincialismo extremo contribuye al ensimismamiento de estos territorios, que viven eternamente escuchando sus propias jotas y viendo bailar sus consabidas danzas.

Sin embargo, al mismo tiempo, la visita de una celebridad cultural se vive como un acontecimiento. Solo lo que recibe refrendo comercial a escala nacional puede penetrar el entramado cultural de la provincia. En estos casos, se tira la casa por la ventana, pagando de hecho mucho más a una de esas visitas por una charla de lo que recibe ese mismo conferenciante en Madrid u otras grandes capitales. También es posible que vaya más gente a ver a ese escritor o cineasta en Palencia que en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Foto: Proyecto Éxodo

Cuando digo que “no hay nada en medio”, me refiero a esto: si una editorial sita en Segovia no publica autores segovianos o, cuando menos, castellanoleoneses, no existe para su propia Administración. Sucede lo mismo con grupos musicales que no toquen tonadas folclóricas o con escritores que no dediquen su obra (ambientándola, como poco) a su comarca o región. Sin embargo, si 'triunfan' en Madrid, estos artistas o empresas culturales son de pronto tomados en cuenta en su propia tierra. No es exactamente el adagio “nadie es profeta en su tierra”, sino “nadie es profeta en su tierra si no entona las profecías que su tierra demanda”.

El acceso a la cultura ha cambiado mucho en el siglo XXI. Así, no hace falta ir a Madrid para estar, por ejemplo, completamente al día de la música que se hace en Estados Unidos, en cualquier rincón de aquel país. Uno puede 'ser moderno' sin salir de su pueblo, a nada que la curiosidad le lleve por los caminos de internet adecuados. Antes había que ir a la ciudad para descubrir un grupo de música o ver por primera vez determinado peinado o comprar un libro de un sello independiente.

placeholder Una biblioteca rural en Galápagos, en Guadalajara. (EFE)
Una biblioteca rural en Galápagos, en Guadalajara. (EFE)

Sin embargo, esta posibilidad de emancipación intelectual no parece estar siendo aprovechada en las zonas rurales, precisamente por el ensimismamiento a que abocan las estructuras de gobernanza y patrocinio. 'Lo nuestro', muy seguramente, impide descentralizar la producción de hitos culturales, y al final quien quiere protagonizar su época desde alguna manifestación artística acude a Madrid o Barcelona o Valencia en busca de un mayor eco para su obra. Mi impresión es que la provincia debería tratar de rivalizar con Madrid o Barcelona no con jotas, sino con trap. Es decir, desde una completa contemporaneidad. No en vano ocasionalmente sucede, como aquello que se conoció como Xixón sound, que hizo que durante una larga temporada los mejores grupos de música de España salieran de Asturias. Ese sería el camino a explorar.

Esta incapacidad para hablar de tú a tú culturalmente a las grandes ciudades quizá tenga que ver con el carácter y las costumbres de la España vacía. Lejos de sentirse vaciada, y por mucho que una propuesta política pueda encender o capitalizar el rencor o el victimismo, mi impresión personal es que el vaciado de un pueblo se toma con total naturalidad, casi con indiferencia. Estoy ahora recordando mis años en Fuentepelayo (Segovia), de donde soy natural. No recuerdo que la caída poblacional fuera tema de conversación, y menos de lloros. Obviamente, se comentaba quién se iba y quién no, y quién volvía, y cuántos niños nacían cada año, pero no había esa suerte de frustración o agravio que ahora parece dominante, según los medios. Creo que dentro del carácter provinciano español, particularmente del mesetario, ocupa un lugar principal la fatalidad, así como la resistencia austera y cierta lentitud emocional. Nada que ver con el ardor guerrero que ahora parece instigarse.

Foto: El portavoz de Teruel Existe, Toma Guitarte. (EFE)

También es posible que la gente del campo —quiero decir, muy concretamente, los que no son preguntados ni lideran o ejercen portavocías— vean inevitable esta deriva de despoblamiento, sobre todo porque un movimiento artificial de migración a zonas rurales puede provocar en ellos incomodidad y suspicacia: ya su pueblo no sería su pueblo, ni sus costumbres y tradiciones se mantendrían intactas, y hasta verían imponerse otros modos de vida que les son ajenos, y hasta antipáticos. La otra estrategia, la que apunta a mejorar servicios, descentralizar poder y animar el campo con mayores presupuestos sociales, a fin de que los hijos y nietos se queden en mayor proporción, tampoco parece, más allá de las buenas intenciones, un método eficiente. El que se va del campo no busca un hospital o una universidad, sino una oportunidad de conocerse a sí mismo, de encontrar su camino en un lugar donde nadie sepa quién es ni le recuerde constantemente el oficio o el anecdotario familiar, del que supuestamente debe ser heredero y continuador.

Las zonas rurales de España afectadas por la despoblación recibieron un nombre poético en 2016 que sirvió para nombrarlas quizá por primera vez de manera ágil: España vacía. El apelativo inventado por Sergio del Molino hizo fortuna por su sencillez y puntería emocional, y convirtió esas tierras de Segovia, Ávila o Teruel en objeto semántico, algo de lo que poder hablar. No tardó mucho en fraguarse un apelativo contrario, quizá refunfuñón: “España vaciada”. En él se deslizaba una actitud beligerante, abiertamente recriminatoria: la España vacía está vacía porque alguien lo ha querido así. Esta nueva denominación, que parece haber sustituido exitosamente a la primera, ha dado lugar a que se insinúe ahora en ese archipiélago de abandono, no ya un objeto, sino todo un sujeto político.

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