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El invierno de la especie se acelera: ni indios ni mormones tienen ya suficientes hijos
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El invierno de la especie se acelera: ni indios ni mormones tienen ya suficientes hijos

La pandemia ha pulverizado las previsiones demográficas y obligará a revisarlas a la baja. La fertilidad está cayendo por debajo de la tasa de reemplazo, con la excepción de África y Pakistán

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Los mormones consideran que la familia está en el centro del plan de Dios. Su retrato ha sido siempre el de una pareja joven rodeada de una prole numerosa. Pero ni siquiera ellos son ya una excepción. La fertilidad se ha desplomado de tal manera en los últimos 20 años que incluso sus comunidades están cayendo por debajo de la tasa de reemplazo (2,1 niños por mujer), la que permite que un país sea sostenible demográficamente sin necesidad de atraer inmigrantes. La fertilidad de Utah se situaba en 1,9 ya en 2018, era más baja entre los blancos y solo superaba en dos décimas la media de Estados Unidos. O lo que es lo mismo: ni siquiera los mormones están teniendo suficientes hijos.

También los indios han dejado de tener suficientes hijos. El 24 de noviembre, el Ministerio de Sanidad de la India presentó un informe según el cual la tasa de fertilidad había caído por debajo del 2 y alcanzaba niveles europeos en las grandes áreas urbanas. Era el último de los BRIC que todavía se mantenían por encima. Los demás (Brasil, Rusia y China) cedieron la posición hace tiempo. Como también lo han hecho México y Bangladés. En el caso indio, como en el mexicano, el covid ha precipitado el colapso y es probable que veamos un ligero rebote en los próximos años. Pero incluso aunque se produjese un pequeño ‘baby boom’, los expertos no creen que se vaya a sostener más allá de lo anecdótico. Al revés, sospechan que el planeta está entrando en el invierno demográfico con décadas de antelación sobre lo previsto y esperan una drástica revisión a la baja de las previsiones de la ONU, pulverizando el poco margen que teníamos para preparar la transición. Incluso países como Indonesia o Filipinas, considerados 'bombas demográficas' hace un par de décadas, están cerca ya de la tasa de reemplazo.

Foto: Foto: EFE. Opinión

Jesús Fernández-Villaverde es catedrático de Economía en la Universidad de Pensilvania y articulista de este periódico —si les interesa el tema y no han leído sus artículos, les recomiendo esto, esto y esto—. Según sus cálculos, la curva de la Humanidad ya es descendente. El pico de nacimientos se habría producido en 2016 (140,7 millones de bebés) y en solo tres años (2019) había caído hasta los 137,3 millones. La pandemia habría agravado después el desplome. Si la población mundial continúa creciendo —y lo seguirá haciendo todavía durante más de un cuarto de siglo— es por el incremento sostenido de la esperanza de vida en casi todos los países del mundo. “Otra manera de verlo”, dice Fernández-Villaverde, es que “en 2019 nacieron 137,3 millones de niños, con una población media de 7.673 millones, mientras que en 1987 nacieron 136,7 millones, con una población mundial de 5.012 millones. Con una población un 50% más grande, nacieron básicamente los mismos niños en 1987 que en 2019”. Como especie, estamos entrando en una nueva fase. La Humanidad ha subido los últimos metros de la montaña rusa casi en vertical. Ahora estamos en ese instante de estabilidad que se produce justo antes de empezar a caer en picado.

Cada vez quedan menos graneros demográficos en el planeta. Las dos únicas grandes áreas donde se sostienen tasas de fertilidad altas son Pakistán y el continente africano. Pero incluso aquí la tendencia parece haber cambiado. En el norte de África, están disminuyendo con rapidez. Marruecos, por ejemplo, se sitúa ya muy cerca del reemplazo. El Sahel, la región más pobre del planeta y la que tiene más dificultades para alimentar a su población, es la que presenta la fertilidad más alta. La mayoría de los listados sobre fertilidad sitúan Níger por encima del resto. El periodista argentino Martín Caparrós pasó algún tiempo trabajando allí para documentar ‘Hambre’, un reportaje de casi 700 páginas publicado en 2014. Hacía las siguientes reflexiones:

“En Níger cada mujer tiene, en promedio, siete hijos —la mayor tasa de fertilidad del mundo—; en Níger un chico de cada siete muere antes de cumplir los cinco años (...) La familia debe producir hijos suficientes para asegurar la continuidad: las mujeres se entregan a otras familias a cambio del pago de un dinero —la dote— y se enajenan; los hijos varones garantizan la supervivencia de los padres que ya no pueden trabajar”.

Foto: Una pareja pasea por Oviedo. (EFE) Opinión

“En un país donde la mortalidad infantil está entre las tres más altas del mundo, si una familia no tiene muchos hijos corre el riesgo de que no queden suficientes varones para trabajar cuando el padre ya no pueda. Pero si los tiene, quizá sobrevivan más que los que puede alimentar. Es un equilibrio complicado: no tener tantos hijos como para no poder mantenerlos en su infancia, tener suficientes como para que te mantengan en tu vejez (...) En el mundo pobre tener hijos es, todavía, la primera estrategia de supervivencia”.

Sucede que cada vez menos familias en el planeta planean su prole como estrategia de supervivencia. De hecho, desde que Caparrós estuvo en Níger, la tasa de fertilidad ha caído al menos un punto. Muchos demógrafos esperan que los países africanos en donde tener cinco o seis hijos sigue siendo común evolucionen en las próximas décadas de manera parecida a la India o Filipinas, lugares que a mediados de los años setenta presentaban una tasa de fertilidad similar a la del Sahel hoy.

Más prosperidad, menos niños

Sobre las causas del invierno demográfico se han aventurado infinidad de hipótesis, y ninguna es perfecta. Con todo, parece evidente que el desarrollo económico, el rol de la mujer y la penetración del estilo de vida occidental son la levadura que desploma la natalidad. Hay casos de estudio paradigmáticos: países que en muy pocos años han visto cómo sus economías crecían al mismo ritmo vertiginoso al que desaparecían los bebés. Un buen ejemplo es Tailandia, que pasó de seis hijos por mujer a finales de los años sesenta a una tasa inferior a la española en la actualidad —en lo que llevamos de 2021, se ha desplomado hasta el 1,1—. En ese mismo periodo, su PIB per cápita creció de 150 dólares a cerca de 8.000.

Aún más acelerada ha sido la evolución de Corea del Sur, donde en 1960 nacían una media de seis bebés por mujer y que hoy es campeón mundial en la modalidad de fertilidad baja (0,8). En ese mismo lapso de tiempo su economía ha pasado de tener una dimensión similar a la de Gambia a colocarse como una de las más pujantes del planeta, con una renta per cápita ya bastante superior a la española.

Foto: Entrevista al catedrático Ramón Mahía Casado. (Isabel Blanco)

En Extremo Oriente dedican muchos esfuerzos a pensar cómo va a ser nuestro futuro en sociedades menguantes y cada vez más envejecidas. Países como la propia Corea del Sur, Japón o China han renunciado total o parcialmente a la inmigración como reemplazo demográfico y se preparan para el colapso en la medida de lo posible. El caso surcoreano es nuevamente el más interesante. Su sistema de pensiones público es esquelético y solo cubre parcialmente (con cantidades de limosna) a un porcentaje de los jubilados. El resultado es que uno de cada dos ancianos vive en pobreza relativa. Es decir, con menos de la mitad de los ingresos promedios por hogar. Para entenderlo en su contrexto, la media de la OCDE está por debajo del 15%.

La población surcoreana se ha ido concentrando en torno a la capital, Seúl, una megalópolis ultratecnológica donde los precios de la vivienda han enloquecido cuando parecía que no podían subir más. Un piso para una familia de tres personas, algo básico con dos habitaciones y un baño, cuesta hoy entre uno y tres millones de dólares. Buena parte de la generación que levantó el país y se deslomó en sus fábricas malvive en sus calles, abandonada por el sistema y desplazada del mercado laboral por el salto educativo y la brecha digital. Muchos viven a merced de sus hijos o se ven obligados arrastrarse en trabajos informales, recogiendo plásticos y cartón, o conduciendo taxis. Uno de los símbolos de su deterioro es el parque de Tapgol, donde hombres de avanzada edad buscan prostitutas ancianas y los camellos pasan viagra o cialis.

¿Importamos personas?

Es arriesgado enviar postales del futuro desde sociedades y culturas tan distintas, pero algunos de los procesos por los que han ido pasando allí ya se empiezan a sentir aquí. En España, con una tasa de fertilidad del 1,2, varios achaques son ya profundos. Lo saben en el sector de la educación preescolar e infantil, donde cada vez hay menos clientes y donde se preparan para una lucha sin cuartel por escolarizar a los que están por venir. Los problemas han pasado de los pueblos a las pequeñas ciudades, donde esperan un cierre de aulas masivo en las próximas décadas. Incluso en los núcleos urbanos que ganan población se ha notado una caída de las matrículas en los últimos años, una sensación acentuada por el covid. El degrado urbanístico de cientos de municipios, el envejecimiento del funcionariado, las altas cotizaciones de la población activa y el cierre de servicios por falta de economías de escala… Son cosas que empiezan a ser frecuentes. Los barrios fantasma y los rascacielos en decadencia de Detroit, las taquillas atendidas por ancianos en el interior de Corea o las máquinas de servicio de Japón son algunas de las imágenes en las que proyectar los años por venir.

Foto: Una familia en la playa de Incheon, en Corea del Sur. (Reuters/Kim Hong-Ji)

El desplome podría haber llegado mucho antes. Como la mayor parte de los países occidentales, España ha venido confiando en sustituir la sequía de bebés con inmigración. Lo hemos hecho de manera intensiva en las últimas décadas, hasta el punto de incrementar nuestra población a la vez que se reducían drásticamente los nacimientos. Según un estudio comparativo realizado por el Pew Research Center hace algo más de un lustro, muy pocos países han recibido flujos migratorios similares a los que tuvimos entre 1995 y 2015. A causa de la pandemia, y por primera vez desde que remontamos la crisis financiera, la población española se redujo en 72.000 personas en la primera mitad de 2021.

Los expertos esperan que cuando el covid salga de la ecuación las cosas vuelvan al cauce habitual, pero hay serias dudas de que esto sea sostenible a medio plazo. De que se pueda seguir incrementando el ritmo de llegadas, de mano de obra y vigor juvenil, sin generar choques culturales cada vez más enconados y tensiones sociales que tengan serias consecuencias políticas y obliguen a dar marcha atrás. Tampoco ayuda la política migratoria española, fuera del debate mollar, totalmente desligada del mercado laboral y dejada al azar y el sacrificio de los propios extranjeros que tratan de encontrar un futuro aquí.

Asumiendo que la natalidad va a seguir cayendo, la necesidad de atraer personas de otros países no solo se mantiene sino que irá creciendo de manera exponencial. Y esto nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos los europeos dispuestos a convertirnos en una minoría en nuestros países? Más allá de que haya teóricos de la conspiración y políticos identitarios utilizando preguntas similares con fines espurios, tampoco la deberíamos eludir. En Cataluña, el territorio con mayor proporción de población migrante, las madres de alrededor del 33% de los niños que nacen hoy no tienen pasaporte español. Con la progresión actual, los niños con abuelos de origen español serán menos de la mitad en la próxima década.

Foto: Un miembro de Cruz Roja alimenta al bebé de una inmigrante africana tras su llegada a Tarifa, el 13 de agosto de 2014 (Reuters).

En principio, esto no tiene que ser malo ni bueno. Y hay muchísimo margen de gestión para que salga mejor. Pero sobran los motivos para pensar que no va a ser un proceso sencillo, que va a tener consecuencias políticas enormes y que, salga como salga, va a transformar profundamente la cultura y la sociedad de los países de acogida. Las experiencias de Estados Unidos, Australia o Canadá demuestran que es perfectamente posible levantar un país sólido y próspero a golpe de flujos migratorios aunque se produzcan tensiones constantes entre los que llevan un tiempo y los últimos en llegar. Sin embargo, dejando a un lado situaciones muy concretas del pasado —algunas muy traumáticas—, la de la Europa contemporánea es la primera experiencia moderna en la que se lleva a cabo este proceso con el beneplácito de los que ya estaban allí.

Por no hablar de la otra cara de la moneda. La absorción de generaciones enteras ha sido dolorosa pero socialmente asumible para los países en desarrollo mientras las tasas de fertilidad se han mantenido altas. Sin embargo, el panorama va a cambiar en los próximos años. El planeta se va a ir llenando de naciones de escasos recursos que no tienen suficientes niños para mantener las tasas de reemplazo y que al mismo tiempo pierden a sus jóvenes con más iniciativa y ganas de trabajar. Por si fuera poco, muchos migrantes prefieren acabar su vida en su país de origen, envejeciendo todavía más la población local. La situación, que ya se ha perfilado en algunas regiones de Europa del Este, resulta explosiva. En muchos de estos lugares, la dependencia es tal que las remesas enviadas desde los países ricos se acaban convirtiendo en la primera fuente de ingresos. Algo que ya está ocurriendo en Marruecos, por ejemplo.

Foto: Justin Trudeau, en una visita a la Royal Canadian Legion. (Reuters) Opinión

El cambio de paradigma demográfico es un desafío importante para países como Estados Unidos o España, pero supone un tsunami para otros como Filipinas, tan habituados a enviar jóvenes al extranjero que existen incluso estructuras educativas financiadas con dinero público para formar enfermeras, marineros o personal de servicio doméstico —en Manila, hay estudios de segundo grado donde enseñan a miles de mujeres jóvenes a planchar, fregar y servir la mesa al estilo occidental—. Si le quedan muy lejos sus islas, piense en América Latina. Fernández-Villaverde recuerda que toda América, de Alaska a Tierra de Fuego, está ya bien por debajo de la tasa de reemplazo. “O hay migración o va a empezar a caer la población en 2030. ¿Qué va a pasar con países como Brasil?”, se pregunta.

En los últimos años, se han sucedido las iniciativas para intentar revertir la situación y, aunque la mayoría han fracasado —quizá por falta de ambición o convicción—, hay algunas experiencias parcialmente exitosas. Israel mantiene una tasa de fertilidad por encima del 3, aunque es difícil desligar el fenómeno de la amenaza militar, la constante pugna religiosa y el sentimiento arraigado de supervivencia. En varias repúblicas del este de Europa, donde vieron las orejas al lobo tras la caída del Muro de Berlín con el combo fatal de emigración y baja natalidad, se han intentado cosas que no están funcionando mal. República Checa ha conseguido remontar una tasa parecida a la que presenta España hoy (1,1) y colocarse en un 1,7 que permite gestionar la transición con menos angustia. Algo más modestos han sido los logros de Eslovaquia y Hungría. Todo ello se ha conseguido con fuertes inversiones en políticas sociales, pero también librando una batalla cultural.

Las experiencias de otros países y el sentido común hacen pensar que los ganadores de esta transición serán los países que sepan ordenar mejor los flujos migratorios al tiempo que consiguen que la natalidad no se desplome, aunque hay que empezar asumiendo que es utópico pretender tasas de fertilidad como las de antaño sin cambiar por completo el modelo de producción y el paradigma social. Lo que no admite discursión es que el proceso ha empezado ya y España va a la cita tan rezagada como acostumbra.

Los mormones consideran que la familia está en el centro del plan de Dios. Su retrato ha sido siempre el de una pareja joven rodeada de una prole numerosa. Pero ni siquiera ellos son ya una excepción. La fertilidad se ha desplomado de tal manera en los últimos 20 años que incluso sus comunidades están cayendo por debajo de la tasa de reemplazo (2,1 niños por mujer), la que permite que un país sea sostenible demográficamente sin necesidad de atraer inmigrantes. La fertilidad de Utah se situaba en 1,9 ya en 2018, era más baja entre los blancos y solo superaba en dos décimas la media de Estados Unidos. O lo que es lo mismo: ni siquiera los mormones están teniendo suficientes hijos.

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