Sin sexo ni ambición: por qué según Ross Douthat "la decadencia puede durar mucho tiempo"
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Sin sexo ni ambición: por qué según Ross Douthat "la decadencia puede durar mucho tiempo"

El periodista estadounidense defiende en 'La sociedad decadente' que el estancamiento de Occidente amenaza con extenderse a todo el planeta

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Ross Douthat

El cuerpo sin vida de Geoffrey Weglraz apareció en un coche aparcado en el East Village de Nueva York en el verano de 2018. Llevaba allí una semana pero nadie le había echado de menos. Nacido en los 50 en una familia numerosa, fue un niño feliz obsesionado con la carrera espacial, se casó y tuvo un hijo. En torno al cambio del milenio, ya divorciado, se quedó sin su trabajo de programador informático. Algo más ocurrió después. En 2013 le dieron el pedido equivocado en un McDonalds, regresó enfadado a reclamar y acabó por arrojar su hamburguesa a una empleada que resultó estar embarazada. La historia viralizó y su nombre quedó asociado en Google a aquella infamia. Intentó cambiar de identidad, trató de buscar trabajo hasta que, desesperado, compró veneno por internet. Y así la primera entrada asociada a su nombre en el buscador fue al fin sustituida por la de su suicidio.

Una historia deprimente que para el periodista estadounidense Ross Douthat ilustra el arco generacional de los 'baby boomers', la generación que protagonizó en su juventud y primera madurez la época de mayor progreso y bienestar de la historia de Occidente y que observa hoy cómo el polvo de la decadencia se extiende por todo el planeta y enferma de silicosis el porvenir. En 'La sociedad decadente' (Ariel), traducido ahora al español por Beatriz Ruiz Jara, Douthat afirma que hemos entrado en barrena, víctimas de nuestro propio éxito; y dibuja una sociedad estancada económicamente, incapaz de innovar más allá de los intangibles reinos virtuales, poblada por viejos numerosos que no arriesgan y jovenes escasos y célibes absortos en el porno, el Fortnite y la enésima cinta de Marvel o 'Star Wars', una pesadilla rosa 'huxleyana' donde incluso la tan mentada polarización, ora 'woke', ora pseudofascista, sólo es otro simulacro más.

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'La sociedad decadente' (Ariel)

El columnista de 'The New York Times' es una 'rara avis': conservador en el gran medio progresista de Estados Unidos, republicano que abomina de Donald Trump a quien identifica como un presidente decadente y detestable; y un cristiano que sueña con que el sapiens escape de la decadencia viajando a las estrellas. Si en el clásico de la ciencia ficción 'Bóvedas de acero', Isaac Asimov imaginaba que, tras una gran colonización estelar inicial, el ser humano se había vuelto a refugiar en la Tierra sin ambición ni esperanza y solo lograba salvarse al reiniciar la carrera espacial, también para Douthat la decadencia que empezó precisamente tras el programa Apolo ahora tal vez pueda dejarse atrás mirando al firmamento.

PREGUNTA: Mientras leía 'La sociedad decadente' intentaba escapar al encantamiento de su tesis pensando lo siguiente: a lo largo de la historia, al ser humano siempre le ha tentado decir que lo mejor ya estaba hecho y que solo quedaba la decadencia. A veces ha acertado; otras muchas, no. Parece más bien un pensamiento característico de la madurez: "los jóvenes no inventan nada nuevo como sí hicimos nosotros, etc". Y me preguntaba: si Spengler se equivocó tanto, ¿por qué va a tener razón este tipo?

RESPUESTA: No hay ninguna razón por la que deba confiar en un columnista gruñón de un periódico estadounidense en particular, pero confíe en las estadísticas: las mejores medidas que tenemos del impacto de la tecnología en el mundo y de la productividad muestran un estancamiento en las dos últimas generaciones en el mundo occidental. Esto no significa que el progreso tecnológico haya cesado, pero sí que los avances de la era de internet han sido menos transformadores y más concentrados en la realidad virtual de lo que mucha gente esperaba. El mundo desarrollado a principios del siglo XXI se siente estancado e infeliz. ¿Continuará esa tendencia? No, en absoluto: los periodos de estancamiento pueden dar paso a nuevas eras de dinamismo. Se pueden traspasar los límites máximos del descubrimiento y la ambición. Pero si hablamos solo de manera descriptiva sobre el último medio siglo, incluso un auge de la innovación en 2030 no cambiaría el hecho cierto de la decadencia en la década de 2010.

Además, dejando a un lado a Spengler, los europeos que se preocuparon por la decadencia a principios del XX no andaban tan equivocados. Realmente la edad de Europa como potencia global llegaba entonces a su fin, y el dominio cultural y tecnológico estaba a punto de pasar a los Estados Unidos. Si EEUU se une ahora a Europa en la decadencia, debemos esperar que esos primeros ansiedades de los primeros años del siglo XX se repitan en Washington, Nueva York y Los Ángeles. Aquellos pensadores fueron exagerados en algunos aspectos, pero proféticos en otros.

Estamos aquí juntos en un final de civilización, pero el final no parece terminar

P. La decadencia es sostenible y puede durar indefinidamente. Tal es su principal y más aterrador argumento. No habrá 'Götterdämmerung'. No llegarán los bárbaros. ¿Y qué haremos sin ellos?

R. Correcto. La gente teme al declive, pero también le gusta que la historia tenga una especie de arco moral: si una sociedad se siente estancada, decadente, entonces alguna fuerza debe estar en camino para derrocarla, conquistarla o simplemente reemplazarla. Y en un horizonte de tiempo lo suficientemente largo eso es lo que pasará: la decadencia no es eterna. Pero en una civilización mundial como la nuestra, donde hay una cierta convergencia entre casi todas las sociedades avanzadas, podemos potencialmente quedarnos atascados en la decadencia durante mucho tiempo. No solo Estados Unidos y Europa participan en la decadencia, también sus enemigos y rivales potenciales (el islam radical, el régimen comunista chino), que a menudo terminan siendo una amenaza existencial menor de lo que parecían inicialmente. Lo que a su vez crea su propia ansiedad: estamos aquí juntos en un final de civilización, pero el final no parece terminar.

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'Regreso al futuro' (1985)

P. La tecnología está estancada y si hoy llegara el Marty Macfly de 'Regreso al futuro' a nuestro presente encontraría un mundo mucho más parecido al suyo de 1985 que el que halló en 1955. Es difícil no pensar que minusvalora internet. Pero además, ha bastado la amenaza de una pandemia global para conseguir una vacuna eficaz en un tiempo récord. ¿No es esa una irrebatible apología de nuestro progreso científico?

R. Es un fuerte indicador de que, bajo un tipo particular de presión, la parte de ciencia pura del sistema occidental aún puede ofrecer resultados notables. Lo que debería hacernos algo más optimistas sobre el progreso científico en el futuro cercano; de hecho, si apostara por un escape rápido de la decadencia, lo haría por una serie de revoluciones de la próxima década en medicina, energía y transporte. Pero, al mismo tiempo, el progreso científico que solo ocurre en condiciones de emergencia no es sostenible, y todo alrededor de la respuesta de la ciencia pura a la pandemia –la reacción caótica de las autoridades de salud pública, la parálisis política, todos los fallos que no pueden atribuirse solamentea Donald Trump– debería hacernos más pesimistas, no menos, sobre la posibilidad de que Europa y Estados Unidos escapen de la decadencia. El este de Asia es una historia diferente.

El progreso científico que solo ocurre en condiciones de emergencia no es sostenible

P. Por cierto, entre los riesgos de destrucción futura que enumera en su libro no incluyó un virus mortal. ¿Cómo afecta el SARS-CoV-2 a sus argumentos sobre la decadencia?

R. Tenía una apunte que finalmente deseché sobre una posible pandemia. Mi mayor fracaso como profeta es que no le dediqué siquiera un párrafo. Pero dado que el covid no parece (a falta de alguna mutación inesperada) un asesino de civilizaciones o un evento del tipo de la peste negra, probablemente sea más bien un momento de revelación que de transformación: está exponiendo cuán profunda es la decadencia en algunas áreas (administración polítca y salud pública), cómo podría superarse en otras (medicina, ciencia dura) y cómo la profundización en lo virtual como refugio que caracteriza a la decadencia puede hacerse real (como en los disturbios de QAnon) si las circunstancias empujan demasiado a las personas. O, para decirlo de otra manera: las implicaciones de la pandemia para la decadencia dependerán de cuáles de sus efectos sean más duraderos y cuáles inspiren una fuerte reacción. Quizás hará que las personas sientan un mayor disgusto por la inercia institucional y social y, como reacción, nos empuje hacia el dinamismo. Pero, de nuevo, las plagas de la Roma tardía no detuvieron la caída del imperio.

P. Phlip Larkin escribió en su poema 'Annus Mirabilis' que la gente empezó a follar "en 1963, entre el final de la censura a 'El amante de Chatterley' y el primer LP de los Beatles". ¿El temible invierno demográfico que diagnostica ha llegado porque la gente ha dejado de tener relaciones sexuales medio siglo después y debido precisamente a las consecuencias de la revolución sexual?

R. Así parece. La revolución sexual tuvo dos fases: una primera dionisíaca, en la que la energía sexual se liberó y se desbocó, desbloqueando la creatividad y el placer y también aumentando diversas formas de explotación, miseria y caos social... y ahora una segunda fase, mediada por internet y la pornografía, donde hemos dado un giro más huxleyano hacia el escenario de 'Un mundo feliz' donde la pasión se purga, las relaciones fallan y el sexo es indistinguible de –y gradualmente desplazado por– la masturbación. La tasa de natalidad descendió en la primera fase pero también hubo más nacimientos no deseados, más embarazos fuera del matrimonio. En la segunda fase ese problema se resuelve parcialmente mediante una disminución de las relaciones e incluso del sexo mismo, y el resultado es una segunda disminución de la tasa de natalidad y, al menos, un otoño demográfico, si no invierno, en el mundo rico.

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'Vengadores: Endgame'

P. Disney ha anunciado recientemente 23 nuevas series y películas de Marvel para los próximos años. De hecho, las afirmaciones sobre la decadencia más convincentes de su libro parecen las que se refieren a la cultura. Dejamos de leer novelas en 2007 con la llegada del iPhone y hoy vivimos pegados a la pantalla de nuestro 'smartphone' consumiendo interminables sagas de 'Los Vengadores' y 'Star Wars' e infinitos capítulos prefabricados de Netflix. Pero, ¿no ha sido siempre la cultura más innovadora e imaginativa desgraciadamente minoritaria?

R. No. Tal vez ciertas formas de grandeza artística solo puedan ser apreciadas por una minoría ociosa (yo personalmente lucho por superar a Proust y a Henry James), pero gran parte del gran arte que nos ha sido transmitido fue, en su día, inmensamente popular. Shakespeare escribió para complacer al público, al igual que Dickens y Cervantes; la llamada música 'clásica' nunca fue solo para una vanguardia; etc. En el cine actual, es revelador que una figura como Martin Scorsese haya terminado como defensor del cine 'intelectual' por sus suaves críticas a Marvel: sus películas son obviamente entretenimientos masivos, no películas experimentales para cinéfilos de élite; y en una cultura menos decadente estaríamos discutiendo sobre si su trabajo cuenta como gran arte. Sin embargo, en la era de los superhéroes y la ficción para jóvenes adultos, cualquier adulto es automáticamente intelectual, lo cual es algo nuevo en la historia cultural.

Trump no fue 'fascista' sino una mezcla de debilidad, incompetencia e irrealidad

P. Su diagnóstico sobre la esclerosis política es en realidad tranquilizador al describir la famosa polarización actual como un "simulacro". La derecha está histérica con los 'wokes' y la izquierda lo mismo con la amenaza del 'fascismo'. Pero el poder hoy es 'rosa' y en ambos casos se trata solo de 'histeria'. Es tranquilizador pero también da un poco de miedo. ¿Y si dejamos de prestar atención y alguien sí se lo toma en serio?

R. Supongo que la histeria de la era Trump podría ser un indicio de una crisis real para la democracia liberal que acecha a la siguiente generación. Y mi consejo no es no prestar atención; si cree que Trump es malo, por supuesto, debe oponerse a él tan vigorosamente como lo permita la política democrática. Pero debe hacerlo con una conciencia del mundo tal como realmente es, lo que significa reconocer la mezcla de debilidad, incompetencia e irrealidad que distinguió a su Administración y la hizo muy diferente del tipo de Gobierno fascista o autocrático que muchos de sus críticos imaginaban que estaba tomando forma.

P. Afirmaba en una columna reciente en 'The New York Times' que no sabía cómo valora lo ocurrido en el Capitolio, si una pantomima o una confirmación de que, como venía discutiéndose estos años, Trump era una amenaza para la democracia de EEUU... ¿Lo sabe ya?

R. Podemos decir que es evidente que Trump hizo más por desestabilizar la sociedad estadounidense de lo que imaginábamos hace solo dos meses: fusionar su propio deseo de anular el resultado de las elecciones con el salvaje mundo de ensueño conspirativo de sus seguidores creó una reacción química, un peligro que no había sucedido en su presidencia antes. Al mismo tiempo, una colección de tipos de milicias, teóricos de la conspiración disfrazados y personas normales envueltas en un motín nunca jamás iban a dar un golpe de Estado o cambiar el resultado de las elecciones ni nada remotamente parecido; el motín fue peligroso, la gente murió, pero también fue una pantomima ridícula. Por lo tanto, no es sorprendente que cuando el Gobierno respondió con una movilización militar, la amenaza básicamente desapareció y no hubo protestas en absoluto, excepto en la extrema izquierdo, en Portland, Oregón, el día de la inauguración de Biden. No parece que mucha gente quiera morir o ir a la cárcel por Donald Trump. Su culto sigue siendo un rasgo de la decadencia, más que una demostración de su fin.

placeholder Seguidores de Donald Trump durante su irrupción en el Capitolio. (EFE)
Seguidores de Donald Trump durante su irrupción en el Capitolio. (EFE)

P. Desde esta semana el presidente es ya Joe Biden, un anciano liberal moderado que parece encarnar a la perfección su diagnóstico sobre nuestra sociedad decadente. ¿Qué desea de su presidencia? ¿Y qué espera en realidad?

R. Lo que quiero, supongo, es exactamente lo que lamenté en el libro: después de la pandemia y el caótico final de la presidencia de Trump, un poco de decadencia sostenible no suena tan mal. Lo que espero es un periodo de luna de miel, un auge posterior a la pandemia ... y luego un regreso, tarde o temprano, de los descontentos que llevaron a los levantamientos populistas.

P. Por cierto, es usted un republicano antitrumpista, un conservador que escribe en el gran periódico mundial progresista y un cristiano poco temeroso de Dios. ¿Le gusta llamar la atención?

R. Esta es la carga del escritor: tienes que publicitarte. Tom Wolfe tenía sus trajes blancos, Michel Houellebecq tiene su fealdad extraordinaria; todo lo que tengo yo es mi naturaleza a la contra, así que trato de aprovecharla al máximo. Pero temo a Dios, mucho, especialmente después de todo lo ocurrido el año pasado.

Pinker asume que la riqueza y la paz son un propósito suficiente y no lo son

P. Entrevisté una vez al que usted llama Steven 'Pangloss' Pinker y le pregunté si su optimismo no era el resultado de su sesgo de cómodo académico liberal. Me contestó que por supuesto que no, que él "se basaba en los datos". ¿Los datos de Pinker son mejores que los suyos?

R. Sus datos, como todos los datos, tienen sus problemas, pero en general está describiendo algo real: el mundo rico sigue enriqueciéndose, aunque más lentamente que en el pasado; y el resto del mundo está convergiendo, lenta o rápidamente, con los países más ricos. Sin embargo, lo que estoy describiendo es hacia lo que están convergiendo: no al colapso o la catástrofe (¡todavía!), sino a un letargo y estancamiento que, por definición, solo pueden sobrevenir en sociedades que han logrado mucho, acumulado mucha riqueza, y ahora miran a su alrededor y descubren que ya no tienen ningún sentido de propósito o posibilidad, y las instituciones que construyeron están comenzando a ceder a un lento deterioro. El panglosianismo de Pinker no explica ese problema: asume que la riqueza, la competencia y la paz son un propósito suficiente para las sociedades humanas, y según la evidencia del descontento occidental no lo son.

P. El apoteósico final de su libro entrelaza ciencia y religión con el viaje espacial como línea de fuga de la decadencia. ¿Debería invertir en Space X y comenzar a rezar a Elon Musk?

R. Ore a Dios, no a un fanático de Silicon Valley; pero sí, creo que un fin permanente al peligro de la decadencia para una especie que ha poblado la tierra y no sabe a dónde ir desde aquí probablemente requeriría un salto hacia las estrellas. Si eso es realmente posible, para SpaceX o para alguien más en el futuro, no tengo ni idea. Pero el futuro humano, nuestro destino a largo plazo, depende de esa respuesta.

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