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¿Puede haber transición verde sin precios altos? La geopolítica de la energía
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¿Puede haber transición verde sin precios altos? La geopolítica de la energía

La energía es uno de los factores-palanca de la historia, como ha señalado Vaclav Smil ('Energía y Civilización'), detrás de muchos cambios no solo socioeconómicos, sino también geopolíticos

Foto: Imagen: EC Diseño.
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Hace unos años, la revista 'The Atlantic' preguntó a un puñado de científicos e historiadores cuál era la innovación tecnológica con más impacto en la vida humana desde la rueda. Entre las respuestas, destacaba una categoría: las innovaciones energéticas. La máquina de vapor (1712), la electricidad (siglo XIX), el motor de combustión interna (finales XIX) o la fusión nuclear (1939), no solo cambiaron nuestra vida, sino que abrieron la puerta a la refrigeración (1850), la industria del acero (1850), el automóvil (finales XIX), el aeroplano (1903) o, incluso, internet (1960).

La energía es uno de los factores-palanca de la historia, como ha señalado Vaclav Smil ('Energía y Civilización'), detrás de muchos cambios no solo socioeconómicos, sino también geopolíticos. Los últimos cambios de hegemonía fueron consecuencia de transiciones energéticas: el ascenso del Reino Unido, el principal productor de carbón (el combustible dominante en los siglos XVIII y XIX), desplazados por la pareja EEUU/petróleo en el siglo XX.

La energía es uno de los factores palanca de la historia, detrás de muchos cambios a todo nivel

Si acercamos la lente de la historia, las últimas décadas han dejado un reguero de crisis (en su sentido etimológico, como punto de ruptura, lo que 'separa') de naturaleza geopolítica, como la caída del Muro de Berlín o los atentados contra las Torres Gemelas, o económica, como la crisis financiera o la del coronavirus. Pero, si nos remontamos a la última crisis transformacional, la que afectó a geopolítica y economía al mismo tiempo en los 70, también la energía tuvo entonces un papel protagonista, como ha señalado Jay Kahes en 'Energy Crises'.

La transición verde conlleva un cambio profundo de nuestra matriz energética (los combustibles fósiles todavía representan un 81% del consumo mundial) en un plazo mucho más rápido: si la transición entre carbón y petróleo duró más de un siglo, la reducción de emisiones netas de CO2 a prácticamente cero en 2050 se proyecta en apenas tres décadas. Un cambio más profundo y más rápido que cualquiera de las transiciones energéticas que, en el pasado, alteraron el curso de la historia. La pregunta, por tanto, es casi de Perogrullo: ¿cómo podría no tener la transición verde efectos disruptivos, tanto socioeconómicos como geopolíticos?

Entender sus solapados caminos exige una breve excursión por sus causas y sus manifestaciones, el objeto del presente artículo.

1. La inevitabilidad de la transición verde

Quizás el mayor error de análisis al abordar la transición verde es enmarcarlo dentro de una agenda política. Como es obvio, son muchos los caminos posibles, y elegir entre unos u otros formará parte del panel de opciones durante los próximos años. Pero el 'business as usual' ha dejado de ser una alternativa: el mundo que nos rodea cambiará de forma radical en los próximos años. Alguien podrá objetar que siempre ha habido cambios. De acuerdo. Pero recordemos: ahora se trata de un cambio de otro orden, más profundo y mucho más rápido.

placeholder Parque de energía eólica. (EFE)
Parque de energía eólica. (EFE)

Como ha señalado el último informe de Naciones de Unidas, la influencia de la actividad humana en el clima es inequívoca. La última década fue la más calurosa de los últimos 125.000 años. La temperatura media se ha incrementado en 1,1 grados centígrados desde la etapa preindustrial, y seguirá haciéndolo si no se reducen drásticamente las emisiones (de hecho, subirán, al menos durante unos años, incluso si lo hacen).

La ecuación es muy sencilla: o cambio climático, o transición energética. O, muy probablemente, una combinación de los dos. En realidad, lo único en juego es la secuencia e intensidad relativa de ambas. Las incertidumbres son muchas: la ciencia, decía Platón, “es una cosa intermedia entre saberlo todo y no saber nada”. Pero las excusas son pocas: sabemos lo que hay que hacer, y sabemos cómo hacerlo.

2. El papel de gobiernos, productores y consumidores

A grandes rasgos, la transición verde exige transformar de forma casi completa nuestras economías. De momento, no hay otra alternativa (hablaremos brevemente de la geoingeniería más adelante). ¿Sabemos cómo hacerlo?

Como es obvio, por muy ambiciosos que sean los objetivos de descarbonización, son solo un primer paso. La transformación exige nuevos procesos de fabricación y que los consumidores adopten nuevos productos. Existe un debate hasta cierto punto artificial sobre si se precisan cambios de oferta (fabricantes) o de demanda (consumidores). Como en todo proceso endógeno —como el huevo y la gallina—, es relativamente intrascendente quién lo empieza, pero no cómo se desarrolla. Veámoslo.

Foto: Central térmica de Meirama, en Cerceda (A Coruña). (EFE)

Un vehículo de gasolina emite alrededor de 120 gramos de CO2 por kilómetro, o unas 3,6 toneladas al año (para recorrer unos 30.000 kilómetros). Un vehículo eléctrico, en cambio, no emite CO2 'in situ', aunque sí al producir la electricidad que lo alimenta. Para recorrer los mismos 30.000 kilómetros, consume unos 4,500 kWh al año, en cuya producción (en España) se emite aproximadamente una tonelada de CO2. En cambio, en países donde el carbón tiene una participación más alta (por ejemplo, Polonia) las emisiones pueden ser tres o cuatro veces superiores (en el extremo, incluso superar a las del vehículo de gasolina). Para dejar de emitir CO2 no basta con que los consumidores cambien sus vehículos de gasolina por eléctricos, sino que es preciso también 'descarbonizar' la producción de electricidad. ¿Es esto suficiente? Ni siquiera. Al fabricar los vehículos también se emite CO2. Algunos estudios (Insights into Future Mobility (mit.edu) indican que en la fabricación de vehículos eléctricos se emiten entre cuatro y cinco toneladas adicionales de CO2, aunque se compensan a lo largo de la vida del vehículo.

La buena noticia es que el camino tecnológico está despejado (al menos, para el transporte por vehículos): sabemos fabricar vehículos eléctricos a un coste no muy distinto al de los convencionales, y también producir electricidad limpia. Reducir las emisiones en la fabricación de acero y aluminio es más complejo, aunque también se han dado pasos. La mala noticia, como hemos visto, es que los avances parciales no son suficientes, necesitamos sincronía: no se trata de que los gobiernos subvencionen los vehículos eléctricos, que los fabricantes los produzcan ni que los consumidores los compren; se precisan también cambios drásticos en cómo se produce la electricidad, en los procesos de fabricación y en los materiales. ¿Oferta, demanda? Se requiere que todo se mueva en la misma dirección, al mismo tiempo.

3. ¿Puede haber transición sin precios energéticos altos?

En nuestras sociedades, solo hay un mecanismo capaz de coordinar las decisiones de tantos agentes (gobiernos, productores y consumidores): los precios. Para que los consumidores apuesten por productos de bajas emisiones, para que los fabricantes inviertan los miles de millones de euros necesarios, se requieren, en primer lugar y por encima de cualquier otra consideración, precios mayores de la energía.

Precios mayores porque debemos empezar a pagar por algo (las emisiones de CO2) que considerábamos gratuito, inocuo, cuando en realidad tenía efectos ciertos sobre el calentamiento del planeta. Si algo puede reprocharse al mercado europeo de derechos de emisión (EU ETS), no es que el precio haya subido (todavía está muy lejos del verdadero coste social del CO2), sino que apenas cubre el 40% de las emisiones, e importantes sectores (edificios, transporte) se encuentran fuera, aunque la Comisión haya propuesto recientemente ampliarlo.

Foto: El combustible del reactor nuclear Hualong One, en China. (CNNC)

Los mayores precios energéticos son también necesarios por un segundo motivo: cuanto más baratos, más resistentes son los combustibles fósiles, y menos atractivas las alternativas. Aunque asociemos el petróleo a cárteles internacionales y problemas de suministro, los episodios de precios altos han sido contados: en los 70 y, en menor medida, en los 2000. En cambio, toda la primera mitad del siglo XX, el largo periodo de las décadas de los 80 y 90, caracterizado por las luchas internas en la OPEP, y la década de 2010, gracias a la producción no convencional, fueron periodos de precios bajos.

Todavía es apresurado determinar si los precios altos de la energía durante 2021 reflejan algo más que un desajuste temporal entre oferta y demanda. Algún efecto estructural, sin embargo, se advierte en la caída en inversión y exploración de hidrocarburos en los últimos años. En todo caso, si así fuera (si hubiese elementos estructurales), debería ser un motivo de satisfacción, más que de alarma. Un síntoma de que la rueda se está moviendo.

Es posible que, dentro de varias décadas, la transición energética nos conduzca a un nuevo equilibrio —un estado estacionario— donde los precios energéticos sean más bajos, gracias al aprovechamiento masivo de las energías renovables o al desarrollo de nuevas tecnologías como la fusión nuclear, que eliminen restricciones en la oferta. Más probablemente, será un equilibrio con precios energéticos más estables, frente a la volatilidad propia de los combustibles fósiles, gracias a que los costes fijos representan una proporción mucho mayor de las nuevas tecnologías. Hasta entonces, sin embargo, los episodios de fuertes alzas en los precios, seguidos de bruscas caídas, serán frecuentes. Como señalaba hace unos días la revista 'Foreign Affairs' ("Green Upheaval: The New Geopolitics of Energy" (foreignaffairs.com), el gas y el petróleo incrementarán su influencia antes de perderla por completo. Si, en cada alza de precios, los Gobiernos reaccionan despavoridos, retrocederemos dos pasos por cada uno que avanzamos. Se trata de dirigirse a la ciudadanía como adultos: la energía va a ser más cara. No durante unos meses, ni durante unos años. Probablemente, lo sea durante décadas.

4. ¿Puede haber transición con precios energéticos altos?

Lo que nos lleva al punto ciego de la transición energética: ¿están nuestras sociedades preparadas para soportar incrementos puntuales pero violentos del precio de la energía? ¿Tienen los instrumentos adecuados los consumidores, las empresas, o los propios Gobiernos para resistirlos?

La energía tiene un papel central en nuestro consumo, siendo su peso mayor en los hogares de rentas más bajas. Los mayores precios energéticos tienen graves efectos sociales. Hay dos alternativas ante las mismas: reaccionar como don Quijote frente a los molinos de viento (como ilustraba una portada de 'The New Yorker') o hacerlo como Sancho Panza, cuando gobierna con sensatez y ecuanimidad la ínsula de Barataria.

Foto: La ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera. (EFE/J.J. Guillén)

Luchar contra las subidas de precios como don Quijote, como si fuesen gigantes a los que derribar, nos condena a una derrota perpetua, a empujar como Sísifo un peñasco hacia arriba para que nos vuelva a caer rodando, o en el mejor/peor de los casos, a una victoria pírrica, una cuyas consecuencias acaben siendo incluso más dañinas (recordemos, las subidas de precios son imprescindibles para la transición energética).

Pero tampoco se trata de cruzarnos de brazos, sino de responder como Sancho Panza: reconocer que no podemos (que no debemos) aislar a todos de las subidas de precios, sino solo a colectivos determinados. ¿A quiénes? Entre los consumidores domésticos, a los más vulnerables, y con actuaciones específicas, medidas y temporales, como los “cheques-invierno” puestos en marcha por gobiernos como el francés y el italiano. Y evitando los daños autoinfligidos, como que la tarifa doméstica amplifique (en lugar de suavizar) las oscilaciones de precios.

En segundo lugar, 'apostando' por unas formas de energía en detrimento de otras (los ortodoxos de la neutralidad tecnológica se llevarán las manos la cabeza, pero a estas alturas debería ser una obviedad decir que la transición energética es una operación gigantesca de 'picking winners'). Es absurdo intentar contener el alza de los precios simultáneamente en electricidad y en gas, por ejemplo, cuando la estrategia pasa por aumentar la primera y reducir el segundo, porque la electricidad gane peso en sectores como la calefacción (bombas de calor) o el transporte (vehículo eléctrico).

Es importante una decisiva apuesta por unas formas de energía en detrimento de otras

Y, finalmente, está la pata industrial, seguramente la más importante del rompecabezas. Durante los últimos años, ha sido frecuente unir las competencias energéticas a las medioambientales, creando superministerios de transición ecológica. Curiosamente, ha sido en detrimento de desgajar las competencias industriales, convertidas en las grandes damnificadas. Es una profunda contradicción encarar la mayor transformación industrial de la historia sin una política industrial digna de tal nombre, una que abarque todos los instrumentos disponibles, desde ayudas al I+D+i a la demanda, desde la formación profesional y universitaria a las políticas activas de empleo. O directamente utilice políticas de costes (otra línea roja para los más puristas). Del mismo modo que hay que proteger a algunos consumidores domésticos (pero no a todos), hay que elegir a qué consumidores industriales aislar de las subidas de precios, porque es imposible (y contraproducente) hacerlo con todos, en un contexto en el que los costes energéticos serán el factor clave de competitividad en muchas industrias, como en el pasado lo fueron los costes laborales, antes de que la contestación social y la propia evolución demográfica (acentuada tras la pandemia) provocaran restricciones sobre la oferta laboral disponible.

5. La nueva geopolítica de la energía

La transición energética dibuja también un nuevo mapa geopolítico, como en el pasado lo hicieron el carbón o el petróleo. Al perder importancia los combustibles fósiles, el eje se moverá de los recursos primarios a las tecnologías. Esto no significa que desaparezcan los primeros. Las reservas de cobalto, que se utiliza para fabricar turbinas y baterías eléctricas, se concentran en la República Democrática del Congo (más del 60%); el 73% del galio, utilizado para la fabricación de semiconductores, están en China, como el 87% del magnesio, que se emplea para producir aluminio para la industria automovilística. En comparación, el país con mayores reservas de petróleo —Arabia Saudí— apenas tiene el 17% del total mundial. De nuevo, el petróleo es relativamente más abundante y diversificado de lo que se piensa. Con todo, la mayoría de las nuevas materias primas clave pueden ser sustituidas (aunque a un coste superior), y reciclarse (al contrario que los combustibles fósiles), lo que atenúa las posibles disrupciones.

La verdadera competencia tendrá lugar (lo está haciendo ya) sobre las tecnologías. Y aquí algunos países también han tomado ventaja. China domina los eslabones más importantes de la cadena de valor de las tecnologías solares, y se ha posicionado en sectores como la fabricación de turbinas eólicas, las baterías eléctricas o los vehículos. Según IRENA, China cuenta con el mayor número de patentes en los sectores renovables (alrededor del 30% mundial) seguido, a gran distancia, por EEUU (18%), Japón y la UE (14%).

Foto: EC.

Un segundo cambio geopolítico vendrá de la configuración de los sistemas energéticos. La sustitución de combustibles fósiles por electricidad reduce los cuellos de botella o los riesgos de interrupciones de suministro en los 'chokepoints' (puntos específicos como el estrecho de Ormuz o el canal de Suez), pero al mismo tiempo incrementa los riesgos en forma de malla o red (como los ataques cibernéticos sobre las redes eléctricas).

En tercer lugar, están los riesgos transicionales. Igual que la caída del precio del petróleo fue uno de los factores detrás del colapso del bloque soviético, gestionar los potenciales episodios de inestabilidad en Oriente Medio, pero también en Rusia, América Latina (Bolivia, Ecuador o Venezuela) o África (Nigeria, Angola o Mozambique) será uno de los elementos clave en el nuevo mapa geopolítico.

Episodios de inestabilidad que tendrán su reflejo en los países más desarrollados, como ha señalado Anatol Lieven ('Climate Change and the Nation State'). No solo por la presión inmigratoria, sino porque, cuando el futuro se puede vislumbrar a mucha distancia, se convierte en presente. El cierre del gasoducto Magreb Europa (GME) no solo responde a las tensiones entre Argelia y Marruecos, sino también a la estrategia de sustitución del gas de los países consumidores.

Foto: La ministra Teresa Ribera, junto al embajador en Argelia, Fernando Morán. (EFE)

Finalmente, el riesgo de no cooperación entre países, siempre presente en la cuestión climática, se multiplicará en los próximos años, y es previsible que algunos países se aventuren en ensayar soluciones de geoingeniería como atajo para resolver el calentamiento global, como señala Elizabeth Kolbert en 'Under a White Sky'. Uno de los mayores riesgos geopolíticos de las próximas décadas.

La transición energética es el principal reto de nuestra época: un desafío fascinante que, sin embargo, no estará exento de dificultades. Mark Carmey lo llamó la 'tragedia del horizonte'. El horizonte, en realidad, está cada vez más cerca. Tan próximo que se advierten con claridad tres grietas en el mismo: la ausencia de una estrategia para trasladar precios energéticos mayores, mientras se protege a colectivos específicos; una política industrial tan activa y decidida como la transformación en marcha, y, finalmente, una estrategia de seguridad nacional que contemple la energía como lo que es, el principal factor geopolítico.

*Isidoro Tapia es autor de 'Un planeta diferente, un mundo nuevo' (Editorial Deusto).

**Todas las opiniones de este articulo son estrictamente personales y no representan a ninguna institución.

Hace unos años, la revista 'The Atlantic' preguntó a un puñado de científicos e historiadores cuál era la innovación tecnológica con más impacto en la vida humana desde la rueda. Entre las respuestas, destacaba una categoría: las innovaciones energéticas. La máquina de vapor (1712), la electricidad (siglo XIX), el motor de combustión interna (finales XIX) o la fusión nuclear (1939), no solo cambiaron nuestra vida, sino que abrieron la puerta a la refrigeración (1850), la industria del acero (1850), el automóvil (finales XIX), el aeroplano (1903) o, incluso, internet (1960).

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